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CLASICO ES RECORDARTE

Era ahora Daniel, era hoy, justamente en un clásico, esos donde últimamente de futbol se hablaba poco y se peleaba más. Era ahora Daniel, para que esa gente vestida de blanquiazul se hermanara con la que poblaba su casa, el Monumental, izando banderas merengues y se fundieran en un aplauso intenso, sincero e interminable, como una loa a tu recuerdo, porque debías estar ahí, en la cabina, de 9 o de 10, jugando tu partido de cada semana, transmitiendo emociones como lo decías, como lo sentías. Y ese aplauso fue la muestra del reconocimiento para que nunca permita apagar la voz de quien seguirá presente, cada vez que empiece a rodar el balón y la emoción intente desbordarse.
 
En el verde un nuevo clásico, Universitario mermado de nombres, más comprometido por no perder el orgullo y tratando de suplir las carencias, pugnando por logar un funcionamiento adecuado a la mixtura de temperamentos. Alianza en cambio, de fisonomía distinta, con el título anterior bajo el brazo, buscando apuntalar en el juego, sus nuevos nombres a los ya conocidos que aportan el kilo demás en la balanza de la experiencia, tan vital y necesaria para este tipo de rigor de partidos. Pedro y Pablo en el banco, cada uno exponiendo su trabajo, buscando superar el déficit funcional natural que se genera en el inicio de temporada y que demandan un tiempo prudencial. Pero el hincha que no entiende de sistemas tácticos, ni de funcionamientos colectivos y menos de problemas internos, solo exige resultados y en ello, por ahora no le bastan las explicaciones. “No saben si es justo, solo saben que es cierto”.
 
Un primer tiempo donde la U domina con mucha intensidad, un 4-3-3 con posicionamiento defensivo para achicar espacios, marca agresiva y presión alta, neutralizando al rival lejos de su campo, hiriendo por bandas, donde Alianza sigue siendo endeble. Una defensa a ultranza ante el empuje de la juventud crema. Troglio tiró a Osorio jugándose el cuello y el chico no lo defraudó, desmarcándose siempre, buscando la asociación, cambia el 30 por el 9 en el dorsal y hace el primero, culminando un gran centro del “Chiquitin” Quintero -Aún le faltan horas de vuelo para recuperar su nivel de avión- y tuvo el segundo que el parante le niega para hacer una noche redonda. “Los palos son así, a veces juegan para el delantero y otras para el portero”.
 
Alianza recupera el aliento desde la habilidad de Quevedo y la constancia de Hohberg, falla en el retroceso crema, Schuler queda desairado y el de Alianza culmina en el testarazo que se cuela debajo del poste de Fernández. Una igualdad oportuna pues era el mejor momento de la U que no supo liquidarlo cuando tuvo el control del juego, primero por apresuramiento y otras por las benditas manos de “San Leao” que hicieron que los cremas se fueran al descanso rumiando su ineficacia. “Goles que no haces, goles que te hacen”.
 
El segundo fue distinto. Alianza replantea variantes posicionales para cortar la asociación en medio. Su 4-3-2-1 se hace funcional a un 4-3-3 con mejor rotación del balón, Bengoechea echa mano a su mejor plantel para contrarrestar la dinámica merengue. Hohberg empieza a ser pesadilla para la defensa crema y la figura del partido. Busca la personal y se cuela en el área, Schuler queda sin frenos y se lleva su humanidad. Penal indiscutible que la pegada de Cruzado, deja marcado en la red el desequilibrio íntimo. Pablo encuentra mejores variantes en el banco que Troglio. Primero Costa y después Velarde, le dan respiro a Cruzado que crece en el juego. La U se va quedando sin gasolina y es Vargas que intenta, hacer la del gladiador en solitario, corriendo la banda y lanzado balones espoleados. Pero a estas alturas para la U ya no le bastan solo el pundonor y los huevos de Vargas, hay que jugar bien y ello, sin piernas se hace casi imposible. El tercero cae más por error propio que virtud de un cuestionado Posito, que corre a Balbin y anota de remate mordido.
 
Alianza se lleva el triunfo, pero la sinceridad de Bengoechea, afirma que el marcador resultó demasiado premio. La U pudo asegurar el partido cuando mejor hacía lo trabajado en casa. Pero así como los clásicos no solo hay que jugarlos, sino ganarlos, esta vez el mayor kilometraje íntimo y su replanteamiento apoyado en mejor banca le paso la factura a la juventud merengue, que no supo controlar el vértigo y pago demasiado caro sus errores en defensa. Para Alianza de cara a su trascendental partido de copa ante Boca Juniors, este triunfo le entona el semblante y apuntala en el ánimo. Será otra historia totalmente distinta, con un rival de otro nivel y jerarquía, otra oportunidad para que un equipo peruano demuestre de que está hecho.
 
Quedará en el recuerdo, ese aplauso intenso, vibrante, por la memoria de un amante del futbol, un transmisor de emociones y caballero del análisis acertado. Quedará en la memoria el recuerdo de ese aplauso conmovedor despidiendo a la voz que nos llevó al mundial y que retumbaba en las cuatro tribunas del Monumental. Quedará en las retinas el mensaje de las camisetas blancas que portaban los jugadores de la U y Alianza “Hasta siempre Daniel. Gloria a ti en las alturas".
 

Aqui estoy, aqui existo

La U es la U reza una frase hecha por el “Puma” Carranza y que el hincha la ha hecho suya. Y cuánta razón tienen a veces, porque si existe un equipo peruano al que su hinchada hace pesar para bien o para mal ese es Universitario. Cuanto presionan en la cancha, donde juegue su equipo y cuanto lugar lejano exista, siempre hay gente crema alentando y pujando por sus colores. Y debe ser algo de eso lo que hace que la U, cuando más herida de muerte se encuentra, logra aquello que se acerca más a la grandeza y la fortaleza mental que al propio juego en cuestión. A veces se hace creíble aquello de que la U es más grandes que sus problemas.
 
Si hay algo cierto en el fútbol, es que un equipo es fiel reflejo de su DT, de la personalidad para encarar el juego y hasta de la forma en que se pretende afrontar un campeonato. Juan Reynoso debe ser el mejor técnico peruano en la actualidad, los números hablan por sí solos y no hace falta cuestionamientos de su capacidad, para lograr tercamente que sus equipos funcionen según la disponibilidad y perfiles de sus jugadores, rotando sus participaciones parejas en todo el torneo y privilegiando el plantel, que es su fortaleza como director de una empresa, donde su mejor patrimonio, no es su maquinaria ni su infraestructura, sino su personal.
 
 
La llave más complicada de semifinales, ha sido jugar contra Melgar, porque no se enfrenta a un equipo, se choca contra una fuerza pareja y con un aliado fundamental que es la altura de Arequipa. La U lo afrontó desde el primer partido en Lima, con un primer tiempo arrollador, donde fue una tromba, desdibujando a Melgar hasta someterlo a la mínima esencia de sus debilidades. Pudo haber hasta goleado sin despeinarse, pero su mejor momento no lo trasladó al marcador y su falta de contundencia lo hizo pagar caro, aparte de que se le apagaron dos motores en pleno vuelo. Melgar es de esos equipos que radican en la paciencia, su virtud para acomodarse y ser contundente en los momentos claves.
 
La vuelta en Arequipa, a pesar de lo remoto que resultaba en el papel, fue un fiel calco del primer partido. Un arranque crema explosivo, arrollador, con la sangre en el ojo. Asfixió a un Melgar que como en Lima, no encontraba el hilo de la madeja, cundiendo otra vez la desesperación en sus líneas. Manicero primero y Polo después, hacían el milagro en Arequipa, un 2-0 que lapidaba a Melgar que perdía a Quina y Fernandez por lesión, estaba sin ideas, sin claridad y sin juego, eran causas que parecían colocar un manto negro al pie del Misti. La frase del “Puma” Carranza se hacía un proverbio en la cancha.
 
Pero quedaban balas en la cacerina de Reynoso, el empuje rojinegro, se fue reflejando en un dominante complemento donde todo gira 180°, deja Melgar de ser parco y hace mas juego asociado, con Fernandez, el recuperado  “Churrito” Hinostroza y “Wally” Sánchez, desnivela a partir de la rotación del balón, para ahogar los ímpetus cremas y aunque falla un penal con Cuestas, no deja de golpear. el colocho Fernández hace el primero y luego Alexis Arias un jugador con el sello en la frente de Reynoso, para hacer el ida y vuelta temporizando el juego, hace el milagro emparejando la cuenta y concediendo al equipo del Misti la posibilidad de lograr el Bi-campeonato.
 
Reynoso ya no es el de antes, ha entendido que antes que seguir el instinto del primero me defiendo y después existo, debe agregarle una dosis de riesgo, de variantes en el juego, que es justamente donde ha invertido, tiempo y dedicación para la elaboración con paciencia y tino, algo que le ha servido para revertir los resultados cuando le tocan partido chatos, por el rival o por esas cosas que tiene el fútbol. Reynoso contra la U jugó tanto de local como de visita, con dos líneas definidas para defender con lo justo y presionar con volumen. De seguro existirán partidos que los pierda, porque los riesgos traen consecuencias, pero vale en demasía que hoy arriesgue más de la cuenta y que de cara a pretender ser posible DT en un equipo extranjero, le viene bien seguir los preceptos que hoy le exigen la modernidad que impera en el fútbol competitivo.
 
Se le viene otra final a Reynoso y al pueblo arequipeño, se encuentra frente a un Cristal que pasó de la angustia al éxtasis, casi en las mismas circunstancias, pero en diferente escenario, nuevamente tiene en frente  a un rival que trabaja en serio en el futbol peruano y que aspira a coronar con otra estrella su esforzado trabajo. Ya no es casualidad y tampoco obra de la ventura, Juan Reynoso, llega a otra instancia final y al margen del resultado que obtenga, como que ya se va haciendo hora de que se reconozca su capacidad, quizás en otro nivel de competencia, quizás en nuestra propia casa, con su propia gente, porque aunque no le gusta el tumulto y tampoco hablar demasiado, desde hace un buen tiempo, su trabajo parece hacerlo por él de manera notoria, dejando un mensaje descifrable de decir siempre: Aquí estoy, aquí existo.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

La verdadera pasión

Diego tiene 10 años y hoy va con su familia al Estadio Nacional. El chico desde que tiene uso de razón, ha escuchado en su casa hablar de un solo equipo: El Muni, del cual él no tuvo mayor referencia, pero que empezó a querer, casi como una forma condescendiente con su familia. Siempre escuchaba a su abuelo Alejandro, el patriarca de la familia, contar cuando solía ir a ver al “Cholo” Sotil  con la abuela Sara, cuando eran enamorados, aprendiendo juntos a profesarle una devota admiración, que se hizo parte de sus vidas, en una foto que se hicieron con el “Cholo”, después de muchos años y que el niño siempre miraba con curiosidad en el velador de noche.
 
A Diego, nunca nadie lo obligó a ser hincha y mucho menos a profesar una pasión desmedida, siempre escuchaba como sus amigos del barrio y el colegio defendían a capa y espada su hinchaje por la U, Alianza o Cristal, pero se sometía a la burla chacotera cuando le preguntaban de quien era hincha y él muy orgulloso, decía “soy del Echa Muni”, aceptando de buena gana las carcajadas de sus compañeritos, que no comprendían porqué era hincha de un equipo por demás desconocido.
 
Diego aprendió a sentir apego por la franja viendo sufrir y gozar en la cancha a su abuelo y su padre. No entendía porque a veces, sollozando, buscaban sus bracitos para compartir un estrujón interminable, consolando sus lágrimas de tristezas y otras de alegría. Creció asistiendo a estadios que no eran los mismos que iban sus amigos, pero fue haciendo fuerte el apego con su abuelo, quien le contaba sus historias de fútbol. Por eso esta vez en que se celebraba la “Noche de la pasión Edil” el ambiente era propicio, para volver a sentir esa camaradería de la gente vestida de edil. La sonrisa cómplice de alguien que no conoce y los gritos de aliento de una indesmayable “banda del basurero” que siempre le llamó la atención y hoy se emocionaba cuando entonaba el silbido característico que compartía con su abuelo.
 
Bryan fue siempre un fanático del fútbol, un hincha desmedido de la U. Su primera camiseta la tuvo el día que nació, se la regaló su tío Ramiro, otro flemático apasionado crema, que en su juventud fue un futbolista frustrado. Bryan creció en un entorno violento, lleno de carencias y solo pudo cursar el tercer año de secundaria. Su vida fue tranquila, pero estuvo vinculada entre los amigos del barrio que crecían con él, alimentando odios ajenos para los que hinchaban por los rivales. Fue muy temprano que empezó a frecuentar, las barras bravas, los grupos que desataban la violencia cada vez que asistían al estadio. El nunca atacó a nadie, pero era un observador pasivo.
 
Los padres de Bryan, perdieron el control y su adolescencia fue encaminada por los malos amigos. En su barrio de SJL los grupos de barristas eran su hábitat, fue forjando una pasiva posición ante la violencia y el vandalismo. De día era un chico que trabajaba repartiendo papel higiénico, pero en las noches, buscaba asociación para ser cómplice de un bandolerismo y agresión mutua, que en ocasiones le costaron más de un susto. Su madre le pidió muchas veces que se apartara de esos grupos, pero su pasión desmedida o su falta de carácter para decidir lo mejor, le impidió entender que una madre siempre tiene la razón.
 
Diego salió del estadio feliz. Su familia sonreía y comentaba que había pasado una noche especial. El fútbol y su amor por el Muni, los había vuelto a unir, su abuelo y sus padres se habían reencontrado con viejos amigos hinchas, que lo hicieron enternecer, cuando vio abrazos sinceros y una confianza inigualable.
 
-Abue y tú crees que este año subiremos a primera?- Preguntó el chico con una interrogante marcada en la frente.
 
-No sé hijo, eso solo lo sabe Dios y los jugadores, pero lo que es cierto, es que nuestra pasión siempre es de primera- Respondió el veterano hincha con una sonrisa que iluminó el rostro de su nieto.
 
Bryan no regresará a casa. En un enfrentamiento confuso, por la disputa de unas entradas, un supuesto barrabrava que enarbolaba la misma bandera del mismo club, le descerrajó un balazo, sin ningún miramiento y le quitó la vida. Recién había cumplido los 19 años, era un joven como tantos, que se dejan llevar por desadaptados que utilizan el fútbol para dejar salir sus frustraciones y hacer de la violencia un medio de lenguaje. Bryan ya no tendrá el aliento que su club requería y tampoco llegará a su casa para recibir las súplicas de su madre María. Hoy es otra víctima más de esta realidad que nos aterra, pero que no podemos darle la espalda.
 
Son realidades opuestas es verdad, pero no se trata de cual es mejor ni cual es peor, tampoco de ser caviar o pragmático. Se trata de la vida en toda la extensión del derecho que tiene toda persona y que hoy nuestro jóvenes, muestran un total desapego e irrespeto. Puede que el análisis se haga por lo sucedido en la calle, pero quien sabe y la verdadera violencia es la que se esté creando en este segundo, en cada uno de esos hogares disfuncionales que cría un chico desorientado que no encuentra mejor compañía que lo que tiene a la mano. Lastimosamente para unos, el fútbol solo resulta un pretexto y para otros un medio para involucrarse y vencer sus temores y sus escondidos complejos.
 
Las recetas hoy son de todos los matices, desde las más sesudas hasta los más radicales. Lamentablemente se siguen creando malos precedentes y no se trata del color de una camiseta, de una banderola o un escudo, tampoco de un fanatismo desmedido. Hay que ponernos la mano en el pecho y preguntarnos cuanto nos distrae la apología disimulada, que nosotros mismos aceptamos, haciendo que barrabravas se hagan “ídolos” de la TV, cuanta exposición mediática hay con las previas y antes que el fútbol, se priorice el morbo y los bandidos que cuentan chistes de alto calibre. Cuan racional resulta afirmar que “El hincha de mi equipo nace, no se hace” y lo vestimos con su primera camiseta, sin que entienda lo que sucede. Cuanto de pasión afiebrada inyectamos en nuestros hijos, cuando no somos tolerantes ante una derrota y no aceptamos que el fútbol es un juego. De pronto, exista un trasfondo social detrás, pero también hay una asolapada complicidad nuestra por delante.
 
Nuestro fútbol se hace más pobre cada día, cada vez menos familias asisten a disfrutar un partido de fútbol, sin que tengan que estar pendientes de la puerta de salida, para que el pitazo final los encuentre lejos del caos. Los padres no queremos asumir el riesgo de que unos delincuentes disfrazados de barristas, que caminan sueltos por las calles, lastimen a nuestra familia. Ayer se hizo una advertencia a la defensa de la vida por encima de cualquier fanatismo, cuando sentenciaron a los asesinos de Walter Oyarce, pero hoy el fútbol nuevamente se ha teñido de sangre y mañana se buscará la justicia que no devuelve la vida. Ayer fue uno de Alianza, hoy de la U y mañana puede ser cualquiera, incluso de nuestro propio entorno. La condena es contra la violencia, pero acaso y el más condenado injustamente, resulte siendo el propio fútbol.
 
 

Gloria en las alturas

Era un día especial en su vida. Ese día que no lo puedes obviar, está resaltado en el calendario porque significa tu presente y tu pasado. Es el día en que se recuerda la llegada a este mundo y que genera felicidad, aunque con el paso del tiempo se va convirtiendo en preocupación. Erick despertó abrumado por los besos de sus hijas que lo llenaron de mimos, para saludarlo por su cumple. Él y sus engreídas son hinchas cremas a muerte, por ello una vez recuperados de las emociones tempraneras, de súbito, se levantó y ante la mirada atónita de las nenas exclamó: “Ya va a ser la hora del partido”. Todos rieron y abrazados decidieron alentar las ganas para ir preparando la celebración, esta vez estaba unido a un TV y a una definición extra por el título en Huancayo.

En la cancha estaban la U y Garcilaso para dar inicio a una definición de este “Play Off” peleado y equilibrado, desde la ventaja de ser locales y la posibilidad de elegir este lugar neutral, que en la práctica favorecía a los celestes. La altura nuevamente como obstáculo, como desagradable escollo que había de superar en la instancia final. Pero si había una ventaja geográfica para los cusqueños, había una ventaja moral y hasta espiritual que acompañaba a los cremas. La U ha hecho leyenda el no perder campeonatos y definiciones, por ello su gente bañada en confianza, solo empacó las ganas de seguir siendo grande y que como compañía de lectura, bajo el brazo, llevó su libro de historia, la suya propia, como para alentar el ánimo y amenguar un poco el desagradable viaje.

La mesa estaba servida, un almuerzo familiar acompañaría la tensión frente a la TV. Allí estaba ella, Sandra, la compañera fiel, la que hoy comparte con Erick la tranquilidad, del apoyo moral y sentimental. Al lado estaba el Nono, con sus 80 abriles bien vividos, enfundado en su camiseta crema -con el modelo que usaba su amigo “Lolo”- con sus ojitos vivaces y sonriendo por cada mohín de sus nietas. Ellas inquietas, revoloteaban por la casa, nerviosas y algo intranquilas. Mas allá los sobrinos y los tíos llenaban la casa. Todos compartiendo el apasionado amor por la U y listos para alentar en la distancia, con esa fidelidad que unía la familia completa en fervor y sentimiento frente al TV.

Un partido, donde la altura es un jugador adicional y las estrategias circulan en como avasallar al rival de arranque, por un lado y como contrarrestar la falta de oxígeno y no perder la posesión del balón por el otro. En la tribuna se divisaban siluetas vestidas de crema que avivaban las ganas de echarse a correr por el verde y dejar la piel en cada jugada. La otra mitad pintada de celeste, apelaban a rezar para irse alegres a casa. Cerrar con un campeonato en tan poco tiempo, era culminar una estupenda campaña. Ambos rivales tenían algo en común. La confianza de sentirse en su hábitat por un lado y el peso de la historia por el otro.
 
La emoción fue subiendo de nivel y la tensión empezó a calar las fibras. La comida podía esperar, todos estaban pendientes de lo que sucedía en la cancha. Garcilaso se iba con todo y cada avance era una agitación al corazón. Le costaba llegar a la U, se le hacía difícil encontrar ese fútbol aplicado y el medidor de oxígeno empezaba a descender en sus pulmones. Hay centro del Guasta que peina Ruidiaz y se la encuentra Galliquio para empujarla debajo del arco. Gol que tranquilizaba la angustia, aunque en el festejo el autor del gol y el “chapu” quedaron cortados al chocar sus cabezas. La sangre se unía al sudor y Garcilaso estrella en el palo el gol del triunfo. Se suceden jugadas de peligro en arco merengue y la ansiedad va haciendo mella. Erick ha sido enviado al segundo piso, como cábala. El Nono sigue alentando con inusitado frenesí, hace arengas a “Lolo”, su referente y su amigo secreto desde antaño.

El partido se hacía de un solo lado, empujando Garcilaso y resistiendo la U con 9 hombres. Duró poco la algarabía, la “máquina celeste” encuentra el gol después de haber perdido varias oportunidades y empareja un marcador hasta ese momento injusto. Ataja Carvallo a medias y Bogado dibuja una mueca de preocupación en la trinchera que copaba la grada. Garcilaso fue más, pero heroico lo de la U que resistía. Se viene el vendaval y había que aguantar. Los 90 minutos se fueron y había un alargue que iba a ser interminable. Erick mira el partido solo, sus hijas se comen las uñas de nervios. Sandra maldice que el tiempo se pase y no haya un gol a favor. El Nono solo sonríe como queriendo darle confianza a los demás, sobre todo a su hijo, que empieza a sufrir en cada minuto que pasa, encerrado en las paredes de su habitación.

Se ha ido el tiempo de juego y hay que ir a penales. La pena máxima es una ruleta de la fortuna y normalmente es definición de los arqueros. En altura el balón pesa menos y hay que estar fino. El “Chino Ximenez” equivoca su disparo y las emociones se apagan y se vuelven a encender cuando el “pitu” Ramos nuevamente falla frente a Carvallo. Van pasando los ejecutantes, Erick ha olvidado el tiempo, su angustia destroza su paciencia y los minutos tienen en vilo su emoción. El instante final llega en el yerro de Retamoso y el acierto de Duarte. Erick ha bajado al primer piso y el festejo se hizo una algarabía total. Todos lo abrazan y se juntan con el Nono. Sus hijas han desatado el loquerío y desatan su furia contenida. Sandra mira complacida y disfruta este instante feliz, este instante supremo.

La U se ha hecho campeón en una final de infarto que duró hasta el último minuto. Sus jóvenes integrantes los disfrutan por todo lo que ha costado. Erick ha destapado la botella de vino argentino, tiene motivos importantes para celebrar. Este día de cumpleaños que lo ha sufrido con devoción extrema, este título conseguido por su crema de toda la vida, con una recargada dosis de sufrimiento y esta Navidad que ha pintado un retablo en Huancayo la incontrastable, ciudad donde hoy, la U ha logrado conseguir esta gloria en las alturas y ha brindado paz en la tierra, para todos los hombres de buena voluntad y que tienen el pecho de color merengue.


 

Clásico adolescente

Tiene la cara de esos adolescentes ingenuos, de esos chicos, cuya adultez o su mayoría de edad les es aún una lejana posibilidad y se sienten más identificados con las cosas triviales y sencillas, las cosas simples de la vida, todo resuelto con una traviesa sonrisa. Christofer Gonzales, frisa los 20 años y juega en la U como si tuviera 30, es de esos jugadores talentosos que marcan una diferencia con un simple toque al balón. De aquellos que nacen con una estela especial y que suelen calzar un guante en el botín. Es tan desfachatado cuando se le antoja y suele esconderse entre la cortina para salir de improviso y brindar una florcita en el verde, que enciende la tribuna como una pradera.

Cada vez que se juega un clásico, no es relevante como lleguen los eternos rivales a la justa. Basta que la crema y blanquiazul se tengan que ver en el verde para que el hincha olvide sus quehaceres y se vuelque a digerir toda la expectativa que se crea antes durante y después del partido. Es una necesidad ineludible, una forma de desfogue, una oportunidad para decirle al compadre cuanto odio y amor existe entre ambos y también para reconocer cuan necesarios se sienten, los unos a los otros. El fútbol, les ha marcado en la piel, rencores y ojerizas que a veces traspasa las fronteras deportivas y se convierte en una insana rivalidad que cala tan hondo en los sentimientos del hincha confeso, que le cuesta mirar o hablar de fútbol, sin sacarse la camiseta.

Es difícil pretender que un clásico con un promedio de edad veinteañera, resulte como las antiguas epopeyas de antaño, que se juegue con dosis de galantería o el vértigo que se genere en las áreas rivales, tenga figuras descollantes, cracks que definen una jugada en un verso o tanques que rompen las redes a punta de potencia de sus botines. Son otros tiempos, los compadres han asumido los años, casi de la misma manera y remendando sus urgencias, con la necesidad que sus hijos asuman la adultez, de manera vertiginosa, accidental y hasta forzosa. Para el fútbol peruano, resulta provechoso, para el hincha que llenó el Monumental no tanto, pues la tarde se le hizo gris como el partido mismo. Inicio aburrido, embrollado, deslucido y con equivocaciones por ambos lados. Muchas intenciones y pocas elaboraciones de juego colectivo. Un primer tiempo para el bostezo y un abrazo a la paciencia.

La U ha asumido la premisa de cuidar bien la casa, cero goles en contra en 6 fechas. Comizzo ha impuesto el sello de la confianza en los chicos, la verticalidad y los cambios de ritmo presionando todo el tiempo. Alianza sigue en su ritmo, cadencioso por momentos y buscando la sorpresa con el pelotazo frontal. Los buenos resultados de la U es cosecha de la conjunción del buen pie de Gonzales y la levantada de un Guastavino que ofrece variantes ofensivas. Alianza ha perdido la “magia”, una cosa era con Jordy y hoy ni Aguirre y menos un inoperante Mostto logran cubrir lo que Reyna provocaba solito arriba. La lucha en el medio fue un lio de ansias juveniles, el balón no le preocupaba a los grones y era una tentación prohibida para los cremas. El clásico se fue haciendo la lucha de chicos que querían afrontar su papel como grandes, en una realidad lejana de lo que el hincha espera siempre.

Vino el error infantil de Serrano, la puñalada letal de Ruidiaz y el taconazo de Olascuaga, el balón le llegó a Gonzales haciéndole un giño, el crema hace en un segundo que su cuerpo vaya al lado opuesto de su mirada, Heredia se devora la intención y Christofer, no la revienta, le pone el pie con sutileza a la pelota, la acaricia y ella obediente, recorre ese tramo del éxtasis total, que hace desbordar el Monumental. GOLAZO, por la concepción, pero mucho más por la magistral definición. No hubo más para hablar, solo un tiempo para gritarlo y una pausa para el aplauso interminable.

Un clásico de apariencia juvenil, de más raza que fútbol, de poco ritmo y escasa dinámica, tuvo que aparecer el que hace diferente la forma de llegar a la red. Christofer Gonzales, aquel muchachito de juego desfachatado, irreverente, que siendo crema hasta los huesos, vive en el corazón mismo de Matute en la Victoria. Lo que para unos puede ser una insolencia, para él es parte de su desinhibida forma de ver el fútbol, de hacer siempre algo distinto al resto, salirse del cuadro para pintarse él mismo, con ese pincel que tiene en el botín y que en este clásico adolescente, lo hizo figura y se ganó un boleto para jugar junto a Neymar contra Messi, nada menos. Ojalá y le den permiso, entre tanta constelación de estrellas, una luz juvenil de sangre peruana, nos inflará el pecho de orgullo y lo digo sin color de ninguna camiseta.



El NO debe y el SI se pudo

Esa desfachatez y la frescura de los 17 años de Gino Peña, para atreverse a meter esos tres dedos al balón, para que cuando surque los aires, coja el efecto contrario y caiga como si tuviera un paracaídas. Esa rapidez de ardilla astuta y el golpe de vista ladino, que tiene Jordy Reyna, para meterse entre los defensores y correr unos pasos más que la experiencia, para sacar ventaja en base a la potencia de sus primorosos años y esa definición a lo crack, arriba, en un rincón, donde el portero solo miró el lamento. Una jugada de antología y dos jóvenes promesas del fútbol, como protagonistas. Los dos vistiendo las sedas de Alianza Lima.

Un traslado de balón prolijo, una personalidad para mandar un pase del desprecio, con carga de gol en el envío. Una pausa y una entrega siempre segura. Una generación de ataque, con el toque sutil, amalgamado, lleno de pulcritud y belleza, para meter el remate que le da un beso al poste dos veces y le hace un guiño a sus ansias juveniles de ser el conductor con camiseta crema. Christofer Gonzales, cada día más dueño de sí mismo, cada día más consolidado en el fortín de Universitario.

El lema de los resultadistas, siempre fue apostar por la experiencia, era la solución inmediatista para lograr un trofeo en la vitrina, aunque ello originara que las canteras se extinguieran en vida, pintando a las jóvenes promesas en decorados inútiles que querían sacar a relucir, cuando el tiempo ya había puesto su mano. Apostar por “paquetes” extranjeros, para llenar bolsillos ajenos y dejar a las caritas adolescentes, sin una opción de demostrar su valía. Pero hoy por hoy el fútbol demuestra que no es una cuestión de edad si no de oportunidad. La mejor manera de saber si un joven futbolista vale, es exponerlo en un nivel competitivo. El talento se expresa mejor según el grado de dificultad. La habilidad no puede medirse dormida, la destreza es una expresión innata de estar siempre despierto. Solo es cuestión de darle un espacio.

Este cásico ha servido para exponer a los jóvenes de Alianza y la U, en un escenario difícil de manejar por la presión que origina, un partido donde se han visto rendimientos superlativos de chicos que parecían tener 20 clásicos en el cuerpo. Al margen de que camiseta tengan, estas apariciones -que son producto de una coyuntura y no de trabajos integrales- nuevamente demuestran que tenemos madera y solo falta trabajarla, pero de manera seria. Esta generación nos está dejando nombres y hombres que hoy visten de blanquiazul o de crema, pero la esperanza es que mañana sea la blanquirroja y su futuro sea lejos de esta sociedad, que por años nos ha ilusionado con canteras que se esfumaron, como el humo de un cigarro, prendido en cada noche de frustración futbolera.

Un nuevo clásico, una nueva forma de estar divididos en emociones. Un tiempo para cada uno, pero un solo ganador. El pudo ser, el hubiera, siempre será una anécdota, el merecimiento no cuenta. Así rezan los resultadistas, así cuentan los estadísticos. En el fútbol la disputa de circunstancias, hace que un rendimiento individual parejo, consolide un colectivo que genera opciones de gol de manera cohesionada. Cuidar el cero sin posesión del balón y ser solo eficiente más no eficaz, no alcanza. Lo sufrió Alianza primero y fue la U el que no pudo escribir en la red lo que hizo en el verde. Es la Ley del fútbol. Cuando se nublan las ideas y la fricción domina el juego, es la individualidad la que rompe los esquemas y las tácticas necias del cero. Tres dedos para el pase fantástico, definición monumental a lo CRACK de Jordy y chau. No hay más. Buenas noches los pastores.

Que SI merecían otra cosa, puede ser. Que NO se ajusta el marcador al rendimiento, es parte del juego. Que NO se debe pasar por alto a esos que confunden la “garra” con la matonería, es innegable. Que SI se pudo rescatar algo de fútbol, el hincha lo agradece y palmas para los jóvenes. Pero lo que queda claro, es lo que genera un triunfo en un clásico, es ese sabor especial que se queda por tiempo en los labios. Y les guste o no a algunos, este resultado ya no puede ser REVOCADO.


El triunfo de la familia

Aquel grito pelado del Pepe Soto al final, no era un rugido triunfal, porque se ganó el clásico, sonó más bien a una descarga emocional, a un desfogue o una liberación de impotencia a tanto sufrimiento. Ganar el clásico para Alianza, ha sido un bálsamo a tanto maltrato, a tanta angustia, quizás porque este triunfo dignifica un tanto la realidad y el resultado adquiere importancia porque ha sido ante su eterno rival. Los clásicos no se juegan, se ganan. Eso lo dicen los que han estado en el verde y saben que en esta realidad, era justo y necesario, pues en estas horas de zozobra, ganar era un respiro, un aliento añadido de vida. Este sin duda ha sido el clásico de la sobrevivencia.

Y lo gana Alianza, porque el Pepe lee mejor el concepto defensivo, aprovecha mejor su biotipo para encimar a un equipo crema, bisoño, con muchas ganas, pero poco rodaje que se vio impotente al principio para agredir arriba. El Chemo sin hombres hechos para la brega, apela a soportar la carga, a dejar que los minutos vayan llenando de ímpetu a los jóvenes y que los experimentados zafen de una marca asfixiante. El gol vino de quien hace los movimientos correctos. De 9, recogiendo el trote y ganando todo por arriba. El Chileno Meneses que demuestra cada día su valía, la pone larga para que “Barney” gane el frentazo y la deje picando, Fernandez arriesgando la pierna y sus extensiones, la emboca con un fierrazo en la puerta del arco. Golazo, para trastornar la tribuna que se desbordó de locura.

Si hay algo cierto en la vida, es que la familia está por encima de todo. Y en una realidad con tanto yerro dirigencial, en Alianza la chuntaron con dos acciones que generaron una deuda emocional en sus jugadores. Primero en la concentración el sábado y ayer antes del partido. Entrar al camarín y encontrar mensajes de la familia y los hijos alentando, cargaron la batería del corazón grone y le dio una fuerza adicional. Por eso Alianza devoró en actitud en el primer tiempo y si las cosas se emparejaron al final, fue porque la U puede tener gente joven en la cancha, pero la historia de su camiseta pesa, para hacerlos fuertes en el conflicto. La unión y los valores íntimos, puede que hayan primado para ser una forma de aliento, de fuerza interior para lograr un resultado positivo, pero no resulta indigno decir que pudo tener un número equiparado, por la forma como propuso uno y lo que generó en merecimientos el otro, algo de lo que no está hecho el fútbol.

Si algo queda como conclusión de este nuevo clásico, es que se ha jugado con caras nuevas, necesarias y oportunas. No son consecuencia de ningún proceso serio y tampoco obedecen a ningún programa para potenciar jugadores jóvenes de algún técnico iluminado. Es urgencia simple y ramplona, corolario de una situación de emergencia, pero que deja el mensaje claro: La única manera de hacer que nuestro fútbol resurja es dándole la oportunidad a que los jóvenes salten a la cancha, que aprendan a equivocarse, pero que llenen su mochila de experiencia y roce. No hay de otra. Más temprano que tarde, estos nuevos nombres, serán para la U o Alianza un motivo de orgullo, aun cuando el camino para forjarlos no haya sido el correcto.

Alianza ha ganado tres puntos y la U solo los ha dejado de ganar. La historia no mide las voluntades y tampoco las intenciones, se deja llevar por los números y la estadística. Mañana será otro día y la pelota seguirá rodando, cuando alguien recuerde este triunfazo aliancista, aparte que puedan decir que el línea se devoró un penal para la U y que el “Pato” Quinteros pudo hacer el gol del año, también se comentará el debut de varios chicos que algún día se pondrán la blanquirroja, con más experiencia, mas kilometraje, gracias a la infausta realidad que viven en sus equipos y que su corta edad, se ven obligados a poner el hombro para mantenerla viva.

Pasará el tiempo y todos recordarán que una tarde de Abril, Alianza para ganar el clásico tuvo que recurrir a la fuerza del corazón, a juntar a la familia como pilar importante de sus vidas y hacer que el fútbol más allá de dividir pasiones y generar sentimientos encontrados, tuvo el poder de unir a su sangre para brindarles una alegría que les dejará una marca indeleble en el alma. Porque el amor de la familia, es la única que puede demostrar que el lograr estar unidos y no divididos, se convierta en un verdadero triunfo.

Al margen del color de la camiseta, esto le hace bien al fútbol, a nuestro querido fútbol.






Un Vasco seco y volteado

El sol salió temprano y parecía o queríamos creer que parezca una señal de buen augurio. Y es que para los hinchas peruanos de cualquier condición y color de camiseta, es un dogma que se ha hecho parte de sí mismo, el levantar castillos de naipes, a partir de encender su propia ilusión, cuando el travieso destino le toca el timbre para dejarle un resultado positivo por debajo de la puerta. Se emociona, se entusiasma en demasía y deja volar sus sueños hasta hacerlo necio, le gana la pasión y se le escurre el raciocinio. Le importan dos centavos poder entender que en el fútbol todo ya está escrito, nada resulta siendo nuevo. Se puede hablar de actitud, de garra y pundonor, pero si no se aplica con inteligencia, las buenas intenciones se terminan escurriendo como agua entre los dedos.

El 2-0 de la U en Lima, abrigó una esperanzadora ventaja para asumir que en Rio de Janeiro más que cuidar un resultado, se jugaba el orgullo y el buen nombre. Se sabía que el Vasco da Gama saldría con toda su artillería a doblegar la puerta desde el camarín. Se tenía claro que iban a apelar a todas las artimañas antideportivas, dentro y fuera de la cancha. Se sabía que el Arbitro Amarilla, sería el jugador 12 local, que condicionaría al visitante, eso es normal y mucho más cuando de equipos brasileños se trata. Se sabía que la provocación sería la manzana prohibida, del cual los cremas estaban impedidos de siquiera mirarla. Se sabía que la concentración, era un valor agregado a esa garra histórica que se hacía tan necesaria como oportuna. Entonces el “Chemo” y sus jugadores, sabían a donde se metían y quiénes eran los enemigos a vencer. La pregunta es, cuan preparados estaban todos y cuanta falta iba a hacer tener un kilometraje respetable para afrontar tamaño desafío.

Un primer tiempo para el sufrimiento y un epílogo para el infarto. Digamos que el infortunio también se mete a la cancha y esta vez jugó en contra. Galliquio se fue temprano, en una infausta jugada. Con Galván mas pensando en el retiro, Duarte no estaba para un partido tan complicado. Llontop ya estaba condicionado y se devoró un gol imposible. Si en Lima “Toñito” Gonzales fue valor destacado, esta vez le ganó el temperamento y vio la roja temprano, aunque, todo hacía pensar que no terminaría el partido. Nadie se hubiera sonrojado si entraba La Rosa al medio. Rabanal fue héroe y villano al irse irresponsablemente a las duchas y todo en un solo instante. En contraparte Ruidiaz nuevamente demostró su sinvergüencería, pero fue sacrificado por una inoperante disposición táctica defensiva. Estaba claro que quienes debían tener presión eran los brasileños, quienes debían desesperarse eran ellos, pero se vio todo al revés o en el banco crema faltó la capacidad para una lectura objetiva del juego.

La U tenía la oportunidad de escribir una página importante para su historia. Era una dura prueba para determinar de cuanto sirve ser valiente y cuanto incentiva enfrentar a lo adverso. Lo tuvo al alcance de la mano, pero una vez más nos dimos el portazo ante la realidad. Incluso cuando ganaba 2-1 comenzó a perder el control del juego y a la postre pareció que desde allí empezó a perder la clasificación. El Vasco no tiene titulares ni suplentes porque juega de acuerdo a lo que necesita. Le bastó encontrar la superioridad numérica para aprovechar los nervios y la inexperiencia de su rival. Lo que parecía imposible lo logró jugando con la debilidad ajena y puso en la red lo que le hacía falta. Sufrió más de la cuenta, es verdad, pero mas ha sido por su desmedida confianza en sí mismo, que por superioridad de su oponente.

El fútbol es el arte de la astucia y el medio por el cual puedes sacar lo mas intimo de tu ser desde tus propias entrañas. Es la manera de demostrar tu propia personalidad, de ser tu mismo, cuando te toca enfrentar la hora de la verdad. Pero el fútbol apasiona tanto porque las emociones se viven en instantes, cada uno más intenso que el otro y donde se generan oportunidades que finalmente son ráfagas de exaltación, a veces bien aprovechadas sirven para la alegría y otras solo para bajar la cabeza y asumir con tristeza la resignación.

Hoy los peruanos y la gente de corazón crema, tiene rasgado el corazón y una herida en el alma, pero queda el orgullo en pie. Un equipo remendado en confianza, con la cabeza más puesta en las cuentas por pagar que en los partidos por ganar, ha hecho una campaña meritoria. Llegar a cuartos sumidos en esta crisis deplorable tiene mucho mérito. Hay cosas resaltantes por considerar que quizás tengan un matiz de explicación y análisis del juego pero alejado a justificar un resultado imperfecto, pero tan real. Si para el Vasco ha sonado a una hazaña, con mucha más razón no se podrá poner en duda la actitud de los jugadores cremas, pero queda como reflexión final, que no se fue medianamente inteligente para asumir una definición, con el corazón caliente, pero la cabeza en la refrigeradora.

Ese vaso medio lleno sigue siendo el mismo, aunque para aliviar esta amargura, los hinchas despojados de su camiseta, lo quisiéramos lleno de un trago de esperanza, que ayude a doblar la página y levantar la cabeza. Un sorbo largo, seco y volteado, para aliviar las penas y a congraciar de nuevo el aguante. El fútbol te vende a crédito alegrías y tristezas, pero te brinda de regalo, una esperada revancha.











El Vasco medio vacìo

Bastaba mirar el rostro del “Chemo” cuando terminaba el partido, esa mueca de indiferencia ante lo que indicaba el marcador y la indolencia ante lo que gritaba la tribuna, contrastaba con esa sonrisa de palomilla del “Puma” Carranza, nunca tan desenfadado, orgulloso y hasta pendenciero. Quizás porque en el fondo se sentía ufano de que su famosa y popular frase de “La U es la U” se hacía más célebre e importante que nunca y aquello que es más grande que sus problemas, parecía un proverbio bíblico. Y es que no es necesario ser hincha consumado de la U para sentirse contento, porque la alegría no tiene color de camiseta cuando de ganar en la justa internacional se trata, más aún si un equipo peruano es el que se faja en la cancha ante un rival de fuste como este Vasco Da Gama, tan necesitado de gloria como este Universitario tan necesitado de dinero.

El nuevo Estadio Nacional es otra cosa, se hace un escenario de lujo como para irse triste. Su majestuosidad impone que la gente se contagie de fervor y su acústica hace eco de todas las voces para hacerlo un solo grito que se incrusta en el alma del más imperturbable hincha. Resulta imposible estar en la grada sin sentir la adrenalina que produce este nuevo templo del fútbol que enorgullece a todos los peruanos. Por eso, el sufrido hincha crema, echó al olvido sus angustias y se vistió de color esperanza, se puso el traje de la ilusión y un pañuelo blanco en el ojal. Quiso olvidar sus penas con una copa, en esta Copa Sudamericana, que ni siquiera en su sorbo triunfal le encuentra solución a sus problemas, pero le alivia en algo este tormento de ver agonizar lentamente a su institución, por obra y gracia de sus propios hinchas distinguidos, convertidos en dirigentes y que la han sumido en una crisis económica terrible, con un balance en rojo y deudas que le han puesto precio hasta a su propia insignia.

 TRIUNFAZO. No hay otra definición para este 2-0 final que en los primeros 10 minutos ya tenía a Ruidiaz y a Vitti perdiendo las opciones más claras y en los 20’ a Fano que le sacaban de la raya un cabezazo con etiqueta de gol. “Toñito” Gonzales y Rainer Torres no llegan a medir el 1.70 mts pero se agrandaron para taponar el medio sector, el punto neurálgico donde el Vasco se hace peligroso cuando es pensante. Rainer volvió a ser el motorcito hasta que se le acabó el combustible. Toñito lo que no tuvo de tamaño lo tuvo de aguante. Más allá de un trío de ausencias, Vasco vino con lo que juega el Brasileirao y lo de reservistas, solo resultó siendo una chanza, que solo haría mal en desmerecer esta victoria crema que se fue logrando desde la actitud. Primero para encimar al rival, desde el arranque, para la recuperación del balón y buscar la contra confiados a un Ruidiaz inspirado y un Fano que aguantaba con energía. Desde esa buena disposición para salir por las bandas y agrupar bien para no dejar espacios, en el desborde hubo un jugador que destacó por encima del resto: Edinson Flores. Qué manera de correr de este chico, de comerse el flanco izquierdo y someter a jugadores de cartel a recurrir a todos sus recursos para frenar sus impetuosos 17 abriles, pareciera no tener techo y se sintió un consagrado que pide la cancha grande. Markarían, consejo de pata, dale un cachito.


Un penal de ejecución perfecta de la “Pulga” y una definición fina del “Gavilán”, pusieron cifras a un partido que tranquilamente pudo ser holgado en el marcador y no por una cuestión de superioridad sobre el rival, sino por esas ganas de no dejarse vencer, de esa actitud de ir más allá de las propias fuerzas y de jugar con lo que sale de adentro, con ese amor propio, tan consabido en los que se enfundan la camiseta crema, garra que le llaman, tan propio y tan auténtico como su propia historia. En el verde un puñado de hombres han demostrado cuan valiosa es la gloria y cuanto valor tiene el orgullo, sobre todo cuando se lucha contra la adversidad y se duerme con el enemigo. Esta U no tendrá dinero pero tiene garra, no puede jactarse de tener un buen presidente pero tiene decencia para enrostrarle sus pecados en la cancha. Son ausentes sus impresentables dirigentes, pero le sobra esa actitud de hacer la historia desde donde nace su propia forma de ser. Lo que le hace falta afuera lo encuentra dentro de sí mismo y no solo es cuestión de camiseta, si no de convicción. Acaso y el dinero sea importante, pero mucho más importante resulte siendo defender su propia dignidad.

Es verdad que el fútbol se vive de momentos y se saborea por instantes, porque no existe la felicidad constante. Es verdad que las victorias deben festejarse con nobleza, sin perder de vista la realidad. Es cierto también que la vuelta en Brasil va a ser muy dura, dificultosa, pero queda un espacio para celebrar este medio pasaje conseguido. Cuan necesario era este triunfo, cuanta falta nos hacía, no solo para los hinchas cremas, si no para todos los peruanos, porque en una coyuntura de escándalos políticos y desapariciones misteriosas, requerimos llenar los bolsillos de confianza, para creer en nosotros mismos, para ver ese vaso medio vacío, como un vaso medio lleno. Para aceptar con beneplácito y respeto, muy al margen del color de una camiseta, que con ganas se puede vencer lo adverso, porque esta U nos enseñó una noche de fútbol, que uno mismo puede ser más grande que sus propios problemas.

Desgarrado corazón

Aquella mañana se pintaba diferente. Era el desayuno de un sábado distinto, con un solcito tibio que entraba por la ventana y se posaba en un lado de la mesa, donde Walter jugueteaba con la miga de pan y sonreía ante la mirada de su padre que lo contemplaba con la misma devoción de siempre. Era sábado de fútbol, día de clásico, él aliancista consumado, alcanzó a soltar una arenga que la familia lo tomó como todas sus locas reacciones que tenía para afrontar la vida misma. Muy a su manera, muy a su antojada forma de vivirla. Este sábado para Walter Oyarce, era distinto a otros días. De solo pensar que estaría en el Monumental alentando al equipo de sus amores, un raro escalofrió premonitorio le recorrió el cuerpo. Era sin saberlo siquiera, un día diferente, extraño y hasta insólito. Era el día para enfundar como tantas veces su camiseta blanquiazul y partir al estadio. El celular lo distrajo un momento. Era el amigo entrañable de corazón crema con quien tenía una amistad a prueba de pasiones futbolísticas y con quien también tenía una apuesta pendiente.

Walter era hincha de Alianza y de esos que vivían los partidos intensamente. Tantas veces se había quitado la blanquiazul y se puso la blanquirroja Tantas veces se sumó a la “banda del Basurero” para alentar al Muni por el que sentía simpatía familiar. Tantas veces estuvo en la tribuna, como este sábado, en que unido a sus amigos, se colocó en el palco 128 de este Monumental que lucía abarrotado de locos desenfrenados que coreaban cánticos y enarbolaban banderas multicolores. Muchos rostros de ceño fruncido y gritos pelados, desaforados e intimidantes. Estaba tranquilo, Alianza, venía entonado, era líder y le brindaba confianza de irse triunfante de este estadio donde se sintió que no era bienvenido.

Dicen que los clásicos no se juegan, se ganan y en la tribuna se vive otro partido. Desde su lugar, Walter pudo ver como su Alianza, salió temeroso, dubitativo a enfrentar a una U atiborrada de circunstancias adversas en su interna, pero no parecía importarle a la hora de jugar. Alianza era una sombra, un espejismo. La U era un vendaval de entusiasmo. Rainer Torres -como en sus mejores momentos- puso un balón para que Vitti, pegue el testarazo letal que hizo explotar la tribuna. Walter impotente y en silencio, tuvo que soportar que los vecinos vestidos de crema le enrostren su desatada locura. No había reacción de los íntimos y la estaban sacando barata. Falta contra Vitti y penal para la U. El 2-0 sería una bofetada para los aliancistas, pero el argentino en lugar de encender el show, la hizo de Shaw y falló. Vendría la igualdad del “Búfalo” Ovelar y una tranquilidad a medias. Cuando ambos bandos resignaban una igualdad injusta, Morel mete el balazo que cruzó el área y se incrustó en el corazón de los hinchas íntimos y desató una demencia incontrolable en la gente merengue. Un primer tiempo primoroso de la U y una definición bárbara pintaron de color crema este nuevo clásico.

Walter, se pensaba ir del estadio, convencido que en el fútbol, ser eficiente tiene que ver con lo que sabes hacer y ser eficaz, es poner en práctica lo que eres capaz de hacer. Pero no pudo salir de su ubicación, porque el pitazo final sonó a un toque del silencio. Unos delincuentes disfrazados de hinchas se metieron al palco donde estaba con amigos y familiares. Defender su integridad, le costó el inevitable enfrentamiento contra estos desalmados y alienados barristas que no satisfechos de la barbarie ocasionada, lanzaron su cuerpo al vacío, en una muestra de crueldad extrema, salvaje e inhumana. Walter cayó al pavimento y escuchaba a lo lejos aún los gritos de la hinchada. Su mirada se fue perdiendo en el firmamento y los latidos de su corazón aliancista se fueron apagando. Su camiseta se fue desgarrando, manchada en su sangre, tan ajena de esta bestialidad incomprensible que trastoca el sentido común y que tiño de tragedia, un episodio que debió ser futbolístico, pero que ya tiene antecedentes de violencia extrema, que parecen ser incontrolables.

De aquí en adelante cuesta hablar de fútbol. Porque se hace necesario hacer una obligada reflexión y un mea culpa. Quizás todo tenga su origen en el hábito de engendrar la violencia en el nombre del fútbol, al sentirse hincha de Alianza o de la U. Crear desde el vientre una rivalidad antagónica, diciendo que en casa se nace crema o blanquiazul. Sentir que el compadre es un mal necesario y saludarlo siempre con el dedo medio extendido. Mirar al clásico rival como un enemigo mediático y hacer de la desgracia ajena un regocijo para la ironía y la burla permanente. Encender las pasiones con tanta insania que el deseo de muerte ajena se haga permanente. Y quien sabe este odio gratuito haya sido alimentado, por dirigentes impresentables y personajes obesos, que hicieron de la provocación una oda a su propio ego decreciente y sus actitudes matonescas y lumpescas, tengan aún seguidores.

El padre de Walter no podrá contemplarle los ojos más a su hijo y solo acaricia el recuerdo de sus 24 años de alegres locuras. El amigo de Walter nunca podrá cobrarle su apuesta y solo abriga su amargura en una lágrima que la comparten todos los que amamos el fútbol y aborrecemos la violencia. Ahora saldrán los que sancionan y los que critican, los que tienen la solución en la palma de la mano y los que juzgan sin sentido, sin pensar que pasados los días todo volverá a ser como siempre y como nunca. Porque son los mismos que encienden el caldero de la intransigencia, en el nombre del equipo de sus amores.

Hoy fue uno de Alianza, vestido de blanquiazul, mañana será uno vestido de crema y pasado mañana, puede que sea uno de los nuestros. Acaso y valga la pena, que tanta emoción perturbada le ponga precio a una vida humana, como para seguir sintiendo orgullo por la pasión a una camiseta. Descansa en paz Walter, resulta imposible hablar de fútbol, porque tu muerte injusta, nos ha dejado a todos con el corazón desgarrado.


 


Una crema a pedir de Boca

El camino al Monumental se hizo largo para el padre y sus dos hijas que tomadas de la mano entremezclaban sus emociones con la muchedumbre de fanáticos pintados de crema que marchaban con sus cánticos y arengas elevando al máximo la adrenalina. Erick, es de esos fanáticos cremas que no se hicieron hinchas fervorosos, ni necesitaron ser incentivados por la historia de su club, porque vinieron de cuna y nacieron con ese estigma. Sus hijas Valeria y Francesca han heredado con creces esta devoción y este día resultaba demasiado especial. Ataviados con sus colores, esperaban que la sangre nueva de Universitario, el equipo juvenil que había dejado atrás al clásico rival en la ronda de penales, entrara a la cancha de este templo crema a disputar la final de la primera Copa Libertadores Sub-20, ante un grande de América: Boca Juniors. Un partido de chicos, vestidos con la camiseta de los grandes, pero con mucha hambre de gloria.

La fiesta estaba en la tribuna, con toda la gente ansiosa, pero confiada que la unión de tantas gargantas y de tanta fuerza junta, debía ser la causa y efecto para lograr el objetivo. El cántico repite sin descanso que la copa es una obsesión. Erick y sus hijas se abrazan y el coloso ruge desaforado. Valeria, se persigna y Francesca aprieta los puños con fuerza. Abajo en el verde, Javier Chirinos, hombre acostumbrado al perfil bajo, lanza la última arenga y se encomienda a la confidencia de este presente, de esta gente de pecho merengue que ha llenado la grada y desgañita su aliento, como un huracán de buena vibra que va bajando a la cancha, para impregnarse en cada dorsal de estos jóvenes valores, que tienen en sus pies, la tarea de escribir su propia historia.

La primera explosión llegó cuando Boca se hacía superior y parecía inexpugnable. Cuando los miedos iban haciendo descolorar a la confianza. Cuando la U se supo menos técnicamente, pero se hacía magno en bravura. La disposición desde el banco tenía como prioridad, el orden táctico y la paciencia. Pero el valor agregado, ha sido –qué duda cabe- el aliento de la tribuna, en cada balón dividido, eran 45 mil almas que gruñían la jugada y lograban intimidar al rival. Ese primer gol de Ampuero, hizo reventar el Monumental y logró arrancarles las primeras lágrimas de emociones al padre y sus hijas que abrazados los tres, disfrutaron de su alegría, que les duró lo que dura el entretiempo y dejó poco espacio para la euforia. En el fútbol, si ves a tu rival superior, debes ser lo tamañamente inteligente para no arriesgar más de la cuenta y ser ordenado tácticamente, pero cuando te toque hacer daño, no debes sentir remordimientos. Partido parejo, estaba para cualquiera. La U pudo liquidar, pero las manos del buen golero argentino, fueron como molinos de viento que jugueteaban con la angustia de los hinchas, que miraban el reloj con impotencia y las manecillas, solo devolvían una realidad que desesperaba las inquietudes.

El silbato final, dejaba nuevamente la encrucijada cruel de la definición por penales. Otra vez a sentir la adrenalina al tope y a soportar ese nerviosismo que recorre el cuerpo y que hace temblar las piernas. Una vez más, a apretujar el escudo crema contra el pecho y aferrar todo el fervor a la confianza. Y es que el tiro de los doce pasos -aunque se diga lo contrario- para el hincha suele ser una especie de lotería, una dosis de sufrimiento adicional, que acelera sus corazones en cada disparo. Erick y sus hijas, se abrazaron a la fe, como todo el estadio, como todo el Perú que palpitaba de pié. La pena máxima fue ejecutándose y cada gol convertido era un cántico enfervorizado, cada instancia adversa era una puñalada a la inquietud. El disparo final fue de la U y fue el del campeonato. El júbilo se apoderó de todos. El Padre y sus hijas, compartían su regocijo, saltando enfervorizados, destilando su amor y compartiendo también sus lágrimas, pero de alegría infinita. Un abrazo final, logró unir sus corazones y su inmensa satisfacción, por haber vivido un momento inolvidable.

Hoy que la resaca de los hinchas de Universitario aún está fresca y sus rostros tienen un brillo especial, se nota un halo de felicidad y regocijo en el ambiente y no es para menos. La U ha puesto en su vitrina la primera Copa Libertadores Sub-20. Un galardón significativo, que tiene como mayor mérito haberse logrado en momentos de zozobra institucional, con un ambiente interno, resquebrajado y espinoso. Un título que le viene bien al fútbol peruano, porque ha sido gestado por un puñado de jovenzuelos sin nombre en el firmamento futbolístico, pero que han unido a esa sangre joven llena de ilusiones y expectativas, esa marca registrada que tiene la U llamada GARRA.

El padre y sus princesas, regresaron abrazados a su hogar. Para ellas ha sido una experiencia maravillosa, haber compartido con su padre una pasión infinita por el fútbol y el equipo de sus amores. Han podido secarse las lágrimas de felicidad y darse mil abrazos de complacencia. Erick, va a llevar tatuado al corazón, este recuerdo imborrable, por todo lo vivido. Valeria y Francesca, aquella tarde, decidieron prepararle una rica torta a su padre como retribución por la remembranza del estadio, de la gente y de todas las cosas que aún permanecían en sus cabezas. Entre la tertulia de sus frescos años y de su creciente fervor por la camiseta crema, recordarán por siempre esta tarde de domingo, que vivieron a mil, su primera Copa Libertadores y la tortita con la inscripción de la U CAMPEON, que estuvo acompañada de una rica crema de merengue, que les salió, a pedir de Boca.


El último pasajero

La fiesta de un clásico es especial. Desde la previa cuando todo se va vistiendo de azul y crema, hasta el entusiasmo que va calando las fibras de todos los hinchas, que revierten en un partido de fútbol, una añeja rivalidad, una consabida provocación, para saberse más ganador que el otro incluso antes que empiece el partido. Son los eternos antagonistas, que se odian y se quieren, se aborrecen y se confrontan, se miran y no se tocan, pero en el fondo ninguno de los dos, puede negar que se necesiten más de la cuenta para sobrevivir.

Daniel es un hincha de la U a muerte. Asume que desde pequeño fue santificado por el fútbol, desde que le pusieron la crema en el pecho y desde entonces ha reverenciado su pasión con una devoción extrema, a veces desquiciada, calenturienta, pero tan humana como su propia personalidad. Es de aquellos hinchas acérrimos, de carácter apacible y noble, pero aguerrido y temerario. En su memoria aún le queda, aquella noche de clásico del 99, en la definición del Play Off, cuando llegó a Matute y sin entradas en la mano, no tuvo alternativa que meterse a la tribuna sur. Obligado por las circunstancias y en el corazón de la hinchada blanquiazul, vio dar la vuelta a su crema de toda la vida, pero no pudo celebrar y fue un mudo testigo de un triunfo, que solo pudo desfogar cuando llegó a casa.

Este nuevo clásico tenía la misma convulsión de los anteriores. Era un encuentro de la juventud grone contra la experiencia crema, la expectativa estaba puesta en el verde y la emoción llenó la grada muy temprano. Daniel, esta vez quiso poner a prueba su temple y en una zafada decisión, quiso parecerse a esos jugadores que hacen la distinta. Esta vez no había apremios y era solo la bravata del hincha crema que le hace a su archirrival. Se escribió con plumón rojo cerca al corazón, la U de sus amores y se puso un polo de color plomo. Partió hacia la caldera, con una sonrisa socarrona, no le dijo a nadie de su aventura, aunque algo le intuía que se iría de allí con la sonrisa encubierta, al contrario de la primera vez, ahora era, con premeditación, alevosía y ventaja.

Daniel, llegó a Matute y desde su ubicación, pudo sentir nuevamente la adrenalina, de estar respirando el mismo aire del enemigo, mirando de reojo la muchedumbre que pintaba de crema gran parte de esta caldera que hervía de pasión grone. Una forma de sentir diferente el clásico, haciendo la del valiente clandestino, que se metió al patio del vecino para hacer una travesura desvergonzada, pero tan a título personal como su propia identidad. Sin querer tuvo que compartir, la pasión desbordante del Comando Sur, tocar su bandera y sonreír tímidamente, cuando la U hizo su aparición.

El pitazo dio inicio a un concierto de errores y desconexiones de planteamientos. Una lucha por ganar y tener la pelota, pero no saber qué hacer con ella. Costas apelando a la mixtura de la experiencia y juventud, que le daban rapidez pero careciendo de contundencia. El “Chemo” jugándose el puesto y apostando a defender el resultado, con Alva y Fano sacrificados delanteros en función defensiva. Alianza exponiendo y la U respondiendo. La consecuencia, fue un encuentro de acciones maniatadas, con mucha fricción, con delanteros sin llegada y con actuaciones individuales aplaudibles, más no consecuentes. Bazán en Alianza y el “Negro” Galván en la U. El joven que se va haciendo realidad y el experimentado que se hizo un muro contra el arresto blanquiazul. Partido por momentos aburrido, sin peligro en los arcos. Fácil los arqueros, se iban a los vestuarios, se lavaban la cara y nadie los hubiera echado de menos.

Para el segundo tiempo, Daniel ya se sentía satisfecho, al margen del partido, se había dado el gusto de ser un atrevido hincha merengue, que enrostraba su orgullosa opinión de Reynoso, que primero se defiende y después existe. El partido había caído en un letargo y parecía extinguir las emociones de los hinchas, Era la hora de que un superhéroe baje al verde. Visa fuerza una jugada en el área y penal indiscutible. El “Pato” Quinteros, se para frente al balón. Su rostro no era de confianza, al frente Raúl Fernández, lo miró fijo a los ojos, lo esperó hasta el último instante y aunque le pegó bien, el arquero demostró una potencia de piernas admirable y en una espectacular mano cambiada, atajó el disparo. Fue una pena máxima, mas para el aliancista que para el portero crema que desde ese instante se hizo figura.

En la tribuna, Daniel, solo atinó a morderse los labios, de satisfacción extrema, pero también de orgullo, porque Fernández, estaba para terminar vestido de Clark Kent, pero como otras tantas veces, terminó siendo un verdadero Supermán. El pitazo final, dejó un clásico aguachento, deslucido, con mucho fervor en la tribuna, pero exagerado fragor en el verde. Demasiada fiesta para tan poco fútbol, con una renuncia al gol y una cacareada forma de defender un resultado a costa de mucho sudor y poca disposición. Una apuesta al esfuerzo físico, pero una carencia de ideas colectivas, una lucha intensa para no dejarse vencer, pero una renuncia implícita para no intentar ganar. Los compadres, dejaron el fútbol –una vez más- como tarea pendiente.

Mientras en la tribuna, Daniel veía muy campante, el descontento de los hinchas grones. Y es que un clásico no se juega, se gana y un empate en casa tiene sabor a derrota. Daniel, salió de Matute tranquilo. No perdió y tampoco ganó. Por la noche ha sentido que el haberse atrevido a volver a la tribuna del rival, lo haya llenado de vanidad extrema, pero sabe que en el fondo, ello no pasa de una diablura, un cosquilleo a la jactancia, para saborear el miedo desde el ojo de la tormenta. Quizás cuando la hinchada blanquiazul, lo vio salir con ellos, lo miró con ignorada desconfianza, pero ni se tomó la molestia de pedirle sus credenciales y fue el último pasajero del autobús del desencanto. Y es que para ser tan hincha crema y meterse a la boca del lobo, hay que sentir bien adentro la camiseta, ser un provocador consumado o estar un poco loco.