Se cae de maduro

Terminada la penúltima fecha doble de las eliminatorias, la tabla de posiciones, es una radiografía de cómo están futbolísticamente las selecciones que ya aseguraron su pasaje a Brasil 2014 y los que les falta un cachito, las que aún luchan un cupo y también de aquellas que su dejadez, su irregularidad o su medroso presente, los ha postergado a ser simples comparsas de los que de manera continua pelean siempre un puesto de vanguardia. Esta tabla es la fotografía del hoy en el fútbol sudamericano.  
Argentina alista las valijas, ya estaba con los boletos comprados, solo le faltaba hacer el “check in” y lo hizo por internet desde Asunción. Goleada que lo hace ver contundente de cara al gol, pero que de alguna manera asolapa una deficiente producción defensiva. Paraguay está lejos del equipo categórico de eliminatorias pasadas, ha caído en un abismo y le va a costar volver a tierra firme. Sabella ha tenido buena mano para repotenciar su Selección, ha logrado hacer del mejor Messi en la Argentina y que su funcionamiento sea un valor agregado para el equipo. Cuando Messi enciende la lámpara se ilumina esta Argentina de juego ofensivo y efectivo, pero no es coherente cuando lo atacan y en el apunte de la libretita de notas, el “Pachorra” debe tener como tarea pendiente, lograr que esos delanteros de élite que tiene, sean los primeros en hacer la gauchada para empezar a apretar al rival. En un mundial no basta llevar al mejor jugador del mundo. Un equipo tan virtuoso para atacar debe tener una mejor disposición defensiva. Por ahora le sirve, pero ante rivales de fuste puede que su cartelito de candidato a campeón le quede demasiado grande. No tiene cracks defensas regados por el mundo. Tarea pendiente para esta Argentina avasallador en el frente y demasiado tibio en la retaguardia.
Qué bárbaro Uruguay por Dios!!... Acaso y tiene que ver solo la raza y la identidad para garantizar una jerarquía? Qué manera de remontar a la adversidad, y sacar la cabeza del agua y darte un zarpazo mortal. Con este mismo plantel hace algunas fechas, los uruguayos estaban resignando ir al mundial y en tres partidos se ha puesto de nuevo en carrera. Si hay una selección que juega mejor al fútbol es Colombia. Volviendo a esa identidad para adormecer al rival, con la paciencia y contundencia para avasallar cuando se encuentra en ventaja. Hizo su juego le quitó el balón a Uruguay y solo le faltaba el puntillazo final, para lograr en el Centenario su pasaje al mundial.
Un equipo que tiene el control del balón debe ser fino en la definición, más aún si al frente se tiene a Uruguay, que no juega, pelea. No luce, pero se entrega. Con jugadores convencidos de lo que valen y que son determinantes en los instantes cruciales de un partido. Lo que corrió Cavani, lo que metió Suarez y el “cebolla” Rodriguez, siendo atacantes pasaban a dar una mano en defensa y tratar de encontrar el balón perdido. Hay una preparación física de alta competencia, un kilometraje distinto. Uruguay se mete por los palos y definirá con Ecuador pasar directamente, por lo que está encajando y jugando, no sorprendería que lo logre. Le viene de raza. 
Perú ya era un moribundo cuando jugó con Uruguay, que le quitó el respirador artificial. Jugar supeditados a rezarle a la virgen no es decoroso ni resulta coherente y menos en instancias que ya estaban fríamente definidas. Un equipo que repitió las mismas deficiencias defensivas, la carente capacidad individual para sortear a un equipo venezolano que se hizo un vendaval, ante una parsimonia y demasiadas incorrecciones, para lograr 3 pases seguidos. Un fantasma que persiguió al equipo cuando jugó de visita. No hubo despedida digna, el espejismo del primer gol solo alimentó las ansias de la vinotinto para arrasar y llevarse de encuentro a un equipo peruano que se hizo trizas, en intenciones, en voluntad y en capacidad. Más de lo mismo. Mientras los rivales juegan a la velocidad de un Ferrari, nosotros seguimos moviéndonos en moto-taxi. Venezuela dejó de ser cenicienta y es una realidad apostando a su sangre joven.
Lo que se viene es que aparezcan los videntes de siempre, los que lanzan nombres a diestra y siniestra. Los que solo se contentan con triunfos domésticos y matarán a los mismos que les prendieron velas. Vendrán los especuladores y estadísticos con su libro de recuerdos bajo el brazo, se darán el abrazo con los inflexibles vengadores, que harán justicia con sus propias manos y gozarán de su retorcido pesimismo, solo porque se hacen llamar Especialistas. Caerán de maduros los argumentos demoledores, de los que esperaban agazapados esta debacle para prender fuego destructivo en la pradera de la especulación. Aparecerán los que se refugien en triunfos ajenos, para esconder sus lamentos internos.
Mientras no seamos competitivos en menores y nuestros equipos dejen de brindar resultados lastimeros en torneos internacionales, todas las recetas son para la misma enfermedad. Acaso y no requerimos una revolución en nuestro fútbol, con gente de empresa en el timón de los clubes y en la Videna. Que las canteras no solo preparen chicos para jugar, si no para competir. Si hay bonanza económica, se debe invertir en nuestra sangre joven. La jerarquía no se compra por internet, es un nivel, una categoría, que solo se consigue con la competencia internacional. Hay tantas cosas por decir, pero una sola por cambiar, la decisión a ser diferentes y aceptar que si se quiere éxito en el fútbol, no existen pretextos para quejarse porque se trabaja en exceso. Se cae de maduro.
 

Sangre, sudor y lágrimas

Como cuesta controlar esta impotencia, que se vuelve un gigante, que nos tumba al suelo, nos humilla y nos pisotea el rostro en el suelo. Como cuesta  asumir este sinsabor que nos avinagra la boca y nos hace masticar una bronca que intentamos apaciguar con una disimulada sonrisa de labios cerrados. Cuesta apaciguar este dolor, si se ha metido en el pecho como un puñal caliente, abriendo la carne y sesgando las fibras más sensibles de nuestro s sentimientos futboleros.
 
Este Uruguay que en nuestra cancha, se vio en todo su esplendor, de equipo de peso pesado, con jugadores que saben y tienen por costumbre estos tipos de rigor de competencia. Un equipo mañoso, aplicado y diestro para generar el descontrol en el rival. Un partido decisivo que los celestes lo han jugado con un cuchillo entre los dientes y un pedazo de hielo en la cabeza. Pero que aparte de sus capacidades individuales y colectivas, esta vez tuvo un aliado rufián y mezquino en el árbitro de dudosos antecedentes. Primero para comerse una agresión delincuencial de Lugano a Farfán y después un codazo alevoso que pareció casual de Gargano a Paolo que le abrió la ceja y lo sacó del partido. Todo fríamente calculado. Uruguay para la pelea es tremendamente perverso y retorcido.
 
El árbitro puede ser un truhan o un turbado personaje, pero lo que no se puede perder es el equilibrio, la tranquilidad. El descontrol es un cáncer que empieza a minar la paciencia y termina por contaminar la tolerancia. Yotun entró al juego patrañero y se fue expulsado. A Uruguay le hizo bien perder a Forlan, pues Situani hizo una labor atinada para copar la línea por donde podía trepar Vargas y fue el enlace perfecto para las subidas de Cavani y el “cebolla” Rodriguez. Suarez se fabrica un penal a costa de la inexperiencia de Ramos. A Luisito lo silban en la Premier League porque es un actor hollywoodense, es de esos jugadores antipáticos, desagradables y fastidiosos, lo critican porque muerde cuellos y golpea orejas. Pero si jugara en nuestro equipo, le daríamos licencia para que muerda y joda todo lo que quiera.
 
Perú hizo lo que debía y podía. Pero fue siendo devorado por la ansiedad. Caímos en el descontrol y allí es cuando más se requiere de la jerarquía, algo que adolecemos y en el cual Uruguay nos lleva muchas cabezas de ventaja. Cuesta hacerse el fuerte cuando el rostro de Farfán deja escapar una mueca de dolor y sus lágrimas nos quiebran la fortaleza, cuesta no doblarse de impotencia, al ver la sangre en el rostro de Guerrero. Pero no hay tiempo para llorar, tampoco hay lugar para el reproche, pero si para la reflexión. Se ha logrado levantar la cabeza y hay una mejora que no se ha podido reflejar en los resultados, por ahora, esto es lo que somos y el lugar donde estamos. Lástima que vayan a aparecer como siempre, los verdugos de siempre, los frustrados conocidos y los fiscalizadores honorables. En la derrota y la frustración se hacen más visibles.
 
El tren se ha detenido en su última parada y los peruanos deben bajar su equipaje, lo que fue un entusiasta sueño de hacernos competitivos, Uruguay se encargó de despertarnos de dos certeros cachetazos. Un final lleno de tristeza que nos duele a todos, pero más que realistas nos debe hacer sinceros de corazón. Ya no sirve la calculadora, es hora de ir levantando la carpa y empacando las ilusiones para ir habilitando la sala de casa. Será otro mundial que no estará nuestra selección y otro mundial que los peruanos lo verán solo por TV. Hay que levantarse es verdad, pero como nos cuesta esta vez, estamos tan quebrados de ánimo que nuestros pies pesan como plomo, la esperanza de intentar seguir jugando, se desvanece en el aire como un hilillo de humo gris. Lo que resta es un consuelo, pero que poco que sirve.
 
Quizás la clasificación la perdimos ante Uruguay, pero fueron esos puntos desperdiciados de local los que nos hicieron llegar a este partido al límite. Ante Colombia que pudimos rescatar un empate y ante Argentina, en el mejor partido de esta selección, que debimos quedarnos con el triunfo. Fueron cuatro puntos valiosos, los mismos que le han puesto a Paolo Guerrero en la frente, cuyo rostro ensangrentado, es una espeluznante postal de nuestro dolor. Esta vez hubo sangre, sudor y lágrimas pero todas fueron peruanas y una vez más de sufrimiento. Una triste y acostumbrada forma de sentir el fútbol. 
 

El increible Scratch

“Eu sou brasileiro com muito orgulho e amor” es el cántico jubiloso y excitado que desborda las bandejas de este Maracaná que remozado en sus estructuras, guarda en sus entrañas tantas jornadas de fútbol y fiesta, pero también algún recuerdo amargo de aquella epopeya uruguaya, que ha sabido archivar a punta de triunfos. Había motivo para celebrar, Brasil había dado cátedra en casa propia. Mientras afuera la gente protestaba sin control, en el verde el “Scratch” le daba un cachetazo a España y le gritaba en la cara, quien era el verdadero rey del fútbol, el monarca del balón. Una paliza y un exquisito resultado de 3-0 que fue un sorbo triunfal de esta Copa Confederaciones.

Era el partido soñado por todos, los que estaban en el verde, en la grada y los millones que lo seguían por TV en una aventurada mirada al mundial 2014. Una ilusoria final adelantada o quien sabe uno de esos partidos donde se juega más que una simple clasificación y de por medio está el orgullo, el honor y la pasión excedida. Por un lado Brasil y todos sus lauros históricos y por el otro España, que desde hace cinco años marca el pulso del juego exuberante, plástico y altamente efectivo. El escenario: El mítico Maracaná, el santuario donde se reza por el buen fútbol y donde el próximo año albergará los cuerpos de aquellos privilegiados que querrán alcanzar la gloria ganando un mundial.

Desde el arranque se vio un “Scratch” distinto, avasallador, estrujando agresivamente los espacios, cincelando los laterales, ahogándolos en salida y mordiendo sus intenciones al límite del reglamento. España fue demasiado formal y hasta pecó de inocente, pagó caro una ridiculez en su área, para arrancar perdiendo al minuto. Fred acostado aprovechó la desidia de Casillas y la historia se empezó a escribir de manera distinta. Un estadio desbocado en euforia, brincaba en cada dividida y el equipo de Scolari dejó por momentos de ser lírico para ser terriblemente bravucón. Había que parar a Iniesta y romper ese cordón umbilical con Xavi, en ello el trabajo sucio, inadvertido pero eficaz de Luiz Gustavo fue determinante. Paulinho le corre a todo y suda ríos de esfuerzo. Atrás David Luiz –una salvada de película de terror- y Thiago Silva eran una muralla. Desconectado el “niño” Torres, hacían ver una España nerviosa, opaca, sin brillo.

Una cosa es intentar jugar y otra muy distinta que te dejen jugar. Brasil tomo el control cuando su juego rítmico, se hizo práctico, pero sin dejar de ser exquisito en técnica, en contundencia. España es el de los modales para tratar el balón, de rotarlo al estilo del Barcelona, tiene los mismos pensadores y casi los mismos ejecutores, pero sin Messi (gran diferencia). Esta vez sin Xabi Alonso y de manera injusta en el banco Javi Martinez, la apuesta fue capear el temporal amarelo, toqueteo y contragolpe con efectividad. Pero Brasil fue un vendaval de fútbol y estado físico. Amarró el mediocampo y el tridente demoniaco de Neymar, Fred y Hulk, hicieron bambolearse a la Roja, como un porfiado. Antes de irse al descanso, el “chico maravilla” ya ponía el segundo, un zapatazo arriba para culminar una jugada colectiva. GOLAZO, un aderecito de la joyita brasileña.

La sentencia le llegó temprano a España, antes que pudiera pensar, Fred define una florcita de Neymar, jugando sin balón y hace pensar en un marcador de escándalo. A los chavales de Del Bosque no les salió una, Sergio Ramos erró un penal y Piqué se fue con los pies descalzos a buscar los brazos de Shakira. Sendos remates de Pedro e Iniesta hicieron figura a Julio Cesar, que hizo el anuncio que está de vuelta y de manera soberbia. Atrás se quedaron los malos recuerdos, total, el hincha tiene mala memoria.

Este Brasil ha mutado en su identidad según la exigencia de la modernidad, el “jogo bonito” hoy es una mueca a la nostalgia, esta aplanadora “verde amarela” cambio la cadencia por la agresividad y la posesión por la presión. La efectividad es consecuente con los resultados. Scolari le cambió el chip al equipo al privilegiar lo físico por la elegancia, sin perder su identidad de juego. En esta mutación, se ha visto un Brasil soberano, seductor con el balón e implacable en la marca para recuperarlo. Una transformación que tiene en sus filas a Neymar como estandarte y al increíble Hulk, el superhéroe de color verde, como imagen mediática de un equipo, que en esta final se pintó la cara con el color amarelo de su bandera y tiene pinta de estar más fuerte que nunca. Este increíble “Scratch” que parece indestructible, aunque en el fútbol las historias no son como la TV y se empiezan a escribir hoja por hoja, en cada partido.





Clásico adolescente

Tiene la cara de esos adolescentes ingenuos, de esos chicos, cuya adultez o su mayoría de edad les es aún una lejana posibilidad y se sienten más identificados con las cosas triviales y sencillas, las cosas simples de la vida, todo resuelto con una traviesa sonrisa. Christofer Gonzales, frisa los 20 años y juega en la U como si tuviera 30, es de esos jugadores talentosos que marcan una diferencia con un simple toque al balón. De aquellos que nacen con una estela especial y que suelen calzar un guante en el botín. Es tan desfachatado cuando se le antoja y suele esconderse entre la cortina para salir de improviso y brindar una florcita en el verde, que enciende la tribuna como una pradera.

Cada vez que se juega un clásico, no es relevante como lleguen los eternos rivales a la justa. Basta que la crema y blanquiazul se tengan que ver en el verde para que el hincha olvide sus quehaceres y se vuelque a digerir toda la expectativa que se crea antes durante y después del partido. Es una necesidad ineludible, una forma de desfogue, una oportunidad para decirle al compadre cuanto odio y amor existe entre ambos y también para reconocer cuan necesarios se sienten, los unos a los otros. El fútbol, les ha marcado en la piel, rencores y ojerizas que a veces traspasa las fronteras deportivas y se convierte en una insana rivalidad que cala tan hondo en los sentimientos del hincha confeso, que le cuesta mirar o hablar de fútbol, sin sacarse la camiseta.

Es difícil pretender que un clásico con un promedio de edad veinteañera, resulte como las antiguas epopeyas de antaño, que se juegue con dosis de galantería o el vértigo que se genere en las áreas rivales, tenga figuras descollantes, cracks que definen una jugada en un verso o tanques que rompen las redes a punta de potencia de sus botines. Son otros tiempos, los compadres han asumido los años, casi de la misma manera y remendando sus urgencias, con la necesidad que sus hijos asuman la adultez, de manera vertiginosa, accidental y hasta forzosa. Para el fútbol peruano, resulta provechoso, para el hincha que llenó el Monumental no tanto, pues la tarde se le hizo gris como el partido mismo. Inicio aburrido, embrollado, deslucido y con equivocaciones por ambos lados. Muchas intenciones y pocas elaboraciones de juego colectivo. Un primer tiempo para el bostezo y un abrazo a la paciencia.

La U ha asumido la premisa de cuidar bien la casa, cero goles en contra en 6 fechas. Comizzo ha impuesto el sello de la confianza en los chicos, la verticalidad y los cambios de ritmo presionando todo el tiempo. Alianza sigue en su ritmo, cadencioso por momentos y buscando la sorpresa con el pelotazo frontal. Los buenos resultados de la U es cosecha de la conjunción del buen pie de Gonzales y la levantada de un Guastavino que ofrece variantes ofensivas. Alianza ha perdido la “magia”, una cosa era con Jordy y hoy ni Aguirre y menos un inoperante Mostto logran cubrir lo que Reyna provocaba solito arriba. La lucha en el medio fue un lio de ansias juveniles, el balón no le preocupaba a los grones y era una tentación prohibida para los cremas. El clásico se fue haciendo la lucha de chicos que querían afrontar su papel como grandes, en una realidad lejana de lo que el hincha espera siempre.

Vino el error infantil de Serrano, la puñalada letal de Ruidiaz y el taconazo de Olascuaga, el balón le llegó a Gonzales haciéndole un giño, el crema hace en un segundo que su cuerpo vaya al lado opuesto de su mirada, Heredia se devora la intención y Christofer, no la revienta, le pone el pie con sutileza a la pelota, la acaricia y ella obediente, recorre ese tramo del éxtasis total, que hace desbordar el Monumental. GOLAZO, por la concepción, pero mucho más por la magistral definición. No hubo más para hablar, solo un tiempo para gritarlo y una pausa para el aplauso interminable.

Un clásico de apariencia juvenil, de más raza que fútbol, de poco ritmo y escasa dinámica, tuvo que aparecer el que hace diferente la forma de llegar a la red. Christofer Gonzales, aquel muchachito de juego desfachatado, irreverente, que siendo crema hasta los huesos, vive en el corazón mismo de Matute en la Victoria. Lo que para unos puede ser una insolencia, para él es parte de su desinhibida forma de ver el fútbol, de hacer siempre algo distinto al resto, salirse del cuadro para pintarse él mismo, con ese pincel que tiene en el botín y que en este clásico adolescente, lo hizo figura y se ganó un boleto para jugar junto a Neymar contra Messi, nada menos. Ojalá y le den permiso, entre tanta constelación de estrellas, una luz juvenil de sangre peruana, nos inflará el pecho de orgullo y lo digo sin color de ninguna camiseta.



La gota fría

Estaba dentro de lo previsible, era una cuestión de abrir bien los ojos para darse cuenta que la euforia del triunfo ante Ecuador, era como los cumpleaños de los cuarentones, que ya no dan mucha alegría y más bien generan preocupación. Porque se sufrió demasiado y se gozó tan poco. Porque ir a Barranquilla, en busca de esta Colombia victoriosa que ha hecho de su fortín, un horno donde se chamuscan las fantasías de los rivales más pintados, era de alguna manera, como querer ir a meterse al infierno, con una biblia en la mano.
 
Cada partido es diferente y cada uno necesita una atención distinta. Desde la evaluación del equipo rival en su funcionamiento colectivo, hasta la capacidad individual de sus hombres. Hay una lucha interna, casi existencial del estratega, para tomar la decisión correcta. Para no equivocar sus piezas, para no fallar en el pensamiento. Markarían, hizo su apuesta, pensando en neutralizar las bandas, tirando a Advíncula y guardando a Farfán. Había que tijeretear esa triangulación colombiana que hace daño, con Ballón y Retamoso. Mantener lejos del área a Falcao y guarnecerse de los ataques, con dosis de tranquilidad y apelar la lucha de Guerrero y Pizarro arriba. Mantener el cero, lo más posible, esa era la apuesta, ese era el negocio.

Pero que puede hacer el “mago”, Si Retamoso, elevado a los altares por el hincha, no es el mismo del partido anterior. Si en menos de 20 minutos ya se pierde 1-0 y los dos laterales son bombas de tiempo, por una segura expulsión. Si Zambrano confunde vehemencia con golpes. Si Guerrero sigue peleando contra el fantasma de su apatía y Vargas, por citar los referentes, es un vago recuerdo de la aplanadora que mandaba por izquierda. Que se hace ante una apuesta por los hombres, que en la cancha solo son nombres. Pizarro, el más odiado y ensalzado, es el de mejor perfomance. Colombia es superior y ello se nota en cada dividida, en el duelo individual. Dura tanto la resistencia, como la paciencia, un error grosero de Vargas y Fernández -vestido esta vez de Clark Kent- nos devuelve a esa “gitanería” de siempre. A esa realidad tan sufrida y consentida.

Markarian, tuvo que recomponer su apuesta, eligiendo otros boletos, sobre la marcha. Demasiado temprano para el riesgo, para luchar contra el marcador. Con Farfán fue diferente, algunos dirán que debió arrancar. Quizás sean los mismos que reclaman que de visita debe jugarse con dos volantes de marca. Tal vez sean los mismos que aseguraban que Retamoso había llegado corriendo desde Lima. Que era incansable. O quizás sean los mismos que siguen sin entender que los jugadores, por muy laureados o experimentados, tienen altibajos y suman o restan al colectivo con su actuación individual. Que se exhibe una limitación cuando al rival se le nota superior. Lástima que eso se puede visualizar, solo cuando ha terminado el partido.

Se puede intentar, se puede ansiar hacer bien las cosas, pero no siempre ello es una garantía. Somos un equipo que puede tener un partido inolvidable un día y una avinagrada actuación al siguiente. Nos cuesta aceptar que el Paolo que vino a la Selección, no es el mismo de los éxitos mediáticos con tinte brasileño. Nos cuesta aceptar, que en estas clasificatorias, no solo bastan la actitud o las ganas, hace falta rendimientos colectivos y consecuentes. Esta derrota estaba en los planes y ahora la mirada está puesta en Uruguay y Venezuela, con esta realidad queda muy poco para pensar y mucho por actuar. Serán dos epopeyas que definirán todo, uno en casa ante la garra charrúa por el honor y otro de visita ante Venezuela, por la gloria.

La fiebre futbolera del hincha peruano se va aquietando, se va calmando como el ocaso de esta tarde fría y desanimada, va tomando su lugar, conforme empieza a digerir el sinsabor, va apaciguando la efervescencia de unos días atrás, donde dejó desbordar demasiado aprisa su euforia. Va retomando la calma –como tantas veces- cuando el martillo de la realidad, golpea su conciencia y le va susurrando al oído, que el partido ya ha terminado y debe levantarse de su asiento, para volver a ser el mismo de antes, el mismo de siempre.

El hincha colombiano festeja su casi inminente viaje a Brasil 2014, su gente, sus hombres y mujeres de carácter alegre, dejan escapar su embriaguez por demás merecida, quizás en el desborde de la confiada celebración, haya soltado el estribillo de una antojadiza versión, para un tema del gran Carlos Vives, que a la letra le corría el corito: “Peruanito, peruanito se creía que el a mí, que él a mí me iba a ganar y cuando me oyó tocar, le cayó la gota fría, al cabo el la compartía, el tiro le salió mal”.


El día de la bandera

El centro de Vargas va al área ecuatoriana, como una lanceta que lastima e incita al error, el balón le queda a Pizarro, bailando en el aire, la domina como equilibrista consumado con la cabeza, acomoda el cuerpo y en esa media vuelta, dibuja imaginariamente el arco, le pone su botín blanquirrojo, para cruzarla justo para que se meta lejos del arquero. Como mandan los códigos de los grandes goleadores, para abrir el camino del triunfo. GOLAZO. Claudio festeja con alegría, se regodea en su confianza y dedica con sus dedos a todo el estadio que revienta de júbilo, a todo un país que lo vapuleó tantas veces. Hace el saludo militar a todos los que no valoran su liderazgo, su categoría y solo saben ver el fútbol por TV. A todos los que no entienden que en Alemania es un definidor y con la selección debe ser obligatoriamente, un obrero del gol.

Y fue Pizarro -el más cuestionado- el que marcó el rumbo. Había que jugar, pero ante un equipo durísimo, física y técnicamente, había que luchar, morder y batallar cada espacio. Guerrero no se acomodó a jugar sin espacios, entró a esa lucha insensata de pelear contra él mismo. Farfán disminuido físicamente y Vargas atinado tácticamente, pero lejos de su nivel técnico. No había luces individuales, la apuesta fue por el colectivo, por la solidaridad para apretujar las fuerzas y contener esas locomotoras norteñas. Ecuador se puso vertical y fue la noche de Retamoso. Lo que corrió, lo que metió el abancaino. Fue un chasqui con esmoquin. Un motor para correr y destruir juego rival, simple con el balón, entrega prolija y desdoblamiento eficiente, lo justo para lucir en los momentos difíciles de Perú.

Hubo poco fútbol, hubo más entrega. Por momentos el juego era una batalla, con soldados luchando sin cuartel, por ganar un pedazo de terreno de juego. Cuando Ecuador se hizo fuerte, apareció la bravura y la garantía de Zambrano, para ir encima del “chucho”, para devorarlo en ansias. Yotun y Herrera sufrieron por los costados, se vieron por momentos invadidos por alienígenas y monstruos, que destruían todo a su paso. Imaginamos si Ecuador vulneraba nuestra valla. Hubiera sido muy difícil remontar. Para su bien, en el arco, detrás de ellos, con su traje verde y con su capa aireada, estaba Fernández, para volar lo justo, para ahogar la angustia y devolvernos la confianza. No es el hombre de acero, pero por algo se hace llamar “Superman”.

Aquella imagen en blanco y negro, del último triunfo ante Ecuador, destella recuerdos nostálgicos, cuando los norteños eran un equipo timorato, rústico, que Perú goleaba a su capricho. Tiempos idos, para nada semejantes a esta realidad, de los Valencia, Benitez, Ayovi, Montero y Caicedo. Ecuador repotenció los genes de sus jugadores y al biotipo privilegiado de las Esmeraldas, le puso una cuota de fútbol. Una apuesta por la fortaleza física para conseguir resultados y estar siempre peleando un cupo. Perú sigue arriesgando el rezo y ojeriza, a unas cuantas individualidades. El proyecto de tener una generación competitiva detrás de esta, que se juega su última opción de ir a un mundial, aún no tiene firma ni sello. Lo que tenemos es un equipo que va remontando en resultados las caídas y apuntalando en la tabla –por ahora- un presente aliviador.

No podíamos perder, porque ya era tiempo de cambiar la historia. Era un momento para darle un color distinto a la esperanza y dejar que se siga alimentando de sueños irreales. Confirmar, como dijo el “mago” que siempre fuimos pragmáticos, aunque nunca dejamos de ser románticos. Era un día de definición y una noche de pasión. No podíamos perder, menos en el día de la bandera, una noche de rojo y blanco que volvió a encender la ilusión. Sufrimos y gozamos, ajustamos y disfrutamos. El camino aun es largo, muy duro y espinoso, pero el horizonte se mira mejor en tranquilidad.

VAMOS PERÚ!!


La gran revancha bávara

Que el fútbol ofrece revanchas, es una gran verdad. Así como ofrenda oportunidades y se hace amable con las circunstancias, también se hace mezquino con la justicia y se vuelve tirano con los merecimientos. Pero siempre vuelve a dar una nueva chance. Para reivindicar algún pasado y devolverle la sonrisa a alguien que la perdió alguna vez. Para alguien que en algún pasado, tuvo que masticar el sabor amargo de la desilusión por propia cuenta, por un error para nada intencionado, pero que dejó la huella de una infame culpabilidad.

Tremenda final que regalaron este Bayern Munich con la etiqueta de favorito, que lo marcaba en la frente con una presión adicional y el Borussia Dortmund, con la cara lavada, sin ningún peso en la mochila, que salió a devorarse la gloria desde el pitazo inicial. No había pasado media hora y ya los de amarillo habían logrado que Neuer se hiciera figura descollante, salvando un remate de Lewandowski con sello de gol y otra de Blaszczykowski que hizo parecer que no entraba nada en su arco. Un primer acto intenso, con un Dortmund entregado, prepotente y atrevido. Un Bayern maniatado, soltando latigazos esporádicos y buscando una tregua para darse un respiro.

Cuando hubo calmado el temporal amarillo, era hora que los más cuajados para este tipo de partidos, aparecieran. El protagonismo se fue para el arco de enfrente. Weidenfeller pasó a ser el héroe, con atajadas notables, poniendo el cuerpo y el alma en cada salida. Una lucha de poderes que obviaban los lujos y sacaban a relucir el trajín, la bravura y ese vigor propio de los equipos alemanes. El desgaste y los impulsos, mermaban las fuerzas, ocasionaban los errores. El balón tenía que entrar a un arco, nadie lo decidía aún en el verde.

La historia tenía guardada una versión especial para la definición. Al Bayern lo acompañaba la sombra de tres finales perdidas. Tres intentos vanos de vestirse de gloria habían desdibujado la estampa de campeón al equipo bávaro. Arjen Robben, llevaba a cuestas un pasado negro en instancias finales con la camiseta de su selección. Este partido se parecía tanto al que perdió en Sudáfrica, aquella vez que Casillas le puso el pecho y le negó la dicha de ser bendecido por el triunfo mundial. Cuando Weidenfeller le sacó con la cara un gol cantado, los fantasmas volvieron a aparecer para el holandés. El alargue se veía venir y los miedos y desconfianzas otra vez empezaron rondar. Para el Bayern otra final en suspenso y para Robben, temeroso de volver a fallar, de volver a sentir otra vez, la misma pesadilla.

Pero por eso, se dice que el fútbol da revanchas. Robben, primero llega al fondo en una jugada donde pone ese típico desdoble veloz que lo deja, siempre con su mejor perfil. Un instante demás, para sacar la puñalada asesina que hace cómplice Mandzukic y pone el botín en la raya. Era el 1-0 de la gloria, el que marcaba el rumbo distinto, hasta que el error grosero de Dante, dejó en la pena máxima que el alargue sea una posibilidad flotando en el aire. Weidenfeller era el titán, sacando el gol a Schweinsteiger y su compañero Subotic, el partner especial ahogando en la línea lo que provocaba Muller. El reloj, se tiraba desde la tribuna para ser protagonista.

Había una línea delgada, entre esos dos minutos finales y la espina clavada que tenía Robben. Era una noche especial para el holandés, era un día especial para el Bayern. Cuando el epílogo tocaba la trompeta, apareció el diferente. Vapuleado y crucificado por su pecaminoso individualismo, torturado por su pasado indigno y su disfraz bizarro de ególatra, pero que estaba destinado a entrar por la puerta de la grandeza. El holandés se inventó un desdoble, previo taconazo fantástico de Ribery, se metió al área y amagó como siempre, en ese desequilibrio de su perfil cambiado, para soltar un toque mordido, vagabundo, que se fue metiendo despacito, saludando a la tribuna y que dio tiempo que los del Borussia, se tocaran la cabeza con angustia. Robben se había tomado la revancha y con ella, hizo que el Bayern cobre su propio desagravio y sea dueño de la orejona, después de 12 largos años.

El fútbol ofrece recompensas, qué duda cabe. Robben ha entrado en la historia, después de haber pasado por el calvario de ser un jugador vapuleado, amado y odiado a la vez. Una muestra que la grandeza de un jugador no se mide por lo que dice o deja de decir y menos por su forma de sentir el fútbol. La grandeza de un jugador, radica en hacerse fuerte para revertir su pasado y a veces, y solo a veces, cuando en el verde, es capaz de torcer la historia, inventándose un golpe de gracia, con un simple toque sutil, que desata una locura descomunal. Robben dejó atrás una maldición fatídica y el Bayern apunta a ser potencia y ganar todo. Tiene el dinero y la gloria en sus manos, esta revancha ha rehabilitado su pasado memorable. El Pep Guardiola aguarda iniciar un nuevo ciclo, a proponer su propio sello, pero desde ya, tiene la vara bien alta.

Esta final de Champions League fue toda una fiesta. Desde la majestuosidad del Estadio de Wembley, hasta la caballerosidad teutona, para jugar un partido de fuste con el respeto y la energía enfundada en la piel. Con esa intensidad y vértigo compartido que originó una lucha de fuerzas parejas, que se definió cuando apareció la habilidad de alguien vapuleado, pero que hoy demostró su grandeza. Un gran campeón de Champions, un privilegio para Claudio Pizarro, una alegría para compartir todos los peruanos.