Desgarrado corazón

Aquella mañana se pintaba diferente. Era el desayuno de un sábado distinto, con un solcito tibio que entraba por la ventana y se posaba en un lado de la mesa, donde Walter jugueteaba con la miga de pan y sonreía ante la mirada de su padre que lo contemplaba con la misma devoción de siempre. Era sábado de fútbol, día de clásico, él aliancista consumado, alcanzó a soltar una arenga que la familia lo tomó como todas sus locas reacciones que tenía para afrontar la vida misma. Muy a su manera, muy a su antojada forma de vivirla. Este sábado para Walter Oyarce, era distinto a otros días. De solo pensar que estaría en el Monumental alentando al equipo de sus amores, un raro escalofrió premonitorio le recorrió el cuerpo. Era sin saberlo siquiera, un día diferente, extraño y hasta insólito. Era el día para enfundar como tantas veces su camiseta blanquiazul y partir al estadio. El celular lo distrajo un momento. Era el amigo entrañable de corazón crema con quien tenía una amistad a prueba de pasiones futbolísticas y con quien también tenía una apuesta pendiente.

Walter era hincha de Alianza y de esos que vivían los partidos intensamente. Tantas veces se había quitado la blanquiazul y se puso la blanquirroja Tantas veces se sumó a la “banda del Basurero” para alentar al Muni por el que sentía simpatía familiar. Tantas veces estuvo en la tribuna, como este sábado, en que unido a sus amigos, se colocó en el palco 128 de este Monumental que lucía abarrotado de locos desenfrenados que coreaban cánticos y enarbolaban banderas multicolores. Muchos rostros de ceño fruncido y gritos pelados, desaforados e intimidantes. Estaba tranquilo, Alianza, venía entonado, era líder y le brindaba confianza de irse triunfante de este estadio donde se sintió que no era bienvenido.

Dicen que los clásicos no se juegan, se ganan y en la tribuna se vive otro partido. Desde su lugar, Walter pudo ver como su Alianza, salió temeroso, dubitativo a enfrentar a una U atiborrada de circunstancias adversas en su interna, pero no parecía importarle a la hora de jugar. Alianza era una sombra, un espejismo. La U era un vendaval de entusiasmo. Rainer Torres -como en sus mejores momentos- puso un balón para que Vitti, pegue el testarazo letal que hizo explotar la tribuna. Walter impotente y en silencio, tuvo que soportar que los vecinos vestidos de crema le enrostren su desatada locura. No había reacción de los íntimos y la estaban sacando barata. Falta contra Vitti y penal para la U. El 2-0 sería una bofetada para los aliancistas, pero el argentino en lugar de encender el show, la hizo de Shaw y falló. Vendría la igualdad del “Búfalo” Ovelar y una tranquilidad a medias. Cuando ambos bandos resignaban una igualdad injusta, Morel mete el balazo que cruzó el área y se incrustó en el corazón de los hinchas íntimos y desató una demencia incontrolable en la gente merengue. Un primer tiempo primoroso de la U y una definición bárbara pintaron de color crema este nuevo clásico.

Walter, se pensaba ir del estadio, convencido que en el fútbol, ser eficiente tiene que ver con lo que sabes hacer y ser eficaz, es poner en práctica lo que eres capaz de hacer. Pero no pudo salir de su ubicación, porque el pitazo final sonó a un toque del silencio. Unos delincuentes disfrazados de hinchas se metieron al palco donde estaba con amigos y familiares. Defender su integridad, le costó el inevitable enfrentamiento contra estos desalmados y alienados barristas que no satisfechos de la barbarie ocasionada, lanzaron su cuerpo al vacío, en una muestra de crueldad extrema, salvaje e inhumana. Walter cayó al pavimento y escuchaba a lo lejos aún los gritos de la hinchada. Su mirada se fue perdiendo en el firmamento y los latidos de su corazón aliancista se fueron apagando. Su camiseta se fue desgarrando, manchada en su sangre, tan ajena de esta bestialidad incomprensible que trastoca el sentido común y que tiño de tragedia, un episodio que debió ser futbolístico, pero que ya tiene antecedentes de violencia extrema, que parecen ser incontrolables.

De aquí en adelante cuesta hablar de fútbol. Porque se hace necesario hacer una obligada reflexión y un mea culpa. Quizás todo tenga su origen en el hábito de engendrar la violencia en el nombre del fútbol, al sentirse hincha de Alianza o de la U. Crear desde el vientre una rivalidad antagónica, diciendo que en casa se nace crema o blanquiazul. Sentir que el compadre es un mal necesario y saludarlo siempre con el dedo medio extendido. Mirar al clásico rival como un enemigo mediático y hacer de la desgracia ajena un regocijo para la ironía y la burla permanente. Encender las pasiones con tanta insania que el deseo de muerte ajena se haga permanente. Y quien sabe este odio gratuito haya sido alimentado, por dirigentes impresentables y personajes obesos, que hicieron de la provocación una oda a su propio ego decreciente y sus actitudes matonescas y lumpescas, tengan aún seguidores.

El padre de Walter no podrá contemplarle los ojos más a su hijo y solo acaricia el recuerdo de sus 24 años de alegres locuras. El amigo de Walter nunca podrá cobrarle su apuesta y solo abriga su amargura en una lágrima que la comparten todos los que amamos el fútbol y aborrecemos la violencia. Ahora saldrán los que sancionan y los que critican, los que tienen la solución en la palma de la mano y los que juzgan sin sentido, sin pensar que pasados los días todo volverá a ser como siempre y como nunca. Porque son los mismos que encienden el caldero de la intransigencia, en el nombre del equipo de sus amores.

Hoy fue uno de Alianza, vestido de blanquiazul, mañana será uno vestido de crema y pasado mañana, puede que sea uno de los nuestros. Acaso y valga la pena, que tanta emoción perturbada le ponga precio a una vida humana, como para seguir sintiendo orgullo por la pasión a una camiseta. Descansa en paz Walter, resulta imposible hablar de fútbol, porque tu muerte injusta, nos ha dejado a todos con el corazón desgarrado.


 


Y se llama PERÚ

Y se llama PERÚ.
Con P de patriotismo, para sentir el país en el alma y el orgullo de llevar la bandera tatuada en el pecho de la sagrada bicolor.
La E de la entrega, para dejar todo en la cancha, para hacer de la solidaridad un sentimiento, una forma de lealtad, para un país, una nación, un pueblo.
La R de la reflexión, porque cada triunfo y cada victoria, se valora mucho más, cuando se logra lejos de la patria y la alegría se dispersa por cada rincón de nuestra tierra bendita.
La U de la unión de las voluntades, de las ganas para buscar la alianza de las buenas intenciones, para ir juntos por un solo objetivo, alegrar a todos los peruanos.


Y se llama PERÚ, con P de Paolo, de Paolo Guerrero. Ese depredador por instinto que puede ser un digno heredero de Nureyev vestido de futbolista. Que juega en puntitas de pie y en cada arremetida nos hace pensar que es una evolución moderna de un acróbata del ballet o un danzante de tijeras con chimpunes. Lo que ha jugado Paolo, lo que ha puesto en la cancha: Un “hat trick” fantástico, golazos para repetirlos mil veces. La categoría de élite para definir frente a la red y esa graduación de goleador por excelencia que lo ha revalidado y definido como un jugador exquisito y de lejos –que duda cabe-, es el mejor delantero de esta Copa América. Paolo, con esta extraordinaria actuación, ha vuelto a ser ese jugador que lleva el emblema de un país, que vibra, ríe y goza, gracias a su jerarquía hecha realidad en una cancha de fútbol.

Y se llama PERÚ, con la E de la eficiencia, la que predicó Markarían para hacerla una religión un credo diferente. Con la E de equipo, para lograr que un grupo de voluntariosos jugadores asuman la devoción por un estilo distinto, asumiendo sus privaciones con entereza y sus talentos con humildad. Este tercer lugar, menospreciado por los acostumbrados al éxito, para los peruanos era una oportunidad de reconquistar el respeto, su historia, su tradición. Un partido inteligente, había que controlar a una Venezuela refulgente, metódica y altamente efectiva. Se fue afirmando la eficacia en defensa con un Rodríguez prolijo y categórico, Ramos para el aplauso y un Balbín hecho realidad. Con un Revoredo acertado, Yotún y su vehemencia juvenil, Cruzado sacrificado  y un Corzo pura voluntad. Advíncula fue un avión con pantalones cortos. Era una cuestión de carácter, neutralizar con criterio las fortalezas del rival y haciéndole daño al descubrir sus falencias.
Y se llama PERÚ, con la R de la razón y la sabiduria. Porque el “mago” apostó por jugadores de edad consolidada pero experiencia inexistente, Pero su sapiencia no falló a la hora de darse entero por Lobatón y sacarle toda su destreza escondida. De darle a Guevara una oportunidad de que muestre esa magia disimulada, en sus botines y sea un jugador que gravite cuando se hacía necesario. Cuando estuvo el “Loba” fue fundamental y cuando entró “Solanito”, fue el compinche perfecto para la sorpresa, para ser ese jugador diferente que tanta falta hace, cuando se necesita definir los partidos. La razón y la sapiencia, porque, fue el único que apostó vaciando sus bolsillos, por Chiroque. Y vaya lo que jugó este “chato”, como si estuviera en su tierra norteña a pie pelado. Desequilibrando con esa gambeta endiablada, a veces rústica, impredecible, pero tan letal y contundente. Sellando una actuación sobresaliente y dejando en claro que más que un “descubrimiento”, lo de Markarián fue una cuestión de fe y convicción en sus capacidades.

Y se llama PERÚ. Con U de unidad, la que se hizo visible, desde que el “mago” alzó la voz, para hacerse escuchar y señalar con el dedo, que somos un pueblo que respira fútbol y que necesita que no lo traten rastreramente. Unidad de los sentimientos, para formar en este equipo una suma de esfuerzos que haga respetar un legado, perdido en el laberinto de las equivocaciones. Unidad de criterios, valiosos e indiscutibles, para que quedemos convencidos que todo puede cambiar, a partir de una actitud, de una forma diferente de ser.

Es la hora de la celebración, justa y oportuna, porque ha llegado en estos días festivos de fiestas patrias, pero también es momento para hacer una pausa a tanto ardor triunfalista y darle mano al raciocinio. Bajarle las revoluciones, para pensar que este meritorio lugar en el pódium, nos devuelve el prestigio, nos hace competitivos, pero que una vez que pase la euforia, habrá que pensar que el fútbol es de momentos y necesitamos consolidar esta realidad, tomándola como un buen punto de partida, para el resurgir de nuestro fútbol.

Y se llama PERÚ, con P de Patria, la E del ejemplo, la R del rifle y la U de la unión. Yo me llamo PERU, porque es mi raza peruana y es bicolor mi pabellón, yo no sé mañana, pero hoy tengo una inmensa razón para sentirme orgulloso, de este país tan hermoso, mi patria, mi tierra bendita, que la llevo en el corazón.

ARRIBA PERÚ CARAJO!!





PERÚ marca registrada

Porque el fútbol es como el río, cada instante nueva el agua. Cada partido es distinto y diferente se escribe la historia. No se puede jugar igual siempre, porque los momentos se intercambian y se hacen disparejos. Cada instante, cada jugada, tiene matices de color claro oscuro a veces y otras de un negro que asusta, cuando hay un gol en contra. Duelen más las derrotas, cuando se crean demasiadas ilusiones y rasgan el alma hasta hacerla trizas, cuando se hacen creíbles los sueños, por más imposibles que parezcan, por más porfiados que nos vuelvan, esas circunstancias que se generan por triunfos conseguidos con el corazón en la mano.

Una cancha come piernas, un escenario ideal para los que presumen de grandeza. Uruguay, siempre ha escrito su propia historia. Es un consagrado de las grandes batallas. Es un guerrero acostumbrado a que sus enemigos piensen que está cansado o derrotado, cuando solo está adormitando. Necesita sentir el peligro para despertar y demostrar ese temperamento y esa raza tan suya, que lo hace estar siempre vivo y en constante vigencia. Perú es un paciente, que estuvo internado en estado de coma, que dejó el resucitador artificial y ha salido a tomar un aire nuevo. Se tomó en serio su recuperación y salió a correr de alegría hasta que sintió en el agotamiento, que aún le faltan horas de reposo, para volver a estar consciente de que su mal, tiene cura, pero debe primero reconocer que está enfermo y que debe seguir al pie de la letra, las indicaciones de su nuevo médico de cabecera.

Dos técnicos del mismo país, pero de distinto punto de vista y también de diferente realidad. Markarían con su apego a ser del orden un devoto eterno y apelar a la eficiencia, como un factor de solución a sus carencias de materia prima. Tabarez, en el otro lado, con un equipo cuajado y de perfil competitivo, muy seguro que esta vez no le iban a sacar la billetera, mientras estaba dormido. Fue diferente, porque el Maestro logró jugar el partido a su manera. Lugano encima de Vargas, para reventarle la paciencia. Marca zonal a Guerrero para borrarle la inventiva, línea de cinco para hacerles más difícil pasar el cerco celeste. Generar el error del rival, tiene que ver con una actitud de atacar en el momento oportuno. Si Markarían había logrado una disciplina táctica importante, hoy, le faltaron esas variantes que solo se pueden optar, cuando se tienen jugadores de nivel y la categoría tan necesaria para estas lides.

El fútbol se juega con los pies, pero se genera en la cabeza. Uruguay se hizo superior a partir de las privaciones que logró, apretando con propiedad y agrupándose con orden e inteligencia y dejando sin espacios, ni ideas a un equipo peruano que por momentos, se hizo frágil, aunque luchaba por hacer prevalecer su dignidad. Si hay un estratega que hace de jugador de fútbol, un mariscal dentro de la cancha, ese es Diego Forlán. Un talento para administrar el juego, para generar los cambios de ritmo, para aparecer cuando más se le necesita. Luis Suarez, es el mejor socio del gol y alquiló la valla peruana, para ponerse en la cima de los anotadores. Acaso y solo nos quede el mejor consuelo que Guerrero, sigue siendo un pelador por excelencia y se hizo más visible, desde la torpeza de Vargas, para hacerse echar cuando más se le necesitaba. Esta vez, lo sacaron del partido y terminó masticando su frustración en un acto de extrema locura.

Esos dos goles de Suarez, fueron dos bombazos que le han bajado el volumen a nuestro grito, pero ha dejado en claro que hay mucho para la reflexión, antes de subir al avión de regreso. Está claro que se ha ganado en actitud y estamos en nivel de competencia. Nada será más ingrato, que este paso ascendido, si se hace un olvido inmediato y nos resignamos fácilmente. Queda pendiente, seguir haciendo crecer este grupo, para que no se pierda la confianza. Forjando caras nuevas, vendiendo caras conocidas, haciendo un nombre, para los que nacieron desconocidos.

Este equipo peruano, puede mirar con la frente en alto, porque ha hecho una Copa América digna. El fútbol no termina en un partido y tampoco en un triunfo o en una derrota, hay muchas cosas, para rescatar, para valorar y hacerlo creíble. Solo queda mirar el próximo partido, para probar nuevamente, esta decencia conseguida con mucho esfuerzo y sacrificio, un respeto para este nuevo equipo peruano, que ha logrado una marca registrada en el fútbol, la marca de Markarian.

La pena máxima

PARTIDAZO, con mayúsculas, no hay otra forma de graficar el duelo del Rio de la Plata. Argentina y Uruguay tuvieron que ir hasta el último minuto. Se tuvo que jugar hasta el último aliento, el último suspiro de emoción. No hubo forma de romper ni el paredón de voluntades uruguayas y tampoco, a ese gigante del arco que se hizo llamar Muslera, pero que pareció un Supermán o el Hombre Araña. Lo que sacó el arquero uruguayo fue para el infarto.

Uruguay, siempre será sinónimo de grandeza. Puede estar debajo de un puente o abandonado al final del camino, pero cuando se trata de sobrevivir, saca un orgullo bendito y pareciera que la dificultad es su alimento y el conflicto su pasión. Ni siquiera bastó que Messi desparramara todo su esplendor, en su faceta de Dios terrenal del balón, hacedor de magia y fútbol. Fueron los mejores momentos que ilusionaron, pero se fueron apagando conforme la bravura charrúa se hacía más grande y las ganas del Kun, del Pipita, de Di María, de todos los argentinos, se estrellaban ante una muralla infranqueable de color celeste.

Hasta Messi tuvo que naufragar fallando la última, pero más que una falla, fue un gesto técnico propio de los predestinados, para decidir en un segundo, hacer algo de otro planeta, de otra galaxia. Finalmente el Lio jugó como Messi, y no hay reproches, los demás quisieron jugar como él, pero se dieron cuenta demasiado tarde, que Messi sigue siendo el mejor del mundo y que los demás, siguen siendo los demás. En el patíbulo de los 12 pasos, el destino decidió por todo lo que no se pudo hacer en la cancha. Tevez se hizo villano y Uruguay está en semifinales. Argentina vino al cementerio de los Elefantes, ansiosa de limpiar, su imagen, su propio nombre, pero terminó agonizando en la puerta de su casa.

Qué partido. Brasil siempre juega con su historia, con la enciclopedia bajo el brazo, con el legado de todo lo que significa nacer con esa técnica depurada y esa destreza para hacer del balón su mejor amigo, su compinche y su devoto compañero. Paraguay es de los que juegan con el ceño fruncido y los puños cerrados. Esta Copa América los puso en un duelo de fuerzas parejas y de tradiciones distintas, pero el destino se había guardado un final inesperado, de esos que solo son parte de una novela de corte fantasioso y maquiavélico.

Fueron tantas las veces que triangularon Pato, Robinho y Neymar. Las llegadas como avión de combate de Maicon y el empuje de Ganso o la destreza de Elano. Fueron tantas situaciones de gol generadas, como tantas fueron las sensacionales y hasta milagrosas apariciones de Justo Villar. Un arquero que en cualquier otra circunstancia pudo haber pasado desapercibido, pero en este, especialmente, fue el héroe y el culpable para que el balón no bese la red y que el pueblo paraguayo, tenga un motivo para la sonrisa. Un Brasil con demasiadas intenciones y pocas realidades. Paraguay solo tenía espacio para la confianza y aguantar hasta el final, buscando que su nombre no se viera pisoteado por tanto nombre refulgente y apelar que la suerte se juegue en la instancia final de los 12 pasos.

Esta vez ni la destreza del futbolista brasileño, fue suficiente. Cada penal fallado ha sido una afrenta contra sus pergaminos. Cada gol recibido ha levantado voces inflamadas y llenas de enfado. Que fallara uno, era perdonable, pero fallarlos todos, es una razón para dudar si realmente son brasileños o solo se pusieron la camiseta. Unos dicen la cancha, otros la mala suerte. Lo que es real, es que ese grupo pintado de verdeamarillo que sale acongojado, buscando algún consuelo, no es el mismo de antaño. Ese que imponía un estilo demoledor, prolijo y altamente competitivo.

Quizás sea verdad que Argentinos y Brasileños, se han ido de esta copa, no por perder un partido, sino por la consecuencia de no haber podido ganar, los que debían haberse ganado. En el aeropuerto, se van los brasileños buscando una explicación, mientras los argentinos, han querido voltear la página. Ambas selecciones no tenían en agenda estos momentos de zozobra, pero al final terminaron siendo juzgados por una impropia definición. Acaso y les quede un tiempo para la reflexión por esta realidad y les sirva en algo, compartir sin desearlo siquiera, esta desilusionante pena máxima.

La Magia de tus sueños

Tuvo que ser en el mismo lugar, donde Perú escribió una página gloriosa para nuestra historia. El mismo estadio, donde Cubillas, Cueto, Velásquez, Oblitas y Quiroga, se hicieron célebres en el 78’ venciendo a Escocia, con un derroche de fútbol y contundente vistosidad, que nos llenó de un orgullo infinito, en una época brillante de nuestro fútbol. Ha tenido que ser el mismo lugar, adonde regresamos para volver a ser felices, donde vivimos la misma angustia de un penal en contra tempranero y el remonte de un partido, complicado, que nos llenó de un apasionamiento muy cercano al infarto y donde nuevamente la magia de Markarían, y este puñado de soldados vestidos de blanco y rojo, nos ha devuelto la misma ilusión de antaño, como una manera de hacerle un giño coqueto a la nostalgia.

Cuantas pelotas ha sacado “Superman” Fernández, saliendo a jugarse la vida. Cuantos duelos tuvo que ganar Rodríguez a Radamel Falcao -sin necesidad de hablar demasiado- anticipando impecablemente y otorgando en cada brinco, esa seguridad necesaria para contagiar a una defensa de pasado devaluado. Cuanta realidad resulto Revoredo, para creer que ya se hizo de un nombre propio. Cuantos kilómetros ha corrido Chiroque, para ser fundamental, casi en el ocaso de su carrera y cuán importante se hicieron Cruzado, Balbin y Lobatón para aguantar el embiste rival, haciéndose solidarios cuando el equipo debía ser prolijo y equiparar el orden, sin necesidad de colgarse del arco. Y cuan importantes y valiosos se hacen ese par de gigantes de alma y corazón que son Vargas y Guerrero. El “loco” y su jerarquía para ser líder, defendiendo y atacando con categoría. Poniéndose el equipo al hombro. Siendo un defensa de vocación ofensiva y un cañón en la pierna izquierda. Paolo, mas Guerrero que nunca aguantando en solitario y con coraje, sin importarle cuanto cartel tenga su cancerbero, soltando su talento goleador, que lo hacen ser el mejor delantero de esta copa, que duda cabe.

En estas instancias, donde los partidos se resuelven por un acierto, un error o la ecuación de ambos, hemos vivido un partido con la pelota en la garganta y la zozobra en el alma. Colombia, ha sido un rival demasiado duro y por ello, quizás se haga más meritoria la victoria. Porque si los cafeteros, culminaran todo lo que generan, estaríamos hablando de un finalista y no haciéndole el adiós en el aeropuerto. Se hizo un partido tácticamente inteligente, dejando los prejuicios defensivos y controlando eficazmente la zona medular colombiana. Cortando la sociedad, de Guarin, Sanchez y Falcao, cerrando las subidas de los laterales y llegando primeros al cruce, para recuperar las posiciones con orden, Había que dejar el alma, en cada jugada. Era un partido para brindarse entero, con mucho sacrificio y que costaría sangre, sudor y lágrimas.

Fueron 120 minutos demasiado largos, torturantes y apasionados. Desde el penal que erró Falcao, que pudo cambiar la historia, hasta ese remate de Guarin en el epílogo del tiempo reglamentario, que pudo paralizar nuestros corazones. Quizás fueron los 30 finales los que mejor se jugaron. Los que definieron el partido. El primer bombazo, fue de Lobatón, que la encontró mansita, coqueta y traviesamente se le escapó de las manos al portero Martinez. El “lobita” le pegó un fierrazo con alma, corazón y vida, que rompió el invicto colombiano y desató el llanto de alegría descontrolado en todos los peruanos. ¡Golazo!. El segundo, el definitivo, fue una jugada de Guerrero. Cimbreante, hábil y pendenciero, llegó al fondo enganchó con maña y se la dejó a Vargas. El “loco” le puso mucha pólvora y sacó un misil, que en su explosión, destruyó un país de ilusiones colombianas, pero encendió la luz de la reconciliación y la esperanza, con un golazo que unió un país sediento de alegrías.

Los triunfos no se valoran por cómo se consiguen, sino por la consecuencia que producen. Hoy este Perú, requiere ser de carácter conservador, ordenado, lejano de su identidad, porque reconoce sus carencias y potencia sus virtudes. Su realidad lo exige. No puede darse lujos ni excentricidades, debe ser efectivo en lo que le cuesta generar y ser metódico para administrar sus energías. Los peruanos necesitábamos, esta victoria sufrida, luchada y altamente conmovedora. Estar entre los cuatro grandes, nos brinda un retorno al grupo de los competitivos y dejar de ser los aborrecidos, los convidados, los olvidados. Dan ganas de soñar despiertos. Si algo valorable ha conseguido el “Mago” con nuestra selección, es el compromiso y después con resultados, alegrar a los 30 millones de peruanos, que hoy solo tienen un espacio para el agradecimiento eterno.


Dicen que la suerte no juega en el fútbol, aunque hace un tiempo atrás asumíamos que jugábamos como nunca pero perdíamos como siempre y le encarábamos nuestras desgracias a la escasa fortuna. Dicen que para triunfar, hace falta estar bien con Dios y tener un cachito de suerte. Cualquiera sea la disyuntiva, digamos que hoy ambas cosas nos están acompañando y son urgentemente necesarias. Después de soportar un partido para el infarto y haber sobrevivido para contarlo, aún con las lágrimas de alegría en los ojos, tengo que aceptar que Dios es peruano, vive en la Videna y se fue acompañando a la bicolor a la Copa América.


A veces es bueno perder

A veces es bueno perder. Cuando las circunstancias se te hacen adversas y la intimidad te regala un espacio para decidir entre la sensatez y la emoción. Cuando la realidad te da un cachetazo y te dice que debes pisar tierra y mirar tu futuro en forma de balón con inteligencia y reflexión. Pero duele perder. Siempre duele la derrota, sobre todo cuando se juega un clásico, como este contra Chile, que siempre adquiere dimensiones antagónicas y fuera del contexto futbolístico. Aunque siempre se quiera ponerle paños fríos al tema, en la previa, siempre la gente, el hincha de la tribuna, se lo toma como una forma beligerante de enfrentarlos y en ello a veces trasciende más el afiebrado recuerdo de Grau y Bolognesi, que el sentido mismo que tiene un partido de fútbol.

Con la clasificación en el bolsillo derecho, había un espacio para guardar en el izquierdo, una opción para plantear un equipo, mirando más allá del próximo partido de cuartos. Dejaba abierta la posibilidad para, sin dejar de abandonar el funcionamiento, darle un descanso a los experimentados y tirar a la cancha nombres, quizás sin cartel internacional, pero con muchas ganas de reflejar, el trabajo concienzudo que ha logrado calar en el convencimiento, que este nuevo equipo peruano, es una mezcla de hombres que han comprendido, que al margen de su trascendencia individual, deben respetar un estilo de juego. Una actitud diferente y un carácter para asumir sus carencias y descubrir sus talentos.

La marea roja inundó el estadio, como una avalancha de gritos que hacían ver a Chile mas local que en el propio Santiago. Los peruanos en la tribuna, eran minoría, pero su voz, se hacía notar. El partido se empezó a jugar en la grada. El hincha chileno, vino a ver a su estrella mimada, Alexis Sanchez, pero se llevó una ingrata sorpresa llamada Chiroque. El menudo atacante, tuvo a mal traer a una defensa sureña, que en teoría, es el bastión de este equipo que aparte de moderno es un prototipo del buen juego. Partido parejo, con aciertos y desaciertos en ambas áreas. Perú sin ser dúctil en el juego, apelaba a la entrega y el trabajo colectivo. Guevara, cuando más se hacía indispensable, se hizo intrascendente y Libman, atajaba, mas pensando en la mirada enojada que venía del banco. Pudo abrirse el marcador en cualquier arco, pero el gol del triunfo chileno, tuvo que llegar en ese fatídico minuto noventa, tan nefasto y tan conocido para nuestra mala fortuna. Por un instante, se nublaron las ideas, se pegaron los pies al piso, cuando más se requería, ser consecuentes con el predicar del técnico, para terminar como se empieza y mantener viva la concentración.

Markarián, siempre ha sido enaltecido por ser gestor de títulos y promotor de equipos ganadores. Pero también ha levantado voces que lo destronan del concepto triunfador, para enrostrarle sus métodos. Quizás sus dotes de estratega hayan sido cuestionadas, por un factor de conveniencias, pues ha resultado muy bueno para los ganadores y demasiado mezquino para los perdedores. El “Mago” es un tipo cuerdo, los años le han brindado cobijo a la sabiduría. Sabe ser amable y se hace respetado, pero también sabe en qué momento fruncir el ceño y enseñar los dientes. Alzó la voz y golpeó la mesa, para soltar algo que llevaba dentro, por tanto “rotulo” de entrenador defensivo y “ratonero”, como le decían en Chile. Aunque con ello se hizo ganador y de eso hizo alarde, su intención ha sido en el fondo, “blindar” a sus jugadores y distraer las miradas de la prensa. Quiso ser el protagonista de este pleito entre peruanos y chilenos, que lleva siglos de vigencia.

A veces es bueno perder. Para quedarse en la estación del optimismo y esperar el próximo tren de la oportunidad. A los peruanos, nos importan dos centavos, si Markarían, es un técnico “ratonero” y que juega según el equipo que enfrenta, porque carecemos de individualidades de jerarquía. Esto es lo que tiene el “mago” y con lo que debe afrontar lo que se viene, sin que tenga que presumir de ofensivo y no es oportuno darnos semejante privilegio. Esto es lo que somos, esto es lo que tenemos. Este es el esqueleto de un equipo peruano que toma cuerpo y se hace fuerte, cuando le inyectas la sangre de Vargas y Guerrero. Es la hora de pasar la hoja y superar el mal rato por la forma como se perdió el partido. Pero al final y de acuerdo a los resultados, de pronto haya sido un buen negocio A veces es bueno perder, para aprender y reflexionar. Pero siempre va a doler perder contra Chile, porque es nuestro clásico rival y los clásicos, no se juegan, se ganan.










El despertar del Messias

La barbita de tres días de Lio Messi, dejaba ver que había sido una semana difícil. El entrecejo reservado cuando sonaba el himno, hacía pensar que ni la calurosa ovación que recibió cuando arribó al estadio, pudieron borrar, esa molestia del hincha por las malas actuaciones del equipo albiceleste, que a él en particular, le habían herido en su nobleza y dejado una marcada huella con tinta indeleble en el alma. La tribuna le había cantado una alegoría a la reconciliación y él había levantado la mano, aceptando y perdonando, con esa sencillez tan suya y tan necesaria, en estas horas, en que la premura por reconquistar la confianza, era una cuestión de prioridad ineludible.

Acaso y que Costa Rica en su versión juvenil, sea el rival era lo de menos. Había que recuperar la memoria, para recordar que es un plantel de capacidades individualidades de primer nivel y que tienen al lado al mejor jugador del mundo. Y fue la oportunidad para que Messi, sea el Messi que conocemos, el que nos encandila, el que arranca cimbreante, desequilibrante, colocando plácidas asistencias de gol. El que juega y hace jugar. Tirando paredes y encontrando los cómplices que se animan a ser parte del toqueteo y los “caños” para el deleite de la gente que se entrega rendida. Y es que Messi se hace importante haciendo importante a los demás. Su grandeza pasa por hacer de los demás, súbditos abnegados de su nobleza.

Argentina pareciera que si no pudo hasta hoy, encontrar el juego, es porque no encontró el gol temprano. Pareciera que se sintió demasiado presionado y Batista, echo al verde a los nombres equivocados para generar fútbol y se dejó llevar por una retórica malformada, de inventarse un funcionamiento que no le hacía bien al equipo, pero principalmente a Messi. Porque no se puede cerrar los ojos y dejarse llevar por el resultado. Argentina con todas sus individualidades, juega al ritmo del astro del Barcelona y tiene una marcada dependencia. Cuando el Lio hace la diagonal arrastrando marcas, los demás sacan sus talentos, cuando el Lio hace la pausa, el equipo debe regresar el balón atrás, para que el genio descanse, tome aire y recupere el aliento, para volver a soltar la magia, de su botín izquierdo.

El primer bálsamo, llegó cuando los intentos no se cristalizaban en goles y la paciencia se debilitaba. Un latigazo de Gago que debió entrar limpio, la anida el Kun Aguero, en una arremetida que levantó el estadio. Al “Pipita” se le cerró el arco y para el complemento, vinieron los mejores momentos. Messi con todo su esplendor, la puso de todos los estilos y calibre, asistencias memorables para el Kun y Di María para hacer la diferencia en el marcador. También para Higuain y Lavezzi que fallaban sin compasión. Batista, se ha dado cuenta que jugar con tres volantes de marca y esperar que Messi despierte y resuelva todo, es una despiadada locura. Le hizo caso a la gente y metió a Pastore, quien sabe el que mejor entienda al Lio, pero injustamente postergado en el banco. Hay que esperar la hora cuando se enfrente ante un rival de fuste y la diferencia no se haga tan descarada y notoriamente visible, como contra esta Costa Rica, que no existió en la cancha y fue un humilde conejillo de indias, para alimentar la alegría de la tribuna.

Córdoba se vistió de fiesta para alentar a su albiceleste, que venía cargando una mochila pesada de incertidumbres y donde el buen juego, aún es una materia pendiente. Hoy los errores y todas las divergencias se vieron disimuladas, por esas ráfagas de brillantez de Messi, que han servido para levantar el ánimo y lavarse la cara. En el aire ha quedado un suspiro de tranquilidad y por ahora ha remendado las maldiciones. Messi ha despertado del letargo, pero ha dejado en la tribuna, un recado de vacilación y duda, por saber qué pasará, cuando se vaya de nuevo a dormir.