Santificada realidad

Dicen que un equipo de fútbol, juega de acuerdo al técnico que tiene y cada vez empiezo a creer más en ese concepto. Dicen que lo mejor que acumulan los viejos, es experiencia y en ese kilometraje de vivencias, la paciencia, más que un don divino, se convierte en una forma de ser y actuar. El “Maño” Ruiz, no necesita ser demasiado devoto de algún santo, para haber logrado consolidar a su equipo, en la solidez de lo que aporta cada integrante y en el buen ojo avizor de un capitán de barco, que se equivoca muy poco a la hora de ir de compras.

El duelo de los santos, era para que lo gane el que se haga más creyente de la confianza y la seguridad de su capacidad. El santo mexicano, vino a excomulgar a su oponente desde el vamos y tenía los hombres adecuados para lograrlo. El santo peruano, fiel patrono de la escoba, no salió a limpiar la vereda desde el inicio. Se quedó mirando por la ventana, como el fuereño se desgastaba tratando de entrar a su casa. Lo fue aguantando y sopesando su fiereza, con la sapiencia del banco, con esa inteligencia tan necesaria, justamente cuando el rival se hace más grande y parece que en cada garrotazo, puede irse todo al diablo.

Que importante es para un equipo tener un arquero tan seguro como Farro, que borra las groserías que suelen hacer sus defensas y que a veces pareciera que aparte de ser devoto de San Martín, juega con una virgencita en su portería. En el fútbol el demérito de los delanteros es una cuestión a veces de oportunidad y otras simplemente de capacidad individual. Cuán importante puede resultar un “Churrito” Hinostroza, que se mueve con la lentitud de una tortuga, pero que piensa tan velozmente como la liebre. Y que importante se hace para un equipo, tener a un buen estratega. Cuando se desgarra Arriola, la lógica decía que meta a Labarthe. Pero el “Maño”, viejo zorro, tuvo la sensatez emocional para aguantarlo y hacerlo en el momento oportuno. Leyó el partido y metió a Cuevita, para el desequilibrio y vaya que funcionó. Después se la jugó por el “Chino” para mover el andamiaje defensivo mexicano, junto al Argentino Marinelli, aún desconocido, pero que en el debut copero se hizo figura, por la buena zurda que posee. Un pase soberbio de gol y una definición arrogante y oportuna, que liquidó este lio de santos futboleros, justo cuando uno se hacía más beato que el otro.

San Luis, el santo fuereño, pudo haber abaratado el sudor y abrir temprano el marcador para irse al descanso, haciéndoles guiños bravucones a los fieles en la tribuna. Unas veces Farro, otras el infortunio para ellos y suerte para los nuestros, pero un partido abierto, con mucho vértigo y bastante adrenalina en los protagonistas. Un partido de copa, jugado con entrega y orgullo, pero sobre todo con demasiada inteligencia. Esos partidos en las que te la juegas, apuestas doble contra sencillo y existe el riesgo que en un solo segundo, el demonio, puede aparecer y llevarse la mas santificada de las ilusiones.

Y le hace mucho bien a nuestro fútbol, a nuestra realidad, volver a la senda del triunfo, mucho más si estamos en casa y por muy purificados que se vean nuestros rivales, debemos hacerlos sentir que son extraños. Pero lamentablemente, siempre nos queda esa inseguridad que nos hace desconfiados y quizás sea mejor hacerle caso al “Maño”, para no aferrar demasiado la fe a este momento y pasar la página. Mirar el horizonte con la seguridad que lo fuerte, lo realmente serio aún está por venir. Estos son solo peldaños duros, es verdad, pero cada triunfo, logra santificar nuestra alicaída esperanza de resurgir en el firmamento futbolero, aunque ello se haya vuelto una plegaria inconclusa, un rezo constante y rutinario.

Dicen que un equipo, es la imagen de su técnico y me voy convenciendo cada vez más, que es cierto. Será que este “Maño” se parece tanto a mi viejo, que se me hace tan fácil creerle y respetar su filosofía del fútbol. Será que sus años lo han hecho ser sabio para los momentos difíciles y aventurero para jugarse los partidos con la sapiencia de un santo celestial o echando mano a un cachito de vivacidad. A veces depende de la personalidad, a veces de la experiencia y otras tantas del azahar que se cuela en el trabajo de alguien que se sienta en el banco y debe conseguir ser un estratega, antes que un simple entrenador.

Santo, es el que viene en el nombre del fútbol, santificado triunfo y beatificado sea este presente, para una San Martin, que se ve sólido y efectivo, Dios no quiera que en los buenos deseos de los peruanos por hacer una buena copa, el diablo, ese personaje siniestro y vilipendiado, termine metiendo la cola o peor aún, termine metiéndose a la cancha.

Sentimiento negro

Digamos que la imprevisibilidad, es una constante del fútbol peruano. Cuantas veces hemos visto a un equipo peruano ser un día un león herido o un dechado de técnica exquisita, ante un rival con nombre de alcurnia y al siguiente día, sucumbir muy cortésmente ante el rival más modesto. Gitanería que le llaman. Cuántas veces hemos alimentado la esperanza, para querer superar lo inverosímil de nuestra realidad, a punta de ilusiones, para apostar por nuestra camiseta, a sabiendas que vamos en desventaja en una carrera con obstáculos y con los ojos vendados.

Lo de Alianza, estaba en la lógica, aunque a veces dudemos de su existencia. La clasificación se perdió en casa, como tantas veces Lima, como tantas veces Matute. El viaje a Chiapas, era una peregrinación de rodillas a la cruz del Señor de la misericordia. La pena y la aflicción, quizás se sienta más cuando se recuerde la noche del estreno. La noche en que la caldera era una oda a la ilusión y alegría. Los rostros morenos sintieron en esas dos puñaladas, que además del corazón les rompieron la intimidad y le rasgaron la confianza. Anoche, pudieron ser 3 o 5 que mas daba, el Juaguar jugó caminando, confiado y candoroso, a voluntad y haciendo del fútbol simple, una forma suficiente para doblegar al grone que solo apeló a no dejarse vapulear escandalosamente.

¿Qué diferencia hay con el arranque del año pasado?, es la interrogante que queda y la respuesta, quizás se encuentre en los hombres y nombres distintos, la coyuntura y hasta los amigos que se perdieron, por una nefasta organización, que parece copia fiel de lo que sucede en la FPF. Será quizás que ese voto de apoyo de la tienda aliancista, para el continuismo, tenga un tinte personal y no refleja el sentir de ese hincha de pecho carbón, que mantuvo su fe encendida hasta el final, pero que como tantas veces desairado, ha decidido voltear la página, darle la espalda al desencanto y procurarle un vuelco a la realidad, buscar el contento en su hábitat, limpiando la casa y empezando por el cuarto de servicio.

Da que pensar, que cada participación copera, es una experiencia muy cercana al sufrimiento. Será que cada vez que nos toca vestirnos de gala y pasar la frontera, la jerarquía, resulta algo muy grande que nos hace falta, algo que no aprendimos a tenerla desde pequeños y estemos muy grandes o viejos para recuperarla y nuestra historia futbolística -tan venida a menos- se sigue nutriendo de desengaños. Pareciera a veces, que cada estocada recibida, ya ni siquiera nos hace daño. Pareciera que nuestra sangre se ha hecho escasa y nuestras heridas, no cicatrizan nunca, porque nos hemos hecho inmunes al dolor.

Quien sabe y esto se haya convertido en una insana costumbre y nuestro problema, haya traspasado esa línea delgada que existe entre lo real y lo inmutable y no tenga nada que ver con la técnica o el estado físico y se haya convertido en un karma espiritual, que tenga tintes de conformismo, que ha blindado nuestro espíritu, para hacerlo inmune al fracaso continuo y la derrota calamitosa.

El problema sigue siendo de fondo y está ajeno a la eliminación de un equipo peruano, más aún que es reiterativo. Que no se admita la verdad y se califique de pesimistas a los que hablan claro, como si por decir cosas agradables al oído o glorificar la camiseta de un equipo, baste para esconder bajo la alfombra esa basurita, llamada incapacidad, que enarbolan los que manejan los destinos de nuestro fútbol y que intentan maquillar fácilmente con un golcito en el extranjero o con un buen fajo de billetes.

De corazón manso

Déjame que te cuente victoriano. Déjame que diga la gloria, aquella que evoca la memoria, del fútbol, la quimba, la sandunga y el salero. Aquellos recuerdos benditos de tantas horas de fútbol, de alegrías y tristezas enlutadas, que hoy resquebrajan tu pecho carbón, por una noche de copa, una noche loca, que nuevamente te deja parado en la tribuna, pidiéndole al cielo alguna explicación, por este nuevo desengaño. Una noche que pintaba tan íntima, tan tuya y que hacía explosionar la caldera de entusiasmo y que como tu propia ilusión, se fue perdiendo como arena entre tus dedos.

Déjame que te cuente, íntimo de corazón. Que la razón de esta amargura, no se encuentra en la gente bendita, el hincha fiel que llenó una vez más Matute. No está en sus jugadores que se entregan y se funden en el esfuerzo. Tampoco en ese afán de querer y no poder. De intentar y chocar con los argumentos de siempre, en la desilusión de siempre. La razón de esta tortura puede ser que se encuentre detrás del escritorio, allí donde se esconden esos farsantes de cuello y corbata. Esos que te hicieron creer que era suficiente con el “cebo de culebra” o la “magia del Cuy”, esos que te vendieron un equipo renovado y que al final te dieron más de lo mismo, pero a mayor precio.

Y permíteme hacer una interrogante. Como un emblema del fútbol peruano, se puede contentar –y acá Costitas es también responsable- repatriando a un Junior de Viza vencida, traerlo como “salvador” y estrella rutilante, apostar por un “Pato” añejo, insistir en un limitado como Villamarín o un desfasado De la Haza y traer un 9 como Pierone que su mayor fama es hacer las difíciles y fallar las claritas. Para ponerle cereza en la torta, darse el lujo de poner en el frezzer a un jugador seleccionable y valioso como Joel Sanchez. Acaso si el fútbol es un buen negocio, también tiene sus riesgos de inversión. Pero Alianza, merece tener por lo menos un 10 de categoría y un 9 de renombre. Lo demás es una farsa.

Jaguares, no es de los mejores que se haya tenido al frente, pero hizo la simple, a velocidad y mucha precisión, jugando con la desesperación del rival. Con un jugador distinto como Manso y un todoterreno como el “capo” Rodriguez. Alianza, con un rival adicional: La presión de su hinchada, de su gente, que apretujaba las ansias, glorificaba la esperanza de tener una noche de ritmo, color y sabor. Pero se fue aceptando que los de Chiapas, dominaron y fueron lejos, muy superiores en lo técnico, táctico y sobre todo en lo físico. Los grones recién están asentando las piernas, los mexicanos ya están en nivel de competencia. Cosas de organización y estructura en las cuales ni la FPF, ni los clubes, tienen una idea profesional al respecto.

Déjame que te cuente íntimo de corazón, que aunque te quede una flamita de esperanza, hay una espina que anoche se te ha quedado clavada en el corazón. Ese corazón que siempre te ayudó a remontar lo imposible, pero que ha quedado flagelado y magullado, que si alguna vez fue tan grande como la euforia de la caldera, anoche fue de palpitar manso y de pulso apacible.

Déjame que te diga victoriano, que para seguir soñando con la copa, más que un corazón de grandeza indomable, más que una actitud distinta o buenas intenciones, necesitas mejores argumentos y buenas razones para demostrar de que estás hecho. Aunque no está demás, una dosis de realidad, que también te hace mucha falta.

La Santa Paciencia y la Dignidad

Era una tarde linda para ir al estadio. Solcito tibio y un extraño presentimiento que nuestros sentimientos se iban a encender más de la cuenta. El Monumental lucia colmado de gente. Un marco especial para una definición del fútbol peruano. Al margen que en la cancha, se enfrentaran un equipo repatriado de Copa Perú, con jugadores que cargan la mochila de los años y un kilometraje honorable, que le permitió marcar diferencias en el medio local. Por el otro lado, un equipo sin hinchas, pero con una organización envidiable, una estructura sólida y ojo clínico para contratar. Los grandes del fútbol, léase Alianza, la U o Cristal, esta vez, les tocó, adormecer su cansancio, estirar las piernas en el sofá y prender la TV, para consolar sus desaventuras, lejos de la cancha y muy cerca de la resignación.

Un ambiente caldeado por el epílogo de Huánuco en la ida, dejaba fuera de la final al que de lejos, pelea para ser considerado el mejor jugador del torneo: Gustavo Rodas. Pero un fallo descabellado de una comisión de impresentables, le daba al argentino, una carta debajo de la mesa, para que pueda estar en el verde. Y la gente huanuqueña, asistió entusiasmada al estadio. Llevaron a sus hijos y sus esposas, su familia entera, listos todos para la fiesta. Su mejor jugador, estaría iluminando sus esperanzas, que en tierra ajena, los llevaría a festejar y llenar sus corazones de alegría. Había muchas razones para unirse en un puño y entonces, llenar la grada era la consigna.

Franco Navarro, fue mi ídolo desde aquella vez que con su chompa de colegio, llegaba al entrenamiento del Municipal y mientras nuestros ímpetus juveniles, soñaban con estar un día con la franja en el pecho, él a sus 16 años ya se fajaba con los mayores, de igual a igual. Llegó a ser un goleador fenomenal a punta de carácter y mucha calidad. Aquel golazo ante Chile en Santiago y el baile a Pasarella en el Nacional, fueron íconos para guardarle un cariño especial. La vez que Camino, lo partió delincuencialmente, lo sentí en el alma. Cada vez que podía lo saludaba, como un hincha más, pero en el fondo le guardaba una profunda admiración. Le puse su nombre, a mi hijo mayor, como mi mayor homenaje.

El “Maño” Ruiz, es un viejo campechano y un zorro viejo del fútbol. Con su pergamino mundialista, llegó a la San Martín pidiendo refuerzos, pero lo convencieron que trabaje con lo que había. El Barco, estaba alineado y solo bastaba la mano del capitán. Con un plantel rico y una infraestructura digna de cualquiera que se tilde de entidad deportiva, le bastó aceitar la máquina y mantener un estilo propio a su manera de ver el fútbol. El equipo santo, fue de lejos el mejor, por méritos propios, pero también por defectos de los demás.

Dicen que los equipos, juegan según el técnico que tienen. El León, hizo de la experiencia un valor agregado. Navarro le puso su carácter y los grandes su sapiencia. Con un Rodas bárbaro para el desequilibrio y arriba, el colombiano Perea, un jugador realmente extraordinario. Franco, encontró la mixtura exacta para hacerse fuerte en cualquier escenario. El “Maño” encontró en el “Churrito” Hinostroza, el eje principal. Es de andar pausado, pero veloz de pensamiento. Ha conseguido que Vitti, Alemano y Arriola, le den ese toque rioplatense, de velocidad, sorpresa y gol. Pero si hay algo que identifica a este San Martín, es esa serenidad, para jugar, correr y esperar el momento oportuno. Una especie de frialdad y sabiduría, al servicio del fútbol, hoy convertida en la Santa Paciencia.

Ayer Franco Navarro, hizo una demostración de hombría y dignidad. Convenció a su gente, que hay códigos que se juegan en el fútbol y deben cumplirse dentro de la cancha. Dejó en el banco a Rodas, para demostrar que la pelota no se mancha y lo que se hace mal fuera del verde, no debe influir para sacar ventaja, de manera vil y descarada. Se jugaba un campeonato, pero con ese gesto, ya había ganado el partido de la decencia.

Ayer estuve en el estadio y terminé con los sentimientos encontrados. Franco Navarro, hoy es más ídolo que nunca y mi admiración traspasa las fronteras de una cancha de fútbol. Ayer lo vi sentido, acongojado y quebrado por dentro, pero feliz, porque se fue del monumental con la cabeza en alto. Hizo un acto de dignidad y valentía, que no muchos, podrían tener los cojones de hacer. Y el “Maño” Ruiz, es un viejo querendón, tan amable y buena leche. Físicamente, se parece y me recuerda tanto a mi viejo, que cuando lo vi disfrutar del triunfo, no pude reprimirme en compartirlo y abrazarlo con cariño.

Ayer, fue una tarde donde por cosas del destino, Navarro se encontró con el “Maño” y dejó en claro que siempre se aprende de los grandes. Una tarde, en que ambos aprendieron una lección: Si queremos cambiar el fútbol, debemos cambiar todos. Una tarde en que no pude repartir con equilibrio mis sentimientos. Una tarde de fútbol, donde se encontraron la paciencia y la dignidad.

Una paliza por tanto Lio

Acaso y de fútbol nos alimentamos, los que lo vivimos con apasionamiento. Acaso de fútbol estamos hechos, los que sentimos el placer de oler la grama, sentir el rugir de la tribuna y estremecernos cada vez que abajo en el verde, hay un equipo que tiene como mejor virtud, ser auténtico, fiel al principio de la concepción del fútbol, poner el balón al piso y hacer de la astucia y el regate, una comunión con el gol, para convertirse en un arte maravilloso y una suerte de diversión y fiesta consumada.

Después de esta exhibición de futbol encandilador y contundente, uno se pone a pensar, quien más se anima a desafiar a este Barcelona, que ayer fue una orquesta, con músicos vestidos de etiqueta y que vapuleó a un Madrid, que atinó a sentirse como una simple banda de pueblito olvidado. Quien se atreve a retar a este equipo del toqueteo recalcitrante y provocador, que logra quebrar la paciencia y hace añicos la tolerancia. Quien levanta la mano y puede decir que no se puede ser defensivo, contundente y efectivo en ambas áreas, con el balón en los pies. Quien puede argumentar que un insurgente concepto resultadista es más placentero que una exhibición de fútbol, que llena los sentidos y alegra el corazón.

Fue un paseo y bailoteo descomunal. Una paliza alucinante y una diferencia desvergonzada que empezó con ese primer número de magia que ensayó Lio Messi. Acariciando el balón para que haga una parábola desquiciada, pegó en el madero de un Casillas, que ya olía su crucifixión. Allí hubiera sido para cerrar el estadio, pero era muy temprano. Lo que vino después, fue una lucha desigual, un Barza, dueño del balón y un Madrid que no era tan real, como pintaba. Un toma y daca, un tic tac seductor y despliegue descomunal. Messi, un genio, con el 10 en la espalda tirado atrás para sacar la defensa contraria y haciendo de titiritero, mágico y esplendoroso. Adelante un loco desatado, El “Guaje” Villa, un vagabundo del área, un desenfrenado cazador de balones, que si algo tiene de particular, es saber leer las jugadas y siempre quedar de cara al gol. Se vino el primero de Xavi –un equilibrista total- el doblete maravilloso de Villa, el de Pedrito y cerró Jeffren. Una avalancha de fútbol y goles. Un festín azulgrana, un equipazo que humilló a su cásico rival.

Mourinho hace el aguante a la impotencia, para decir que devorarse cinco goles no es para llorar y que debe jugar mañana mismo, para recuperarse. Experiencia tiene el portugués, de allí mismo salió con una mano atrás y otra adelante y al final se llevó la Champions. De este mismo Camp Nou se fue silbando bajito y después besó la gloria. Y es que el fútbol se vive de momentos, de oportunidades. No existe un equipo mejor que otro, sino diferente, dice con naturalidad el Pep Guardiola. En este partido, el Barza, fue un conjunto de individualidades, que funcionó como equipo. El Madrid, solo fue un grupo de nombres y egos disparejos, que nunca encontraron el balón, porque se lo escondió Messi y compañía. Solo atinaron a despojarse de sus vergüenzas y desfogar sus arrebatos a punta de patada limpia. A cambio recibieron una paliza, por tanto lio armado y por tanto que jugaron todos y lo que jugó Messi, al que solo le faltó el gol, para purificar tanta exquisitez junta.

Solo queda decir GRACIAS, por tanto y tan poco. Por lo mucho que alegra y por lo poco que dura. Para los resultadistas, puede que sea solo una anécdota y esperen al final de la liga. Pero para los que amamos el futbol de verdad, nos hincha el pecho de orgullo, nos hace sentir que se puede vivir y sentir el fútbol en su génesis y realidad. Esta vez el Barcelona del toqueteo hipnótico, pintó el cielo de azulgrana y puso la música. Yo no sé mañana, pero hoy, los amantes del fútbol, somos realmente felices y aunque podrán pasar muchas cosas, nadie nos quitará lo bailado.




Clásico a mano

Clásico es sinónimo de tradición, y el fútbol, está hecho de ritos y cultos tradicionales, que se descarnan en ese amor ardoroso e impulsivo, a veces maniático y perturbado a un color de camiseta. Pero un clásico, tiene también su lugar, en esa mixtura de sabor que puede encontrarse, en un combinado de arroz con leche y mazamorra morada. Hablar de clásico, en nuestro fútbol, es remontarse al encono y rivalidad de antaño, que nace un día sin saber cómo y se mantiene hasta hoy, enquistado en cada corazón de color merengue o un pecho carbón, de matiz blanquiazul.

Y le hace mucho bien a nuestro fútbol ver clásicos tan disputados como el de anoche. Porque se ha visto entrega, con ráfagas de buen fútbol y vibrante de principio a fin. Y es que Alianza y Universitario, pueden estar luchando la misma baja –en un ejemplo peyorativo- pero cada vez que se pongan al frente, quedarán atrás los puntajes y las estadísticas o lo valioso que se pueda estar jugando. Y es que un clásico se transpira y se respira desde adentro. Un clásico no se piensa, se siente. Y es que un crema y un blanquiazul, saben que un clásico no se juega, se gana.

El sueño de llegar a la Copa Libertadores, es el consuelo para los compadres, que lejos del deseo de levantar un título nacional, andan enfrascados en agarrar un cupo y más allá del honor, hay una razón muy valiosa como inevitable para ambos llamada dinero. En una coyuntura de deudas tributarias y malas inversiones –léase contrataciones- jugar un torneo internacional, es de necesidad vital ,es una tabla de salvación que se ha ido convirtiendo en una desesperada angustia. Alianza mantiene su ventaja de cinco puntos y es la valla que los cremas intentan saltar, aunque parezca -en el papel- que no tienen como, ni con que hacerlo.

Fueron los cremas -quizás por sus necesidades urgentes- los que sin importarles que estaban en casa ajena y en un baile sin tarjeta de invitación, los que salieron a danzar la primera pieza musical. Era un ritmo cadencioso, sandunguero y salsero, pero que los morenos parecían tímidos para afrontar en público. Era el minuto 32 y la tribuna aliancista enmudece, por obra y gracia de Miguel Angel Torres, justo cuando Alianza hacía presentir que el gol, era una cuestión de paciencia. La U, había dado el campanazo, con mucha fibra y garra. El partido cobra intensidad, en la medida que Alianza y sus nuevos “potrillos” empezaron a meterse más al partido y hacerse serios en la cancha. Antes del descanso Cristopher Soto, en fulgurante aparición, recoge el rebote de Fernandez(otra vez), pone la paridad y todos a sentarse nuevamente.

El complemento, fue un ida y vuelta constante, con torbellinos momentos de brusquedad, pierna fuerte, pero también buen fútbol. El “Chemo” apostó por asegurar el medio y hacer del contragolpe el arma letal. Costas, fiel a su estilo, con el desdoblamiento por las bandas y apelando a la velocidad de sus hombres. Pero los clásicos tienen esa pizca de ironía, que siempre juega con los sentimientos ajenos. Cuando era parejo el partido y el gol tocaba la puerta de ambos arcos, el infortunio le toca el hombro a Villamarin y en una jugada confusa, le da la ventaja a la U, que empezó a crecer en fútbol y en anhelos. La porfía blanquiazul, siempre encontraba bien parados a Galván y compañía. Pero un partido tan parejo, no podía nombrar un ganador todavía. La caldera se impacientaba y la luz se hizo en el banco.

Adré Carrillo, es un chico que desde su aparición, deslumbró por su velocidad de saeta y su dribling endiablado. Los hinchas aliancistas, ya lo encumbraron como un nuevo salvador, quizás para borrar ese presente oscuro de Manco y Farfán. Uno lo escucha decir que a él, no le va a pasar lo mismo y que su mejor consejero es Waldir Saenz ¿? y es como para sonreír con desconfianza. Si algo caracteriza a Alianza, es en sacar buenos peloteros, pero con escasa formación personal y es hartamente conocido, ese clan de “referentes” que ya bautizaron a este “Potrillo”. Ojalá, por el bien de nuestro fútbol, pueda consolidarse y no ser uno más de los que se vistieron de blanquiazul y se quedaron en promesas. Anoche entró, con pocos minutos por delante y desequilibró. Era un fantasma que le jugaba la espalda estudiantil y generó peligro en el contragolpe. La igualdad llegó luego de frustrados remates, le quedó servida a Fleitas para fusilar a Fernandez, que salió sin convicción, un mal que se va haciendo costumbre.

Pudo jugar mejor Alianza, pero la U le tomo bien el pulso, sin pasarse de revoluciones, fue equilibrado, mas no contundente. Pudo haberse llevado los tres puntos la U, pero Alianza le puso alegría a su juego. Pudo ganar la U, como lo pudo hacer Alianza. Al final, en un partido vibrante, en un clásico a pulso, en mano a mano, con mucha palpitación, salió ganando el hincha crema y el blanquiazul. Salió ganando el fútbol.

No piero ganarte compadre

Era un sábado distinto, una tarde de clásico, pero también un día donde el fútbol y la fiesta, se guardaban en un bolsillo y en el otro se hacía un ovillo la angustia con la desconfianza. Esta vez era diferente, porque se disputaban puntos valiosos, pero se jugaría pensando en el santo, con el temor de quemar cartuchos y quedarse desarmados. Por un lado estaba la obligación por ganar y por el otro, el conflicto emocional que resulta, saltar a la cancha, presionados, con la adrenalina propia de lo que significan estos partidos, pero con un aire susceptible y mediático, que hacía este clásico diferente a los otros. Había que ganarle al eterno rival, como sea, no había de otra, desde el camarín, la ansiedad, ya tenía el cintillo de capitán.

Dos tiempos, uno para cada uno. Un partido donde esta U, que ya no apuesta a defenderse a ultranza y que más bien, recarga las bandas y verticaliza el juego, reordenando su medio campo, le pudo poner color crema al clásico. Pero en cada ataque siempre quedaba un signo de interrogación. Un Alianza que necesitado de puntos, apuraba sus limitaciones de cara al gol, con chispazos de fútbol, pero intrascendentes para con el objetivo. Costas es vivo y escondió sus figuritas, para hacer su equipo más liviano pero dúctil. El “Chemo”, en cambio, ya sabemos que juega con lo que tiene, no es mezquino como Reynoso, pero tampoco es osado para arriesgar. Era su casa, su gente, pero parecía por momentos que no quería ganar. Alianza con lo poco que hizo, tranquilamente pudo salir silbando bajito y una sonrisa socarrona, con sus tres puntos tan necesitados, en el maletín de la conveniencia.

El fútbol, te da alegrías y tristezas, también te da revanchas, pero a veces, es un verdugo que te hace pasar de héroe a villano, en lo que dura un aplauso y convierte la idolatría en injuria, en lo que tarda en desinflarse el globo de las ilusiones. Piero Alva, debe ser el jugador-hincha más amado, pero también vilipendiado por la gente crema. Vive peleado con la tribuna, pero ha podido enrostrarle tardes gloriosas que lo tienen en una vitrina, donde pueden mirarlo, pero no pueden tocarlo y menos prenderle alguna vela. Autor de ese golazo de Playstation del Play Off del 2009, fue genio y figura de ese equipo campeón. Ayer esa misma gente que desgañitó la garganta, le gritó –y bien feo- que su actuación ni siquiera paso los 4 puntos.

Minuto 56, un penal dudoso para la U. Piero se para frente al balón. Aunque los códigos del fútbol dicen que un jugador que está jugando mal, no es el más indicado para patear un penal tan trascendente. No es una ley que se cumpla, pero por lo menos ante tanta presión, se necesitaba alguien de experiencia, alguien que tenga los genitales bien apretados. Libman había sacado un par de mérito. Estaba ofuscado, se ganó la amarilla por reclamar y su rostro era de pocos amigos. Piero cerró los ojos y dejó que ese mismo pie que hizo delirar a su gente en Matute en el 2009, le pegara a un balón que fue a darse con la pierna del golero y marró un gol que, esta vez no era de campeonato, pero sí de mucha esperanza. Libman salió del monumental como el héroe, pero la satisfacción para ambos, tuvo un resultado de color gris decepcionante.

Al final los compadres se fueron como vinieron, abrazados, saludándose fraternalmente, con el sudor y la fatiga que recorría sus emociones, pero con un frustrante gesto que expresaba que había sido en vano, más aún que en la noche, los santos alargaban la ventaja y lograban que la rabia se haga más sentida y penetrante. Cremas y blanquiazules, jugaron a querer obtener un resultado sin arriesgar, cuidando la puerta y se quedaron apretando los puños de impotencia. La gente crema, se fue del Monumental arrebatada. La blanquiazul, se desquitó con la violencia de algunos vándalos. En los camarines, se quedaron un héroe y un villano, que fueron los artífices y culpables de que este clásico no tenga ganador, pero si dos compadres derrotados.