La Santa Paciencia y la Dignidad

Era una tarde linda para ir al estadio. Solcito tibio y un extraño presentimiento que nuestros sentimientos se iban a encender más de la cuenta. El Monumental lucia colmado de gente. Un marco especial para una definición del fútbol peruano. Al margen que en la cancha, se enfrentaran un equipo repatriado de Copa Perú, con jugadores que cargan la mochila de los años y un kilometraje honorable, que le permitió marcar diferencias en el medio local. Por el otro lado, un equipo sin hinchas, pero con una organización envidiable, una estructura sólida y ojo clínico para contratar. Los grandes del fútbol, léase Alianza, la U o Cristal, esta vez, les tocó, adormecer su cansancio, estirar las piernas en el sofá y prender la TV, para consolar sus desaventuras, lejos de la cancha y muy cerca de la resignación.

Un ambiente caldeado por el epílogo de Huánuco en la ida, dejaba fuera de la final al que de lejos, pelea para ser considerado el mejor jugador del torneo: Gustavo Rodas. Pero un fallo descabellado de una comisión de impresentables, le daba al argentino, una carta debajo de la mesa, para que pueda estar en el verde. Y la gente huanuqueña, asistió entusiasmada al estadio. Llevaron a sus hijos y sus esposas, su familia entera, listos todos para la fiesta. Su mejor jugador, estaría iluminando sus esperanzas, que en tierra ajena, los llevaría a festejar y llenar sus corazones de alegría. Había muchas razones para unirse en un puño y entonces, llenar la grada era la consigna.

Franco Navarro, fue mi ídolo desde aquella vez que con su chompa de colegio, llegaba al entrenamiento del Municipal y mientras nuestros ímpetus juveniles, soñaban con estar un día con la franja en el pecho, él a sus 16 años ya se fajaba con los mayores, de igual a igual. Llegó a ser un goleador fenomenal a punta de carácter y mucha calidad. Aquel golazo ante Chile en Santiago y el baile a Pasarella en el Nacional, fueron íconos para guardarle un cariño especial. La vez que Camino, lo partió delincuencialmente, lo sentí en el alma. Cada vez que podía lo saludaba, como un hincha más, pero en el fondo le guardaba una profunda admiración. Le puse su nombre, a mi hijo mayor, como mi mayor homenaje.

El “Maño” Ruiz, es un viejo campechano y un zorro viejo del fútbol. Con su pergamino mundialista, llegó a la San Martín pidiendo refuerzos, pero lo convencieron que trabaje con lo que había. El Barco, estaba alineado y solo bastaba la mano del capitán. Con un plantel rico y una infraestructura digna de cualquiera que se tilde de entidad deportiva, le bastó aceitar la máquina y mantener un estilo propio a su manera de ver el fútbol. El equipo santo, fue de lejos el mejor, por méritos propios, pero también por defectos de los demás.

Dicen que los equipos, juegan según el técnico que tienen. El León, hizo de la experiencia un valor agregado. Navarro le puso su carácter y los grandes su sapiencia. Con un Rodas bárbaro para el desequilibrio y arriba, el colombiano Perea, un jugador realmente extraordinario. Franco, encontró la mixtura exacta para hacerse fuerte en cualquier escenario. El “Maño” encontró en el “Churrito” Hinostroza, el eje principal. Es de andar pausado, pero veloz de pensamiento. Ha conseguido que Vitti, Alemano y Arriola, le den ese toque rioplatense, de velocidad, sorpresa y gol. Pero si hay algo que identifica a este San Martín, es esa serenidad, para jugar, correr y esperar el momento oportuno. Una especie de frialdad y sabiduría, al servicio del fútbol, hoy convertida en la Santa Paciencia.

Ayer Franco Navarro, hizo una demostración de hombría y dignidad. Convenció a su gente, que hay códigos que se juegan en el fútbol y deben cumplirse dentro de la cancha. Dejó en el banco a Rodas, para demostrar que la pelota no se mancha y lo que se hace mal fuera del verde, no debe influir para sacar ventaja, de manera vil y descarada. Se jugaba un campeonato, pero con ese gesto, ya había ganado el partido de la decencia.

Ayer estuve en el estadio y terminé con los sentimientos encontrados. Franco Navarro, hoy es más ídolo que nunca y mi admiración traspasa las fronteras de una cancha de fútbol. Ayer lo vi sentido, acongojado y quebrado por dentro, pero feliz, porque se fue del monumental con la cabeza en alto. Hizo un acto de dignidad y valentía, que no muchos, podrían tener los cojones de hacer. Y el “Maño” Ruiz, es un viejo querendón, tan amable y buena leche. Físicamente, se parece y me recuerda tanto a mi viejo, que cuando lo vi disfrutar del triunfo, no pude reprimirme en compartirlo y abrazarlo con cariño.

Ayer, fue una tarde donde por cosas del destino, Navarro se encontró con el “Maño” y dejó en claro que siempre se aprende de los grandes. Una tarde, en que ambos aprendieron una lección: Si queremos cambiar el fútbol, debemos cambiar todos. Una tarde en que no pude repartir con equilibrio mis sentimientos. Una tarde de fútbol, donde se encontraron la paciencia y la dignidad.

Una paliza por tanto Lio

Acaso y de fútbol nos alimentamos, los que lo vivimos con apasionamiento. Acaso de fútbol estamos hechos, los que sentimos el placer de oler la grama, sentir el rugir de la tribuna y estremecernos cada vez que abajo en el verde, hay un equipo que tiene como mejor virtud, ser auténtico, fiel al principio de la concepción del fútbol, poner el balón al piso y hacer de la astucia y el regate, una comunión con el gol, para convertirse en un arte maravilloso y una suerte de diversión y fiesta consumada.

Después de esta exhibición de futbol encandilador y contundente, uno se pone a pensar, quien más se anima a desafiar a este Barcelona, que ayer fue una orquesta, con músicos vestidos de etiqueta y que vapuleó a un Madrid, que atinó a sentirse como una simple banda de pueblito olvidado. Quien se atreve a retar a este equipo del toqueteo recalcitrante y provocador, que logra quebrar la paciencia y hace añicos la tolerancia. Quien levanta la mano y puede decir que no se puede ser defensivo, contundente y efectivo en ambas áreas, con el balón en los pies. Quien puede argumentar que un insurgente concepto resultadista es más placentero que una exhibición de fútbol, que llena los sentidos y alegra el corazón.

Fue un paseo y bailoteo descomunal. Una paliza alucinante y una diferencia desvergonzada que empezó con ese primer número de magia que ensayó Lio Messi. Acariciando el balón para que haga una parábola desquiciada, pegó en el madero de un Casillas, que ya olía su crucifixión. Allí hubiera sido para cerrar el estadio, pero era muy temprano. Lo que vino después, fue una lucha desigual, un Barza, dueño del balón y un Madrid que no era tan real, como pintaba. Un toma y daca, un tic tac seductor y despliegue descomunal. Messi, un genio, con el 10 en la espalda tirado atrás para sacar la defensa contraria y haciendo de titiritero, mágico y esplendoroso. Adelante un loco desatado, El “Guaje” Villa, un vagabundo del área, un desenfrenado cazador de balones, que si algo tiene de particular, es saber leer las jugadas y siempre quedar de cara al gol. Se vino el primero de Xavi –un equilibrista total- el doblete maravilloso de Villa, el de Pedrito y cerró Jeffren. Una avalancha de fútbol y goles. Un festín azulgrana, un equipazo que humilló a su cásico rival.

Mourinho hace el aguante a la impotencia, para decir que devorarse cinco goles no es para llorar y que debe jugar mañana mismo, para recuperarse. Experiencia tiene el portugués, de allí mismo salió con una mano atrás y otra adelante y al final se llevó la Champions. De este mismo Camp Nou se fue silbando bajito y después besó la gloria. Y es que el fútbol se vive de momentos, de oportunidades. No existe un equipo mejor que otro, sino diferente, dice con naturalidad el Pep Guardiola. En este partido, el Barza, fue un conjunto de individualidades, que funcionó como equipo. El Madrid, solo fue un grupo de nombres y egos disparejos, que nunca encontraron el balón, porque se lo escondió Messi y compañía. Solo atinaron a despojarse de sus vergüenzas y desfogar sus arrebatos a punta de patada limpia. A cambio recibieron una paliza, por tanto lio armado y por tanto que jugaron todos y lo que jugó Messi, al que solo le faltó el gol, para purificar tanta exquisitez junta.

Solo queda decir GRACIAS, por tanto y tan poco. Por lo mucho que alegra y por lo poco que dura. Para los resultadistas, puede que sea solo una anécdota y esperen al final de la liga. Pero para los que amamos el futbol de verdad, nos hincha el pecho de orgullo, nos hace sentir que se puede vivir y sentir el fútbol en su génesis y realidad. Esta vez el Barcelona del toqueteo hipnótico, pintó el cielo de azulgrana y puso la música. Yo no sé mañana, pero hoy, los amantes del fútbol, somos realmente felices y aunque podrán pasar muchas cosas, nadie nos quitará lo bailado.




Clásico a mano

Clásico es sinónimo de tradición, y el fútbol, está hecho de ritos y cultos tradicionales, que se descarnan en ese amor ardoroso e impulsivo, a veces maniático y perturbado a un color de camiseta. Pero un clásico, tiene también su lugar, en esa mixtura de sabor que puede encontrarse, en un combinado de arroz con leche y mazamorra morada. Hablar de clásico, en nuestro fútbol, es remontarse al encono y rivalidad de antaño, que nace un día sin saber cómo y se mantiene hasta hoy, enquistado en cada corazón de color merengue o un pecho carbón, de matiz blanquiazul.

Y le hace mucho bien a nuestro fútbol ver clásicos tan disputados como el de anoche. Porque se ha visto entrega, con ráfagas de buen fútbol y vibrante de principio a fin. Y es que Alianza y Universitario, pueden estar luchando la misma baja –en un ejemplo peyorativo- pero cada vez que se pongan al frente, quedarán atrás los puntajes y las estadísticas o lo valioso que se pueda estar jugando. Y es que un clásico se transpira y se respira desde adentro. Un clásico no se piensa, se siente. Y es que un crema y un blanquiazul, saben que un clásico no se juega, se gana.

El sueño de llegar a la Copa Libertadores, es el consuelo para los compadres, que lejos del deseo de levantar un título nacional, andan enfrascados en agarrar un cupo y más allá del honor, hay una razón muy valiosa como inevitable para ambos llamada dinero. En una coyuntura de deudas tributarias y malas inversiones –léase contrataciones- jugar un torneo internacional, es de necesidad vital ,es una tabla de salvación que se ha ido convirtiendo en una desesperada angustia. Alianza mantiene su ventaja de cinco puntos y es la valla que los cremas intentan saltar, aunque parezca -en el papel- que no tienen como, ni con que hacerlo.

Fueron los cremas -quizás por sus necesidades urgentes- los que sin importarles que estaban en casa ajena y en un baile sin tarjeta de invitación, los que salieron a danzar la primera pieza musical. Era un ritmo cadencioso, sandunguero y salsero, pero que los morenos parecían tímidos para afrontar en público. Era el minuto 32 y la tribuna aliancista enmudece, por obra y gracia de Miguel Angel Torres, justo cuando Alianza hacía presentir que el gol, era una cuestión de paciencia. La U, había dado el campanazo, con mucha fibra y garra. El partido cobra intensidad, en la medida que Alianza y sus nuevos “potrillos” empezaron a meterse más al partido y hacerse serios en la cancha. Antes del descanso Cristopher Soto, en fulgurante aparición, recoge el rebote de Fernandez(otra vez), pone la paridad y todos a sentarse nuevamente.

El complemento, fue un ida y vuelta constante, con torbellinos momentos de brusquedad, pierna fuerte, pero también buen fútbol. El “Chemo” apostó por asegurar el medio y hacer del contragolpe el arma letal. Costas, fiel a su estilo, con el desdoblamiento por las bandas y apelando a la velocidad de sus hombres. Pero los clásicos tienen esa pizca de ironía, que siempre juega con los sentimientos ajenos. Cuando era parejo el partido y el gol tocaba la puerta de ambos arcos, el infortunio le toca el hombro a Villamarin y en una jugada confusa, le da la ventaja a la U, que empezó a crecer en fútbol y en anhelos. La porfía blanquiazul, siempre encontraba bien parados a Galván y compañía. Pero un partido tan parejo, no podía nombrar un ganador todavía. La caldera se impacientaba y la luz se hizo en el banco.

Adré Carrillo, es un chico que desde su aparición, deslumbró por su velocidad de saeta y su dribling endiablado. Los hinchas aliancistas, ya lo encumbraron como un nuevo salvador, quizás para borrar ese presente oscuro de Manco y Farfán. Uno lo escucha decir que a él, no le va a pasar lo mismo y que su mejor consejero es Waldir Saenz ¿? y es como para sonreír con desconfianza. Si algo caracteriza a Alianza, es en sacar buenos peloteros, pero con escasa formación personal y es hartamente conocido, ese clan de “referentes” que ya bautizaron a este “Potrillo”. Ojalá, por el bien de nuestro fútbol, pueda consolidarse y no ser uno más de los que se vistieron de blanquiazul y se quedaron en promesas. Anoche entró, con pocos minutos por delante y desequilibró. Era un fantasma que le jugaba la espalda estudiantil y generó peligro en el contragolpe. La igualdad llegó luego de frustrados remates, le quedó servida a Fleitas para fusilar a Fernandez, que salió sin convicción, un mal que se va haciendo costumbre.

Pudo jugar mejor Alianza, pero la U le tomo bien el pulso, sin pasarse de revoluciones, fue equilibrado, mas no contundente. Pudo haberse llevado los tres puntos la U, pero Alianza le puso alegría a su juego. Pudo ganar la U, como lo pudo hacer Alianza. Al final, en un partido vibrante, en un clásico a pulso, en mano a mano, con mucha palpitación, salió ganando el hincha crema y el blanquiazul. Salió ganando el fútbol.

No piero ganarte compadre

Era un sábado distinto, una tarde de clásico, pero también un día donde el fútbol y la fiesta, se guardaban en un bolsillo y en el otro se hacía un ovillo la angustia con la desconfianza. Esta vez era diferente, porque se disputaban puntos valiosos, pero se jugaría pensando en el santo, con el temor de quemar cartuchos y quedarse desarmados. Por un lado estaba la obligación por ganar y por el otro, el conflicto emocional que resulta, saltar a la cancha, presionados, con la adrenalina propia de lo que significan estos partidos, pero con un aire susceptible y mediático, que hacía este clásico diferente a los otros. Había que ganarle al eterno rival, como sea, no había de otra, desde el camarín, la ansiedad, ya tenía el cintillo de capitán.

Dos tiempos, uno para cada uno. Un partido donde esta U, que ya no apuesta a defenderse a ultranza y que más bien, recarga las bandas y verticaliza el juego, reordenando su medio campo, le pudo poner color crema al clásico. Pero en cada ataque siempre quedaba un signo de interrogación. Un Alianza que necesitado de puntos, apuraba sus limitaciones de cara al gol, con chispazos de fútbol, pero intrascendentes para con el objetivo. Costas es vivo y escondió sus figuritas, para hacer su equipo más liviano pero dúctil. El “Chemo”, en cambio, ya sabemos que juega con lo que tiene, no es mezquino como Reynoso, pero tampoco es osado para arriesgar. Era su casa, su gente, pero parecía por momentos que no quería ganar. Alianza con lo poco que hizo, tranquilamente pudo salir silbando bajito y una sonrisa socarrona, con sus tres puntos tan necesitados, en el maletín de la conveniencia.

El fútbol, te da alegrías y tristezas, también te da revanchas, pero a veces, es un verdugo que te hace pasar de héroe a villano, en lo que dura un aplauso y convierte la idolatría en injuria, en lo que tarda en desinflarse el globo de las ilusiones. Piero Alva, debe ser el jugador-hincha más amado, pero también vilipendiado por la gente crema. Vive peleado con la tribuna, pero ha podido enrostrarle tardes gloriosas que lo tienen en una vitrina, donde pueden mirarlo, pero no pueden tocarlo y menos prenderle alguna vela. Autor de ese golazo de Playstation del Play Off del 2009, fue genio y figura de ese equipo campeón. Ayer esa misma gente que desgañitó la garganta, le gritó –y bien feo- que su actuación ni siquiera paso los 4 puntos.

Minuto 56, un penal dudoso para la U. Piero se para frente al balón. Aunque los códigos del fútbol dicen que un jugador que está jugando mal, no es el más indicado para patear un penal tan trascendente. No es una ley que se cumpla, pero por lo menos ante tanta presión, se necesitaba alguien de experiencia, alguien que tenga los genitales bien apretados. Libman había sacado un par de mérito. Estaba ofuscado, se ganó la amarilla por reclamar y su rostro era de pocos amigos. Piero cerró los ojos y dejó que ese mismo pie que hizo delirar a su gente en Matute en el 2009, le pegara a un balón que fue a darse con la pierna del golero y marró un gol que, esta vez no era de campeonato, pero sí de mucha esperanza. Libman salió del monumental como el héroe, pero la satisfacción para ambos, tuvo un resultado de color gris decepcionante.

Al final los compadres se fueron como vinieron, abrazados, saludándose fraternalmente, con el sudor y la fatiga que recorría sus emociones, pero con un frustrante gesto que expresaba que había sido en vano, más aún que en la noche, los santos alargaban la ventaja y lograban que la rabia se haga más sentida y penetrante. Cremas y blanquiazules, jugaron a querer obtener un resultado sin arriesgar, cuidando la puerta y se quedaron apretando los puños de impotencia. La gente crema, se fue del Monumental arrebatada. La blanquiazul, se desquitó con la violencia de algunos vándalos. En los camarines, se quedaron un héroe y un villano, que fueron los artífices y culpables de que este clásico no tenga ganador, pero si dos compadres derrotados.

Una copa con furia y belleza

El balón ha cruzado la defensa española, que ha quedado desairada y como una centella Arjen Robben, cabalga camino a la gloria, con el balón pegado a su zurda. Es la hora final, el mano a mano entre el verdugo y la víctima. El holandés llega al instante supremo de la decisión final y asesta el disparo fatal. Iker Casillas ha salido mirándolo a los ojos, echa el cuerpo a un lado y usa su botín para besar el balón y decirle que aún no es la hora de morir. Robben, tiene rostro de angustia. Casillas, le ha hecho un guiño a la posteridad.

Dicen que los partidos de final en un mundial, lejos de jugarlos bien, hay que ganarlos a cualquier precio. El equipo encantador, puede vestirse de aguerrido luchador y el menos vistoso, en feroz gladiador. Todo es válido, porque ganar un mundial, equivale a quedar vivo y glorificado, pero perder, es una suerte de agonía, lenta y descarnada, mirando como tu rival eleva las manos al cielo para bañarse de felicidad. Y es que en un mundial, nadie se acordará del valor o la entrega del vencido, solo habrá ojos y atención para quien al final, levante orgulloso la copa.

Este era un duelo especial. Dos estilos diferentes de encarar la red. Dos reinos similares, pero muy distintos para hacer del fútbol una forma de identidad. Holanda no necesita jugar bien para hacer daño, es de esos equipos que hace lo natural en impredecible. Puede agazaparse o parecer extraviado, pero golpea y bien. Su pegada puede ser mortal si te agarra mal parado. España, es lo opuesto. Hace de la paciencia una virtud y el toque exagerado, una forma de adormecer al rival, es más pulcro para tratar el balón y tiene el virtuosismo de sus hombres como una marca registrada.

En la tribuna estaba Cryff, con un conflicto de sentimientos en el corazón. En el pecho tenia la bandera de Holanda, pero en sus ojos, guardaba una mirada a la nostalgia. Esta Holanda no juega como él percibe el fútbol y como jugaba en el 74’y del cual fue influyente predicador. En sus recuerdos asomaban mas, aquel Barcelona de los 90’, del cual fue técnico, imponiendo un estilo para controlar la furia y brindarle más cariño al balón. De alguna manera, su ideología se asemejaba más a esta España, del toque fino y elegante, que el de su propio país, al cual criticó duramente. Y es que estos Villa, Iniesta o Xavi, han crecido con un poster de Romario, Laudrup o Guardiola en la puerta de sus cuartos y han querido emular sus hazañas. Cruyff, no dejaba de ser holandés, pero desde sus adentros, deseaba que gane España, porque de alguna manera, era el fútbol, “su fútbol”, el que representó, el que le gusta y del cual se siente su precursor.

Y fue un partido, que España pudo haberlo liquidado en los primeros 10’, cuando desató el vendaval. Pero si algo tiene esta Holanda, es ese poder de recuperación, sin perder la calma. Una frialdad para ir tejiendo soluciones, mientras las balas le pasan silbando la orejas. Sabe defender y esa seguridad lo hace sentirse presumido, por momentos autómata, se sabe fuerte y busca que el rival se fastidie o falle, para descargar el puñetazo letal. Fue sacando a España de su campo, para invitarlo a que abra la puerta y dejar que Robben, se escurra entre los errores y sea la punta envenenada de color naranja. Sufrió España, y bastante con una Holanda que, lejos de aquellas finalistas del 74 y del 78, pegó de lo lindo. Quiso mostrar que la vida se la jugaba en cada dividida, pero se le pasó la mano. El inglés Webb, fue muy permisivo como en aquella patada terrible de De Jong a Xabi Alonso en el primer tiempo. Era roja directa y dos días de cárcel. En el suplementario expulso a Heitinga, porque ya se había cansado de pegar tanto. El equipo naranja, primero quiso mostrar los dientes y después jugar.

Pero más allá de de los golpes, la Furia pasó momentos de zozobra. Porque Robben, se perdió dos mano a mano que tapó Casillas. Y también tuvo un cabezazo más tarde. España llegó más y le falló la puntería además de encontrarse con un arquero iluminado. Pero cuando el suplementario ya avisaba, que los penales nuevamente decidirían la suerte del campeón. Apareció Iniesta, el que sabe, el que maneja los hilos y es el socio perfecto de Xavi. Una jugada gestada desde un taco elegante y cuando quedó a merced de la consumación, definió cruzada, con la cabeza rapada de temores, con la displicencia de un verdugo implacable, con la frialdad de un campeón mundial. Si Xavi es un portento de jugador, Iniesta es un capo.

Iker Casillas, tiene el rostro de gloria triunfal y accede a la entrevista de la bonita Sara Carbonero, periodista española que es su novia en la vida real. Nerviosamente le hace la pregunta al capitán español. Hace unos minutos acaba de besar la copa FIFA, como campeón mundial y luego de agradecer a su familia, se quiebra, con los ojos llenitos de emoción y tiene el arrebato de besarla, con arrojo y valentía ante los ojos del mundo. Igual como cuando le puso el botín y después toda su humanidad, para matar las ilusiones holandesas en los pies de Arjen Robben.

“La Furia y la belleza son posibles juntas. Lo uno no quita a la otro", asentaba Del Bosque, como para que este nuevo estilo, en realidad de los últimos años, no opaque la mística española de toda la vida. Y demostrar que si pueden convivir, la doctrina de mirar siempre el arco contrario, pero sin descuidarse en defensa. Siendo coherentes para asumir riesgos y hacer de la tenencia del balón una pulcra y sacrosanta manera de hacer daño. Si ganaba Holanda, esta Holanda de juego fuerte y talentos como Sneijder y Robben, de seguro iba a haber escándalo. Pero ganó España. Y así, de esta manera, como para que no se tengan dudas, ganó el fútbol.



Uruguay, gracias totales

Jugar por el tercer lugar en un mundial, puede que tenga la necesidad de cumplirlo, pero la motivación es distinta. Los ánimos son ajenos a la euforia o tensión que se guarda para la final. Alemania, al perder con España su posibilidad de alzar la copa, dejó un aroma a decepción que alcanzó a algunos de sus emblemáticos jugadores. Lahm hablaba que no tenía ganas y Schweinsteiger, dejaba entender que no era lo mismo. Quizás en la habitación hablando con la almohada el equipo alemán, tenía más cosas para la pesadilla que alguna resignación que le calmara sus arrebatos. Por el lado uruguayo, era diferente. El mismo hecho de llegar a la semifinal ya era una hazaña, tentar el tercer lugar no era otra cosa que irse bañados de gloria, subir al pódium de la proeza engrandecida a su máxima expresión.

Las formaciones hablaban de quien quería cumplir el programa y quien quería jugar el partido y ganarlo con todas sus armas posibles. En casi todos los mundiales, siempre el tercer lugar es una forma de consuelo y una manera de limpiar la cara a sus protagonistas. Bueno en casi todas, no en las que estuviera un equipo uruguayo. Mientras Alemania, se puso la ropa deportiva, la entre casa, para salir al jardín a regar las plantas. Uruguay se puso su mejor traje, con smoking de gala y sus zapatos de baile más apreciados y un pañuelo color celeste en la solapa.

No se puede ser mezquino. Este equipo alemán es uno de los mejores de los últimos tiempos, de aquel blindado que aplastaba rivales, a punta de fútbol frio, con individualidades cargadas en años y experiencia. Hoy este equipo muy joven, es más moderno y versátil. Ha conseguido mezclar lo colectivo con la frescura de sus jugadores, hace un fútbol simple pero efectivo, compacto y muy letal en el contragolpe. Tiene en Schweinsteiger, Müller y Ozil, un tridente que desdobla y hace daño con propiedad. El no haber llegado a la final no lo deja minimizado, pues el tercer lugar, solo ha sido a una respuesta a un bravo Uruguay que se plantó delante, porque dejó algunos valores en el banco, como para demostrase a si mismo que hay futuro y no es cosa de locos, hacerse ilusiones que en los próximos cuatro años, pueda estar luchando una final.

Pero a este Uruguay, hay que aplaudirlo de pie. Acaso y nos importan dos centavos que perdió el partido, cuando pudo haberlo ganado y nuestro sentimiento no hubiera cambiado, solo se hubiera sentido un cachito más orgulloso. Pero la bravura de sus hombres y la entrega incondicional que dieron en cada partido, a todos los sudamericanos nos hizo vibrar al máximo. Quien sabe nos encariñamos y nos prestamos la celeste para alentarlos con el pensamiento, porque dejaron todo cuanto tuvieron en los pulmones y pusieron su corazón en una mano, para dejar que el mérito, se haga una ofrenda y el sacrificio una entrega voluntaria de su humildad y nobleza.

Este Uruguay, será recordado por siempre. La promoción exitosa de Enzo Francéscoli, sumó 3 copas Américas, pero nunca pasó a octavos en un mundial. Esta promoción en Sudáfrica ya hizo historia. Se hizo un nombre propio, a punta de esfuerzo, de entrega total y un cachito de suerte. Fue un equipo fuerte y equilibrado, desde que el Maestro Tabárez, apostó a contar con un Diego crack por línea. Un caudillo en cada zona clave del campo. Diego Lugano, atrás con toda su entereza, y sus errores, pero eficiente en general. En el medio, Diego Pérez, quizá uno de los mejores volantes centrales del Mundial, y arriba, un supercrack, con letras mayúsculas. DIEGO FORLAN, un jugadorazo, que juega de 10 muy moderno: no solo se limita a meter pases desde el medio sin pisar tu área; Forlán se corre la cancha, conduce, patea, asiste y hace goles, en este mundial fueron golazos. Un jugador que marca la diferencia.

Pero no se puede obviar a otros valores que dejaron huella. Muslera que defendió su arco como si fuera su propio hogar en peligro. Fucile, el mejor (o uno de los mejores) marcadores izquierdos del mundial,. El maxi Pereira y su corazón de león, Cavani y Lucho Suarez y sus goles decisivos. Mención aparte, para el “Loco” Abreu, ya se puede retirar tranquilo. En su casa no tendrá ninguna medalla del mundial, pero cuantas veces vea ese penal, picando traviesamente el balón, solo sonreirá y dejará que sus sueños de loco lo invadan, para pensar que estuvieron tan cerca de la hazaña, pero dejaron los corazones sudamericanos, llenos de un orgullo prestado, pero sentido como propio.

En esta vida hay que ser agradecidos. Por todo lo que nos hicieron sentir, en cada partido que dejaron el alma y contagiaron de emoción a nuestros corazones. Solo podemos decir en el nombre el fútbol, el fútbol nuestro de cada día:

URUGUAY, GRACIAS TOTALES.

El viejo sabio Del Bosque

Vicente del Bosque es un viejo que cuando uno ve su rostro, tranquilamente puede reflejar a nuestro padre o nuestro abuelo campechano. Ese viejo que en su silencio guarda la sabiduría que le han brindado los años y con su sonrisa, puede decirte lo que estás pensando, por el simple hecho de haber aprendido en la vida, el arte de mirar más allá de donde un jovenzuelo le cansa la mirada. Por esos ojos hinchados e impregnados de sapiencia, han desfilado tantas páginas de libros, de tantos autores y escritores olvidados, que hasta el día de hoy, no le aburre leer lo que escribe, el que sabe o el que aprende, el que tiene la razón o el que se la inventa, mientras que a los jóvenes y no tan jóvenes, les aburra leer más de una página y prefieran regodear su complacencia en algún pasquín que encuentran en cualquier esquina. A este viejo la vida le enseño a escuchar y se ejercitó en el arte de aprender de los errores y que la paciencia, es un don que solo la tienen los de corazón sincero.

Del Bosque, es un viejo que conoce el fútbol español, desde que los ibéricos le empezaron a pegar a la redonda y convirtieron las ganas en furia y asemejaron la fuerza de un toro de lidia. Tiene tan cansados los años, que ya nada lo sobreexcita demasiado, porque mientras otros técnicos se desesperan en ademanes, el permanece impávido, sereno y razona en silencio con la imperturbabilidad que solo le pueden brindar, esos años vividos y gozados que le han tocado a su humildad para saberse falible. Por eso cuando todos lo abrazan, celebrando la Eurocopa o esta clasificación a la final de Sudáfrica, él solo hace una mueca sencilla, como si hubiera salido del cine de ver una película que lo emocionó y que calmó con un bocado de Pop Corn. Quizás, Del Bosque, tenga más la mente en sus pocos años que le queden en vida, que en compartir una euforia que será un recuerdo imborrable, con el que se queden los que creyeron siempre en su capacidad de estratega, de esta España sorprendente.

Era evidente, que en estas instancias del mundial, los DT serían los protagonistas principales y los jugadores, los encargados de llevar a cabo el libreto aprendido de memoria. Del Bosque le ganó a Löw, porque tuvo más paciencia y criterio para leer sus anteriores partidos. Alemania, avasalló a la Argentina, porque Maradona, quiso darle gusto a la gente y se entregó a este equipo teutón, que su mayor virtud, era el orden y el contragolpe mortal. El único equipo que tuvo contra las cuerdas a Alemania fue Ghana y Serbia le ganó jugando a defender en bloque y hacer que los teutones pierdan la paciencia. Era cuestión de hacer una tesis con esos datos referenciales.

Uno miraba la formación española y pensaba igual que el resto, solo falta Messi y es una copia fiel del Barcelona exitoso, pero reforzado. Y acertó el DT español, dejando en el banco a un “Niño” Torres que a pesar de no estar en forma, es un jugador táctico importante. Puso a Pedro, un chaval que tiene tanto talento como adrenalina a veces descontrolada. Pero era necesario, para jugarle las espaldas a Phillip Lahm, un lateral poli funcional que rompe los esquemas con sus trepadas vertiginosas. Le cortó los circuitos entre Ozil y Podolski y rodeó siempre al que puede ser el jugador del mundial, Bastian Schwensteiger, resignándolo siempre para el esfuerzo supremo, sin dejarlo pensar y atándole las piernas con marca escalonada. Trochowsk y Khedira, son muy jóvenes aún como para pensar que asumirían un liderazgo huérfano.

España jugó, defendiendo con orden y alimentando siempre el gusto por el buen toque de balón. Ese buen pie que identifica al Barcelona exitoso, con Iniesta, en la dimensión de un jugador de una calidad sobresaliente y un Xavi, exquisito, sabio y siempre desequilibrante, acompañados esta vez de ese loco desatado que es David Villa. Un Xabi Alonso que rompía cualquier vínculo medular que intentaba crear Alemania y atrás un Piqué más seguro que nunca, ganando todo arriba, de la mano de Casillas que mas allá de un par de remates, no tuvo tanto trabajo, como si la defensa española, que batalló con orden para tener el balón lejos de su área.

Pero si hay algún jugador que representa a la furia española en toda su expresión ese es Carlos Puyol. Apodado “Tarzan”, esta vez no se colgó de ningún árbol ni mató alguna fiera salvaje. Mandó, pujó, despejó hasta las dudas que rondaban su área y fue protagonista de dos llegadas fundamentales al área contraria. La primera fue un cabezazo que pasó muy cerca y puso la clarinada que algo fuerte se venía. La otra, centro perfecto de Xavi y el salto sin lianas de por medio y “Tarzán” que conecta un testarazo brutal, asesino y despiadado, que rompió la red y la ilusión alemana. Faltaba poco para el final y Puyol, se consagraba de líder en su último mundial. Pedro, Pedrito, el chaval irrespetuoso, tuvo para ceder al “Niño” Torres y desatar el vendaval, pero el libro se quedó sin páginas y esta historia, igual fue tan roja como la camiseta color sangre española.

Puede ser que Vicente del Bosque, es un viejo, que es tan viejo, que nada lo inmute o emocione en demasía, así sea porque le ganó con su sapiencia a una Alemania favorita o quien sabe cuando su España torera, sea campeón del mundo. Para alguien que tiene los años de almohada y la experiencia tan ceñida al sentimiento, cualquier desatada alegría que enloquezca a sus compatriotas, para él, solo sería una algarabía, sentida, pero que guardará en esos ojos cansados y esa mirada de viejo bueno y sabio.