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La gota fría

Estaba dentro de lo previsible, era una cuestión de abrir bien los ojos para darse cuenta que la euforia del triunfo ante Ecuador, era como los cumpleaños de los cuarentones, que ya no dan mucha alegría y más bien generan preocupación. Porque se sufrió demasiado y se gozó tan poco. Porque ir a Barranquilla, en busca de esta Colombia victoriosa que ha hecho de su fortín, un horno donde se chamuscan las fantasías de los rivales más pintados, era de alguna manera, como querer ir a meterse al infierno, con una biblia en la mano.
 
Cada partido es diferente y cada uno necesita una atención distinta. Desde la evaluación del equipo rival en su funcionamiento colectivo, hasta la capacidad individual de sus hombres. Hay una lucha interna, casi existencial del estratega, para tomar la decisión correcta. Para no equivocar sus piezas, para no fallar en el pensamiento. Markarían, hizo su apuesta, pensando en neutralizar las bandas, tirando a Advíncula y guardando a Farfán. Había que tijeretear esa triangulación colombiana que hace daño, con Ballón y Retamoso. Mantener lejos del área a Falcao y guarnecerse de los ataques, con dosis de tranquilidad y apelar la lucha de Guerrero y Pizarro arriba. Mantener el cero, lo más posible, esa era la apuesta, ese era el negocio.

Pero que puede hacer el “mago”, Si Retamoso, elevado a los altares por el hincha, no es el mismo del partido anterior. Si en menos de 20 minutos ya se pierde 1-0 y los dos laterales son bombas de tiempo, por una segura expulsión. Si Zambrano confunde vehemencia con golpes. Si Guerrero sigue peleando contra el fantasma de su apatía y Vargas, por citar los referentes, es un vago recuerdo de la aplanadora que mandaba por izquierda. Que se hace ante una apuesta por los hombres, que en la cancha solo son nombres. Pizarro, el más odiado y ensalzado, es el de mejor perfomance. Colombia es superior y ello se nota en cada dividida, en el duelo individual. Dura tanto la resistencia, como la paciencia, un error grosero de Vargas y Fernández -vestido esta vez de Clark Kent- nos devuelve a esa “gitanería” de siempre. A esa realidad tan sufrida y consentida.

Markarian, tuvo que recomponer su apuesta, eligiendo otros boletos, sobre la marcha. Demasiado temprano para el riesgo, para luchar contra el marcador. Con Farfán fue diferente, algunos dirán que debió arrancar. Quizás sean los mismos que reclaman que de visita debe jugarse con dos volantes de marca. Tal vez sean los mismos que aseguraban que Retamoso había llegado corriendo desde Lima. Que era incansable. O quizás sean los mismos que siguen sin entender que los jugadores, por muy laureados o experimentados, tienen altibajos y suman o restan al colectivo con su actuación individual. Que se exhibe una limitación cuando al rival se le nota superior. Lástima que eso se puede visualizar, solo cuando ha terminado el partido.

Se puede intentar, se puede ansiar hacer bien las cosas, pero no siempre ello es una garantía. Somos un equipo que puede tener un partido inolvidable un día y una avinagrada actuación al siguiente. Nos cuesta aceptar que el Paolo que vino a la Selección, no es el mismo de los éxitos mediáticos con tinte brasileño. Nos cuesta aceptar, que en estas clasificatorias, no solo bastan la actitud o las ganas, hace falta rendimientos colectivos y consecuentes. Esta derrota estaba en los planes y ahora la mirada está puesta en Uruguay y Venezuela, con esta realidad queda muy poco para pensar y mucho por actuar. Serán dos epopeyas que definirán todo, uno en casa ante la garra charrúa por el honor y otro de visita ante Venezuela, por la gloria.

La fiebre futbolera del hincha peruano se va aquietando, se va calmando como el ocaso de esta tarde fría y desanimada, va tomando su lugar, conforme empieza a digerir el sinsabor, va apaciguando la efervescencia de unos días atrás, donde dejó desbordar demasiado aprisa su euforia. Va retomando la calma –como tantas veces- cuando el martillo de la realidad, golpea su conciencia y le va susurrando al oído, que el partido ya ha terminado y debe levantarse de su asiento, para volver a ser el mismo de antes, el mismo de siempre.

El hincha colombiano festeja su casi inminente viaje a Brasil 2014, su gente, sus hombres y mujeres de carácter alegre, dejan escapar su embriaguez por demás merecida, quizás en el desborde de la confiada celebración, haya soltado el estribillo de una antojadiza versión, para un tema del gran Carlos Vives, que a la letra le corría el corito: “Peruanito, peruanito se creía que el a mí, que él a mí me iba a ganar y cuando me oyó tocar, le cayó la gota fría, al cabo el la compartía, el tiro le salió mal”.


El día de la bandera

El centro de Vargas va al área ecuatoriana, como una lanceta que lastima e incita al error, el balón le queda a Pizarro, bailando en el aire, la domina como equilibrista consumado con la cabeza, acomoda el cuerpo y en esa media vuelta, dibuja imaginariamente el arco, le pone su botín blanquirrojo, para cruzarla justo para que se meta lejos del arquero. Como mandan los códigos de los grandes goleadores, para abrir el camino del triunfo. GOLAZO. Claudio festeja con alegría, se regodea en su confianza y dedica con sus dedos a todo el estadio que revienta de júbilo, a todo un país que lo vapuleó tantas veces. Hace el saludo militar a todos los que no valoran su liderazgo, su categoría y solo saben ver el fútbol por TV. A todos los que no entienden que en Alemania es un definidor y con la selección debe ser obligatoriamente, un obrero del gol.

Y fue Pizarro -el más cuestionado- el que marcó el rumbo. Había que jugar, pero ante un equipo durísimo, física y técnicamente, había que luchar, morder y batallar cada espacio. Guerrero no se acomodó a jugar sin espacios, entró a esa lucha insensata de pelear contra él mismo. Farfán disminuido físicamente y Vargas atinado tácticamente, pero lejos de su nivel técnico. No había luces individuales, la apuesta fue por el colectivo, por la solidaridad para apretujar las fuerzas y contener esas locomotoras norteñas. Ecuador se puso vertical y fue la noche de Retamoso. Lo que corrió, lo que metió el abancaino. Fue un chasqui con esmoquin. Un motor para correr y destruir juego rival, simple con el balón, entrega prolija y desdoblamiento eficiente, lo justo para lucir en los momentos difíciles de Perú.

Hubo poco fútbol, hubo más entrega. Por momentos el juego era una batalla, con soldados luchando sin cuartel, por ganar un pedazo de terreno de juego. Cuando Ecuador se hizo fuerte, apareció la bravura y la garantía de Zambrano, para ir encima del “chucho”, para devorarlo en ansias. Yotun y Herrera sufrieron por los costados, se vieron por momentos invadidos por alienígenas y monstruos, que destruían todo a su paso. Imaginamos si Ecuador vulneraba nuestra valla. Hubiera sido muy difícil remontar. Para su bien, en el arco, detrás de ellos, con su traje verde y con su capa aireada, estaba Fernández, para volar lo justo, para ahogar la angustia y devolvernos la confianza. No es el hombre de acero, pero por algo se hace llamar “Superman”.

Aquella imagen en blanco y negro, del último triunfo ante Ecuador, destella recuerdos nostálgicos, cuando los norteños eran un equipo timorato, rústico, que Perú goleaba a su capricho. Tiempos idos, para nada semejantes a esta realidad, de los Valencia, Benitez, Ayovi, Montero y Caicedo. Ecuador repotenció los genes de sus jugadores y al biotipo privilegiado de las Esmeraldas, le puso una cuota de fútbol. Una apuesta por la fortaleza física para conseguir resultados y estar siempre peleando un cupo. Perú sigue arriesgando el rezo y ojeriza, a unas cuantas individualidades. El proyecto de tener una generación competitiva detrás de esta, que se juega su última opción de ir a un mundial, aún no tiene firma ni sello. Lo que tenemos es un equipo que va remontando en resultados las caídas y apuntalando en la tabla –por ahora- un presente aliviador.

No podíamos perder, porque ya era tiempo de cambiar la historia. Era un momento para darle un color distinto a la esperanza y dejar que se siga alimentando de sueños irreales. Confirmar, como dijo el “mago” que siempre fuimos pragmáticos, aunque nunca dejamos de ser románticos. Era un día de definición y una noche de pasión. No podíamos perder, menos en el día de la bandera, una noche de rojo y blanco que volvió a encender la ilusión. Sufrimos y gozamos, ajustamos y disfrutamos. El camino aun es largo, muy duro y espinoso, pero el horizonte se mira mejor en tranquilidad.

VAMOS PERÚ!!


Bienaventurada la esperanza

Esa porfiada en el epílogo de una lucha encarnizada. Una media vuelta sin pañuelo, pero con sabor a festejo y marinera. Ese beso a la red, que fue un desfogue a esta angustia que nos estaba matando suavemente y una explosión de esa alegría contenida en la garganta y que nos hizo llorar de impotencia tantas veces. Otra vez Farfán, degradado injustamente e idolatrado de forma oportunista, pero otra vez como estandarte, como emblema y a quien el traje de héroe le sienta bien. Era demasiado para soportar tanta angustia, era demasiado sufrimiento, que nos hacía sentir con domada impotencia, que nos estaban arrebatando, un trozo de esta tierra que nos ha parido.

Chile vino dispuesto a invadir Lima y pasear su bandera. Sampaoli sabía cómo hacernos daño: Presión asfixiante, comernos los tobillos y hacer de la dinámica su patrón de juego. Morderlas todas sin respiro, provocar el descontrol. Nuestra kriptonita es no tener espacios, el desorden desbarata las intenciones y las hace fluir por un río de imperfecciones. Aunque un equipo no puede jugar con la misma intensidad los 90’, la intención chilena era anotar primero y manejar el partido. No había juego peruano y estuvimos cerca de la debacle. Un penal omitido y dos sacadas de la raya, presagiaban una noche tormentosa. Algunos rogaban que acabe el primer tiempo, otros que acabe ya el partido.

Aunque el complemento fue otra la historia. Markarían siguió apostando temerariamente por la posesión del balón. Mariño fue por un Lobatón errático y fuera de ritmo, el cambio sacó de sitio a Sampaoli, que debió replantear. Perú encontró el balón, Chile no dejó de ser agresivo. El “hombrecito” no renunció nunca a buscar el partido. El “mago” equilibró las zonas y se hizo un partido vibrante, de ida y vuelta. Las revoluciones a mil. Pudimos haber empezado el festejo antes, como hacer las pompas fúnebres. Cualquier cosa podía pasar y era cuestión de tiempo. La tribuna encendía la emoción, pero escondía la desconfianza. Disfrazaba en una arenga, ese temor que acechaba como perro de presa, que carcomía los nervios. El reloj se metió a la cancha.

Pero no podíamos perder. Ni ahora ni nunca, menos contra Chile. Porque es un rival directo y con el que se ponen en disputa gran parte de nuestro orgullo y un patriotismo preconcebido. Por eso cada peruano empujaba en cada pelota disputada de Cruzado. Saltaba junto a Rodriguez y a Jhoel Herrera –partidazo- se paraba cada vez que Farfán insistía una y otra vez con el desborde y hasta un voluntarioso Pizarro recibía la arenga. Eso de que cuando juega Perú jugamos todos, se hizo un himno, un cántico que salía del alma. En cada corner todos íbamos al cabezazo y en cada contra chilena rezábamos juntos a la virgen de la providencia. El ingreso de Jordy Reyna fue un envión anímico, una cuota de frescura y una señal de recambio generacional, cuando Pizarro le cedió su lugar. Le falta kilometraje, pero hizo puntos en un momento crucial.

Cuando las sombras tenebrosas nuevamente empezaban a empañar nuestro horizonte, salió a relucir una jugada que quedará en la retina de todos los peruanos por siempre. Robada de Yotun que hace de 10 encubierto y pone un pase sensacional que en dos tiempos define la “Foquita”. Este gol de Farfán lo habremos gritado y festejado tanto como ganar un mundial. Quizás por la forma como se ha logrado, por el momento que se ha dado, también por el rival antagónico, por tanto sufrimiento compartido, por todo lo que ha costado ganar este partido y que lo hace un TRIUNFAZO.

Un equipo no gana como sea. Es producto de un trabajo colectivo, pero esta vez, nos tocó a nosotros. Chile se fue argumentando la injusticia del marcador y los desaciertos del árbitro. Tantas veces jugamos mejor pero merecimos otra suerte y los jueces fueron filibusteros verdugos de nuestros sueños. Tantas veces perdimos en los epílogos y esta vez fue diferente. Tantas veces aplaudimos la derrota y salvaguardamos el rendimiento, pero nos olvidamos del resultado. Esta vez alguna mano divina toco la nuestra. Nos estaba haciendo tanta falta.

Bienaventurada sea la esperanza, esa que permanece en el hincha fiel que hoy refresca su ilusión y fortalece la confianza. Bienaventurados sean los que tienen fe, en ver renacer el sueño permanente de clasificación. Bienaventurados sean todos los que estuvieron en la cancha, los que tuvieron el corazón en la mano y cada peruano que se puso la blanquirroja más orgulloso que nunca.

VAMOS PERÚ!!!



Un punto demasiado chiquito

Como equipo nada que reprochar. Se exigía actitud y fue lo mejor que se tuvo. Se pedía raza y convicción para frenar a una Argentina líder y con el mejor del mundo en su mejor momento. Había que estar concentrado, bien parado atrás y controlar el partido sin dejar de elaborar juego. Se tuvo todo eso y mucho más. Ese minuto tres, fue determinante. Un penal a favor, contra Argentina, quien sabe a ellos no los bajonee nada, pero para los nuestros era un envión anímico fundamental. Desde los doce pasos Pizarro, se apresuró en decidir y el “Chiquito” se hizo héroe. Ese fue el punto de quiebre, la prueba de resistencia había empezado mal.

Un planteamiento inteligente, cortando los circuitos de Messi y Di María. Recorridos generosos de Carrillo y Farfán –el mejor de la cancha- en su real dimensión de verdadero crack, para recogerse, pausar y explotar con criterio. Solvencia atildada de Rodríguez y Zambrano para encimar a Higuaín y Lavezzi, la anticipación como regla. Un Advíncula batiendo record de velocidad para los cruces y trepadas. Lobatón, correcto en la marca y solvente en el armado. Un “Cachito” desparramando lisura (Salía en hombros si entraba la que pegó en el poste) un Cruzado cada vez mas aplomado y con personalidad. Un Pizarro golpeado moralmente, pero voluntarioso –nada más que eso- aguantando a los centrales. Carácter para cubrir los espacios, establecieron una superioridad en el juego traducida a la tenencia de balón. Solidaridad de los once para recuperarlo, no perder la identidad para generar juego y Argentina realmente la pasaba mal. La mejor recompensa, fue la jugada preconcebida pinchando la sorpresa y Advíncula lanzó cual puñalada en el área que Zambrano arremetió a la red, con todo el estadio junto.

Argentina hizo el empate en la misma jugada que repitió ante la impotencia de crear juego. Bombazo para Lavezzi, centro atrás y el “Pipita” letal, demostrando porque vale más que Pizarro y Carrillo juntos. Error de Yotun (quizás el menos relevante) la única falla en defensa que daba paridad a un partido donde se estaba haciendo lo correcto. Pero que otra cosa es el fútbol, sino una suma de aciertos y virtudes, una resta de errores y defectos, una división de situaciones favorables y desfavorables y una multiplicación de circunstancias, a veces bien aprovechadas y otras tantas desperdiciadas. Lo que hoy es fiesta mañana puede ser entierro. El que hoy es héroe mañana es villano, lo que se hace en un partido, no necesariamente se repite mañana. Son momentos, tan solo momentos, unos diferentes de otros.

Fuimos eficientes, más no eficaces. El futbol se gana con goles y no con intenciones. Es cierto, pero los goles no llegan por obra del espíritu santo y tampoco porque le recemos a la virgen de la improvisación. Hay que generar las jugadas de gol. Nosotros no somos Brasil o Barcelona y tampoco tenemos extirpe paraguaya por citar ejemplos de equipos de rendimientos superlativos o aquellos resultadistas que juegan feo pero acumulan puntos. Nuestra esencia es distinta y se debe jugar en base a lo que somos y lo que tenemos. Se hizo lo que se debía, más no lo que se quería, por obligación y por necesidad.

Neutralizamos al rival, generamos juego y riesgo en arco contrario, si no la metimos, no es una cuestión de eficacia colectiva, obedece más a una capacidad individual llamada jerarquía, esa que sirve para manejar presiones, hacer fácil lo difícil y lo simple en efectivo. Diferencia de jugadores, niveles de competencia, eso definen la talla de los equipos. Si antes de jugar se pensaba que era un suicidio jugarle de igual a Argentina, que Messi era incontrolable y auguraban una tragedia, en el verde se vio algo distinto y se demostró que la actitud, también forma parte del juego.

Está claro que más que un equipo necesitamos un plantel, jugadores competitivos, pero eso, no se compra en la esquina, ni se trae del extranjero, eso es materia prima que se debe trabajar a largo plazo. Esta fecha eliminatoria, nos ha dejado en cuidados intensivos, porque nuestra necesidad es más grande que nuestra realidad. El gran partido solo sirve para valorar el rendimiento y afrontar lo que se viene. Pero en un análisis crudo de las posibilidades y parafraseando la atajada del penal que pudo escribir otra historia, el resultado es al final lo que cuenta y aún no alcanza, no enciende la esperanza del todo. Por ello el punto ante Argentina, nos resultó siendo, demasiado chiquito.

A no perder la identidad

Necesitábamos tanto ganar. Era una obsesiva forma de reconciliar nuestras pasiones. Una obligatoria condición, para que la esperanza no abandone esta ilusión que se hace tan esquiva a veces. Y costó tanto, porque para el rigor de estos partidos, no bastan los nombres, hace falta que estén en nivel de competencia. Con los referentes algunos entre algodones y otros con escasos minutos de juego, se afrontaba un partido donde estaba en juego, los puntos, pero también la reconciliación, con la hinchada y con una identidad que se perdió en el mar de las urgencias.

Un primer tiempo para no recordar. Se hizo difícil poner la pelota al piso. Trabados en actitud y desprovistos en ideas. Costaba hacer más de tres pases seguidos sin forzar el pelotazo inútil. Venezuela hacía lo inteligente pero previsible. Aglutinado atrás, ordenado para cubrir los espacios y esperar la sorpresa. Pero una cosa es la paciencia y otra la pasividad, jugar al fútbol era una necesidad, teníamos los nombres pero solo para la estadística. Paolo controlado e iracundo Pizarro era un general en retiro, Vargas lejos del “loco” que conocemos y Farfán desapercibido en la banda. Solo “Cachito” y Cruzado –tremendo partido- intentaban aportar juego. Muy poco en elaboración y un mazazo de Arango, despertaron esas dudas de siempre.

En el descanso hubo tiempo para preguntarse, porque, si la habilidad y el toque fino, es nuestra forma de ser y Venezuela no era superior y sufría en las poquísimas que se juntaban los talentosos peruanos. Porqué se renunciaba al toqueteo para moverlo, rotando el balón con criterio al ras del piso, buscar las diagonales y dejar que la individualidad también sea una forma de aporte. Si eso le hace daño a cualquier rival y es lo que mejor nos funciona, porqué, se perdían las intenciones en pases tan largos y descomedidos. ¿Acaso nos habíamos olvidado de jugar?.

Pero la segunda parte fue distinta. Carrillo fue por Guerrero. Una cosa es Paolo 10 puntos y otra, cuando limitado por lesión o por presión, se enfrenta a sí mismo, se pelea con su sombra y la intolerancia se calza sus botines. La “culebra” le puso la frescura y el desborde. Farfán se puso la 10, la que mejor le queda. Y la “Foquita” volvió a ser ese jugador desequilibrante, fundamental y por el que todos apostamos. Primero una palomillada para ganarle el vivo al arquero y después con una jugada que lo hizo ver en su real dimensión. Diagonal para recibir el buen servicio de Cruzado, sacarse la marca en una gambeta, acomodarse, medir al arquero y soltar un zapatazo que se lo gritó a todos los que lo habían vilipendiado y acusado hasta de antipatriota. Aparecieron chispazos de ese fútbol tan nuestro, que elabora juego desde el génesis del talento original. Fueron porciones pequeñas, pero calmaron el hambre de triunfo.

Es verdad que el fútbol moderno prioriza el resultado por encima del buen juego. Que en estas instancias, necesitábamos los puntos más por urgencia y por angustia que por sentimiento. Es verdad que un planteamiento defensivo y contragolpe, es un arma que sirve. Pero es verdad también, que no se puede jugar igual los 90 minutos. Hace falta variantes y de cuando en vez una cuota de lo que mejor sabemos hacer: Tratar bien al balón. Una gambeta y un toque elegante o alguna individualidad, pueden definir un partido, esta vez fue un resultado mezquino. Pero mejor así. Si con este 2-1 ajustado, todos durmieron abrazados soñando con el mundial, imaginamos como hubiera sido, si concluía en goleada.

Necesitábamos ganar y se ha conseguido, pero eso no cambia que el fútbol sigue siendo de momentos y cada partido es una historia distinta. Pensamiento resultadista: No importa cómo se logró, valen los 3 puntos. Versus pensamiento romanticón: ¿Acaso es tan difícil ponerla en el piso? Toquetear y buscar el gol de una gambeta, una pared y elaboración de juego también sirve. Cuidarse bien atrás, ser disciplinados tácticamente y neutralizar al rival como prioridad, es una forma, pero en un partido como ante esta Venezuela ordenada y disciplinada, un cachito de habilidad y toque peruano, aunque escaso e intermitente, ha justificado conseguir lo mismo.

Se ha logrado trepar un poco la pared, pero no hay que olvidar que la verdadera esperanza se forja en un buen funcionamiento colectivo, no solo en un resultado accidental o insípido que solo calma los nervios, contenta a los estadísticos, pero no garantiza un encadenamiento de ilusiones. Esta fecha de eliminatoria, ha sido benévolo en sensaciones justas, con Colombia y Argentina, justamente porque fueron los que generaron fútbol, cumplieron actuaciones apoteósicas, gustaron y ganaron, los demás solo buscaron consecuencias oportunistas. Lo de Perú contenta el alma por ahora, pero no podemos olvidarnos de jugar, es nuestra esencia. Tenemos con qué hacer daño, solo es cuestión de no perder la identidad.

VAMOS PERÚ!!!

Y fuimos héroes

Pintaba para debacle, se emparejó con coraje más que con sapiencia, pero al final terminamos como siempre. Destrozados en el ánimo y desalentados en la esperanza. Fue como nadar con un solo brazo y morir antes de llegar a la orilla, cuando quedaba poco aliento para lograr la proeza y ya se habían reventado los pulmones de tanto esfuerzo.

El ir a buscar un buen resultado a Uruguay, de por sí ya tenía un matiz ligado a la hazaña. Perú, sumido en urgencias, debía de encoger las tripas y pararse envalentonado, a sostener la avalancha celeste desde el primer minuto de juego. El sufrir más de la cuenta, fue acierto del rival, el no encontrar tierra firme, un factor generado por lo que se plantea y lo que se ejecuta. Un desnivel entre lo que pujaba Uruguay y lo que respondía la zaga peruana, con errores individuales y descoordinación, que echan abajo cualquier andamiaje, por mucho que se tenga en intención defensiva o léase hombres de esa condición. Un gol injustamente convalidado, abrió la puerta temprano y condicionó a la bicolor. El balón era un postre para los uruguayos, pero una papa caliente para los nuestros. Se vino el segundo que obligó a generar riesgos, perder por dos o por cuatro daba lo mismo. Los pensamientos malignos empezaron a rondar.

Si salió a relucir la fuerza interior, la vergüenza para no verse vapuleado, el coraje para superar las carencias y revertir el resultado, partió desde la forma cómo afronta los partidos Paolo Guerrero, más aún cuando a falta de “fantásticas” figuras, se pone una bandera en lugar de una camiseta. Desde el azahar de Yotun, la atajada inmensa de Penny a Forlan (tapó sus errores), hasta esa guapeada de Paolo en el área para definir, como solo él sabe hacerlo, el partido se puso para definirlo quien tenga más jerarquía para manejar los tiempos, controlar el balón y hacer sentir su categoría. Aquí Uruguay simplemente nos pasó por encima. Sus jugadores tienen un nivel superlativo, que en base a su experiencia, marcan diferencias y gravitan en los momentos decisivos. Tabarez puso toda la carne en el asador y cuando mas inflamada estaba nuestra ilusión, vino el tercero en un calco de la tantas veces repetida “desconcentración” y luego el definitivo mazazo que nos despertó de súbito, hasta hacernos caer de la cama.

Poner el balón al piso sin mostrar que quema, no es alegoría a “jugar bonito”, es una forma de plantear un partido, sabiendo defender, pero con el balón en los pies. Sin la pelota, ningún rival te puede generar. El resultado es el objetivo, eso está claro y si lo ideal pudo ser empezar cuidando el cero, poblando el área con gente de corte defensivo, nada garantizaba que igual nos encontremos con un 2-0 muy temprano. Fueron fallas individuales y técnicas de los zagueros que en un partido de esta instancia, son  determinantes. Se pedía a Toñito y fue un palo de fosforo ante el alud celeste. Los mejores momentos para el repunte peruano, fue cuando Lobatón empezó a pasar mejor el balón, cuando se peleaba cada jugada, pero también se jugaba y se replegaba con criterio, lástima que se careció de constancia y se terminó defendiendo mal. Eso se paga caro en el fútbol de hoy, el resultado lo dice todo.

Se insiste mucho con la idea de los mediocampistas de corte defensivo y ofensivo. El fútbol moderno exige los mixtos de buen quite, pero también de buena entrega y el estado físico es preponderante. Nosotros solo contamos con voluntariosos, pero limitados volantes de contención y sobran los dedos para contar. Hubo una gran diferencia entre los jugadores que tenemos y a los que enfrentamos. Mientras los ellos tienen una preparación física de alto nivel y juegan finales a cada momento, los nuestros, su mayor pergamino, son un clásico y alguna primera fase de Libertadores. Mas allá de los Vargas, Pizarros y Farfán, que juegan en el extranjero -que hoy son cuestionados en su compromiso- no tenemos quien les haga sombra y si hoy los prendemos en la hoguera, mañana los estamos reclamando y mimando. Una cuestión de avalar lo que tienes, discutiendo lo que necesitas, pero que terminas admitiendo en lo que te conviene.

Markarian hizo lo que pudo y no tomó lo que había, sino lo que sobraba. Mientras los demás tenían trajes a la medida, el nuestro, se confeccionaba uno con retazos. No hay nada reprochable al equipo, pero con solo ganas y actitud no alcanza, hace falta un cachito de capacidad individual para lograr hacer un equipo competitivo que tenga jerarquía y eso no se compra ni se vende, se obtiene con trabajo serio y de largo plazo. Al mundial no vamos a ir porque nuestros jugadores hagan actos de heroísmo, si no cuando el universo de ellos sea equilibrado y generoso en nivel cuantitativo y cualitativo, eso no se consigue en un solo partido, el tema tiene un trasfondo y por ahora solo apaciguamos la realidad con odas a la bravura. Mientras tanto al hincha, al peruano de sentimiento, solo le queda seguir ondeando la bandera, no hay de otra.

Seguimos siendo el mismo equipo, pero con diferente realidad. Aunque hoy, aquellos que decían que Markarian era lo mejor que podíamos tener y se golpeaban el pecho con la Copa América, son los mismos que quieren echarlo y hacen alegorías al pesimismo con sarcasmo. Los peruanos siempre hemos honrado a los héroes que perdieron una guerra. Hoy le han hecho un pedestal al heroísmo a Paolo Guerrero, porque de pronto, hoy ante lo que se vive y se siente, tenga un valor agregado pensar, que los héroes de guerra, no son los que las ganaron, sino los que dejaron la vida en ella o los que jamás renunciaron a seguir luchando.




Error que hiere, dolor que mata

Aquellas voces de desaliento antes del partido contra Colombia, tenían fundamento, desde la premisa de pensar que solo las individualidades nos garantizaban un buen resultado. Conforme fueron cayendo los soldados, el ánimo pintaba a mirar este partido como un preámbulo de frustración y por ende, se dejaban llevar por ese inefable sentimiento autodestructivo y extremista, que es el pesimismo y que finalmente, solo termina por apuñalar nuestra propia autoestima.

Contra Colombia, ante tanto lesionado, en la práctica, salimos armados con una navaja a pelear una guerra, con un equipo mermado en jugadores de categoría, como se requería para enfrentar a un rival directo. Y el “Mago” debía sacar el sombrero, para inventarse primero una formación, para neutralizar el buen mediocampo colombiano con criterio defensivo, pero mirando el arco contrario. Tarea difícil, optó por resignar a “Toñito” Gonzales, para poner hombres de buen pie, que aparte de agruparse en la recuperación del balón, tengan buen traslado. Un planteamiento riesgoso, porque el factor físico sería primordial. Aunque en esta coyuntura, cualquiera de las formas, generaba un factor de riesgo.

Perú fue superior en el control de juego, Colombia fue dúctil en efectividad. Carrillo tuvo la más clara cuando se nubló frente a Ospina, ante pase de Lobatón. La otra fue el remate de Ramírez que la humanidad de Mosquera impidió que se desborde la tribuna, llena de esos hinchas que pintados de rojo y blanco, alentaban a la fe y la esperanza. Una de las dos pudo darle un matiz diferente al partido. Lastimosamente fueron erradas y las limitaciones empezaron a hacerse notorias, a partir que costaba más llegar al arco y se empezaba a jugar con apresuramiento en lugar de rapidez.

Pekerman sabía que Perú dependía de Guerrero, lo tapó bien, ocultando hasta su sombra para no recibir nunca con comodidad. Perú insistiendo Colombia respondiendo, agrupado atrás y buscando la contra. Hasta que vino la jugada fatal. Desacomodados atrás, por esa pelota envenenada, con efecto que no puede controlar Revoredo y que aprovecha James Rodriguez, para congelar la pasión y hasta ese momento el único error individual de la defensa blanquirroja. A partir de allí, se vio a una Colombia que sabe jugar con el resultado y a un Perú, que no hallaba forma de emparejarlo. Era el duelo de la tranquilidad versus la impaciencia.

Este resultado, nos ha dejado desvalidos en posibilidades, aunque siga flameando alguna bandera de esperanza. Hoy algunos saldrán decir que Markarian se equivocó y que jugar con un hombre de contención, de marca, garantizaba un resultado positivo. Quizás porque no entiendan que a veces también se puede defender con el balón en los pies. Porque el fútbol sigue siendo una cuestión de momentos, de circunstancias, a veces bien aprovechadas, otras no tanto, allí sigue radicando, que un marcador no refleja a veces, lo que se ve en el campo de juego. No se puede hablar de justicia, pero tampoco existe nada reprochable. La entrega estuvo, la pasión también, son esas cosas que tiene el fútbol que cuesta entender, más aún cuando los números pintan un panorama sombrío.

Si en el fútbol de hoy se hace imprescindible la búsqueda del resultado, por encima del estilo y sacrificando hasta la propia historia, en esta eliminatoria sudamericana, cada partido se ha convertido en una guerra y las distancias se han acortado tanto que ya no existen los equipos grandes con individualidades, hoy prevalecen las estrategias y los resultados son consecuencia del compromiso de las individualidades al servicio de un equipo.

Se viene un viaje al Centenario, a buscar una proeza imposible en teoría, solo queda seguir alentando, es lo que nos asume como peruanos. Si realmente debemos tener los pies en la tierra, asumamos que seguimos siendo ese equipo chico de contadas individualidades. Que hoy se hizo lo que se tenía que hacer, para guardar un orden y buscar un buen resultado, pero lamentablemente, un solo error, costó un partido y puso todo cuesta arriba. Historia conocida, letras repasadas, de este libro llamado Fútbol peruano, tan nuestro y tan adverso frecuentemente.


 

Sin Magia pero aun no me Quito

Perú no ha perdido en Quito, no ha podido ganar que es diferente y de eso ya han pasado más años que intentos. Pero ha quedado confirmado que el dolor de la derrota, se siente más cuando sobreviene de una desilusión o un engaño. Cuando se cree ciegamente en una capacidad, que te infla el pecho de confianza, pero que cuando le toca confrontarla con su antagonista, se vuelve inoperante, se debilita y se hace ver insignificante. Es un portazo en las narices y una realidad que te abofetea el orgullo y la petulancia que cargó de ánimo y esperanza tus buenos deseos. Pero te deja un dolor tan fuerte, que te aprieta el pecho hasta ahogarte.

Podríamos ser los generales de siempre, de esos que suelen armar las estrategias después de la batalla. Los que cuando se pierde, encuentran las soluciones impensadas y los nombres adecuados, rebuscando sus libros de historia y sus apuntes borroneados. O quizás, de esos que cuando se gana, se refrescan en el entusiasmo y se dan un baño de gloria ajena y embustera. Pero la realidad, nos dice que es hora de hacerle un espacio al raciocinio, de motivar el pensamiento y aceptar que este partido lo teníamos perdido antes de empezar, pero no quisimos aceptarlo porque nuestros ojos tenían puesta la venda de la fantasía y la magia gratuita. Esa que nos vende la prensa, pero que la engullimos con frenesí nosotros mismos, cada día que nuestros “extranjeros” hacen noticia. Cuando se pierde, todos son aborrecidos y extraños, pero cuando se gana, son nuestros “fantásticos” héroes.

Podríamos decir que el “Mago” nuevamente fue un ilusionista porfiado en lograr su mejor truco y que apeló a su mismo esquema de posibilidades, a pesar que el escenario era distinto y el clima no era propicio. Pero que por ser demasiado osado o un tanto paternalista con el entorno, que los propios peruanos le hemos creado, terminó siendo un charlatán campechano y desacreditado. Pero si hacemos un balance sincero de estos tres partidos, sacaremos como conclusión que no existen jugadores consolidados como realmente creíamos, por ello las ausencias sobre todo en defensa resultaron siendo determinantes. Acaso y Markarían pensó tener el balón lejos de su arco y la única manera que tenía a mano era con sus “fantásticos” en ofensiva. Era una buena intención, pero una mala decisión. La altura no es un mito y hasta los superhéroes se desgastan y terminan sucumbiendo a sus efectos.

Ecuador ha logrado estar en los mundiales porque supo aprovechar al máximo la ventaja de jugar en los 2.850 metros de Quito, con el ritmo vertiginoso que le impone al que visita su feudo. Perú pudo aguantar un tiempo, amarró bien al rival, pero a costa del deterioro físico de sus mejores hombres. El ahogo y las nauseas, fueron aflojando las piernas y el cansancio fue dibujando una frustración. Jugar con Retamozo como único hombre de recuperación, fue arriesgado, pero pudo funcionar, en la medida que se hubiera aprovechado las pocas que se tuvieron. Quizás se pudo prescindir de un par de figuras para poblar el medio con hombres de marca, pero tampoco garantizaba nada, porque el balón se movería en cancha propia. En el fútbol, el que arriesga demasiado, puede ganar un partido, pero también se corre el riesgo de  perder su propia historia.

Cuando los peruanos seguían festejando el triunfo inicial contra Paraguay, Markarían dijo de manera premonitoria que al final de las cuatro fechas, nuestra realidad podría ser triste. Sus palabras solo demostraban una posibilidad realizable y que confirmaban la tranquilidad para asumir que de visita solo nos podríamos traer dolor y frustración. Si vemos las estadìsticas, Perú se ha convertido en el visitante perfecto, en ese equipo forastero que es ideal para que el anfitrión haga sus cálculos de cómo avanzar en la tabla, un rival accesible para ganar puntaje en estas clasificatorias que se hacen cada vez más impredecibles, peliagudas y parejas. 

Hoy que el ánimo tiene un agujero y salen las voces pitonisas, uno podría pensar que quizás nos valdría mas creer en nuestro pasado, porque resulta más confiable y nos ayudaría a calmar los sueños truncos, porque crear ilusiones del futuro nos hace endebles pues aún no terminamos de consolidar nuestro presente. Nos cuesta aceptar que somos un equipo chico y así se debe afrontar lo que se viene, reconocer que en Quito no tuvimos altura y nos ahogamos en la buena intención, pero que es momento para tomar un respiro y hacer una necesaria reflexión.

Este es un proceso distinto a los anteriores, que aún no termina por descartarnos ni hacernos visibles. Lo más difícil se viene en camino y tiene que ver con la consolidación del equipo y el fortalecimiento del grupo. Revertir este presente ingrato, será una dura tarea para Markarian, pero si es que lo dejamos solo. Y es que así como fuimos ilusos para fomentar tanta fantasía y creer que la magia existe, hoy debiéramos ser auténticos para reconocer que debemos hacernos fuertes para levantarnos de este golpe. La desmotivación y el pesimismo es una enfermedad que ataca a los que tienen el carácter débil y el alma endeble. El fútbol nos brinda momentos alegres y desagradecidos y en estos últimos, es cuando debemos ser solidarios. 

El partido contra Ecuador ya pasó, pero nos dejó la ingrata sensación que Perú fue demasiado confiado pensando, voy gano y me Quito, pero se ahogó en sus buenas intenciones y terminó engañado y muerto como Atahualpa. 

Aún sigue prendida la vela de la esperanza y mientras se tenga vida hay tiempo para seguir luchando. 
VAMOS PERÚ CARAJO!! 


Poca magia y demasiada fantasía

El hincha peruano, doblegado y curtido en los avatares de la decepción, cualquier halo de victoria, lo hace fantasear en demasía. Se deja llevar por ese rio desbordado de éxtasis triunfalista y crea sus propias utopías, vive hambriento de gloria y suele reconciliarse con su pasado para no sentirse abandonado o pondera su presente, llevándolo a la máxima expresión, para tener un motivo de petulancia asolapada. El triunfo ante Paraguay, hizo que los peruanos engrían y obnubilen su raciocinio y dieran rienda suelta al desborde de expectativas. Aunque el mismo Markarían haya tratado de ponerle paños fríos al tema, no pudo evitar que se pinte una imagen de soberbia al plantel y en cada rincón, se respire un peligroso aroma de excesiva confianza, antes de partir en la aventura Santiaguina.

El futbol es de momentos. Lo que un día fue luz al siguiente puede ser sombra, lo que una noche fue fantasía, puede transformarse en desilusión. Todos los partidos no se juegan igual, no son idénticos y por más que puedan estar los mismos jugadores, el rival es diferente, las circunstancias son otras y en la estrategia por asumir, a veces la forma suele ser más importante que el fondo. En partidos de clasificación al mundial, una cosa es jugar en casa y otra de visita. Se asumía que el “Mago” lo tenía muy claro y el antecedente de la Copa América lo garantizaba. Pero esta vez ante Chile, se equivocó de sombrero y en lugar de sacar un conejo, le salió un horripilante gato negro.

Instante significativo del partido. El pitazo inicial y los “cuatro fantásticos” saliendo disparados a buscar el gol de manera desesperada, señal que Perú se jugaría la suerte desde el vamos. El “mago” quería tener a Chile distraído en su cancha, lanzando sus mejores gladiadores. Craso error. Si hay un equipo que ha evolucionado en el trabajo de recuperación del balón en bloque a velocidad y maneja el contragolpe de manera efectiva, ese es el equipo chileno. Es dúctil, vertical y muy rápido para resolver. Perú con Guerrero, Pizarro y Farfán jugados en ataque y Vargas sumado como otro delantero, dejaba espacios. Chile cerró la puerta de sus laterales, secuestrando los propósitos peruanos, amordazando sus intenciones y bombardeando desde el primer minuto de juego. El gol tempranero de “la roja” fue una consecuencia de aprovechar esas benditas distracciones que siguen siendo patrimonio nuestro, pero también la secuela de un planteamiento equivocado desde el inicio por Markarían.

Se confiaba que Perú iría a Santiago a buscar un resultado y para ello debía armar un equipo que en orden de prioridad, debía ser sólido en defensa y mediocampo, primero y después buscar las asociaciones de sus hombres más hábiles para hacer del colectivo una forma efectiva de hacer daño. Cuidar el buen nombre y ese reconocido mérito de no recibir gol en contra, aplicando la lección aprendida: De visita se debe defender primero y atacar después. Para ello solo hay dos alternativas, los hombres que se dispone para cumplir un papel específico o la forma en que los mismos hombres salgan a jugar. Normalmente son los primeros 20 minutos donde los estrategas, van descifrando el planteamiento del rival. Chile en esos primeros minutos de juego se acercó al equipo de Bielsa y contundentemente estaba ganando por 2-0. Un resultado funesto, increíble pero justo. Le costaba tener el balón a Perú y se le hacía fácil a Chile llegar, porque el verdadero mago se llamaba Jorge Valdivia y nadie lo sacaba del escenario.

La reacción peruana se hizo notoria en materia individual. Paolo y Cruzado habían pegado una etiqueta en el poste, pero cada vez que perdían el balón, el contragolpe chileno era un vendaval. Atrás no había salida limpia y con el marcador en contra, se jugaba contra el rival y se empezaba a mirar el reloj con demasiada devoción. Cuando los intentos parecían otorgar premio al merecimiento, otro contragolpe letal y Medel suelta un zapatazo que agarró en salida a Fernández. Parecía lapidario, pero llegó el descuento de Pizarro y Farfán que abrigó esperanzas. El penal de Suazo, fue el baldazo de agua bien helada que quizás la necesitaba Perú, pero antes de entrar a la cancha. Dos balonazos más en los maderos dejaban la espina de que pudo ser diferente.

Hoy en el epílogo de esta derrota dolorosa, pero necesaria para pisar tierra, quedan los sentimientos desparramados por el suelo. Pero el hincha se consuela a su manera, buscando explicaciones y pretextos, en los palos que dijeron que no para cambiar el resultado o la actuación del árbitro impresentable, Boliviano él, de ingrata recordación. También asume que hubo actitud y que fue un partido memorable de los muchachos, que nunca se dieron por vencidos y hace propio el orgullo de que se merecían otra suerte. Que son cosas del fútbol y que si no hubiera sido por todos estos imponderables, el triunfo hubiera sido el mejor premio.

Nadie se pone a pensar que para llegar al mundial se necesitan puntos y estos tres perdidos son valiosos y pueden ser significativos. Porque se pudieron obtener de manera legítima, hay equipo para ello, para jugar un partido menos desapasionado y más inteligente. Un partido resultadista con actitud de prudencia y sorpresa a la vez, un partido con más sangre fría que el pecho caliente. No se podrá cambiar el resultado, nadie se acordará de los palos, el gol tempranero, el árbitro, de la actitud o la vergüenza deportiva. Lo que todos no se van a olvidar es que tenemos equipo, buenos jugadores y un técnico sagaz, no es bueno sentirnos perdedores ni triunfalistas, solo es cuestión de asumir que hoy, puede que Markarian se equivocó y tenga más de humano que de mago o en el mejor de los casos asumir todos un cachito de culpabilidad, porque tuvimos poca magia, pero demasiada fantasía.

VAMOS PERU CARAJO!!!




La noche fantástica

El fútbol debe ser una fiesta, pero han tenido que rasgarnos el corazón para entenderlo. Para comprender, que al estadio se va a alentar y no a pelear. Que cuando juega nuestra selección, hay que ponerse la camiseta y romper la garganta, estimulando nuestras emociones para empujar a nuestros jugadores en cada balón disputado, jugando nuestro partido en la tribuna, sudando y compartiendo un mismo sentimiento, con la misma entrega y la misma intensidad que se vive en la cancha.

La fiesta estaba pintada. Nuestro Estadio Nacional lucia majestuoso y vestido con su mejor traje albergando a los hinchas de saco y corbata, los de origen humilde y los olvidados. A los padres, los hijos y los abuelos. Estaban los globos y las luces multicolores, las camisetas pintadas de rojo y blanco. Estaban los cremas de oriente, que olvidando rencores mutaban su nombre y eran “La franja” avivando el ambiente con sus cánticos. También estaban Daniel, Rubén y Roberto, mis amigos entrañables, cantando abrazados el himno nacional con el pecho hinchado de orgullo y esperando que suene el silbato, para que nuestra selección nos brinde una gran alegría, para poder celebrar con ganas, mi cumple del 5 de octubre, que coincidió con el del “loco” Vargas.

Y hubo razones para celebrar. Porque a pesar de que Perú no pudo anotar en el primer tiempo y abusaba del pelotazo, careciendo de sorpresa, se arañaba el gol y se amagaba romper la paridad, pero faltaba la puntita. En ese ir y venir de oportunidades fallidas, el hincha razonaba y aplaudía, pero no exigía. Porque veía la capacidad colectiva de un equipo que ha crecido en solidaridad para recuperar el balón y aprendió a defender con orden. Era solido en defensa, con el vigor de Acasiete y en cada brinco de Rodríguez, que parecía un ángel cuando se suspendía en el aire. Agresivo en el medio con Cruzado, que ha crecido una barbaridad y prolijo con Balbín para ganar los rebotes. Un ataque demoledor, con los “Cuatro fantásticos” Pizarro, Vargas, Farfán y Guerrero, que en cada arremetida, parecían multiplicarse en una tropa de élite. No había el gol, pero se tenía con que lograrlo, era una cuestión de tiempo y de saber esperar con paciencia.

Y hubo razones para gritar. En ese inicio de puro vértigo del complemento y esa sensacional pelota que roba Farfán, para irse al frente, pisando el área y dejarla para Paolo, que arremetió como una tromba, llevándose de encuentro la honra guaraní y definir con sangre fría de asesino profesional. Como ese 9 que nos faltaba tanto y que hoy lo sentimos más completo, más definidor. Un goleador que se transforma cada vez que se enfunda la bicolor. Fue el primer gol que nos hizo a mis amigos y yo, desgañitar la garganta y desparramar nuestras emociones en un grito enfervorizado lleno de furor. Esa otra robada de Balbín que se fue sumado en fantasía, para generar una jugada colectiva y el taco elegante de Farfán para Pizarro, que hace el amague por fuera para arrastrar la marca y sacar una puñalada al área, allí donde estaba el verdugo, otra vez Paolo, otra vez el goleador con olfato de sicario al servicio del gol. Fue el instante en que mis amigos y yo, terminamos de hacer trizas nuestra faringe. Era el 2-0 final, un resultado contundente y lapidario, pero que por la forma como se crearon oportunidades, pudieron ser más goles y así y todo, hoy dirían que fue mezquino el marcador. Paraguay era un escombro, que dejaba a su paso el vendaval blanquirrojo.

Se ha visto un equipo peruano que tuvo dinámica, ritmo y disciplina, jugando para los 8 puntos, aunque al comienzo faltó pisarla más y exponerla menos. Hubo actuaciones individuales destacadas, pero me quedo con el colectivo. Quizás Cruzado fue el mejor porque se devoró la cancha y estuvo para la perfección. Rodríguez un consumado artista de la anticipación. Vargas, un luchador por excelencia, una aplanadora con chimpunes que sumaba en ataque. Farfán imparable por derecha, en base a potencia y velocidad. Paolo fundamental y determinante en los momentos claves, generando y definiendo extraordinariamente en el momento exacto. Todos destacados y en nivel superlativo, pero contrariamente a la lógica, me quedo con Pizarro, por su importancia dentro del verde, para arrastrar marcas, para generar espacios. Recogiéndose oportuno y ordenando al equipo cuando era necesario. Poniendo su experiencia al servicio de los demás. Un mariscal de cancha.

Este triunfante inicio, sirve para alegrar los corazones, pero no debe hacernos perder la calma. No nos volvamos locos con el triunfalismo barato, cuesta celebrar sin embriagarnos de ilusiones, pero esto recién empieza y necesitamos estar unidos en pasión y raciocinio. La competencia va a ser durísima, el objetivo está más arriba del cielo y este es el primer peldaño de la escalera. Se viene Chile y debe primar la tranquilidad allí donde hay demasiada inquietud, revanchismo y resentimientos escondidos. Porque a Santiago se debe ir a jugar al fútbol y no en plan de conquista. Hay que ir a competir con lo bueno que tenemos y con lo que creemos ser protagonistas.

Si en la cancha estuvieron los “Cuatro Fantásticos” que fueron puntales en este triunfo memorable, en la tribuna, estuvimos los cuatro “Superamigos” que se pintaron el alma de rojo y blanco emocionándonos al límite de la alegría, saltando y gritando hasta quedar afónicos. Tengo la garganta hecha miseria y el corazón alborotado. Pero nos hemos ido del estadio contentos, porque hemos compartido una noche fantástica, en la que los peruanos hemos reconciliado nuestras pasiones y hemos vuelto a tener orgullo de nuestra camiseta. Hemos dejado de pelearnos y ser enemigos, para unirnos en ese abrazo intenso, entrañable y sincero, para cantar el himno nacional con el corazón en la boca y hacer flamear en el alma, una bandera blanca de paz y esperanza.

VAMOS PERU CARAJO!!!