LA FIESTA MONUMENTAL

Me invitaron a una fiesta, pero solo me llegó el parte. Busqué con afán por todos lados, mas no encontré nunca el pase para el baile. Algunos amigos habían conseguido su ticket, para los amigos de sus amigos, para sus sobrinos, sus compinches y hasta para la vecinita del barrio. Pero nadie pensó en mi. Allí estaba yo, nuevamente, con la convidada palabrería de ir a la fiesta monumental, pero sin el bendito boleto en la mano y sin darme cuenta, me estaba corriendo el riesgo de quedar, como dice la canción: Como un burro amarrado en la puerta del baile.

Era hora de echar mano a los buenos amigos. Era sábado y apareció Raúl, sencillo y campechano, pero muy allegado a los anfitriones. Me ofreció un lugar especial, mas le dije que solo quería estar cerca de mis amigos. Yo no quería bailar, no era mi fiesta, pero si deseaba compartirla, desde un rincón y sin molestar. Raúl me trajo la entrada y yo quedé muy agradecido y se fue como llegó, con su rostro risueño y su gentileza espontánea. Para eso están los amigos -me dijo con agrado- ponte tu mejor traje, mañana quiero verte en la fiesta y me dio un abrazo. Seguro que si le respondí, allí estaremos temprano.

El fútbol, tiene el poder de dividir emociones y juntarlas en un solo corazón. A veces suele ser una buena excusa para ir a la cancha, aún y cuando las camisetas no nos pertenezcan y los ardores que se viven en la grada, sean ajenos. Es ese amor al fútbol lo que nos hizo llegar al Monumental, para vivir en carne propia, esta nueva versión de un clásico, entre un Alianza urgido de necesidades y una U que tenía a su gente tranquila y serena. Un estadio que estaba vestido de fiesta, con rostros complacientes y animosos que denotaban confianza, aquella que la habían conquistado una semana atrás y que les permitía adelantar la decoración al coloso de Ate y dejar todo listo para que empiece la fiesta.

Mis amigos son cremas de nacimiento unos y por devoción otros. Cada uno vive a su manera esa efervescencia y pasión febril por la crema, que se palpa entre la gente que desgañita la garganta, aún y cuando la fiesta en el verde todavía ha empezado. Mientras ellos buscaban acomodar sus posiciones, con bastante dificultad, yo me sentí un privilegiado en medio de la muchedumbre. Como no tenía color de camiseta, me ubiqué en la franja que dejó la policía, para separar la barra crema de oriente -que hervía de pasión loca- y un puñado de hinchas aliancistas, que mas parecían rezagos del comando sur. Allí estaba yo, sentado en un lugar favorecido y una vista perfecta del verde, que lucía lindo y las tribunas pobladas que le daban un ambiente de fiesta a este monumental, que reventaba de éxtasis por todos lados. A la salida de los equipos, nuestras ropas quedaron impregnados de un color cobrizo y amarillento que no amilanaron nuestra complacencia. Mis amigos tenían el corazón en la mano y solo esperaban el pitazo inicial.

Se preveía un partido apretado, deslucido en juego pero con la adrenalina en cada jugada. Era un partido para que lo diseñen los DT en el camarín y lo ejecuten los protagonistas en el verde. Mucho le criticaron a Reynoso, la rotación de sus piezas y él fue parco para la respuesta. Costas fue mas romántico y apeló a la sandunga y el donaire de sus hombres. A uno le fue bien como resultado necesario y al otro le hizo bien por momentos pero fue discontinuo en su proceder. La U llegaba mejor. Un marcador favorable le daba un plus que debía aprovechar en base a sapiencia. Alianza estaba urgido de repetir los últimos 20’ de matute, pero conforme pasaban los minutos, la misión empezaba a tener grietas en su diseño y sus hombres fueron tropezando con sus limitaciones.



Reynoso fue inteligente. Mandó cercar a Quinteros y dejar sin socio a Montaño. Entonces, el colombiano no encontraba espacios y buscaba a Gonzáles Vigil o Aguirre y le devolvían un ladrillo. Se fue ofuscando y su impotencia se hizo necedad. Está visto que este Alianza juega según como se levante Montaño y con el desgano en las posaderas del volante, poco o nada había por hacer y solo quedaba jugar al pelotazo. Fue creciendo esta U, en base a la solidaridad de sus hombres, a la unión de esfuerzos para recuperar el balón. A esa presión que le ha impuesto Reynoso y para lo cual se debe tener gente con un estado físico prodigioso y mas que individualidades, marcar la diferencia con hombres dispuestos a correr toda la cancha sin desfallecer.

El Negro Galván, es de esos guardianes de furgón, que cumple su labor y también hace la del resto, sus argumentos pasan por sentir lo que dicta la tribuna y ya se ha ganado un lugar en la trinchera. Calheira nunca tuvo sintonía con el gol y para reivindicarlo, Reynoso le puso el overol. Rui Díaz es una grata aparición, porque lo que le falta de tamaño le sobra de talento (casi hace el gol soñado). Solano, lo que no corre, suple con la asistencia que le permite su prodigioso pie derecho y Rainer Torres, es el todoterreno que devora los espacios. Mención aparte es Raúl Fernández, cada día le demuestra al hincha crema que su arco, tiene un sello de seguridad, inviolable y de garantía, que lleva su nombre.


El partido ha culminado, el marcador quizás haya sido mezquino pero poco importa. Tampoco es intrascendente, que esta U no juegue bien, pero en el fútbol de hoy todo lo que se produzca en bien del resultado es válido. Es urgente conseguir alguien de jerarquía en el área contraria, porque en la Libertadores no tendrá rivales de nivel paupérrimo como el nuestro. Pero si algo se debe reconocer a Reynoso, es que hizo de este grupo de jugadores, un equipo que se faja entero y es solidario. Que presiona al rival desde el camarín y que a despecho de su hosca personalidad, le ha devuelto la mística de equipo luchador y aguerrido. Aunque en desmedro de su trabajo, tenga un equipo carente de fútbol vistoso, hoy es un laborioso trabajador de resultados positivos.


La gente de Alianza se ha marchado de la tribuna sur y el monumental, presenta una herradura llena de gente de corazón merengue y camisetas cremas, que le da una imagen impresionante. Mis amigos se reúnen para hacer un solo grupo y celebrar abrazados este nuevo campeonato que les ha llegado al borde de una década. Sus rostros alegres, denotan una satisfacción y orgullo por sus colores. Todos me abrazan y me hacen sentir parte de esta efervescencia. Abajo los jugadores dan la vuelta olímpica y siento una alegría ajena, pero complaciente.

Hoy, he compartido con mis amigos cremas de esta fiesta de color merengue, donde me llegó la invitación, sin los tickets para la pista de baile. Era en una casa ajena, pero me recibieron con mucho cariño. Aunque voy a ser edil hasta que deje de respirar, me quedará para siempre el recuerdo imborrable de haber estado junto a mis amigos en este campeonato de la U que ha hecho una fiesta monumental. Lo mejor de todo, será saber que a mi no me lo contaron, porque yo lo viví, porque yo estuve allí presente.

De sangre blanquiazul

Hay quien dice, que el fútbol, se parece tanto al amor. Será porque ambos te estimulan y subyugan los sentidos, hasta hacerte esclavos de una loca pasión, o quizás, porque ambos tienen ese extraño poder de romperte el corazón en mil pedazos y al siguiente día volverlos a juntar en un solo abrazo. Será que ese sentimiento, a veces incomprendido, a veces tan irracional, tenga en el fondo que ver, con la sangre que corre por tus venas y te haga ser mas o menos apasionado, cuando demuestras tu fervor, por una camiseta o por el afecto hacia quien mas quieres.

Mi amigo Juan, es de alianza a muerte. Le dicen “Puma” de cariño y somos cercanos de sentimientos. Nuestros hijos tienen edades similares y estudian en el mismo colegio. Su retoño se llama Jordan y es tan o mas fanático “grone” que su progenitor. El mío se llama Sergio y le gusta el fútbol, pero no le apasiona tanto como a su amigo. Era domingo y en Matute, Alianza ante Cristal, se jugaba mas de tres puntos, porque era la oportunidad para sacar ventaja y hacerse mas líder que nunca. La fiesta estaba pintada y acudimos los dos padres con sus dos hijos. Ellos pintados en cuerpo y alma de blanquiazul y yo con mi fierita, que hoy, se deja llevar por el fanatismo de su amiguito y me asegura que ya es hincha de Alianza. Yo solo sonrío. Hace unos meses me acompañaba a hinchar por mi Muni querido y hoy, solo pienso que es un niño, al que no obligo a pintarse una camiseta, sino a que el mismo, aprenda a sentirla.

Matute estaba reventando. Entre rostros adustos de policías, los barristas y los que se disfrazan de aquellos, van tomando sus lugares. Unos pintarrajeados, otros vociferando cánticos y alegorías, que Jordan canta junto a su padre y nosotros contemplamos con gesto complaciente. En el verde, los protagonistas hacen la calistenia y la tribuna se va vistiendo de festejo. El sol calienta nuestras cabezas y el estadio va tomando un color blanquiazul. La barra de Cristal es pequeña en número, pero deja escuchar su voz. Veo pasar a Oblitas y no puedo dejar de recordar, ese tremendo golazo de chalaca ante Chile, en esta misma cancha, la vez que vine con mi viejo, aquel memorable Sudamericano del 75’, donde fuimos campeones.

Empezó el partido. Todos a sentarse, es la consigna, fuera los vendedores y acomódense donde puedan, es el mandato de la hinchada. Jordan está nervioso, el Puma, se persigna y lanza su arenga que llega hasta la cancha. Este Cristal, inicia bien y es quien llega mejor al arco contrario, es sólido en defensa y mueve sus hombres sin perder el orden. Alianza no encuentra claros, porque Oblitas ha hecho un rombo para cortar el circuito medular íntimo y se le hace difícil a los íntimos remar parejo. El partido cobra energía y la tribuna hace sentir su presencia. Montaño empieza a generar peligro y a tomar la manija de su equipo, pero este Alianza, está tímido, no se encuentra a gusto con la marca, prefiere agazaparse y esperar para contragolpear. El juego rimense se va haciendo predecible y lo que origina Lobatón –no me explico como no estuvo en la selección- con juego prolijo y notable en función mixta, no lo culmina un intrascendente “Malingas” que se la lleva fácil y no termina de encender el motor el “Vagón” Hurtado para dar la embestida final.

Es el momento en que debe aparecer la vergüenza y el hambre de triunfo. La hinchada sigue soplando fuerte. El “Karioca” Velasquez le roba la pelota a “Flemita” Perez –No entiendo que diablos hace en Cristal y mucho menos como pudo estar en una selección- y enrumba hacia adentro. Hace la pared con Montaño, quien le pone el guante y devuelve una pelota bendita. El argentino dice gracias y define como debe ser. Estalla todo Matute.

El Puma se vuelve loco y Jordan, grita hasta quedarse sin aliento. Mi fierita y yo solo nos contagiamos de este fervor incontrolable, nos sentimos un poco extraños entre esta muchedumbre de almas pintadas de blanquiazul, que gritan y se desviven, desbocados en su alegría y hacen alarde de su inflamado orgullo. Abajo el abrazo de Montaño y Velasquez ha logrado hacer una pirámide de júbilo que comparten con la tribuna. Un señor toma asiento y comenta, lo bueno que sería si Montaño fuera peruano. Te imaginas, las pelotas que les pondría a Farfán, a Guerrero a Pizarro, le dice emocionado a su compañero. Y todos son de Alianza le contesta éste, ensanchando su complacencia. Yo solo sonrío y en el fondo apruebo su imaginación, total, soñar en un estadio extraño, con tanta gente alegre y salerosa, con un ambiente de pueblo futbolero, como que no resulta tan descabellado.

El partido pierde intensidad, pero la tribuna sigue siendo un jolgorio. Cristal empuja sin orden y Alianza soporta el embiste con propiedad. El reloj no da mas tiempo y cuando suena el final. La gente se arremolina frente a la puerta del camarín y llenan de improperios a los rivales, que solo miran el suelo en señal de capitulación. Pudieron haber hecho mas en este encuentro, pero a este Cristal le sigue faltando sangre caliente, esa que le sobra a los íntimos y a su hinchada que hoy se siente aliviado de su carga emocional que lo acompaño en la semana. Los rimenses ya dieron el adiós a los presentes y los íntimos respiran un liderazgo que los hace esperar tranquilos, porque la final con el compadre, se va haciendo cada vez mas real.

Jordan y Sergio están abrazados. Saludan y se toman fotos con los jugadores. Los miro y pienso que estas cosas los van a unir bastante. El fútbol, permite compartir amores y pasiones y a esta edad, debe marcar una etapa significativa de sus vidas. Acaso y me importen dos centavos, que camiseta se ponga mañana mi hijo, pues si la siente, será él quien la elija. Yo ya llevo tatuada mi franja al pecho y mi sangre siempre será edil y eso difícilmente pueda cambiar, pero por lo vivido hoy, sospecho que la próxima vez que vayamos a Matute, él va a querer llevar puesta, una igual que su amigo y me va a pedir que se la firmen los jugadores. Por el amor que le profeso, es mas seguro que cumpla su exigencia. Total, el amor y el fútbol, tienen tanta afinidad y siempre terminan unidos a un solo sentimiento.

Lo que hoy he comprobado en Matute es que nuestro fútbol sigue tan igual de intrascendente y que lo mejor que tenemos son nuestros hinchas, de esos incondicionales y apasionados, como mi amigo el Puma y su hijo Jordan, quien me mira y me dice convencido que su corazón y su alma son de alianza. Yo le sonrío en silencio y solo le tomo la cabeza. El me vuelve a mirar y tomándose el brazo, me asegura que por sus venas, corre sangre blanquiazul.

Echa Muni por siempre

Te pareces tanto a él. Tienes a los hinchas mas lindos del mundo y por tu pecho blanco inmaculado, llevas tatuada esa franja color sangre. Has podido ser un verdadero equipo, pero te contentaste solo con ser: El equipo de todos. Puedes ser una verdadera institución seria, pero te has llenado de ratas inmundas, que pululan por tus conciencias y te han carcomido hasta tus mas escondidas vergüenzas. Podrías tener a los mejores jugadores y fundirlos de identidad por tu camiseta, pero solo te has llenado de simples asalariados, que al final de la jornada, solo van a pedirte el pago de su sueldo y mañana se irán a buscar trabajo a otra parte.

Muni de mi vida, Muni de mi corazón, te pareces tanto a mi Perú. Esta patria mía, que siente al fútbol como el deporte mas popular, pero que ha permitido que el fracaso sea su eterno compañero en la tribuna. Muni querido, hoy que tu realidad te abofetea el espíritu sin remordimientos y esa franja roja, se desangra por dentro, se parece mas que nunca a nuestra bandera peruana. Quizás el tiempo, nos ha hecho el alma de roble y seamos masoquistas por excelencia y hoy los peruanos nos hayamos convencido que en el fútbol, los anhelos o las ilusiones, son simples quimeras que tan solo podemos hacer realidad, en alguna noche de francachela. Ya nos hemos acostumbrado a ser tan apáticos e indiferentes ante nuestra realidad, que esos incapaces de cuello y corbata, que se disfrazan de líderes emprendedores, de dirigentes consecuentes o de entrenadores de categoría, nos venden sueños enlatados, que compramos con los ojos cerrados, sin mirarle la marca o mucho menos comprobar, la fecha de vencimiento.

Muni querido, este Perú se parece tanto a ti. Ayer me dejaste sentado en la grada, mascullando un sollozo, escondiendo una lágrima, pero mordiéndome los labios de impotencia y de rabia. Hoy, me he levantado distinto. He cambiado el dolor y la resignación, por un arrebato de locura insana, que me ha hecho fijar la mente en que esto, no es mas que una cruel pesadilla y que pronto voy a despertar. La razón me dice, que a mi patria no le va a cambiar su realidad desdichada, si mañana va al mundial, pero este enclenque y terco corazón, me dice que a mi equipo, le va a costar toda una vida, poder regresar de esas tierras lejanas, a donde lo han sentenciado a morar en soledad. Acaso y sea lo mas injusto para con su historia, para con su gente, para con la misma patria que un día lo parió para darle su misma sangre. Pero es la ley de los desdichados que tienen la mala suerte de tener padres inhumanos. Acaso y en lo único que se diferencien, sea en la esperanza. Perú, siempre tendrá una segunda oportunidad, pero mi Muni querido, quien sabe, haya perdido la última que le quedaba.

Ese anciano de cabello cano, que se seca las lágrimas con su camiseta, ha llevado a sus hijos y a sus nietos, para que lo acompañen hasta el norte. En el fondo, él sabía que se estaba vistiendo para las exequias de un sentimiento. Por eso llora en silencio, pero tiene una mueca de serenidad ante la tragedia. El viejo se siente orgulloso. Conoció al Muni de Tito, Vides y Caricho, gozó con nuestro “Cholo” Sotil y lo siguió a todas partes. Cuando estaba arriba, cuando estaba abajo, cuando era bueno, cuando lo hicieron malo. En cada partido, vivió la misma sensación de alegría, cuando se ganó o cuando se perdió, cuando estuvo en la grada o cuando lo tuvo lejos. Hoy, pierde la mirada en el horizonte de sus recuerdos y recrea el rostro de su hijo, que abrazado al suyo propio, se estremecen con furia descontrolada Hoy, han viajado juntos, como siempre, unidos a esta banda de pasiones insensatas, pero fieles a su franja, por sentimiento eterno. Ya no hay nada que hacer en el estadio, es la hora de regresar a casa. El niño recoge sus banderolas, abraza a su abuelo, toma la mano de su padre y se retiran de este funeral de emociones.

El viejo hincha, reposa su cansancio y le enseña a su nieto, que ser hincha del Muni, no es una cuestión de simple pasión o sentimiento. La franja, es una religión y un credo que permanece en el tiempo y se va haciendo perpetuo de generación en generación. El niño sonríe y besa la camiseta. El padre los mira nostálgico y el viejo cierra los ojos y acaricia la cabeza de su nieto. No sabe si será la última vez, que haya visto a su “academia” en un estadio, tampoco si volverá a verlo algún día en primera. Pero sabe muy dentro suyo –aunque no lo dice- que cuando alguien muere, no sufren los que se van, sino los que se quedan a enterrar a su muerto.

Donde estés y con quien estés, mi corazón te seguirá a todas partes.
ECHA MUNI POR SIEMPRE!!


El pitufo vestido de rojo

Puede ser que su metro sesenta de estatura, engañe al que lo mire por la calle y solo repare en ese rostro marcado por los años. Pero sus ojos, no dejan escapar esa picardía que lo ha acompañado por siempre. En Santa Marta, su ciudad natal que abriga Magdalena, departamento de Colombia, lo conocían como "El Pipa" debido al apodo de su padre a quien llamaban "Pipón". Nació pequeño de estatura, pero con un don que lo distinguía del resto: Era valiente para reñir y hábil para resolver y encontrar siempre una solución a sus problemas.

Su nombre de pila es Anthony William de Ávila, pero todos lo conocen como “Pitufo”. Aunque este, es un Pitufo diferente. El fútbol le cambió la vida. Recaló en el América de Cali, quien le pintó de color rojo su atuendo, con el cual marcaría los diferentes matices de su personaje, en una dilatada trayectoria por las canchas, que le han permitido consagrar un lugar privilegiado, en los corazones de la hinchada americana. Sus 29 goles en Copa Libertadores, le han dado un nombre propio en la historia, amén de los mas de 200 que conquistó con la casaca roja. En la selección Colombia, tiene pergaminos de color mundialista, siendo parte de la plantilla en Estados Unidos (1994) y en Francia (1998). Ha sido parte de la generación de futbolistas mas venerada en Colombia y fue muchas veces subcampeón de América, quizás le quedó pendiente alzar la copa.

Este Pitufo, dentro de una cancha de fútbol, ha sido vanidoso y gruñón, algunas veces y hasta tontín, otras tantas, pero jamás le podrán achacar que haya sido un Pitufo perezoso o temeroso, porque supo ser valiente cuando le tocó estar y mas de un defensa de apellido conocido, se acuerde hoy de sus gambetas endemoniadas y ese rush que le imponía a los contragolpes.

Este Pitufo hoy tiene 45 años y descansaba placidamente en sus aposentos construidos a punta de goles. Pero tuvo que ser su alma mater, el América de Cali, quien al estar pasando momentos financieros amargos, lo timbró, y esta vez no fue para saludarlo. Lo invitaba a ponerse de nuevo el disfraz de Pitufo bromista, todo de rojo, para regalarle a su gente, la mayor de las sorpresas y poder llenar el Pascual Guerrero, que lucía vacío y sin vida.

Un ex futbolista que frisa los 46 años, tiene su cabeza llena de pensamientos, que involucran a su familia, sus negocios o hasta puede ser tomado como referente para un cargo administrativo o deportivo, incluso como entrenador, pero es difícil pensar que se pueda meter a la cancha y competir a nivel profesional. Son muy pocos, los que han logrado pasar la barrera de los cuarenta y seguir dándole a la redonda. Anthony de Ávila es un caso excepcional.

El Pitufo se puso de nuevo la indumentaria roja y nada menos, que en el clásico dominguero del Cali pachanguero, contra el Deportivo. Comandó la delantera, cargando en la espalda sus casi 46 años. Al frente estaba el peruano Mariño, que no pasa los 30 y en el arco, con su cara de niño y con 19 primaveras, se plantó Jaiber Cardona. El América ganó 3-1 y el Pitufo marcó y celebró como antes y como siempre. Ganó el delantero mas viejo del planeta, dándole un portazo en las narices a cualquiera que haya pensado que a esa edad, un futbolista, solo mira el partido por TV.

Si cuando anunciaron su retorno, muchos solo lo vieron con sorna y hasta fijaron que solo era una estrella de circo para llenar los estadios. Esa misma gente, hoy hojea con avidez las páginas de los diarios y mira el noticiero del día en Cali: El Pitufo ha vuelto. El no sabe hasta cuando, pero ya ha marcado un récord mundial. Es imposible no sonreír complacido, al verlo correr y picar el balón, con esa misma picardía y ese mismo número 7 que lo acompañaron en su vida y lo hicieron querido en esa hinchada, que hoy llena las gradas, para ver a su equipo y a este Pitufo vestido de rojo, que cual viejo diablo, al borde de la media vida, pareciera que ha hecho un pacto eterno, con el reloj del tiempo.

Los mejores hinchas del mundo

“Si hubiera un mundial de hinchas, seguro que seríamos campeones”, reza el eslogan de un comercial que no está lejano de la realidad. Porque sino como se puede entender que un equipo impresentable como el nuestro, que tiene el rostro desencajado, que no infunde miedo a nadie y que solo parece un puñado de entusiastas peloteros que se meten a la cancha para la pichanga semanal, pueda producir tanta pasión, aún y a sabiendas que se sentará ante la TV y volverá a vibrar y maldecir al Chemo y a sus jugadores, a despotricar de Burga y su deslustrado presente.
Un equipo que a despecho de su historia futbolística, hoy sea el furgón de cola de este tren llamado Sudamérica. Este hincha peruano, debe ser lo mejor que tenemos, porque sino, no se entiende, como salta y grita un gol de empate, que ni siquiera fue nuestro. Pero igual desata su euforia y lacónicamente hace la pausa para el comentario, hasta que la realidad vuelve a inflar nuestras redes. Pero vuelve a levantarse en cada ataque peruano y se vuelve a sentar emocionado. Suelta su ironía con arengas y jodas, que en el fondo solo tratan de maquillar su impotencia y enfado, al no sentirse recompensado. Será porque este hincha se pone la camiseta, brinda lo suyo y se entrega a su bicolor sin pedir nada a cambio.

Si maniobramos el dial del recuerdo, nunca Venezuela había sido mas y tampoco, nos había humillado tanto. Es verdad que en el fútbol las distancias se han acortado, pero también es verdad que algunos –como nosotros- han retrocedido demasiado. Anoche se ha vivido otro capítulo de una novela que tiene el mismo argumento, pero que ha cambiado de títulos y protagonistas, el final es el mismo y en cada actualización los héroes terminan siendo villanos y el galán -léase el Chemo- solo gana popularidad, para que su imagen pueda venderse a costa del sufrido hincha. Un Perú que hace cuatro días, se aferró de la solapa de la fortuna, para hacer creer que había algo porque luchar, salió al campo, sin esconderse, tocando, Solano, Palacios, Fano y hasta Guerrero, que se fue temprano, quizás a ponerse a pensar mas en su futuro alemán, que en arriesgar por nada. Era ese Perú que siempre está en la cancha, aunque no tiene juego, que atropella sus ideas, pero no condensa juego. Pero vino lo de siempre, regaló un gol “primarioso” y de allí para adelante, salieron todos los errores. Al final, nos convertimos en la vitamina perfecta para este Venezuela, que renace y sorprende, que se encarama al árbol de la esperanza y que después de lo de Chile, aguarda callada lo que haga el resto, porque ellos ya la tienen bien clara.

Argentina, ha dejado sus opciones regadas por el piso y sus hinchas pisotean todo lo que hasta ayer era sinónimo de pleitesía. Hoy todos apuntan directo a la frente del Diego y sus jugadores. Ni Messi se salva y así como lo endiosaron y hasta lo compararon con su DT, hoy todo no es mas que una suerte de reproches y exigencias, que lo único que han logrado, es quebrar el endeble andamiaje albiceleste, lleno de individualidades superlativas, pero carente de fluidez, porque nunca pudieron ser una sociedad de ideas colectivas. Todos se preguntan, porqué Messi, Tévez, Agüero y otras estrellas no brillan como en sus clubes, y la pregunta no solo se la hacen en Argentina, es un tema mundial de marketing, que vende la marca registrada de un jugador, como parte de lo que hoy predomina en el fútbol: El vil dinero.

En sus clubes los Mesis, Tevez y Agueros (podríamos incluir los Pizarros, Farfán y Guerreros) tienen socios estratégicos –de nivel A1- que los habilitan o son habilitados y que a partir de una sociedad de responsabilidad ilimitada, invierten en la bolsa de acciones, de juego de conjunto, con horas de vuelo y con kilometraje controlado, que los hace pulir defectos y virtudes de cara al objetivo común. Allí nacen las marcas registradas, los íconos que se venden al mundo y mueven el fútbol, convirtiéndolos en héroes millonarios de la noche a la mañana.

Esos mismos íconos, cuando se enfundan la camiseta de su selección, al no encontrar los mismos socios, tratan de resolverlo todo individualmente y allí pierden protagonismo y hasta credibilidad. Los dioses se hacen terrenales y los resultados no son los mismos. El balance marca en rojo y la paciencia toca el límite del descrédito. Primero fue Bielsa, después Peckerman, Basile y ahora Maradona. Nadie supo manejar esta coyuntura y la crítica ante el resultado es nefasta y el enfado es unánime. Argentina ha dejado de ser ese equipo que avasallaba con juego en conjunto y esa gran virtud de marcar, con la pelota en los pies, ha pasado a ser una suerte de intentos heroicos de Messi y desorden en sus líneas.

Maradona, no encuentra respuestas en los suplentes y quizás sus elegidos no sean los idóneos, o mas cuerdo aún, él mismo sepa que no sea el elegido, aunque no lo aceptará nunca, y ensaya el discurso fácil, fungiendo de mártir extemporáneo, diciendo que dejará su sangre hasta lograr la clasificación. Ahora se tocan nombres que antes los apartaron. suenan los Riquelmes, los Cambiasos y hasta los Crespos. Dicen que la impaciencia es un sentimiento que tiene que ver mucho con la angustia y en medio, siempre hay un extraño temor que infunde la misma muerte, a veces, se muere mucho antes de la hora señalada o quien sabe para cambiar el destino, se deba morir un poco. Argentina tiene a la mano a Perú otra vez en el camino y no le va a pedir permiso para matarlo, porque es conciente que definirá su suerte en el Centenario, ante Uruguay, en un partido que no sabemos si al Diego, aún le sobre sangre.

El hincha peruano, hoy no quiere hablar de fútbol. Se enfada si le tocas el tema. Pero mañana, cuando deba ir a Buenos Aires, otra vez se sentará frente a la TV LCD, con su entorno de jolgorio y compañía agradable, especialmente preparado para vibrar, gritar y volver a maldecir, total -se dirá para sus adentros- que importa si Argentina, tiene al D10s enfadado, que Messi no brilla o que ya no jugamos por nada ni por nadie. Que no somos nada en el fútbol y el último lugar nos sienta bien o sea una señal de alarma. Que importa todo, si al final, mañana volveremos como tantas veces, a volver a creer en la ventura de nuestro futuro, en forma de balón.

Hoy, somos los jueces sin rostro, que juzgaremos si Argentina va o no un mundial y ese hincha peruano, recordará que alguna vez les dimos la mano, dejando a Paraguay fuera y en otra nos sacaron, para que Maradona, sea el Rey de México 86’. Algunos fieles al libro de historia, evocarán hasta la hazaña de la Bombonera, de hace 40 años. Pero, será mejor que sigamos viendo el comercial, con el hincha fervoroso, el fanático, el matemático y hasta el que se cree DT. Total todos sienten la blanquirroja, a su manera y cada uno vive el fútbol como mejor lo hace vibrar. Después del partido, seguiremos pensando que somos los campeones mundiales, pero en el mundial de hinchas y que vivimos nuestro sueño, hasta que se apaga el televisor.

Reflexión en el arroyito

En las horas tranquilas, resulta placentero reposar el cuerpo y estirar las piernas, mirando discurrir el agua de este pequeño riachuelo de emociones, que nos ha dejado el tan esperado Argentina–Brasil. En este entorno, resulta mas objetivo el pensamiento y se puede mirar mas allá de un resultado trabajado, que tuvo su punto de quiebre, en esas dos pelotas paradas que fueron aprovechadas al máximo, cuando Brasil aún no terminaba de atarse los zapatos y el equipo de Maradona, apostaba por buscar el riesgo desde el inicio, con desorden y apelando a lustrar la lámpara de Messi y dejándose llevar por la efervescencia, que marcaba un estadio rosarino, agradecido y repleto de ansias locas. Pero, el fútbol no sabe de agradecimientos, tampoco de vigor, entrega o merecimientos. Tampoco entiende, de motivaciones y palabras lanzadas al viento. Menos puede aceptar que, con solo tener un nombre enchapado en oro en la historia, le baste para ser superior o pueda encontrar eco en sus elegidos. Esa gente que llena la tribuna, que grita y enloquece, entiende mejor que nadie, que su pasión tiene sentido y existe, por lo mas importante y valioso, que sirven en el fútbol: LOS GOLES.

En las horas felices de Dunga, hay una acertada pausa y reflexión. Ha pedido controlar la euforia, a esos mismos hinchas que pidieron su cabeza, su cuerpo y su alma y que lo llamaron desde dictador hasta inútil. Esos mismos hinchas que siempre van a exigirle mas y que en estos tres años, ha aprendido a convivir con ellos, de la única manera como entiende el fútbol y que le dieron un nombre propio, cuando era jugador: Autoridad y liderazgo. Ha jugado su partido, de otra manera y ha hecho prevalecer su don de mando. Es medianamente conciliador y ejecutor de una férrea disciplina, que su grupo lo ha entendido y por eso han sellado su pasaporte al mundial. Dunga, podrá sentirse privilegiado de contar con un extraordinario jugador como Kaká o un matador del gol como Luis Fabiano. Un par de torres gemelas que son fundamentales atrás como Lúcio y Luisao. Puede sentirse tranquilo pues por fin, tiene el mejor arquero del mundo, nada menos. Pero quizás, lo que mas le llene de satisfacción, es haber logrado un equipo, que ya no juega para divertirse, sino para ganar. Ha encontrado el punto de equilibrio, donde puede mandar y dirigir, pero sin dejar de lado su ecuanimidad y con los dos pies bien puestos en el piso.

En las horas tristes y amargas de Maradona, hay un sabor a enmienda, pero que va cargada con una embustera forma de evitar la impotencia. Acepta que se viene lo peor y que el camino se va haciendo estrecho. A despecho de Dunga, el D10s pueda que tenga a mano, mas figuras de trascendencia individual y en ello se asemejen a él en todo su genio y figura. Para los Argentinos, Diego, es un tótem, al cual le van a rendir pleitesía por toda la vida. Mas ello en lugar de haberlo hecho santo, lo ha hinchado de un orgullo malsano que ha devenido en un proceder irracional que no tiene nada que ver, con su andar maravilloso dentro de una cancha de fútbol, pero que ha tenido consecuencias funestas y hoy en una coyuntura futbolística, difícil como complicada, han salido a la palestra los yerros y culpas ajenas que empezaron desde el mismo momento en que Grondona, quiso congraciarse con el Diego y de paso, limpiar con agua tibia su gastada imagen, o quien sabe, decidió darle el timón, solo para deshacerse de una vez por todas de alguna deuda personal o de esconder bajo la alfombra, algún pasado tormentoso.

Lo que ha dejado el partido para ambos bandos, es una tranquila forma de pensar en el futuro, de parte de Dunga y una oscura presión que empieza a carcomer sus miedos en Maradona. Ha quedado desairado en su afán por valerse de su imagen para vender una ilusión devaluada y fracasó en su intento. Arriesgó hasta donde lo dejó Brasil y una vez asegurado el marcador, sus pequeños soldados rebotaron una y otra vez sobre la pirámide verde amarilla. Brasil jugó sabiendo hasta donde podía arriesgar y tuvo en Kaká, al fenómeno que prendió la lámpara, en el momento justo, en que despertaba el gigante de arroyito, se puso el equipo en la espalda y dejó su sello impregnado en ese pase espectacular que definió con sabiduría Luis Fabiano. Allí quedaron desparramadas las fuerzas argentinas y la cara de Maradona, era el rostro de la desventura, esa que hoy parece un viento lejano que intenta apagar la esperanza de ir al mundial.

De cara a lo que se viene para ambos DT, Dunga, sabe que su equipo está firme y así como definió con eficiencia, es conciente que le falta ser eficaz en sus líneas y no dejarse avasallar de manera frecuente. Tiene la ventaja que sus jugadores son mas concientes a la hora de la verdad y mantienen un perfil bajo para explotar en los momentos claves de un encuentro, su mente y alma ya está en el mundial, lo que le queda por estos lares es jugar un poco, a retomar esa diversión que había perdido en la cancha, congraciarse con sus congéneres y acumular mas kilometraje, para canjearlo por horas de vuelo, directo a Sudáfrica.

En Buenos Aires, hay un descrédito y un Maradona desprotegido. Se avecinan nubes oscuras para esta selección que ya empieza a ser cuestionada y el ambiente no es de lo mejor, el equipo se encuentra expuesto y débil, el chaparrón lo puede encontrar sin paraguas y coger un resfrío mortal. Por querer romper la realidad, ha intentado porfiar a la aventura de cogerle la cola al león, vestido de amarillo, sin darse cuenta lo peligroso que resultaba. Ha sucumbido en su experimento y el zarpazo le ha dejado una herida que ha empezado a sangrar de a pocos, pareciera mentira que con tan buenos jugadores, hoy solo le queda ir a defender el resto o morir en el intento.

El show de los sueños

El hombre de mirada esquiva se aproxima al monumental. Lleva un gorrito de colores alusivos a la blanquirroja. En su mirada hay una suerte de despreocupación, que solo disimula cuando intercambia alguna sonrisa con su pequeño hijo de 7 años, que se aprisiona de su mano y se emociona conforme se acerca a la puerta de ingreso. En la grada, los ojitos del niño, se llenan de un brillo de asombro, al ver el coloso de cemento, con esas bancas de colores que le llaman la atención. Su padre le va explicando, los detalles y el niño pierde la mirada embelesada, en el verdor de la cancha. El sueño de su padre, es que algún día pueda ver a su vástago, vestido de corto y anotando un gol, igualito que el “Chorri” Palacios, ante Paraguay. Aquella noche inolvidable, que lloró emocionado y que marcó su admiración eterna por quien hoy puede jugar su último partido con la selección, en esta suerte de adiós sin despedida y por quien lleva - igual que su hijo- el polo con el emblemático lema: TE AMO PERU.

Acaso y a este hombre ya no le importe que el estadio asome medio vacío, tampoco que no encuentre la misma efervescencia de otros partidos. Acaso y no le importe, que entre la gente hay una suerte de represalia, que no tiene que ver con el honor o la dignidad, que ya fue perdida hace tiempo. Más pareciera una cuestión de querer remendar un presente, a punta de perversidad y a costa de un rival que nos cae pesado por antojo insano. El niño distrae la mirada en esa gente que no se inmuta como otras veces y que solo sonríe con sorna, cada vez que De la Haza, recupera un balón para volver a entregarlo al rival y ensaya un rumor cada vez que el “Loco” Vargas embiste con fuerza y demuestra que está en un nivel por encima del resto o cuando Solano, hace las paces con el “Chorri” a través del balón. Ya nadie se molesta si la salida de Zambrano, es temeraria o que Chavez no se dé cuenta que lleva la blanquirroja en el pecho. Acaso y lo único que en este momento les importe a todos, sea que la selección gane, pero más que para sentirse felices, lo haga para sentirse desagraviados.

El partido, va dibujando dos caras, una la peruana, de tranquilidad con desparpajo y la otra, la uruguaya, que ve pasar la hora y extraña más que nunca a Forlan para embocarla. El niño está tranquilo, sonríe con alegría y se pone a pensar, en lo feliz que se sentiría su padre, si algún día se cumple su sueño y en lugar de estar en la grada, lo salude victorioso desde la cancha. Son los instantes finales y el “Chorri” está a 10 metros de donde están ubicados y responde el saludo y las arengas del mítico jugador. Lo ven lanzar el corner, que llega a los pies de Vargas, que en su porfía habilita al “charapa” Rengifo, quien define con sangre fría y hace que esta gente, que se animó a último momento, a poblar el monumental, celebre un triunfo que da tres puntos, pero que son solo bálsamos para un espíritu doblegado y que en esta hora, le resulte tan insignificante e irreverente, para con su propia realidad futbolera.


En la calle ya no hay carros con bocinazos, ni sonrisas desperdigadas por doquier, solo hay una mirada del niño a su padre, que el hombre interpreta como una promesa silenciosa, porque algún día no muy lejano, ese sueño de estar en un mundial, lo encuentre como protagonista principal. El hombre se va satisfecho. Ha visto a su ídolo bañado en aplausos y pidiendo más, a pesar de los años que no perdonan. Ha podido sonreír ante esta victoria insospechada, como insolente, que ha dejado un sabor a revancha por lo de Montevideo y una encrucijada en los “charrúas” que pueden quedarse sin mundial y sean estos puntos perdidos, los que les hagan falta más adelante.

El hombre aprisiona la mano de su hijo y lo ayuda a cruzar la calzada. El niño lo mira y sonríe. los dos parecen adivinarse los pensamientos. El padre sueña con su hijo, como el futuro “Chorri” de la selección. El niño ha decidido ser como el “Loco” Vargas. Ambos sueñan con la misma pasión con que se vive el fútbol, ambos se mezclan entre esta gente que ha venido al estadio, con esa ilusión insana, de comprobar hasta cuando aguanta su corazón y cuan diferente se siente, jugar sin miedo a perder y ganar solo para presumir de un resultado, que solo sirve para recuperar algo del crédito perdido, aún sabiendo que ello, se puede volver a hacer añicos en unas cuantas horas.