Mostrando entradas con la etiqueta Alianza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alianza. Mostrar todas las entradas

CLASICO ES RECORDARTE

Era ahora Daniel, era hoy, justamente en un clásico, esos donde últimamente de futbol se hablaba poco y se peleaba más. Era ahora Daniel, para que esa gente vestida de blanquiazul se hermanara con la que poblaba su casa, el Monumental, izando banderas merengues y se fundieran en un aplauso intenso, sincero e interminable, como una loa a tu recuerdo, porque debías estar ahí, en la cabina, de 9 o de 10, jugando tu partido de cada semana, transmitiendo emociones como lo decías, como lo sentías. Y ese aplauso fue la muestra del reconocimiento para que nunca permita apagar la voz de quien seguirá presente, cada vez que empiece a rodar el balón y la emoción intente desbordarse.
 
En el verde un nuevo clásico, Universitario mermado de nombres, más comprometido por no perder el orgullo y tratando de suplir las carencias, pugnando por logar un funcionamiento adecuado a la mixtura de temperamentos. Alianza en cambio, de fisonomía distinta, con el título anterior bajo el brazo, buscando apuntalar en el juego, sus nuevos nombres a los ya conocidos que aportan el kilo demás en la balanza de la experiencia, tan vital y necesaria para este tipo de rigor de partidos. Pedro y Pablo en el banco, cada uno exponiendo su trabajo, buscando superar el déficit funcional natural que se genera en el inicio de temporada y que demandan un tiempo prudencial. Pero el hincha que no entiende de sistemas tácticos, ni de funcionamientos colectivos y menos de problemas internos, solo exige resultados y en ello, por ahora no le bastan las explicaciones. “No saben si es justo, solo saben que es cierto”.
 
Un primer tiempo donde la U domina con mucha intensidad, un 4-3-3 con posicionamiento defensivo para achicar espacios, marca agresiva y presión alta, neutralizando al rival lejos de su campo, hiriendo por bandas, donde Alianza sigue siendo endeble. Una defensa a ultranza ante el empuje de la juventud crema. Troglio tiró a Osorio jugándose el cuello y el chico no lo defraudó, desmarcándose siempre, buscando la asociación, cambia el 30 por el 9 en el dorsal y hace el primero, culminando un gran centro del “Chiquitin” Quintero -Aún le faltan horas de vuelo para recuperar su nivel de avión- y tuvo el segundo que el parante le niega para hacer una noche redonda. “Los palos son así, a veces juegan para el delantero y otras para el portero”.
 
Alianza recupera el aliento desde la habilidad de Quevedo y la constancia de Hohberg, falla en el retroceso crema, Schuler queda desairado y el de Alianza culmina en el testarazo que se cuela debajo del poste de Fernández. Una igualdad oportuna pues era el mejor momento de la U que no supo liquidarlo cuando tuvo el control del juego, primero por apresuramiento y otras por las benditas manos de “San Leao” que hicieron que los cremas se fueran al descanso rumiando su ineficacia. “Goles que no haces, goles que te hacen”.
 
El segundo fue distinto. Alianza replantea variantes posicionales para cortar la asociación en medio. Su 4-3-2-1 se hace funcional a un 4-3-3 con mejor rotación del balón, Bengoechea echa mano a su mejor plantel para contrarrestar la dinámica merengue. Hohberg empieza a ser pesadilla para la defensa crema y la figura del partido. Busca la personal y se cuela en el área, Schuler queda sin frenos y se lleva su humanidad. Penal indiscutible que la pegada de Cruzado, deja marcado en la red el desequilibrio íntimo. Pablo encuentra mejores variantes en el banco que Troglio. Primero Costa y después Velarde, le dan respiro a Cruzado que crece en el juego. La U se va quedando sin gasolina y es Vargas que intenta, hacer la del gladiador en solitario, corriendo la banda y lanzado balones espoleados. Pero a estas alturas para la U ya no le bastan solo el pundonor y los huevos de Vargas, hay que jugar bien y ello, sin piernas se hace casi imposible. El tercero cae más por error propio que virtud de un cuestionado Posito, que corre a Balbin y anota de remate mordido.
 
Alianza se lleva el triunfo, pero la sinceridad de Bengoechea, afirma que el marcador resultó demasiado premio. La U pudo asegurar el partido cuando mejor hacía lo trabajado en casa. Pero así como los clásicos no solo hay que jugarlos, sino ganarlos, esta vez el mayor kilometraje íntimo y su replanteamiento apoyado en mejor banca le paso la factura a la juventud merengue, que no supo controlar el vértigo y pago demasiado caro sus errores en defensa. Para Alianza de cara a su trascendental partido de copa ante Boca Juniors, este triunfo le entona el semblante y apuntala en el ánimo. Será otra historia totalmente distinta, con un rival de otro nivel y jerarquía, otra oportunidad para que un equipo peruano demuestre de que está hecho.
 
Quedará en el recuerdo, ese aplauso intenso, vibrante, por la memoria de un amante del futbol, un transmisor de emociones y caballero del análisis acertado. Quedará en la memoria el recuerdo de ese aplauso conmovedor despidiendo a la voz que nos llevó al mundial y que retumbaba en las cuatro tribunas del Monumental. Quedará en las retinas el mensaje de las camisetas blancas que portaban los jugadores de la U y Alianza “Hasta siempre Daniel. Gloria a ti en las alturas".
 

De una raza distinta

El rostro de Navarro es un gesto confuso entre revancha y satisfacción. El de Sanguinetti es una apología  a la decepción. Las tribunas del nacional vestidas de blanquiazul se van despejando, caras pintadas y gestos de tristeza que se van alejando, mirando de reojo como ese grupo reducido de gente, vestida de color festivo, hace loas y vítores por un triunfo en casa ajena.  Ha ganado Vallejo y se lleva a Trujillo esta Copa del  Inca,  dejando a esta gente de sentimiento grone, con la mesa servida, esperando el plato por segunda vez y mientras la muchedumbre se va perdiendo por las calles de La Victoria, se banca el escarnio del vecino de enfrente, que como siempre, regodea su mofa y festeja triunfos ajenos para asolapar su presente irrisorio.
 
Y Alianza quiso proponer como siempre y se hizo una tromba desde el inicio, el ímpetu de sus jóvenes quiso arrollar la cadencia y sapiencia de los hombres de Navarro. La movilidad de Cueva fue sacando de su sitio a los centrales trujillanos hasta pintarlos de amarillo y condicionarlos. Sanguinetti, incitaba el vértigo para arrasar con velocidad y cambios de ritmo. El “Armenio” pierde el gol de la tranquilidad, pero Miers culmina con un testarazo el centro de Cueva y explota el nacional. Pero lo que debía ser el gol de la tranquilidad, se fue haciendo un dolor de cabeza blanquiazul. Aquí es cuando se requiere la pausa, la vivacidad para correr menos y rotar el balón más. El dominio aliancista duró 25 minutos y salió a relucir el kilometraje de la gente de Vallejo, para apagarle el motor, quitarle la pelota y empezar a ser sólido y compacto para llegar con personalidad al área rival.
 
El que Cruzado y Miñan fueran libres lanzadores exquisitos que enviaban bombas de tiempo envueltos en papel de regalo, a las espaldas de la retaguardia grone, hablaba que Navarro había quebrado el ímpetu aliancista en base a sapiencia. Sanguinetti siguió insistiendo el mismo libreto, fuerza, vigor y pelotazo a ver que salía con Deza o el aguante del “Armenio”. Vallejo se paró en tres cuartos de cancha y jugaba con la ansiedad de Deza, un chico de extraordinarias condiciones pero que su gente le hace creer que es una flecha y que debe llevarse todo por delante. Las acciones se fueron emparejando, mientras Alianza chocaba contra sus limitaciones, Vallejo fue haciéndose dueño del escenario, el empate fue un premio a la insistencia. Mauricio Montes, libre de marca pone la testa al córner de Millán, iguales en el marcador pero distintos en planteamiento, un mensaje a la conciencia para la tienda blanquiazul.
 
El segundo tiempo fue un calco del tramo final del primero. Un Vallejo enseñoreado, un Alianza peleado con sus frustraciones. Si le era difícil defenderse más difícil era irse al ataque. Aquí el partido pierde intensidad y sale a relucir algo típico de nuestro fútbol: la Imprecisión. Qué manera de equivocarse los dos, no habían dos pases seguidos que no tuvieran una interrupción, una buena intención se diluía en una grosera habilitación. La ansiedad de uno la compartía el otro y el partido se fue ensuciando. Lejos de ser vibrante, era modestamente entretenido. Pero el punto de quiebre en el fútbol, parte siempre de los jugadores que trascienden. Ciucci se fue comiendo la cancha y las ganas grones, Cruzado gravitaba jugando de enlace, Miñan y su guante en el botín derecho, habilitaba mejor haciéndose más valioso que las corridas de Cueva o Deza que terminaban en los pies del rival.
 
El segundo de Vallejo vino por inercia, se caía como fruta madura. Había tocado la puerta más de tres veces de manera educada porque siempre la encontró abierta. Pero cuando era la hora de entrar, encontró a sus guardianes desatentos. Centro de  Requena por derecha, que conecta Cedrón, que había sido pifiado por todo el estadio, como si fuera su culpa el que Alianza no entienda que no solo se puede jugar con el corazón y se requiere otras alternativas de hombres y nombres. El frentazo, fue el cachetazo de respuesta, que Forsyth quiso impedir y terminó arrumado en su valla, como el orgullo blanquiazul que se hizo silencio en la tribuna. Cedrón, educadamente celebró su venganza deportiva, con los dedos al cielo. Los gritos cesaron, el baldazo de agua helada calo el alma de los que lo insultaron.
 
Vallejo lo pudo fulminar y pudo ser marcador de escándalo que no sorprendía a nadie. Chavez pierde en la culminación de una jugada colectiva y cerraba el partido, pero también tuvo su revancha. Alianza insiste más con el aliento de la gente que con sus posibilidades. Roba el balón Vallejo y hace la simple, corrida por derecha de Millan, que va mirando con propiedad el destino del balón y Donald le pone el guante para que Chavez conecte de “palomita” el tercero que pudo ser el cuarto o quinto, que mas daba, todo estaba consumado, la defensa aliancista era un manojo de dudas y lo que quedó del encuentro solo fue el reflejo de lo que pasó en el verde. Vallejo jugando con autoridad y jerarquía y Alianza insistiendo una y otra vez a pujar, intentar romper la pared con los puños, a seguir confiando que el arrebato y el aliento de su gente se sobreponen a la jerarquía que debe emerger en definiciones de esta categoría.
 
Alianza quiso jugarlo con el alma y le ganó la ansiedad, Vallejo lo jugó con la cabeza y ganó con la razón. Soy un convencido que el corazón sirve en el fútbol para animar y para luchar, pero en partidos definitorios no basta, hace falta la inteligencia y la paciencia para ejercer el control del balón y del juego, para bajarle las revoluciones al rival y llevarlo a tus dominios, donde puedas desmenuzar sus falencias, para liquidarlo con sangre fría, con ojos de sabiduría  y el instinto malhechor para darle el tiro de gracia. Creo que para estos partidos, uno debe sentirse hasta de una raza distinta. Pero esto no se trata de mí, se trata de ellos, los del Vallejo, que hoy se llevan merecidamente el titulo a Trujillo.
 
 
 

El maná del fútbol peruano

El fútbol es y seguirá siendo una pasión inconmensurable, insensata y hasta incomprendida, porque logra apaciguar los lamentos y disimular la frustración, sobre todo para el hincha peruano, ese que ha hecho del sufrir, un estado de ánimo natural, que se aventura a soñar que vuela alto, cada vez que se echa a rodar un balón y que siempre aterriza con las alas rotas, el orgullo magullado y el desencanto pintado en el rostro. Seguimos siendo cola de furgón en América y nuestros equipos peruanos no trascienden internacionalmente, pero el hincha no se resigna y busca satisfacer su sed de pasión, refugiando sus emociones con lo escaso que encuentra en la despensa del torneo domestico.

Y el hincha se ha bancado este Torneo del Inca, que recién en su etapa final ha podido desmadejar su concepción, su objetivo muy poco conocido y menos difundido. Han quedado los cuatro que mejor hicieron las cosas desde la perspectiva de lograr resultados óptimos en base al mejor uso de sus planteles, que a una buena disposición de sus equipos. Un torneo corto que ha medido capacidades colectivas y que ha dejado nombres nuevos y otros consolidados que han logrado ponerse en la palestra.

Meritorio lo de USMP, que ha partido literalmente de cero, apostando por un plantel nuevo y de largo aliento, con un promedio de edad muy joven, un DT astuto y aventurero, demostrando su dirigencia mucha seriedad cuando de traer extranjeros se trata. Se ha quedado por muy poco, pero nos ha dejado la sensación que su juego no es casualidad y si mucho de disciplina táctica. Quizás le cayó encima la historia de un Alianza más entero y ducho para afrontar partidos complicados. Pero ambos nos regalaron partidos intensos, más apasionados que estratégicos, pero igual de emocionantes. Quizás más el primero que el segundo. USMP pudo haberlo liquidado en Matute o pudo sentenciarlo en el Miguel Grau, pero el fútbol no se mide por intenciones.


Alianza ha reconvertido su esquema, su forma de jugar, ha dejado de intentar imitar el estilo “charrúa” y ha dosificado los hombres y los nombres. El “topo” se ha reinventado en estrategia y juega de acuerdo al rival. Aunque las intermitencias de su juego han podido costarle este cupo, ha sostenido resultados desde la pasión con la que se entregan sus jugadores, tranquilamente en esta semifinal se hubiera ido masticando ansias, pero desde el banco se ha tenido el temple para poner los nombres justos en el momento justo. Alianza tuvo la contundencia de esos boxeadores que reciben golpes mortales, pero que saben recomponerse y asestar el de KO.

En la otra llave la UCV ha superado a un Garcilaso que ya no juega a un solo estilo de pelotazo cruzado y provecho de la altura, porque tiene un nuevo aire y ahora intenta creación abriendo mas la cancha, intenta jugar más y desbocarse menos. Vallejo fiel al estilo de Navarro, con un planteo serio y meter por aire mar y tierra hasta agotar las municiones. Ambos equipos han cambiado su carácter, su estilo y aunque se cuestione la forma de la clasificación de la UCV, finalmente solo le da con justicia a quien no desmayó nunca y no dejó de luchar hasta el final.

Algunos podrán decir que si Maná de la USMP hacia el gol que falló clamorosamente y si el arquero de Garcilaso no fallaba por canchero, se podía estar hablando de una misma historia pero con distintos actores. Y es que el fútbol es así, no existe lugar para el “hubiera” porque es una lucha de oportunidades y circunstancias, que se generan desde la actitud con la que se sale al verde. Es una cuestión de momentos que dejan siempre la sensación que todo puede cambiar en un segundo, por una buena decisión o una mala disposición. Allí está la clave de la pasión.

Se viene una final con mucha expectativa y de seguro el nacional lleno. Y es que partidos como los que se han visto, le hace bien a nuestro decaído fútbol, es quizás esa inyección de ánimo y aliento que hace feliz a la mitad de un pueblo. Logra que las emociones vayan in crescendo y alivien las frustraciones que mantienen el corazón magullado. Ojalá y Alianza sea fiel a su identidad y Vallejo a su estilo, esperamos, deseamos, exigimos buen fútbol, hasta creo que lo necesitamos, porque los buenos partidos y los buenos equipos no caen como maná del cielo en nuestro abatido y demacrado futbol peruano.



 

Clásico adolescente

Tiene la cara de esos adolescentes ingenuos, de esos chicos, cuya adultez o su mayoría de edad les es aún una lejana posibilidad y se sienten más identificados con las cosas triviales y sencillas, las cosas simples de la vida, todo resuelto con una traviesa sonrisa. Christofer Gonzales, frisa los 20 años y juega en la U como si tuviera 30, es de esos jugadores talentosos que marcan una diferencia con un simple toque al balón. De aquellos que nacen con una estela especial y que suelen calzar un guante en el botín. Es tan desfachatado cuando se le antoja y suele esconderse entre la cortina para salir de improviso y brindar una florcita en el verde, que enciende la tribuna como una pradera.

Cada vez que se juega un clásico, no es relevante como lleguen los eternos rivales a la justa. Basta que la crema y blanquiazul se tengan que ver en el verde para que el hincha olvide sus quehaceres y se vuelque a digerir toda la expectativa que se crea antes durante y después del partido. Es una necesidad ineludible, una forma de desfogue, una oportunidad para decirle al compadre cuanto odio y amor existe entre ambos y también para reconocer cuan necesarios se sienten, los unos a los otros. El fútbol, les ha marcado en la piel, rencores y ojerizas que a veces traspasa las fronteras deportivas y se convierte en una insana rivalidad que cala tan hondo en los sentimientos del hincha confeso, que le cuesta mirar o hablar de fútbol, sin sacarse la camiseta.

Es difícil pretender que un clásico con un promedio de edad veinteañera, resulte como las antiguas epopeyas de antaño, que se juegue con dosis de galantería o el vértigo que se genere en las áreas rivales, tenga figuras descollantes, cracks que definen una jugada en un verso o tanques que rompen las redes a punta de potencia de sus botines. Son otros tiempos, los compadres han asumido los años, casi de la misma manera y remendando sus urgencias, con la necesidad que sus hijos asuman la adultez, de manera vertiginosa, accidental y hasta forzosa. Para el fútbol peruano, resulta provechoso, para el hincha que llenó el Monumental no tanto, pues la tarde se le hizo gris como el partido mismo. Inicio aburrido, embrollado, deslucido y con equivocaciones por ambos lados. Muchas intenciones y pocas elaboraciones de juego colectivo. Un primer tiempo para el bostezo y un abrazo a la paciencia.

La U ha asumido la premisa de cuidar bien la casa, cero goles en contra en 6 fechas. Comizzo ha impuesto el sello de la confianza en los chicos, la verticalidad y los cambios de ritmo presionando todo el tiempo. Alianza sigue en su ritmo, cadencioso por momentos y buscando la sorpresa con el pelotazo frontal. Los buenos resultados de la U es cosecha de la conjunción del buen pie de Gonzales y la levantada de un Guastavino que ofrece variantes ofensivas. Alianza ha perdido la “magia”, una cosa era con Jordy y hoy ni Aguirre y menos un inoperante Mostto logran cubrir lo que Reyna provocaba solito arriba. La lucha en el medio fue un lio de ansias juveniles, el balón no le preocupaba a los grones y era una tentación prohibida para los cremas. El clásico se fue haciendo la lucha de chicos que querían afrontar su papel como grandes, en una realidad lejana de lo que el hincha espera siempre.

Vino el error infantil de Serrano, la puñalada letal de Ruidiaz y el taconazo de Olascuaga, el balón le llegó a Gonzales haciéndole un giño, el crema hace en un segundo que su cuerpo vaya al lado opuesto de su mirada, Heredia se devora la intención y Christofer, no la revienta, le pone el pie con sutileza a la pelota, la acaricia y ella obediente, recorre ese tramo del éxtasis total, que hace desbordar el Monumental. GOLAZO, por la concepción, pero mucho más por la magistral definición. No hubo más para hablar, solo un tiempo para gritarlo y una pausa para el aplauso interminable.

Un clásico de apariencia juvenil, de más raza que fútbol, de poco ritmo y escasa dinámica, tuvo que aparecer el que hace diferente la forma de llegar a la red. Christofer Gonzales, aquel muchachito de juego desfachatado, irreverente, que siendo crema hasta los huesos, vive en el corazón mismo de Matute en la Victoria. Lo que para unos puede ser una insolencia, para él es parte de su desinhibida forma de ver el fútbol, de hacer siempre algo distinto al resto, salirse del cuadro para pintarse él mismo, con ese pincel que tiene en el botín y que en este clásico adolescente, lo hizo figura y se ganó un boleto para jugar junto a Neymar contra Messi, nada menos. Ojalá y le den permiso, entre tanta constelación de estrellas, una luz juvenil de sangre peruana, nos inflará el pecho de orgullo y lo digo sin color de ninguna camiseta.



El NO debe y el SI se pudo

Esa desfachatez y la frescura de los 17 años de Gino Peña, para atreverse a meter esos tres dedos al balón, para que cuando surque los aires, coja el efecto contrario y caiga como si tuviera un paracaídas. Esa rapidez de ardilla astuta y el golpe de vista ladino, que tiene Jordy Reyna, para meterse entre los defensores y correr unos pasos más que la experiencia, para sacar ventaja en base a la potencia de sus primorosos años y esa definición a lo crack, arriba, en un rincón, donde el portero solo miró el lamento. Una jugada de antología y dos jóvenes promesas del fútbol, como protagonistas. Los dos vistiendo las sedas de Alianza Lima.

Un traslado de balón prolijo, una personalidad para mandar un pase del desprecio, con carga de gol en el envío. Una pausa y una entrega siempre segura. Una generación de ataque, con el toque sutil, amalgamado, lleno de pulcritud y belleza, para meter el remate que le da un beso al poste dos veces y le hace un guiño a sus ansias juveniles de ser el conductor con camiseta crema. Christofer Gonzales, cada día más dueño de sí mismo, cada día más consolidado en el fortín de Universitario.

El lema de los resultadistas, siempre fue apostar por la experiencia, era la solución inmediatista para lograr un trofeo en la vitrina, aunque ello originara que las canteras se extinguieran en vida, pintando a las jóvenes promesas en decorados inútiles que querían sacar a relucir, cuando el tiempo ya había puesto su mano. Apostar por “paquetes” extranjeros, para llenar bolsillos ajenos y dejar a las caritas adolescentes, sin una opción de demostrar su valía. Pero hoy por hoy el fútbol demuestra que no es una cuestión de edad si no de oportunidad. La mejor manera de saber si un joven futbolista vale, es exponerlo en un nivel competitivo. El talento se expresa mejor según el grado de dificultad. La habilidad no puede medirse dormida, la destreza es una expresión innata de estar siempre despierto. Solo es cuestión de darle un espacio.

Este cásico ha servido para exponer a los jóvenes de Alianza y la U, en un escenario difícil de manejar por la presión que origina, un partido donde se han visto rendimientos superlativos de chicos que parecían tener 20 clásicos en el cuerpo. Al margen de que camiseta tengan, estas apariciones -que son producto de una coyuntura y no de trabajos integrales- nuevamente demuestran que tenemos madera y solo falta trabajarla, pero de manera seria. Esta generación nos está dejando nombres y hombres que hoy visten de blanquiazul o de crema, pero la esperanza es que mañana sea la blanquirroja y su futuro sea lejos de esta sociedad, que por años nos ha ilusionado con canteras que se esfumaron, como el humo de un cigarro, prendido en cada noche de frustración futbolera.

Un nuevo clásico, una nueva forma de estar divididos en emociones. Un tiempo para cada uno, pero un solo ganador. El pudo ser, el hubiera, siempre será una anécdota, el merecimiento no cuenta. Así rezan los resultadistas, así cuentan los estadísticos. En el fútbol la disputa de circunstancias, hace que un rendimiento individual parejo, consolide un colectivo que genera opciones de gol de manera cohesionada. Cuidar el cero sin posesión del balón y ser solo eficiente más no eficaz, no alcanza. Lo sufrió Alianza primero y fue la U el que no pudo escribir en la red lo que hizo en el verde. Es la Ley del fútbol. Cuando se nublan las ideas y la fricción domina el juego, es la individualidad la que rompe los esquemas y las tácticas necias del cero. Tres dedos para el pase fantástico, definición monumental a lo CRACK de Jordy y chau. No hay más. Buenas noches los pastores.

Que SI merecían otra cosa, puede ser. Que NO se ajusta el marcador al rendimiento, es parte del juego. Que NO se debe pasar por alto a esos que confunden la “garra” con la matonería, es innegable. Que SI se pudo rescatar algo de fútbol, el hincha lo agradece y palmas para los jóvenes. Pero lo que queda claro, es lo que genera un triunfo en un clásico, es ese sabor especial que se queda por tiempo en los labios. Y les guste o no a algunos, este resultado ya no puede ser REVOCADO.


El triunfo de la familia

Aquel grito pelado del Pepe Soto al final, no era un rugido triunfal, porque se ganó el clásico, sonó más bien a una descarga emocional, a un desfogue o una liberación de impotencia a tanto sufrimiento. Ganar el clásico para Alianza, ha sido un bálsamo a tanto maltrato, a tanta angustia, quizás porque este triunfo dignifica un tanto la realidad y el resultado adquiere importancia porque ha sido ante su eterno rival. Los clásicos no se juegan, se ganan. Eso lo dicen los que han estado en el verde y saben que en esta realidad, era justo y necesario, pues en estas horas de zozobra, ganar era un respiro, un aliento añadido de vida. Este sin duda ha sido el clásico de la sobrevivencia.

Y lo gana Alianza, porque el Pepe lee mejor el concepto defensivo, aprovecha mejor su biotipo para encimar a un equipo crema, bisoño, con muchas ganas, pero poco rodaje que se vio impotente al principio para agredir arriba. El Chemo sin hombres hechos para la brega, apela a soportar la carga, a dejar que los minutos vayan llenando de ímpetu a los jóvenes y que los experimentados zafen de una marca asfixiante. El gol vino de quien hace los movimientos correctos. De 9, recogiendo el trote y ganando todo por arriba. El Chileno Meneses que demuestra cada día su valía, la pone larga para que “Barney” gane el frentazo y la deje picando, Fernandez arriesgando la pierna y sus extensiones, la emboca con un fierrazo en la puerta del arco. Golazo, para trastornar la tribuna que se desbordó de locura.

Si hay algo cierto en la vida, es que la familia está por encima de todo. Y en una realidad con tanto yerro dirigencial, en Alianza la chuntaron con dos acciones que generaron una deuda emocional en sus jugadores. Primero en la concentración el sábado y ayer antes del partido. Entrar al camarín y encontrar mensajes de la familia y los hijos alentando, cargaron la batería del corazón grone y le dio una fuerza adicional. Por eso Alianza devoró en actitud en el primer tiempo y si las cosas se emparejaron al final, fue porque la U puede tener gente joven en la cancha, pero la historia de su camiseta pesa, para hacerlos fuertes en el conflicto. La unión y los valores íntimos, puede que hayan primado para ser una forma de aliento, de fuerza interior para lograr un resultado positivo, pero no resulta indigno decir que pudo tener un número equiparado, por la forma como propuso uno y lo que generó en merecimientos el otro, algo de lo que no está hecho el fútbol.

Si algo queda como conclusión de este nuevo clásico, es que se ha jugado con caras nuevas, necesarias y oportunas. No son consecuencia de ningún proceso serio y tampoco obedecen a ningún programa para potenciar jugadores jóvenes de algún técnico iluminado. Es urgencia simple y ramplona, corolario de una situación de emergencia, pero que deja el mensaje claro: La única manera de hacer que nuestro fútbol resurja es dándole la oportunidad a que los jóvenes salten a la cancha, que aprendan a equivocarse, pero que llenen su mochila de experiencia y roce. No hay de otra. Más temprano que tarde, estos nuevos nombres, serán para la U o Alianza un motivo de orgullo, aun cuando el camino para forjarlos no haya sido el correcto.

Alianza ha ganado tres puntos y la U solo los ha dejado de ganar. La historia no mide las voluntades y tampoco las intenciones, se deja llevar por los números y la estadística. Mañana será otro día y la pelota seguirá rodando, cuando alguien recuerde este triunfazo aliancista, aparte que puedan decir que el línea se devoró un penal para la U y que el “Pato” Quinteros pudo hacer el gol del año, también se comentará el debut de varios chicos que algún día se pondrán la blanquirroja, con más experiencia, mas kilometraje, gracias a la infausta realidad que viven en sus equipos y que su corta edad, se ven obligados a poner el hombro para mantenerla viva.

Pasará el tiempo y todos recordarán que una tarde de Abril, Alianza para ganar el clásico tuvo que recurrir a la fuerza del corazón, a juntar a la familia como pilar importante de sus vidas y hacer que el fútbol más allá de dividir pasiones y generar sentimientos encontrados, tuvo el poder de unir a su sangre para brindarles una alegría que les dejará una marca indeleble en el alma. Porque el amor de la familia, es la única que puede demostrar que el lograr estar unidos y no divididos, se convierta en un verdadero triunfo.

Al margen del color de la camiseta, esto le hace bien al fútbol, a nuestro querido fútbol.






El ciclon que devastó la caldera

Aquella pelota en la testa del “Burrito” Ascoy que se fue afuera, cuando lo más difícil era fallar. Esa otra pelota envenenada que la esperaba Tejada y apareció la humanidad inoportuna de Zúñiga para mandarla a un costado besando el madero o ese balón caprichoso que pegó en el milagroso horizontal, fueron oportunidades que en el partido de ida, solo quedaron como anécdotas y hasta se asumió la presencia mística de los “Potrillos” fallecidos en Ventanilla, que merodeaban y salvaguardaban el arco aliancista. Pero en ese partido, Alianza no solo se encomendó a todos sus santos para ganar el primer tiempo de los Play Off. Tuvo orden desde el arranque y un planteamiento que le permitió aprovechar el desorden del Aurich y asumir desde la experiencia de Jayo y la frescura de Arroe, sacar una ventaja favorable de cara a la definición en casa, con su gente y con olor a multitud.

Pero cada partido es una historia distinta. En Matute, de local, quienes debían ser los acelerados y descontrolados eran los de rojo y los que tenían la obligación de hacer del control emocional un credo y una divinidad, eran los de pecho blanquiazul. Era una cuestión de poner los hombres pensantes y los que saben ser sabios antes que impetuosos, los que hacen el equilibrio cuando se calienta el partido y los decibeles aumentan desproporcionadamente. Debían aparecer los que saben manejar los tiempos oportunamente y llevan el partido hacia su conveniencia. Era la oportunidad de hacer prevalecer esa jerarquía, tan necesaria para este tipo de definiciones.

Pero esta nueva historia se empezó a forjar desde la actitud. Mientras Alianza se acicalaba para salir a la fiesta preparada con antelación, el Aurich vino vestido con ropa de faena, envalentonado y prepotente, salió arrebatado a definir todo de un solo disparo, sin dejar que Alianza siquiera se diera cuenta que le abrieron la puerta trasera. Un Chiroque avasallador, Tejada encarador y un Merino fantasioso y efectivo por momentos, contagiaban el vértigo de un ciclón que empezaba a soplar y muy fuerte. Un Alianza sorprendido, maniatado, ahogado y respirando por la boca. Tuvo que salir “Periquito” lesionado, para que bajen las revoluciones y ver una reacción grone. Pareció que Montaño despertaba y Hurtado se metía al partido. Se equiparaban las fuerzas y se calentaban los ánimos.

Para el complemento, el banco fue decisivo, pero también la diferencia de plantel. Umaña, viejo zorro de estas lides, tuvo una mejor lectura del juego, tirando a Ciciliano y Zúñiga para forzar que no salga Alianza y Arroe tuvo que cambiar a Ovelar por fatiga muscular. José Carlos Fernández, es voluntarioso e impetuoso, pero de lejos el paraguayo es mucho más valioso, para cuidar el balón y tener presencia en el área. Bazán se fue expulsado y Alianza se vio tocado de nervios. Jugaba con descontrol emocional, se perdió la tranquilidad y aumentó la zozobra. Ciciliano fue tomando los hilos y su figura se elevaba por sobre el resto. Empezaba la danza de las tarjetas amarillas y el condicionamiento de las faltas por Carrillo, a quien se le escapaba el partido.

Alianza en contraataque, genera el gol de Fernández, que la mete escandalosamente con la mano. Debió ser expulsado, Carrillo le perdonó la vida y empezaba a jugar gratis. La respuesta vino con trepada de Guizazola, la arremetida de Zúñiga, para anotar en el arco de Libman y Matute se convierta en un sepulcro. La fiesta se iba al tacho y el partido se hacía más trabado y luchado que jugado. Poca claridad y demasiada fricción. Se empiezan a perder los papeles y cuando se hacía más necesaria la paciencia y el equilibrio, primero se fueron expulsados Zúñiga y Rojas por el Aurich y después al final Montaño. Alianza termina perdiendo el partido, pero recién va a sentir su ausencia cuando extrañe al colombiano, como en toda esta tarde.
Ramos y Fleitas chocando nerviosamente en propia área. Libman haciendo de delantero desesperado y Arroe mirando el banco sin encontrar alguna respuesta. Imágenes paganas de un Alianza que asumió un encuentro con la conformista actitud de buscar un empate y se encontró con un Aurich que vino a ganar o morir y luchó cada pedazo de terreno, haciéndose fuerte de la cabeza, encontrando los hombres perfectos para un plan de asalto a la caldera, que hirvió de pasión, pero se congeló de la impresión. Un Alianza que no supo tener equilibrio emocional y terminó siendo víctima de su propia vehemencia, por no querer perderlo, pero tampoco tener claro, como ganarlo.

Alianza y Aurich, tendrán que definir en un tercer partido y los chiclayanos parecieran haber terminado mas enteros, tienen mejor plantel y hay como echar mano al recambio. Alianza perdió también a Jayo, quizás Ovelar y deberá afrontar con el resto. El nacional deberá albergar nuevamente un partido definitorio que para los íntimos, afligidos por dinero, puede terminar siendo un buen negocio en lo económico, pero si repite esta actuación, se puede quedar devastado anímicamente por este ciclón que hoy arrasó la caldera y aguo la fiesta de color blanquiazul.
 


Desgarrado corazón

Aquella mañana se pintaba diferente. Era el desayuno de un sábado distinto, con un solcito tibio que entraba por la ventana y se posaba en un lado de la mesa, donde Walter jugueteaba con la miga de pan y sonreía ante la mirada de su padre que lo contemplaba con la misma devoción de siempre. Era sábado de fútbol, día de clásico, él aliancista consumado, alcanzó a soltar una arenga que la familia lo tomó como todas sus locas reacciones que tenía para afrontar la vida misma. Muy a su manera, muy a su antojada forma de vivirla. Este sábado para Walter Oyarce, era distinto a otros días. De solo pensar que estaría en el Monumental alentando al equipo de sus amores, un raro escalofrió premonitorio le recorrió el cuerpo. Era sin saberlo siquiera, un día diferente, extraño y hasta insólito. Era el día para enfundar como tantas veces su camiseta blanquiazul y partir al estadio. El celular lo distrajo un momento. Era el amigo entrañable de corazón crema con quien tenía una amistad a prueba de pasiones futbolísticas y con quien también tenía una apuesta pendiente.

Walter era hincha de Alianza y de esos que vivían los partidos intensamente. Tantas veces se había quitado la blanquiazul y se puso la blanquirroja Tantas veces se sumó a la “banda del Basurero” para alentar al Muni por el que sentía simpatía familiar. Tantas veces estuvo en la tribuna, como este sábado, en que unido a sus amigos, se colocó en el palco 128 de este Monumental que lucía abarrotado de locos desenfrenados que coreaban cánticos y enarbolaban banderas multicolores. Muchos rostros de ceño fruncido y gritos pelados, desaforados e intimidantes. Estaba tranquilo, Alianza, venía entonado, era líder y le brindaba confianza de irse triunfante de este estadio donde se sintió que no era bienvenido.

Dicen que los clásicos no se juegan, se ganan y en la tribuna se vive otro partido. Desde su lugar, Walter pudo ver como su Alianza, salió temeroso, dubitativo a enfrentar a una U atiborrada de circunstancias adversas en su interna, pero no parecía importarle a la hora de jugar. Alianza era una sombra, un espejismo. La U era un vendaval de entusiasmo. Rainer Torres -como en sus mejores momentos- puso un balón para que Vitti, pegue el testarazo letal que hizo explotar la tribuna. Walter impotente y en silencio, tuvo que soportar que los vecinos vestidos de crema le enrostren su desatada locura. No había reacción de los íntimos y la estaban sacando barata. Falta contra Vitti y penal para la U. El 2-0 sería una bofetada para los aliancistas, pero el argentino en lugar de encender el show, la hizo de Shaw y falló. Vendría la igualdad del “Búfalo” Ovelar y una tranquilidad a medias. Cuando ambos bandos resignaban una igualdad injusta, Morel mete el balazo que cruzó el área y se incrustó en el corazón de los hinchas íntimos y desató una demencia incontrolable en la gente merengue. Un primer tiempo primoroso de la U y una definición bárbara pintaron de color crema este nuevo clásico.

Walter, se pensaba ir del estadio, convencido que en el fútbol, ser eficiente tiene que ver con lo que sabes hacer y ser eficaz, es poner en práctica lo que eres capaz de hacer. Pero no pudo salir de su ubicación, porque el pitazo final sonó a un toque del silencio. Unos delincuentes disfrazados de hinchas se metieron al palco donde estaba con amigos y familiares. Defender su integridad, le costó el inevitable enfrentamiento contra estos desalmados y alienados barristas que no satisfechos de la barbarie ocasionada, lanzaron su cuerpo al vacío, en una muestra de crueldad extrema, salvaje e inhumana. Walter cayó al pavimento y escuchaba a lo lejos aún los gritos de la hinchada. Su mirada se fue perdiendo en el firmamento y los latidos de su corazón aliancista se fueron apagando. Su camiseta se fue desgarrando, manchada en su sangre, tan ajena de esta bestialidad incomprensible que trastoca el sentido común y que tiño de tragedia, un episodio que debió ser futbolístico, pero que ya tiene antecedentes de violencia extrema, que parecen ser incontrolables.

De aquí en adelante cuesta hablar de fútbol. Porque se hace necesario hacer una obligada reflexión y un mea culpa. Quizás todo tenga su origen en el hábito de engendrar la violencia en el nombre del fútbol, al sentirse hincha de Alianza o de la U. Crear desde el vientre una rivalidad antagónica, diciendo que en casa se nace crema o blanquiazul. Sentir que el compadre es un mal necesario y saludarlo siempre con el dedo medio extendido. Mirar al clásico rival como un enemigo mediático y hacer de la desgracia ajena un regocijo para la ironía y la burla permanente. Encender las pasiones con tanta insania que el deseo de muerte ajena se haga permanente. Y quien sabe este odio gratuito haya sido alimentado, por dirigentes impresentables y personajes obesos, que hicieron de la provocación una oda a su propio ego decreciente y sus actitudes matonescas y lumpescas, tengan aún seguidores.

El padre de Walter no podrá contemplarle los ojos más a su hijo y solo acaricia el recuerdo de sus 24 años de alegres locuras. El amigo de Walter nunca podrá cobrarle su apuesta y solo abriga su amargura en una lágrima que la comparten todos los que amamos el fútbol y aborrecemos la violencia. Ahora saldrán los que sancionan y los que critican, los que tienen la solución en la palma de la mano y los que juzgan sin sentido, sin pensar que pasados los días todo volverá a ser como siempre y como nunca. Porque son los mismos que encienden el caldero de la intransigencia, en el nombre del equipo de sus amores.

Hoy fue uno de Alianza, vestido de blanquiazul, mañana será uno vestido de crema y pasado mañana, puede que sea uno de los nuestros. Acaso y valga la pena, que tanta emoción perturbada le ponga precio a una vida humana, como para seguir sintiendo orgullo por la pasión a una camiseta. Descansa en paz Walter, resulta imposible hablar de fútbol, porque tu muerte injusta, nos ha dejado a todos con el corazón desgarrado.


 


El último pasajero

La fiesta de un clásico es especial. Desde la previa cuando todo se va vistiendo de azul y crema, hasta el entusiasmo que va calando las fibras de todos los hinchas, que revierten en un partido de fútbol, una añeja rivalidad, una consabida provocación, para saberse más ganador que el otro incluso antes que empiece el partido. Son los eternos antagonistas, que se odian y se quieren, se aborrecen y se confrontan, se miran y no se tocan, pero en el fondo ninguno de los dos, puede negar que se necesiten más de la cuenta para sobrevivir.

Daniel es un hincha de la U a muerte. Asume que desde pequeño fue santificado por el fútbol, desde que le pusieron la crema en el pecho y desde entonces ha reverenciado su pasión con una devoción extrema, a veces desquiciada, calenturienta, pero tan humana como su propia personalidad. Es de aquellos hinchas acérrimos, de carácter apacible y noble, pero aguerrido y temerario. En su memoria aún le queda, aquella noche de clásico del 99, en la definición del Play Off, cuando llegó a Matute y sin entradas en la mano, no tuvo alternativa que meterse a la tribuna sur. Obligado por las circunstancias y en el corazón de la hinchada blanquiazul, vio dar la vuelta a su crema de toda la vida, pero no pudo celebrar y fue un mudo testigo de un triunfo, que solo pudo desfogar cuando llegó a casa.

Este nuevo clásico tenía la misma convulsión de los anteriores. Era un encuentro de la juventud grone contra la experiencia crema, la expectativa estaba puesta en el verde y la emoción llenó la grada muy temprano. Daniel, esta vez quiso poner a prueba su temple y en una zafada decisión, quiso parecerse a esos jugadores que hacen la distinta. Esta vez no había apremios y era solo la bravata del hincha crema que le hace a su archirrival. Se escribió con plumón rojo cerca al corazón, la U de sus amores y se puso un polo de color plomo. Partió hacia la caldera, con una sonrisa socarrona, no le dijo a nadie de su aventura, aunque algo le intuía que se iría de allí con la sonrisa encubierta, al contrario de la primera vez, ahora era, con premeditación, alevosía y ventaja.

Daniel, llegó a Matute y desde su ubicación, pudo sentir nuevamente la adrenalina, de estar respirando el mismo aire del enemigo, mirando de reojo la muchedumbre que pintaba de crema gran parte de esta caldera que hervía de pasión grone. Una forma de sentir diferente el clásico, haciendo la del valiente clandestino, que se metió al patio del vecino para hacer una travesura desvergonzada, pero tan a título personal como su propia identidad. Sin querer tuvo que compartir, la pasión desbordante del Comando Sur, tocar su bandera y sonreír tímidamente, cuando la U hizo su aparición.

El pitazo dio inicio a un concierto de errores y desconexiones de planteamientos. Una lucha por ganar y tener la pelota, pero no saber qué hacer con ella. Costas apelando a la mixtura de la experiencia y juventud, que le daban rapidez pero careciendo de contundencia. El “Chemo” jugándose el puesto y apostando a defender el resultado, con Alva y Fano sacrificados delanteros en función defensiva. Alianza exponiendo y la U respondiendo. La consecuencia, fue un encuentro de acciones maniatadas, con mucha fricción, con delanteros sin llegada y con actuaciones individuales aplaudibles, más no consecuentes. Bazán en Alianza y el “Negro” Galván en la U. El joven que se va haciendo realidad y el experimentado que se hizo un muro contra el arresto blanquiazul. Partido por momentos aburrido, sin peligro en los arcos. Fácil los arqueros, se iban a los vestuarios, se lavaban la cara y nadie los hubiera echado de menos.

Para el segundo tiempo, Daniel ya se sentía satisfecho, al margen del partido, se había dado el gusto de ser un atrevido hincha merengue, que enrostraba su orgullosa opinión de Reynoso, que primero se defiende y después existe. El partido había caído en un letargo y parecía extinguir las emociones de los hinchas, Era la hora de que un superhéroe baje al verde. Visa fuerza una jugada en el área y penal indiscutible. El “Pato” Quinteros, se para frente al balón. Su rostro no era de confianza, al frente Raúl Fernández, lo miró fijo a los ojos, lo esperó hasta el último instante y aunque le pegó bien, el arquero demostró una potencia de piernas admirable y en una espectacular mano cambiada, atajó el disparo. Fue una pena máxima, mas para el aliancista que para el portero crema que desde ese instante se hizo figura.

En la tribuna, Daniel, solo atinó a morderse los labios, de satisfacción extrema, pero también de orgullo, porque Fernández, estaba para terminar vestido de Clark Kent, pero como otras tantas veces, terminó siendo un verdadero Supermán. El pitazo final, dejó un clásico aguachento, deslucido, con mucho fervor en la tribuna, pero exagerado fragor en el verde. Demasiada fiesta para tan poco fútbol, con una renuncia al gol y una cacareada forma de defender un resultado a costa de mucho sudor y poca disposición. Una apuesta al esfuerzo físico, pero una carencia de ideas colectivas, una lucha intensa para no dejarse vencer, pero una renuncia implícita para no intentar ganar. Los compadres, dejaron el fútbol –una vez más- como tarea pendiente.

Mientras en la tribuna, Daniel veía muy campante, el descontento de los hinchas grones. Y es que un clásico no se juega, se gana y un empate en casa tiene sabor a derrota. Daniel, salió de Matute tranquilo. No perdió y tampoco ganó. Por la noche ha sentido que el haberse atrevido a volver a la tribuna del rival, lo haya llenado de vanidad extrema, pero sabe que en el fondo, ello no pasa de una diablura, un cosquilleo a la jactancia, para saborear el miedo desde el ojo de la tormenta. Quizás cuando la hinchada blanquiazul, lo vio salir con ellos, lo miró con ignorada desconfianza, pero ni se tomó la molestia de pedirle sus credenciales y fue el último pasajero del autobús del desencanto. Y es que para ser tan hincha crema y meterse a la boca del lobo, hay que sentir bien adentro la camiseta, ser un provocador consumado o estar un poco loco.


Sentimiento negro

Digamos que la imprevisibilidad, es una constante del fútbol peruano. Cuantas veces hemos visto a un equipo peruano ser un día un león herido o un dechado de técnica exquisita, ante un rival con nombre de alcurnia y al siguiente día, sucumbir muy cortésmente ante el rival más modesto. Gitanería que le llaman. Cuántas veces hemos alimentado la esperanza, para querer superar lo inverosímil de nuestra realidad, a punta de ilusiones, para apostar por nuestra camiseta, a sabiendas que vamos en desventaja en una carrera con obstáculos y con los ojos vendados.

Lo de Alianza, estaba en la lógica, aunque a veces dudemos de su existencia. La clasificación se perdió en casa, como tantas veces Lima, como tantas veces Matute. El viaje a Chiapas, era una peregrinación de rodillas a la cruz del Señor de la misericordia. La pena y la aflicción, quizás se sienta más cuando se recuerde la noche del estreno. La noche en que la caldera era una oda a la ilusión y alegría. Los rostros morenos sintieron en esas dos puñaladas, que además del corazón les rompieron la intimidad y le rasgaron la confianza. Anoche, pudieron ser 3 o 5 que mas daba, el Juaguar jugó caminando, confiado y candoroso, a voluntad y haciendo del fútbol simple, una forma suficiente para doblegar al grone que solo apeló a no dejarse vapulear escandalosamente.

¿Qué diferencia hay con el arranque del año pasado?, es la interrogante que queda y la respuesta, quizás se encuentre en los hombres y nombres distintos, la coyuntura y hasta los amigos que se perdieron, por una nefasta organización, que parece copia fiel de lo que sucede en la FPF. Será quizás que ese voto de apoyo de la tienda aliancista, para el continuismo, tenga un tinte personal y no refleja el sentir de ese hincha de pecho carbón, que mantuvo su fe encendida hasta el final, pero que como tantas veces desairado, ha decidido voltear la página, darle la espalda al desencanto y procurarle un vuelco a la realidad, buscar el contento en su hábitat, limpiando la casa y empezando por el cuarto de servicio.

Da que pensar, que cada participación copera, es una experiencia muy cercana al sufrimiento. Será que cada vez que nos toca vestirnos de gala y pasar la frontera, la jerarquía, resulta algo muy grande que nos hace falta, algo que no aprendimos a tenerla desde pequeños y estemos muy grandes o viejos para recuperarla y nuestra historia futbolística -tan venida a menos- se sigue nutriendo de desengaños. Pareciera a veces, que cada estocada recibida, ya ni siquiera nos hace daño. Pareciera que nuestra sangre se ha hecho escasa y nuestras heridas, no cicatrizan nunca, porque nos hemos hecho inmunes al dolor.

Quien sabe y esto se haya convertido en una insana costumbre y nuestro problema, haya traspasado esa línea delgada que existe entre lo real y lo inmutable y no tenga nada que ver con la técnica o el estado físico y se haya convertido en un karma espiritual, que tenga tintes de conformismo, que ha blindado nuestro espíritu, para hacerlo inmune al fracaso continuo y la derrota calamitosa.

El problema sigue siendo de fondo y está ajeno a la eliminación de un equipo peruano, más aún que es reiterativo. Que no se admita la verdad y se califique de pesimistas a los que hablan claro, como si por decir cosas agradables al oído o glorificar la camiseta de un equipo, baste para esconder bajo la alfombra esa basurita, llamada incapacidad, que enarbolan los que manejan los destinos de nuestro fútbol y que intentan maquillar fácilmente con un golcito en el extranjero o con un buen fajo de billetes.

De corazón manso

Déjame que te cuente victoriano. Déjame que diga la gloria, aquella que evoca la memoria, del fútbol, la quimba, la sandunga y el salero. Aquellos recuerdos benditos de tantas horas de fútbol, de alegrías y tristezas enlutadas, que hoy resquebrajan tu pecho carbón, por una noche de copa, una noche loca, que nuevamente te deja parado en la tribuna, pidiéndole al cielo alguna explicación, por este nuevo desengaño. Una noche que pintaba tan íntima, tan tuya y que hacía explosionar la caldera de entusiasmo y que como tu propia ilusión, se fue perdiendo como arena entre tus dedos.

Déjame que te cuente, íntimo de corazón. Que la razón de esta amargura, no se encuentra en la gente bendita, el hincha fiel que llenó una vez más Matute. No está en sus jugadores que se entregan y se funden en el esfuerzo. Tampoco en ese afán de querer y no poder. De intentar y chocar con los argumentos de siempre, en la desilusión de siempre. La razón de esta tortura puede ser que se encuentre detrás del escritorio, allí donde se esconden esos farsantes de cuello y corbata. Esos que te hicieron creer que era suficiente con el “cebo de culebra” o la “magia del Cuy”, esos que te vendieron un equipo renovado y que al final te dieron más de lo mismo, pero a mayor precio.

Y permíteme hacer una interrogante. Como un emblema del fútbol peruano, se puede contentar –y acá Costitas es también responsable- repatriando a un Junior de Viza vencida, traerlo como “salvador” y estrella rutilante, apostar por un “Pato” añejo, insistir en un limitado como Villamarín o un desfasado De la Haza y traer un 9 como Pierone que su mayor fama es hacer las difíciles y fallar las claritas. Para ponerle cereza en la torta, darse el lujo de poner en el frezzer a un jugador seleccionable y valioso como Joel Sanchez. Acaso si el fútbol es un buen negocio, también tiene sus riesgos de inversión. Pero Alianza, merece tener por lo menos un 10 de categoría y un 9 de renombre. Lo demás es una farsa.

Jaguares, no es de los mejores que se haya tenido al frente, pero hizo la simple, a velocidad y mucha precisión, jugando con la desesperación del rival. Con un jugador distinto como Manso y un todoterreno como el “capo” Rodriguez. Alianza, con un rival adicional: La presión de su hinchada, de su gente, que apretujaba las ansias, glorificaba la esperanza de tener una noche de ritmo, color y sabor. Pero se fue aceptando que los de Chiapas, dominaron y fueron lejos, muy superiores en lo técnico, táctico y sobre todo en lo físico. Los grones recién están asentando las piernas, los mexicanos ya están en nivel de competencia. Cosas de organización y estructura en las cuales ni la FPF, ni los clubes, tienen una idea profesional al respecto.

Déjame que te cuente íntimo de corazón, que aunque te quede una flamita de esperanza, hay una espina que anoche se te ha quedado clavada en el corazón. Ese corazón que siempre te ayudó a remontar lo imposible, pero que ha quedado flagelado y magullado, que si alguna vez fue tan grande como la euforia de la caldera, anoche fue de palpitar manso y de pulso apacible.

Déjame que te diga victoriano, que para seguir soñando con la copa, más que un corazón de grandeza indomable, más que una actitud distinta o buenas intenciones, necesitas mejores argumentos y buenas razones para demostrar de que estás hecho. Aunque no está demás, una dosis de realidad, que también te hace mucha falta.

Clásico a mano

Clásico es sinónimo de tradición, y el fútbol, está hecho de ritos y cultos tradicionales, que se descarnan en ese amor ardoroso e impulsivo, a veces maniático y perturbado a un color de camiseta. Pero un clásico, tiene también su lugar, en esa mixtura de sabor que puede encontrarse, en un combinado de arroz con leche y mazamorra morada. Hablar de clásico, en nuestro fútbol, es remontarse al encono y rivalidad de antaño, que nace un día sin saber cómo y se mantiene hasta hoy, enquistado en cada corazón de color merengue o un pecho carbón, de matiz blanquiazul.

Y le hace mucho bien a nuestro fútbol ver clásicos tan disputados como el de anoche. Porque se ha visto entrega, con ráfagas de buen fútbol y vibrante de principio a fin. Y es que Alianza y Universitario, pueden estar luchando la misma baja –en un ejemplo peyorativo- pero cada vez que se pongan al frente, quedarán atrás los puntajes y las estadísticas o lo valioso que se pueda estar jugando. Y es que un clásico se transpira y se respira desde adentro. Un clásico no se piensa, se siente. Y es que un crema y un blanquiazul, saben que un clásico no se juega, se gana.

El sueño de llegar a la Copa Libertadores, es el consuelo para los compadres, que lejos del deseo de levantar un título nacional, andan enfrascados en agarrar un cupo y más allá del honor, hay una razón muy valiosa como inevitable para ambos llamada dinero. En una coyuntura de deudas tributarias y malas inversiones –léase contrataciones- jugar un torneo internacional, es de necesidad vital ,es una tabla de salvación que se ha ido convirtiendo en una desesperada angustia. Alianza mantiene su ventaja de cinco puntos y es la valla que los cremas intentan saltar, aunque parezca -en el papel- que no tienen como, ni con que hacerlo.

Fueron los cremas -quizás por sus necesidades urgentes- los que sin importarles que estaban en casa ajena y en un baile sin tarjeta de invitación, los que salieron a danzar la primera pieza musical. Era un ritmo cadencioso, sandunguero y salsero, pero que los morenos parecían tímidos para afrontar en público. Era el minuto 32 y la tribuna aliancista enmudece, por obra y gracia de Miguel Angel Torres, justo cuando Alianza hacía presentir que el gol, era una cuestión de paciencia. La U, había dado el campanazo, con mucha fibra y garra. El partido cobra intensidad, en la medida que Alianza y sus nuevos “potrillos” empezaron a meterse más al partido y hacerse serios en la cancha. Antes del descanso Cristopher Soto, en fulgurante aparición, recoge el rebote de Fernandez(otra vez), pone la paridad y todos a sentarse nuevamente.

El complemento, fue un ida y vuelta constante, con torbellinos momentos de brusquedad, pierna fuerte, pero también buen fútbol. El “Chemo” apostó por asegurar el medio y hacer del contragolpe el arma letal. Costas, fiel a su estilo, con el desdoblamiento por las bandas y apelando a la velocidad de sus hombres. Pero los clásicos tienen esa pizca de ironía, que siempre juega con los sentimientos ajenos. Cuando era parejo el partido y el gol tocaba la puerta de ambos arcos, el infortunio le toca el hombro a Villamarin y en una jugada confusa, le da la ventaja a la U, que empezó a crecer en fútbol y en anhelos. La porfía blanquiazul, siempre encontraba bien parados a Galván y compañía. Pero un partido tan parejo, no podía nombrar un ganador todavía. La caldera se impacientaba y la luz se hizo en el banco.

Adré Carrillo, es un chico que desde su aparición, deslumbró por su velocidad de saeta y su dribling endiablado. Los hinchas aliancistas, ya lo encumbraron como un nuevo salvador, quizás para borrar ese presente oscuro de Manco y Farfán. Uno lo escucha decir que a él, no le va a pasar lo mismo y que su mejor consejero es Waldir Saenz ¿? y es como para sonreír con desconfianza. Si algo caracteriza a Alianza, es en sacar buenos peloteros, pero con escasa formación personal y es hartamente conocido, ese clan de “referentes” que ya bautizaron a este “Potrillo”. Ojalá, por el bien de nuestro fútbol, pueda consolidarse y no ser uno más de los que se vistieron de blanquiazul y se quedaron en promesas. Anoche entró, con pocos minutos por delante y desequilibró. Era un fantasma que le jugaba la espalda estudiantil y generó peligro en el contragolpe. La igualdad llegó luego de frustrados remates, le quedó servida a Fleitas para fusilar a Fernandez, que salió sin convicción, un mal que se va haciendo costumbre.

Pudo jugar mejor Alianza, pero la U le tomo bien el pulso, sin pasarse de revoluciones, fue equilibrado, mas no contundente. Pudo haberse llevado los tres puntos la U, pero Alianza le puso alegría a su juego. Pudo ganar la U, como lo pudo hacer Alianza. Al final, en un partido vibrante, en un clásico a pulso, en mano a mano, con mucha palpitación, salió ganando el hincha crema y el blanquiazul. Salió ganando el fútbol.

No piero ganarte compadre

Era un sábado distinto, una tarde de clásico, pero también un día donde el fútbol y la fiesta, se guardaban en un bolsillo y en el otro se hacía un ovillo la angustia con la desconfianza. Esta vez era diferente, porque se disputaban puntos valiosos, pero se jugaría pensando en el santo, con el temor de quemar cartuchos y quedarse desarmados. Por un lado estaba la obligación por ganar y por el otro, el conflicto emocional que resulta, saltar a la cancha, presionados, con la adrenalina propia de lo que significan estos partidos, pero con un aire susceptible y mediático, que hacía este clásico diferente a los otros. Había que ganarle al eterno rival, como sea, no había de otra, desde el camarín, la ansiedad, ya tenía el cintillo de capitán.

Dos tiempos, uno para cada uno. Un partido donde esta U, que ya no apuesta a defenderse a ultranza y que más bien, recarga las bandas y verticaliza el juego, reordenando su medio campo, le pudo poner color crema al clásico. Pero en cada ataque siempre quedaba un signo de interrogación. Un Alianza que necesitado de puntos, apuraba sus limitaciones de cara al gol, con chispazos de fútbol, pero intrascendentes para con el objetivo. Costas es vivo y escondió sus figuritas, para hacer su equipo más liviano pero dúctil. El “Chemo”, en cambio, ya sabemos que juega con lo que tiene, no es mezquino como Reynoso, pero tampoco es osado para arriesgar. Era su casa, su gente, pero parecía por momentos que no quería ganar. Alianza con lo poco que hizo, tranquilamente pudo salir silbando bajito y una sonrisa socarrona, con sus tres puntos tan necesitados, en el maletín de la conveniencia.

El fútbol, te da alegrías y tristezas, también te da revanchas, pero a veces, es un verdugo que te hace pasar de héroe a villano, en lo que dura un aplauso y convierte la idolatría en injuria, en lo que tarda en desinflarse el globo de las ilusiones. Piero Alva, debe ser el jugador-hincha más amado, pero también vilipendiado por la gente crema. Vive peleado con la tribuna, pero ha podido enrostrarle tardes gloriosas que lo tienen en una vitrina, donde pueden mirarlo, pero no pueden tocarlo y menos prenderle alguna vela. Autor de ese golazo de Playstation del Play Off del 2009, fue genio y figura de ese equipo campeón. Ayer esa misma gente que desgañitó la garganta, le gritó –y bien feo- que su actuación ni siquiera paso los 4 puntos.

Minuto 56, un penal dudoso para la U. Piero se para frente al balón. Aunque los códigos del fútbol dicen que un jugador que está jugando mal, no es el más indicado para patear un penal tan trascendente. No es una ley que se cumpla, pero por lo menos ante tanta presión, se necesitaba alguien de experiencia, alguien que tenga los genitales bien apretados. Libman había sacado un par de mérito. Estaba ofuscado, se ganó la amarilla por reclamar y su rostro era de pocos amigos. Piero cerró los ojos y dejó que ese mismo pie que hizo delirar a su gente en Matute en el 2009, le pegara a un balón que fue a darse con la pierna del golero y marró un gol que, esta vez no era de campeonato, pero sí de mucha esperanza. Libman salió del monumental como el héroe, pero la satisfacción para ambos, tuvo un resultado de color gris decepcionante.

Al final los compadres se fueron como vinieron, abrazados, saludándose fraternalmente, con el sudor y la fatiga que recorría sus emociones, pero con un frustrante gesto que expresaba que había sido en vano, más aún que en la noche, los santos alargaban la ventaja y lograban que la rabia se haga más sentida y penetrante. Cremas y blanquiazules, jugaron a querer obtener un resultado sin arriesgar, cuidando la puerta y se quedaron apretando los puños de impotencia. La gente crema, se fue del Monumental arrebatada. La blanquiazul, se desquitó con la violencia de algunos vándalos. En los camarines, se quedaron un héroe y un villano, que fueron los artífices y culpables de que este clásico no tenga ganador, pero si dos compadres derrotados.

El indigno precio de la traiciòn

Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé. Golpes que llegan al alma, que aniquilan las voluntades y son como navajas que desgarran las ilusions, haciendo de tu dolor una plegaria a la impotencia y la tristeza consumada. Hay golpes en la vida, yo no sé. Golpes que te destruyen las entrañas y te hacen añicos tus sueños y expectativas. Hay golpes en el fútbol, tan fuertes y eso si lo sé. Golpes que te aniquilan el raciocinio, porque te golpean directo a la existencia. Golpes que te dejan agonizante o muerto en vida y te duelen tanto porque han sido hechos por la espalda y con la daga maldita de la traición. Golpes que aniquilan tus esperanzas y el desprecio a la injusticia que condena al corazón.

El hincha aliancista, el de sonrisa contagiosa y de entusiasmo sabroso, tiene el corazón roto. Pero alimenta su virtud de la prudencia, con gotitas de consuelo que tranquilizan su conciencia. Porque los partidos de copa duran 180 minutos y el primer tiempo en Matute, cumplió con su ofrenda de alegría y efervescencia multicolor. Llenó la caldera de la Victoria, animado a su presente y la confianza que le brindaban los números: No tener una defensa como la de su compadre, pero siempre meter miedo arriba. Y ese partido, en casa donde hay que hacerse respetar o por lo menos no dejar que nos metan la mano al bolsillo.

La U de Chile jugó como lo hace su par peruano, el compadre. Nunca se sintió extraño en Matute, aplicado tácticamente y un Alianza aún viviendo del recuerdo contra el “Pincha”, como un estigma, que lo llevaba a querer jugar siempre a lo mismo y con lo mismo. Para Alianza, jugar contra el equipo de Pelusso, era como cuando uno está recién casado y la primera infidelidad la haces con tu ex y por más que le metas letra y cuento, ella te sabe todo, lo que quieres, lo que piensas y hasta lo que mientes. La clasificaciòn empezó a perderse en casa.

Pero el fútbol es como el amor, y no hay nada imposible. Alianza en Chile, dejó de ser el equipo que en Lima, jugó a lo que le pedía su gente. Bajó las revoluciones para ser cauto, pero prolijo. Sensato pero efectivo. No dejarse llevar por la prontitud, para evitar ser predecible. Una cosa es jugar rápido y otra ser apresurado. Y entonces se vio un equipo que parecía local en el Monumental de Colo Colo. Con un despliegue diferente. Un “pato” Quinteros por momentos exquisito y con Aguirre y Fernandez, arremetiendo con todo y contra todos. Se hizo un ida y vuelta de nivel superlativo.

El “Zorrito” deja su marca. Arrincona su potencia y descarga un centro para el testarazo de “Zlatan” que Pinto alcanza el manotazo, dejando picando la duda si estaba dentro. Dudosa la jugada que el árbitro Carlos Vera -ecuatoriano él- cobró cómo válido. Si lo anulaba, de seguro no pasaba nada. Pero desde ese momento sería la figura excluyente del partido. El punto de quiebre íntimo, tiene que ver con la lesión de Quinteros. Era la manija y allí se equivoca Costas. Era muy temprano para defender y Montaño ya había anunciado en Lima que tenía hambre de fútbol. Apostó por Vílchez y el empate llegó, como una bofetada al error. Cuando mejor jugaba Alianza las cosas se ponían cuesta arriba. El partido cobra intensidad y las vallas pudieron vulnerarse. El poste y la mala puntería salvaban a Forsyth. El ímpetu y las ganas locas de Aguirre, dejaban respirar tranquilo a Pinto.

Los últimos 20’ del partido serán inolvidables, porque marcará un antes y después. Acierta Costas tirando al ruedo a Montaño -muy tarde para mi gusto- y el colocho genera la jugada para arrejuntar rivales a su trasero en el área y dejarla servida para que Fernandez, ponga la diferencia y haga explotar los corazones peruanos vestidos de blanquiazul. El “Si se puede” suena más fuerte en los oídos. Faltaba tan poco para alcanzar la hazaña y bañarse de gloria. Pero el destino mezquino, ese mismo que se metió al Morumbí y sesgó la ilusión crema, alargó la agonía vistiéndose de infortunio. Puso el balón arriba, para que lo disputen en la última jugada de un partido terminado y epopeya consumada.

Un mal rechazo aliancista, la deja servida. El remate de Seymour toca la cabeza rapada del “Negro” Gonzales y se va adentro. El línea –también ecuatoriano- levanta el banderín, porque la regla marcaba que dos hombres de la U chilena, estaban fuera de juego. El gol primero es anulado y era lo correcto. Alianza había clasificado. Pero fue tanta la presión chilena, que zarandearon a su regalada gana a este árbitro de ingrata recordación, quien falto de personalidad y sin perjuicios que lo validen, cambió de opinión y señaló el centro del campo. Una decisión polémica, que dejará esquirlas de infamia regadas por doquier. Quien sabe en su conciencia, no quede ningún rasgo de justicia, y el tiempo cubrirá su actuación y el olvido acompañe nuestros recuerdos futuros, pero para Alianza, esto fue un robo a mano armada, con intención, alevosía y ventaja.

Pero tan igual como la epopeya crema, acaso y mañana alguien se acuerde que se estuvo cerca de hacer historia. Las estadísticas hablarán de quienes pasaron y quienes se quedaron, sin darnos ninguna explicación. Así de mezquino es a veces el fútbol, así como reparte alegrías, otorga tristezas y desventuras. Ya no hay vuelta que darle, los compadres han quedado fuera. Quien lo diría, uno tiene lo que le falta al otro. A uno le sobra lo que el otro necesita. De alguna manera su compadrazgo sigue vigente y se necesitan mutuamente para existir, aunque ello en la tribuna siga siendo una utopía, pero tan vigente como nuestro fútbol.

En la conclusión y apegados a nuestra costumbre de remendar las derrotas, podemos estar seguros que no hemos perdido con esta eliminación. Por el contrario, hemos ganado dos buenos equipos para avizorar el futuro de nuestro fútbol. Ambos dejando un nuevo mensaje para contestar. Uno con entrega total de sus hombres, ordenado y prolijo, aunque con materia pendiente, de cara al gol y que perdió su oportunidad ante una circunstancia fortuita y un rival de pergaminos. El otro fiel a su estilo y tradición, desprotegido abajo, pero con el plus del fútbol y la efectividad arriba. Quizás de los dos, sea Alianza, el que más duela su resignación, porque para quedar eliminado, ha tenido que sentir en carne propia, el indigno precio que tiene la traición.

Una manito para el "pincha"

Juan Sebastián Verón, corre con los brazos abiertos y la boca llena de gol. Va en busca de su gente, esa que hace unos minutos tenía el corazón apretujado y el bocado de miedo atragantado en la garganta. La “Brujita” tiene los ojos desorbitados y aprieta los puños contra su vientre, como un mensaje de desahogo a su furia contenida, por todo lo que quiso y no podía, por todo lo que quería y no lo dejaban. La hinchada “pincha” que ha llenado el Centenario de Quilmes, se deja llevar por la euforia y desata un carnaval tribunero que mas allá de una alegría consumada, disimula un temor escondido, que se disipa entre tanto cántico y grito pelado.

Abajo en el verde, la gente aliancista, muestra el rostro quejoso pero orgulloso. Nuevamente, le ha jugado sin complejos al campeón vigente de la Copa Libertadores. Lo ha mirado a los ojos y lo ha tuteado con desparpajo. Lo ha aguantado con entereza e incluso lo tuvo a tiro de gracia. Pero en un instante fatal, de esos que a veces es mejor olvidarse, cerró los ojos y recibió un golpe traicionero que lo ha dejado sin sentido. Cuando ha despertado, la alegría era ajena y tenía en la boca el sabor amargo de la frustración. Solo le ha quedado recoger sus cosas, envalentonarse de nuevo y alzar la cabeza, porque el “pincha” que había llegado de la Plata para llenar el centenario, no le grita con desprecio, lo mira con respeto y hasta saluda que la fortuna, esta vez estuvo sentada en la popular. Dicen que los partidos de copa no se juegan 90 minutos, sino hasta que el árbitro haga sonar su silbato.

Era un partido donde ambos jugaban según su propia necesidad. En la tribuna estaba un invitado ilustre; Maradona, el D10s del fútbol, que vino a ver al “pincha”, a su amigo Verón y sobre todo al “Chapu” Braña, jugueteando en sus bolsillos, con dos boletos para el mundial de Sudáfrica 2010. El Diego, fue a ver el desempeño de Estudiantes, pero terminó aplaudiendo el orden y la disciplina táctica de Alianza. Y es que Costas estaba en su hábitat. Hombre que ha vestido la albiceleste de Racing, que ha sido campeón de Supercopa en el 88 con el “Pato” Fillol y Rubén Paz. Hombre que en Avellaneda tiene un nombre respetado y que ha tenido muchos encontronazos y trompadas, con el “pincha”, como para saber cómo se juega en su tierra y contra su propia gente. Plantó un sistema que no exageraba el correr tras el balón, sino esperando al hombre y anticiparlas todas. Jamás renunciar a su identidad futbolística y a ser prolijos en el toque y desmarque. Esperar que el “pincha” se venga para hacer el calco del 4-1 de Matute, con la potencia del “Zorrito” arriba.

Un partido de copa, con dos equipos clasificados, se puede hacer mezquino para el fútbol, porque no hay mucho que ganar y puede que tampoco por perder. Al final de cuentas, en la siguiente etapa todos son rivales difíciles y si se quiere ir lejos hay que ganarles a todos. Era el mejor partido que hacía la cuestionada dupla de Solís y Vidal Sosa, Prado y Vilchez aplicados, dejaban que el paragua Gonzales muestre toda su jerarquía internacional. El “Pato”Quinteros con el foco encendido y arriba el “Zorrito” que metía miedo cada vez que iniciaba un arranque. Verón no estaba fino y Boselli aún no encuentra distancia. Sosa, el llamado a generar peligro, entretenido buscando salir del bosque de piernas aliancistas. El “Chapu” Braña era el más claro. El que generaba el despliegue y la sorpresa. El partido se hizo de pulseo en media cancha, con el “pincha” empujando, Alianza, aguantando y saliendo con propiedad. Estudiantes tuvo varias claritas que se devoraron sus atacantes y otras que Forsyth evitó consagrando una actuación meritoria.

El hincha de Estudiantes, se fue silbado su regocijo, fue cantando su satisfacción, pero también comentando lo mal que la pasaron, por culpa exclusiva del “Zorrito” Aguirre. En el primer tiempo, el aliancista que se encuentra solo contra el mundo y se inventa una diagonal fulminante, desairando a Desábato y Celay, con la respiración de Verón encima, se hamaca y descarga un zurdazo que pasó muy cerca. Orión respiró tranquilo. Para el segundo, fue por derecha y cuando llegaba a la raya, sacó la puñalada mortal que no pudo calzar un inoperante Fernandez. Pero la más clara y quizás la que pudo cambiar la historia, fue ese rechazo que quedó perdido en el infinito y que el “Zorrito” llegó con potencia. Se sacó al arquero a velocidad y cuando el toque sutil con arco descubierto, esperaba la gloria para el pretendido por River Plate, no le puso bien el botín y la pelota se fue saltando inquieta, pegadita al vertical y con toda la tribuna enmudecida. Aguirre no se perdió el gol del triunfo, fue el gol de su vida, el que de seguro a estas horas, hubiera sido su credencial para irse a jugar donde le diera la gana. Pero volvió a ser el “Zorrito” de siempre: El de las jornadas épicas o las realidades frustradas, todo en una misma camiseta.

Con el corazón en forma de reloj, solo se esperaba que el final llegue como bálsamo a las angustias de las instancias finales. Pero Vílchez, demuestra su inoperancia para las horas difíciles y se gana la roja, cuando ya le habían perdonado una peor. El tiro libre de Verón, busca la cabeza de Desábato, en la última oportunidad que quedaba para romper el hechizo. Vidal Sosa, que había asegurado con su actuación el alargue de su contrato, comete un sacrilegio para los estamentos del fútbol. Extiende la mano de manera grosera, en la cara del árbitro que sentencia su falta de jerarquía, marcando la pena máxima. Verón se para frente al balón. Le toca decretar la justicia por su propia mano. El disparo lo bloquea Forsyth, pero la “Brujita” aparte de ser el mejor de Sudamérica, tiene a favor el plus de haber nacido con buena estrella y ello es un valor agregado para los predestinados del fútbol. Por eso el balón caprichoso, se quedó sumiso, a la espera que el argentino le pegue con su varita y hechice de jolgorio a toda esa gente, que le lanza su gratitud, cuando corre con los brazos abiertos gritando su euforia, por este triunfo y también por esta manito para el “pincha” que de seguro, se le dio el cielo o quien sabe fue el D10s, que aplaudía contento en la tribuna.