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CLASICO ES RECORDARTE

Era ahora Daniel, era hoy, justamente en un clásico, esos donde últimamente de futbol se hablaba poco y se peleaba más. Era ahora Daniel, para que esa gente vestida de blanquiazul se hermanara con la que poblaba su casa, el Monumental, izando banderas merengues y se fundieran en un aplauso intenso, sincero e interminable, como una loa a tu recuerdo, porque debías estar ahí, en la cabina, de 9 o de 10, jugando tu partido de cada semana, transmitiendo emociones como lo decías, como lo sentías. Y ese aplauso fue la muestra del reconocimiento para que nunca permita apagar la voz de quien seguirá presente, cada vez que empiece a rodar el balón y la emoción intente desbordarse.
 
En el verde un nuevo clásico, Universitario mermado de nombres, más comprometido por no perder el orgullo y tratando de suplir las carencias, pugnando por logar un funcionamiento adecuado a la mixtura de temperamentos. Alianza en cambio, de fisonomía distinta, con el título anterior bajo el brazo, buscando apuntalar en el juego, sus nuevos nombres a los ya conocidos que aportan el kilo demás en la balanza de la experiencia, tan vital y necesaria para este tipo de rigor de partidos. Pedro y Pablo en el banco, cada uno exponiendo su trabajo, buscando superar el déficit funcional natural que se genera en el inicio de temporada y que demandan un tiempo prudencial. Pero el hincha que no entiende de sistemas tácticos, ni de funcionamientos colectivos y menos de problemas internos, solo exige resultados y en ello, por ahora no le bastan las explicaciones. “No saben si es justo, solo saben que es cierto”.
 
Un primer tiempo donde la U domina con mucha intensidad, un 4-3-3 con posicionamiento defensivo para achicar espacios, marca agresiva y presión alta, neutralizando al rival lejos de su campo, hiriendo por bandas, donde Alianza sigue siendo endeble. Una defensa a ultranza ante el empuje de la juventud crema. Troglio tiró a Osorio jugándose el cuello y el chico no lo defraudó, desmarcándose siempre, buscando la asociación, cambia el 30 por el 9 en el dorsal y hace el primero, culminando un gran centro del “Chiquitin” Quintero -Aún le faltan horas de vuelo para recuperar su nivel de avión- y tuvo el segundo que el parante le niega para hacer una noche redonda. “Los palos son así, a veces juegan para el delantero y otras para el portero”.
 
Alianza recupera el aliento desde la habilidad de Quevedo y la constancia de Hohberg, falla en el retroceso crema, Schuler queda desairado y el de Alianza culmina en el testarazo que se cuela debajo del poste de Fernández. Una igualdad oportuna pues era el mejor momento de la U que no supo liquidarlo cuando tuvo el control del juego, primero por apresuramiento y otras por las benditas manos de “San Leao” que hicieron que los cremas se fueran al descanso rumiando su ineficacia. “Goles que no haces, goles que te hacen”.
 
El segundo fue distinto. Alianza replantea variantes posicionales para cortar la asociación en medio. Su 4-3-2-1 se hace funcional a un 4-3-3 con mejor rotación del balón, Bengoechea echa mano a su mejor plantel para contrarrestar la dinámica merengue. Hohberg empieza a ser pesadilla para la defensa crema y la figura del partido. Busca la personal y se cuela en el área, Schuler queda sin frenos y se lleva su humanidad. Penal indiscutible que la pegada de Cruzado, deja marcado en la red el desequilibrio íntimo. Pablo encuentra mejores variantes en el banco que Troglio. Primero Costa y después Velarde, le dan respiro a Cruzado que crece en el juego. La U se va quedando sin gasolina y es Vargas que intenta, hacer la del gladiador en solitario, corriendo la banda y lanzado balones espoleados. Pero a estas alturas para la U ya no le bastan solo el pundonor y los huevos de Vargas, hay que jugar bien y ello, sin piernas se hace casi imposible. El tercero cae más por error propio que virtud de un cuestionado Posito, que corre a Balbin y anota de remate mordido.
 
Alianza se lleva el triunfo, pero la sinceridad de Bengoechea, afirma que el marcador resultó demasiado premio. La U pudo asegurar el partido cuando mejor hacía lo trabajado en casa. Pero así como los clásicos no solo hay que jugarlos, sino ganarlos, esta vez el mayor kilometraje íntimo y su replanteamiento apoyado en mejor banca le paso la factura a la juventud merengue, que no supo controlar el vértigo y pago demasiado caro sus errores en defensa. Para Alianza de cara a su trascendental partido de copa ante Boca Juniors, este triunfo le entona el semblante y apuntala en el ánimo. Será otra historia totalmente distinta, con un rival de otro nivel y jerarquía, otra oportunidad para que un equipo peruano demuestre de que está hecho.
 
Quedará en el recuerdo, ese aplauso intenso, vibrante, por la memoria de un amante del futbol, un transmisor de emociones y caballero del análisis acertado. Quedará en la memoria el recuerdo de ese aplauso conmovedor despidiendo a la voz que nos llevó al mundial y que retumbaba en las cuatro tribunas del Monumental. Quedará en las retinas el mensaje de las camisetas blancas que portaban los jugadores de la U y Alianza “Hasta siempre Daniel. Gloria a ti en las alturas".
 

Clásico adolescente

Tiene la cara de esos adolescentes ingenuos, de esos chicos, cuya adultez o su mayoría de edad les es aún una lejana posibilidad y se sienten más identificados con las cosas triviales y sencillas, las cosas simples de la vida, todo resuelto con una traviesa sonrisa. Christofer Gonzales, frisa los 20 años y juega en la U como si tuviera 30, es de esos jugadores talentosos que marcan una diferencia con un simple toque al balón. De aquellos que nacen con una estela especial y que suelen calzar un guante en el botín. Es tan desfachatado cuando se le antoja y suele esconderse entre la cortina para salir de improviso y brindar una florcita en el verde, que enciende la tribuna como una pradera.

Cada vez que se juega un clásico, no es relevante como lleguen los eternos rivales a la justa. Basta que la crema y blanquiazul se tengan que ver en el verde para que el hincha olvide sus quehaceres y se vuelque a digerir toda la expectativa que se crea antes durante y después del partido. Es una necesidad ineludible, una forma de desfogue, una oportunidad para decirle al compadre cuanto odio y amor existe entre ambos y también para reconocer cuan necesarios se sienten, los unos a los otros. El fútbol, les ha marcado en la piel, rencores y ojerizas que a veces traspasa las fronteras deportivas y se convierte en una insana rivalidad que cala tan hondo en los sentimientos del hincha confeso, que le cuesta mirar o hablar de fútbol, sin sacarse la camiseta.

Es difícil pretender que un clásico con un promedio de edad veinteañera, resulte como las antiguas epopeyas de antaño, que se juegue con dosis de galantería o el vértigo que se genere en las áreas rivales, tenga figuras descollantes, cracks que definen una jugada en un verso o tanques que rompen las redes a punta de potencia de sus botines. Son otros tiempos, los compadres han asumido los años, casi de la misma manera y remendando sus urgencias, con la necesidad que sus hijos asuman la adultez, de manera vertiginosa, accidental y hasta forzosa. Para el fútbol peruano, resulta provechoso, para el hincha que llenó el Monumental no tanto, pues la tarde se le hizo gris como el partido mismo. Inicio aburrido, embrollado, deslucido y con equivocaciones por ambos lados. Muchas intenciones y pocas elaboraciones de juego colectivo. Un primer tiempo para el bostezo y un abrazo a la paciencia.

La U ha asumido la premisa de cuidar bien la casa, cero goles en contra en 6 fechas. Comizzo ha impuesto el sello de la confianza en los chicos, la verticalidad y los cambios de ritmo presionando todo el tiempo. Alianza sigue en su ritmo, cadencioso por momentos y buscando la sorpresa con el pelotazo frontal. Los buenos resultados de la U es cosecha de la conjunción del buen pie de Gonzales y la levantada de un Guastavino que ofrece variantes ofensivas. Alianza ha perdido la “magia”, una cosa era con Jordy y hoy ni Aguirre y menos un inoperante Mostto logran cubrir lo que Reyna provocaba solito arriba. La lucha en el medio fue un lio de ansias juveniles, el balón no le preocupaba a los grones y era una tentación prohibida para los cremas. El clásico se fue haciendo la lucha de chicos que querían afrontar su papel como grandes, en una realidad lejana de lo que el hincha espera siempre.

Vino el error infantil de Serrano, la puñalada letal de Ruidiaz y el taconazo de Olascuaga, el balón le llegó a Gonzales haciéndole un giño, el crema hace en un segundo que su cuerpo vaya al lado opuesto de su mirada, Heredia se devora la intención y Christofer, no la revienta, le pone el pie con sutileza a la pelota, la acaricia y ella obediente, recorre ese tramo del éxtasis total, que hace desbordar el Monumental. GOLAZO, por la concepción, pero mucho más por la magistral definición. No hubo más para hablar, solo un tiempo para gritarlo y una pausa para el aplauso interminable.

Un clásico de apariencia juvenil, de más raza que fútbol, de poco ritmo y escasa dinámica, tuvo que aparecer el que hace diferente la forma de llegar a la red. Christofer Gonzales, aquel muchachito de juego desfachatado, irreverente, que siendo crema hasta los huesos, vive en el corazón mismo de Matute en la Victoria. Lo que para unos puede ser una insolencia, para él es parte de su desinhibida forma de ver el fútbol, de hacer siempre algo distinto al resto, salirse del cuadro para pintarse él mismo, con ese pincel que tiene en el botín y que en este clásico adolescente, lo hizo figura y se ganó un boleto para jugar junto a Neymar contra Messi, nada menos. Ojalá y le den permiso, entre tanta constelación de estrellas, una luz juvenil de sangre peruana, nos inflará el pecho de orgullo y lo digo sin color de ninguna camiseta.



El NO debe y el SI se pudo

Esa desfachatez y la frescura de los 17 años de Gino Peña, para atreverse a meter esos tres dedos al balón, para que cuando surque los aires, coja el efecto contrario y caiga como si tuviera un paracaídas. Esa rapidez de ardilla astuta y el golpe de vista ladino, que tiene Jordy Reyna, para meterse entre los defensores y correr unos pasos más que la experiencia, para sacar ventaja en base a la potencia de sus primorosos años y esa definición a lo crack, arriba, en un rincón, donde el portero solo miró el lamento. Una jugada de antología y dos jóvenes promesas del fútbol, como protagonistas. Los dos vistiendo las sedas de Alianza Lima.

Un traslado de balón prolijo, una personalidad para mandar un pase del desprecio, con carga de gol en el envío. Una pausa y una entrega siempre segura. Una generación de ataque, con el toque sutil, amalgamado, lleno de pulcritud y belleza, para meter el remate que le da un beso al poste dos veces y le hace un guiño a sus ansias juveniles de ser el conductor con camiseta crema. Christofer Gonzales, cada día más dueño de sí mismo, cada día más consolidado en el fortín de Universitario.

El lema de los resultadistas, siempre fue apostar por la experiencia, era la solución inmediatista para lograr un trofeo en la vitrina, aunque ello originara que las canteras se extinguieran en vida, pintando a las jóvenes promesas en decorados inútiles que querían sacar a relucir, cuando el tiempo ya había puesto su mano. Apostar por “paquetes” extranjeros, para llenar bolsillos ajenos y dejar a las caritas adolescentes, sin una opción de demostrar su valía. Pero hoy por hoy el fútbol demuestra que no es una cuestión de edad si no de oportunidad. La mejor manera de saber si un joven futbolista vale, es exponerlo en un nivel competitivo. El talento se expresa mejor según el grado de dificultad. La habilidad no puede medirse dormida, la destreza es una expresión innata de estar siempre despierto. Solo es cuestión de darle un espacio.

Este cásico ha servido para exponer a los jóvenes de Alianza y la U, en un escenario difícil de manejar por la presión que origina, un partido donde se han visto rendimientos superlativos de chicos que parecían tener 20 clásicos en el cuerpo. Al margen de que camiseta tengan, estas apariciones -que son producto de una coyuntura y no de trabajos integrales- nuevamente demuestran que tenemos madera y solo falta trabajarla, pero de manera seria. Esta generación nos está dejando nombres y hombres que hoy visten de blanquiazul o de crema, pero la esperanza es que mañana sea la blanquirroja y su futuro sea lejos de esta sociedad, que por años nos ha ilusionado con canteras que se esfumaron, como el humo de un cigarro, prendido en cada noche de frustración futbolera.

Un nuevo clásico, una nueva forma de estar divididos en emociones. Un tiempo para cada uno, pero un solo ganador. El pudo ser, el hubiera, siempre será una anécdota, el merecimiento no cuenta. Así rezan los resultadistas, así cuentan los estadísticos. En el fútbol la disputa de circunstancias, hace que un rendimiento individual parejo, consolide un colectivo que genera opciones de gol de manera cohesionada. Cuidar el cero sin posesión del balón y ser solo eficiente más no eficaz, no alcanza. Lo sufrió Alianza primero y fue la U el que no pudo escribir en la red lo que hizo en el verde. Es la Ley del fútbol. Cuando se nublan las ideas y la fricción domina el juego, es la individualidad la que rompe los esquemas y las tácticas necias del cero. Tres dedos para el pase fantástico, definición monumental a lo CRACK de Jordy y chau. No hay más. Buenas noches los pastores.

Que SI merecían otra cosa, puede ser. Que NO se ajusta el marcador al rendimiento, es parte del juego. Que NO se debe pasar por alto a esos que confunden la “garra” con la matonería, es innegable. Que SI se pudo rescatar algo de fútbol, el hincha lo agradece y palmas para los jóvenes. Pero lo que queda claro, es lo que genera un triunfo en un clásico, es ese sabor especial que se queda por tiempo en los labios. Y les guste o no a algunos, este resultado ya no puede ser REVOCADO.


El triunfo de la familia

Aquel grito pelado del Pepe Soto al final, no era un rugido triunfal, porque se ganó el clásico, sonó más bien a una descarga emocional, a un desfogue o una liberación de impotencia a tanto sufrimiento. Ganar el clásico para Alianza, ha sido un bálsamo a tanto maltrato, a tanta angustia, quizás porque este triunfo dignifica un tanto la realidad y el resultado adquiere importancia porque ha sido ante su eterno rival. Los clásicos no se juegan, se ganan. Eso lo dicen los que han estado en el verde y saben que en esta realidad, era justo y necesario, pues en estas horas de zozobra, ganar era un respiro, un aliento añadido de vida. Este sin duda ha sido el clásico de la sobrevivencia.

Y lo gana Alianza, porque el Pepe lee mejor el concepto defensivo, aprovecha mejor su biotipo para encimar a un equipo crema, bisoño, con muchas ganas, pero poco rodaje que se vio impotente al principio para agredir arriba. El Chemo sin hombres hechos para la brega, apela a soportar la carga, a dejar que los minutos vayan llenando de ímpetu a los jóvenes y que los experimentados zafen de una marca asfixiante. El gol vino de quien hace los movimientos correctos. De 9, recogiendo el trote y ganando todo por arriba. El Chileno Meneses que demuestra cada día su valía, la pone larga para que “Barney” gane el frentazo y la deje picando, Fernandez arriesgando la pierna y sus extensiones, la emboca con un fierrazo en la puerta del arco. Golazo, para trastornar la tribuna que se desbordó de locura.

Si hay algo cierto en la vida, es que la familia está por encima de todo. Y en una realidad con tanto yerro dirigencial, en Alianza la chuntaron con dos acciones que generaron una deuda emocional en sus jugadores. Primero en la concentración el sábado y ayer antes del partido. Entrar al camarín y encontrar mensajes de la familia y los hijos alentando, cargaron la batería del corazón grone y le dio una fuerza adicional. Por eso Alianza devoró en actitud en el primer tiempo y si las cosas se emparejaron al final, fue porque la U puede tener gente joven en la cancha, pero la historia de su camiseta pesa, para hacerlos fuertes en el conflicto. La unión y los valores íntimos, puede que hayan primado para ser una forma de aliento, de fuerza interior para lograr un resultado positivo, pero no resulta indigno decir que pudo tener un número equiparado, por la forma como propuso uno y lo que generó en merecimientos el otro, algo de lo que no está hecho el fútbol.

Si algo queda como conclusión de este nuevo clásico, es que se ha jugado con caras nuevas, necesarias y oportunas. No son consecuencia de ningún proceso serio y tampoco obedecen a ningún programa para potenciar jugadores jóvenes de algún técnico iluminado. Es urgencia simple y ramplona, corolario de una situación de emergencia, pero que deja el mensaje claro: La única manera de hacer que nuestro fútbol resurja es dándole la oportunidad a que los jóvenes salten a la cancha, que aprendan a equivocarse, pero que llenen su mochila de experiencia y roce. No hay de otra. Más temprano que tarde, estos nuevos nombres, serán para la U o Alianza un motivo de orgullo, aun cuando el camino para forjarlos no haya sido el correcto.

Alianza ha ganado tres puntos y la U solo los ha dejado de ganar. La historia no mide las voluntades y tampoco las intenciones, se deja llevar por los números y la estadística. Mañana será otro día y la pelota seguirá rodando, cuando alguien recuerde este triunfazo aliancista, aparte que puedan decir que el línea se devoró un penal para la U y que el “Pato” Quinteros pudo hacer el gol del año, también se comentará el debut de varios chicos que algún día se pondrán la blanquirroja, con más experiencia, mas kilometraje, gracias a la infausta realidad que viven en sus equipos y que su corta edad, se ven obligados a poner el hombro para mantenerla viva.

Pasará el tiempo y todos recordarán que una tarde de Abril, Alianza para ganar el clásico tuvo que recurrir a la fuerza del corazón, a juntar a la familia como pilar importante de sus vidas y hacer que el fútbol más allá de dividir pasiones y generar sentimientos encontrados, tuvo el poder de unir a su sangre para brindarles una alegría que les dejará una marca indeleble en el alma. Porque el amor de la familia, es la única que puede demostrar que el lograr estar unidos y no divididos, se convierta en un verdadero triunfo.

Al margen del color de la camiseta, esto le hace bien al fútbol, a nuestro querido fútbol.






Desgarrado corazón

Aquella mañana se pintaba diferente. Era el desayuno de un sábado distinto, con un solcito tibio que entraba por la ventana y se posaba en un lado de la mesa, donde Walter jugueteaba con la miga de pan y sonreía ante la mirada de su padre que lo contemplaba con la misma devoción de siempre. Era sábado de fútbol, día de clásico, él aliancista consumado, alcanzó a soltar una arenga que la familia lo tomó como todas sus locas reacciones que tenía para afrontar la vida misma. Muy a su manera, muy a su antojada forma de vivirla. Este sábado para Walter Oyarce, era distinto a otros días. De solo pensar que estaría en el Monumental alentando al equipo de sus amores, un raro escalofrió premonitorio le recorrió el cuerpo. Era sin saberlo siquiera, un día diferente, extraño y hasta insólito. Era el día para enfundar como tantas veces su camiseta blanquiazul y partir al estadio. El celular lo distrajo un momento. Era el amigo entrañable de corazón crema con quien tenía una amistad a prueba de pasiones futbolísticas y con quien también tenía una apuesta pendiente.

Walter era hincha de Alianza y de esos que vivían los partidos intensamente. Tantas veces se había quitado la blanquiazul y se puso la blanquirroja Tantas veces se sumó a la “banda del Basurero” para alentar al Muni por el que sentía simpatía familiar. Tantas veces estuvo en la tribuna, como este sábado, en que unido a sus amigos, se colocó en el palco 128 de este Monumental que lucía abarrotado de locos desenfrenados que coreaban cánticos y enarbolaban banderas multicolores. Muchos rostros de ceño fruncido y gritos pelados, desaforados e intimidantes. Estaba tranquilo, Alianza, venía entonado, era líder y le brindaba confianza de irse triunfante de este estadio donde se sintió que no era bienvenido.

Dicen que los clásicos no se juegan, se ganan y en la tribuna se vive otro partido. Desde su lugar, Walter pudo ver como su Alianza, salió temeroso, dubitativo a enfrentar a una U atiborrada de circunstancias adversas en su interna, pero no parecía importarle a la hora de jugar. Alianza era una sombra, un espejismo. La U era un vendaval de entusiasmo. Rainer Torres -como en sus mejores momentos- puso un balón para que Vitti, pegue el testarazo letal que hizo explotar la tribuna. Walter impotente y en silencio, tuvo que soportar que los vecinos vestidos de crema le enrostren su desatada locura. No había reacción de los íntimos y la estaban sacando barata. Falta contra Vitti y penal para la U. El 2-0 sería una bofetada para los aliancistas, pero el argentino en lugar de encender el show, la hizo de Shaw y falló. Vendría la igualdad del “Búfalo” Ovelar y una tranquilidad a medias. Cuando ambos bandos resignaban una igualdad injusta, Morel mete el balazo que cruzó el área y se incrustó en el corazón de los hinchas íntimos y desató una demencia incontrolable en la gente merengue. Un primer tiempo primoroso de la U y una definición bárbara pintaron de color crema este nuevo clásico.

Walter, se pensaba ir del estadio, convencido que en el fútbol, ser eficiente tiene que ver con lo que sabes hacer y ser eficaz, es poner en práctica lo que eres capaz de hacer. Pero no pudo salir de su ubicación, porque el pitazo final sonó a un toque del silencio. Unos delincuentes disfrazados de hinchas se metieron al palco donde estaba con amigos y familiares. Defender su integridad, le costó el inevitable enfrentamiento contra estos desalmados y alienados barristas que no satisfechos de la barbarie ocasionada, lanzaron su cuerpo al vacío, en una muestra de crueldad extrema, salvaje e inhumana. Walter cayó al pavimento y escuchaba a lo lejos aún los gritos de la hinchada. Su mirada se fue perdiendo en el firmamento y los latidos de su corazón aliancista se fueron apagando. Su camiseta se fue desgarrando, manchada en su sangre, tan ajena de esta bestialidad incomprensible que trastoca el sentido común y que tiño de tragedia, un episodio que debió ser futbolístico, pero que ya tiene antecedentes de violencia extrema, que parecen ser incontrolables.

De aquí en adelante cuesta hablar de fútbol. Porque se hace necesario hacer una obligada reflexión y un mea culpa. Quizás todo tenga su origen en el hábito de engendrar la violencia en el nombre del fútbol, al sentirse hincha de Alianza o de la U. Crear desde el vientre una rivalidad antagónica, diciendo que en casa se nace crema o blanquiazul. Sentir que el compadre es un mal necesario y saludarlo siempre con el dedo medio extendido. Mirar al clásico rival como un enemigo mediático y hacer de la desgracia ajena un regocijo para la ironía y la burla permanente. Encender las pasiones con tanta insania que el deseo de muerte ajena se haga permanente. Y quien sabe este odio gratuito haya sido alimentado, por dirigentes impresentables y personajes obesos, que hicieron de la provocación una oda a su propio ego decreciente y sus actitudes matonescas y lumpescas, tengan aún seguidores.

El padre de Walter no podrá contemplarle los ojos más a su hijo y solo acaricia el recuerdo de sus 24 años de alegres locuras. El amigo de Walter nunca podrá cobrarle su apuesta y solo abriga su amargura en una lágrima que la comparten todos los que amamos el fútbol y aborrecemos la violencia. Ahora saldrán los que sancionan y los que critican, los que tienen la solución en la palma de la mano y los que juzgan sin sentido, sin pensar que pasados los días todo volverá a ser como siempre y como nunca. Porque son los mismos que encienden el caldero de la intransigencia, en el nombre del equipo de sus amores.

Hoy fue uno de Alianza, vestido de blanquiazul, mañana será uno vestido de crema y pasado mañana, puede que sea uno de los nuestros. Acaso y valga la pena, que tanta emoción perturbada le ponga precio a una vida humana, como para seguir sintiendo orgullo por la pasión a una camiseta. Descansa en paz Walter, resulta imposible hablar de fútbol, porque tu muerte injusta, nos ha dejado a todos con el corazón desgarrado.


 


El último pasajero

La fiesta de un clásico es especial. Desde la previa cuando todo se va vistiendo de azul y crema, hasta el entusiasmo que va calando las fibras de todos los hinchas, que revierten en un partido de fútbol, una añeja rivalidad, una consabida provocación, para saberse más ganador que el otro incluso antes que empiece el partido. Son los eternos antagonistas, que se odian y se quieren, se aborrecen y se confrontan, se miran y no se tocan, pero en el fondo ninguno de los dos, puede negar que se necesiten más de la cuenta para sobrevivir.

Daniel es un hincha de la U a muerte. Asume que desde pequeño fue santificado por el fútbol, desde que le pusieron la crema en el pecho y desde entonces ha reverenciado su pasión con una devoción extrema, a veces desquiciada, calenturienta, pero tan humana como su propia personalidad. Es de aquellos hinchas acérrimos, de carácter apacible y noble, pero aguerrido y temerario. En su memoria aún le queda, aquella noche de clásico del 99, en la definición del Play Off, cuando llegó a Matute y sin entradas en la mano, no tuvo alternativa que meterse a la tribuna sur. Obligado por las circunstancias y en el corazón de la hinchada blanquiazul, vio dar la vuelta a su crema de toda la vida, pero no pudo celebrar y fue un mudo testigo de un triunfo, que solo pudo desfogar cuando llegó a casa.

Este nuevo clásico tenía la misma convulsión de los anteriores. Era un encuentro de la juventud grone contra la experiencia crema, la expectativa estaba puesta en el verde y la emoción llenó la grada muy temprano. Daniel, esta vez quiso poner a prueba su temple y en una zafada decisión, quiso parecerse a esos jugadores que hacen la distinta. Esta vez no había apremios y era solo la bravata del hincha crema que le hace a su archirrival. Se escribió con plumón rojo cerca al corazón, la U de sus amores y se puso un polo de color plomo. Partió hacia la caldera, con una sonrisa socarrona, no le dijo a nadie de su aventura, aunque algo le intuía que se iría de allí con la sonrisa encubierta, al contrario de la primera vez, ahora era, con premeditación, alevosía y ventaja.

Daniel, llegó a Matute y desde su ubicación, pudo sentir nuevamente la adrenalina, de estar respirando el mismo aire del enemigo, mirando de reojo la muchedumbre que pintaba de crema gran parte de esta caldera que hervía de pasión grone. Una forma de sentir diferente el clásico, haciendo la del valiente clandestino, que se metió al patio del vecino para hacer una travesura desvergonzada, pero tan a título personal como su propia identidad. Sin querer tuvo que compartir, la pasión desbordante del Comando Sur, tocar su bandera y sonreír tímidamente, cuando la U hizo su aparición.

El pitazo dio inicio a un concierto de errores y desconexiones de planteamientos. Una lucha por ganar y tener la pelota, pero no saber qué hacer con ella. Costas apelando a la mixtura de la experiencia y juventud, que le daban rapidez pero careciendo de contundencia. El “Chemo” jugándose el puesto y apostando a defender el resultado, con Alva y Fano sacrificados delanteros en función defensiva. Alianza exponiendo y la U respondiendo. La consecuencia, fue un encuentro de acciones maniatadas, con mucha fricción, con delanteros sin llegada y con actuaciones individuales aplaudibles, más no consecuentes. Bazán en Alianza y el “Negro” Galván en la U. El joven que se va haciendo realidad y el experimentado que se hizo un muro contra el arresto blanquiazul. Partido por momentos aburrido, sin peligro en los arcos. Fácil los arqueros, se iban a los vestuarios, se lavaban la cara y nadie los hubiera echado de menos.

Para el segundo tiempo, Daniel ya se sentía satisfecho, al margen del partido, se había dado el gusto de ser un atrevido hincha merengue, que enrostraba su orgullosa opinión de Reynoso, que primero se defiende y después existe. El partido había caído en un letargo y parecía extinguir las emociones de los hinchas, Era la hora de que un superhéroe baje al verde. Visa fuerza una jugada en el área y penal indiscutible. El “Pato” Quinteros, se para frente al balón. Su rostro no era de confianza, al frente Raúl Fernández, lo miró fijo a los ojos, lo esperó hasta el último instante y aunque le pegó bien, el arquero demostró una potencia de piernas admirable y en una espectacular mano cambiada, atajó el disparo. Fue una pena máxima, mas para el aliancista que para el portero crema que desde ese instante se hizo figura.

En la tribuna, Daniel, solo atinó a morderse los labios, de satisfacción extrema, pero también de orgullo, porque Fernández, estaba para terminar vestido de Clark Kent, pero como otras tantas veces, terminó siendo un verdadero Supermán. El pitazo final, dejó un clásico aguachento, deslucido, con mucho fervor en la tribuna, pero exagerado fragor en el verde. Demasiada fiesta para tan poco fútbol, con una renuncia al gol y una cacareada forma de defender un resultado a costa de mucho sudor y poca disposición. Una apuesta al esfuerzo físico, pero una carencia de ideas colectivas, una lucha intensa para no dejarse vencer, pero una renuncia implícita para no intentar ganar. Los compadres, dejaron el fútbol –una vez más- como tarea pendiente.

Mientras en la tribuna, Daniel veía muy campante, el descontento de los hinchas grones. Y es que un clásico no se juega, se gana y un empate en casa tiene sabor a derrota. Daniel, salió de Matute tranquilo. No perdió y tampoco ganó. Por la noche ha sentido que el haberse atrevido a volver a la tribuna del rival, lo haya llenado de vanidad extrema, pero sabe que en el fondo, ello no pasa de una diablura, un cosquilleo a la jactancia, para saborear el miedo desde el ojo de la tormenta. Quizás cuando la hinchada blanquiazul, lo vio salir con ellos, lo miró con ignorada desconfianza, pero ni se tomó la molestia de pedirle sus credenciales y fue el último pasajero del autobús del desencanto. Y es que para ser tan hincha crema y meterse a la boca del lobo, hay que sentir bien adentro la camiseta, ser un provocador consumado o estar un poco loco.


Clásico a mano

Clásico es sinónimo de tradición, y el fútbol, está hecho de ritos y cultos tradicionales, que se descarnan en ese amor ardoroso e impulsivo, a veces maniático y perturbado a un color de camiseta. Pero un clásico, tiene también su lugar, en esa mixtura de sabor que puede encontrarse, en un combinado de arroz con leche y mazamorra morada. Hablar de clásico, en nuestro fútbol, es remontarse al encono y rivalidad de antaño, que nace un día sin saber cómo y se mantiene hasta hoy, enquistado en cada corazón de color merengue o un pecho carbón, de matiz blanquiazul.

Y le hace mucho bien a nuestro fútbol ver clásicos tan disputados como el de anoche. Porque se ha visto entrega, con ráfagas de buen fútbol y vibrante de principio a fin. Y es que Alianza y Universitario, pueden estar luchando la misma baja –en un ejemplo peyorativo- pero cada vez que se pongan al frente, quedarán atrás los puntajes y las estadísticas o lo valioso que se pueda estar jugando. Y es que un clásico se transpira y se respira desde adentro. Un clásico no se piensa, se siente. Y es que un crema y un blanquiazul, saben que un clásico no se juega, se gana.

El sueño de llegar a la Copa Libertadores, es el consuelo para los compadres, que lejos del deseo de levantar un título nacional, andan enfrascados en agarrar un cupo y más allá del honor, hay una razón muy valiosa como inevitable para ambos llamada dinero. En una coyuntura de deudas tributarias y malas inversiones –léase contrataciones- jugar un torneo internacional, es de necesidad vital ,es una tabla de salvación que se ha ido convirtiendo en una desesperada angustia. Alianza mantiene su ventaja de cinco puntos y es la valla que los cremas intentan saltar, aunque parezca -en el papel- que no tienen como, ni con que hacerlo.

Fueron los cremas -quizás por sus necesidades urgentes- los que sin importarles que estaban en casa ajena y en un baile sin tarjeta de invitación, los que salieron a danzar la primera pieza musical. Era un ritmo cadencioso, sandunguero y salsero, pero que los morenos parecían tímidos para afrontar en público. Era el minuto 32 y la tribuna aliancista enmudece, por obra y gracia de Miguel Angel Torres, justo cuando Alianza hacía presentir que el gol, era una cuestión de paciencia. La U, había dado el campanazo, con mucha fibra y garra. El partido cobra intensidad, en la medida que Alianza y sus nuevos “potrillos” empezaron a meterse más al partido y hacerse serios en la cancha. Antes del descanso Cristopher Soto, en fulgurante aparición, recoge el rebote de Fernandez(otra vez), pone la paridad y todos a sentarse nuevamente.

El complemento, fue un ida y vuelta constante, con torbellinos momentos de brusquedad, pierna fuerte, pero también buen fútbol. El “Chemo” apostó por asegurar el medio y hacer del contragolpe el arma letal. Costas, fiel a su estilo, con el desdoblamiento por las bandas y apelando a la velocidad de sus hombres. Pero los clásicos tienen esa pizca de ironía, que siempre juega con los sentimientos ajenos. Cuando era parejo el partido y el gol tocaba la puerta de ambos arcos, el infortunio le toca el hombro a Villamarin y en una jugada confusa, le da la ventaja a la U, que empezó a crecer en fútbol y en anhelos. La porfía blanquiazul, siempre encontraba bien parados a Galván y compañía. Pero un partido tan parejo, no podía nombrar un ganador todavía. La caldera se impacientaba y la luz se hizo en el banco.

Adré Carrillo, es un chico que desde su aparición, deslumbró por su velocidad de saeta y su dribling endiablado. Los hinchas aliancistas, ya lo encumbraron como un nuevo salvador, quizás para borrar ese presente oscuro de Manco y Farfán. Uno lo escucha decir que a él, no le va a pasar lo mismo y que su mejor consejero es Waldir Saenz ¿? y es como para sonreír con desconfianza. Si algo caracteriza a Alianza, es en sacar buenos peloteros, pero con escasa formación personal y es hartamente conocido, ese clan de “referentes” que ya bautizaron a este “Potrillo”. Ojalá, por el bien de nuestro fútbol, pueda consolidarse y no ser uno más de los que se vistieron de blanquiazul y se quedaron en promesas. Anoche entró, con pocos minutos por delante y desequilibró. Era un fantasma que le jugaba la espalda estudiantil y generó peligro en el contragolpe. La igualdad llegó luego de frustrados remates, le quedó servida a Fleitas para fusilar a Fernandez, que salió sin convicción, un mal que se va haciendo costumbre.

Pudo jugar mejor Alianza, pero la U le tomo bien el pulso, sin pasarse de revoluciones, fue equilibrado, mas no contundente. Pudo haberse llevado los tres puntos la U, pero Alianza le puso alegría a su juego. Pudo ganar la U, como lo pudo hacer Alianza. Al final, en un partido vibrante, en un clásico a pulso, en mano a mano, con mucha palpitación, salió ganando el hincha crema y el blanquiazul. Salió ganando el fútbol.

No piero ganarte compadre

Era un sábado distinto, una tarde de clásico, pero también un día donde el fútbol y la fiesta, se guardaban en un bolsillo y en el otro se hacía un ovillo la angustia con la desconfianza. Esta vez era diferente, porque se disputaban puntos valiosos, pero se jugaría pensando en el santo, con el temor de quemar cartuchos y quedarse desarmados. Por un lado estaba la obligación por ganar y por el otro, el conflicto emocional que resulta, saltar a la cancha, presionados, con la adrenalina propia de lo que significan estos partidos, pero con un aire susceptible y mediático, que hacía este clásico diferente a los otros. Había que ganarle al eterno rival, como sea, no había de otra, desde el camarín, la ansiedad, ya tenía el cintillo de capitán.

Dos tiempos, uno para cada uno. Un partido donde esta U, que ya no apuesta a defenderse a ultranza y que más bien, recarga las bandas y verticaliza el juego, reordenando su medio campo, le pudo poner color crema al clásico. Pero en cada ataque siempre quedaba un signo de interrogación. Un Alianza que necesitado de puntos, apuraba sus limitaciones de cara al gol, con chispazos de fútbol, pero intrascendentes para con el objetivo. Costas es vivo y escondió sus figuritas, para hacer su equipo más liviano pero dúctil. El “Chemo”, en cambio, ya sabemos que juega con lo que tiene, no es mezquino como Reynoso, pero tampoco es osado para arriesgar. Era su casa, su gente, pero parecía por momentos que no quería ganar. Alianza con lo poco que hizo, tranquilamente pudo salir silbando bajito y una sonrisa socarrona, con sus tres puntos tan necesitados, en el maletín de la conveniencia.

El fútbol, te da alegrías y tristezas, también te da revanchas, pero a veces, es un verdugo que te hace pasar de héroe a villano, en lo que dura un aplauso y convierte la idolatría en injuria, en lo que tarda en desinflarse el globo de las ilusiones. Piero Alva, debe ser el jugador-hincha más amado, pero también vilipendiado por la gente crema. Vive peleado con la tribuna, pero ha podido enrostrarle tardes gloriosas que lo tienen en una vitrina, donde pueden mirarlo, pero no pueden tocarlo y menos prenderle alguna vela. Autor de ese golazo de Playstation del Play Off del 2009, fue genio y figura de ese equipo campeón. Ayer esa misma gente que desgañitó la garganta, le gritó –y bien feo- que su actuación ni siquiera paso los 4 puntos.

Minuto 56, un penal dudoso para la U. Piero se para frente al balón. Aunque los códigos del fútbol dicen que un jugador que está jugando mal, no es el más indicado para patear un penal tan trascendente. No es una ley que se cumpla, pero por lo menos ante tanta presión, se necesitaba alguien de experiencia, alguien que tenga los genitales bien apretados. Libman había sacado un par de mérito. Estaba ofuscado, se ganó la amarilla por reclamar y su rostro era de pocos amigos. Piero cerró los ojos y dejó que ese mismo pie que hizo delirar a su gente en Matute en el 2009, le pegara a un balón que fue a darse con la pierna del golero y marró un gol que, esta vez no era de campeonato, pero sí de mucha esperanza. Libman salió del monumental como el héroe, pero la satisfacción para ambos, tuvo un resultado de color gris decepcionante.

Al final los compadres se fueron como vinieron, abrazados, saludándose fraternalmente, con el sudor y la fatiga que recorría sus emociones, pero con un frustrante gesto que expresaba que había sido en vano, más aún que en la noche, los santos alargaban la ventaja y lograban que la rabia se haga más sentida y penetrante. Cremas y blanquiazules, jugaron a querer obtener un resultado sin arriesgar, cuidando la puerta y se quedaron apretando los puños de impotencia. La gente crema, se fue del Monumental arrebatada. La blanquiazul, se desquitó con la violencia de algunos vándalos. En los camarines, se quedaron un héroe y un villano, que fueron los artífices y culpables de que este clásico no tenga ganador, pero si dos compadres derrotados.

Que la paz sea con usted compadre

Los clásicos no se juegan, se ganan. Esa es la doctrina de esos fervientes devotos, que se visten de emociones y reparten sus velas de éxtasis, cada vez que hay una camiseta crema frente a otra blanquiazul. Es que pueden ser diferentes las circunstancias o distintos los ánimos, pero cada vez que se juega un clásico, el hincha revive de entre su realidad y se contagia de esa palpitación agitada que lo incentiva, para fragmentar la grada con sus saltos y reventar los pulmones con sus cánticos. Alianza y Universitario, salieron tomados de la mano y enarbolando una bandera blanca por la paz. Un mensaje a la tribuna, que intentaba pinchar las conciencias de esos malos hinchas, que habían escrito con sangre, las hojas de ese libro llamado fanatismo, a veces insano, a veces tan incomprendido o mal utilizado por aquellos que confunden la pasión del fútbol, con la violencia y el pandillaje delincuencial.

El cielo no se quiso perder de esta tarde y abrió su ventana para dejar salir un solcito invernal que empezaba a calentar los ánimos y pintar emociones en este matute, que debía ser el fortín donde cayeran las grandezas cremas y revivan las almas blanquiazules. Un clásico así sea por la paz, por la pobreza del mundo o los animales en extinción, se juega a mil por hora, con los dientes apretados, con la cara seria y la sangre caliente.

Un inicio con emociones repartidas, con vértigo y demasiada tensión. La “U” era el que tenía el carro nuevo, de paquete, estaba asentando el motor y no quería arriesgar a pisar el acelerador a fondo, menos en una pista ajena a sus confianzas. Alianza era el necesitado de puntos, que son su medicina, porque es el enfermo que está en terapia de recuperación, pero depende en demasía de su actitud para seguir viviendo, su médico de cabecera, Venezolano él, ya ha brindado su diagnóstico y este, era el inicio de otras tres pruebas cruciales, que lograrán volverlo a la vida o enterrar sus ilusiones junto a su paciente.

Viendo el despliegue del “Toñito” Gonzales y la solvencia del “Goyo” Bernales, en bando crema, nos preguntábamos que diablos hacía Cevasco en la selección. Viendo la alegría de Manco, comprobamos, que Páez recuperó al chiquilín al darle minutos y mucha confianza. En su partido de despedida antes de enrolarse al PSV holandés, mostró el nivel que siempre le quisimos ver, ese desequilibrio que marca su gambeta endiablada que esperamos regrese consolidada del viejo continente. Viendo la parsimonia de Montaño, comprobamos que juega a placer y brinda su clase a cuentagotas, no se entienden los motivos, pero el colombiano, con Alianza, viene acumulando varias facturas pendientes.

La parte final fue igual de intensa, vibrante, con harta adrenalina en el verde y mucho éxtasis en la tribuna. Minuto 30', “Toñito” Gonzales –para coronar una gran actuación- se viste de genio y habilita de manera perfecta, para que Neyra, a punta de musculatura y ganas, le gane el duelo a Salazar batiendo a Bologna con puntillazo letal que festejó socarronamente. La respuesta vino rápida y de Montaño que se animó a dar un poquito mas, para meterse al partido, habilitación por izquierda, centro de Fernandez que cruza el cielo crema, el “Zorrito” Aguirre, aparece como un fantasma, vestido de bombero y con toque sutil descoloca al “Gato” Fernandez, apagando el incendio que amenazaba chamuscar matute.

Si algo dejó al final este clásico, ha sido la responsabilidad de ambas escuadras, para asumir cada uno jugar entregados a no dejarse vencer. La actitud de cada jugador para disputar cada balón como si fuera el último. Quizás mirando la tabla, Alianza sea el mas afectado y ello se ha visto reflejado en esos rostros adustos de sus hinchas a la salida del coloso victoriano. La “U” se fue silbando bajito, muy tranquilo, encendió la radio del auto nuevo y solo apuró el acelerador para llegar temprano a casa.

Un clásico por la armonía, para brindar un mensaje que el fútbol no debe engendrar violencia. Un clásico que repartió emociones, puntos, gritos y euforia. Un clásico por la paz, esa paz que se desearon al final los “compadres”, aunque cada uno se haya ido con distintos ánimos, distintos destinos, pero un mismo sentimiento que es el fútbol.