No piero ganarte compadre

Era un sábado distinto, una tarde de clásico, pero también un día donde el fútbol y la fiesta, se guardaban en un bolsillo y en el otro se hacía un ovillo la angustia con la desconfianza. Esta vez era diferente, porque se disputaban puntos valiosos, pero se jugaría pensando en el santo, con el temor de quemar cartuchos y quedarse desarmados. Por un lado estaba la obligación por ganar y por el otro, el conflicto emocional que resulta, saltar a la cancha, presionados, con la adrenalina propia de lo que significan estos partidos, pero con un aire susceptible y mediático, que hacía este clásico diferente a los otros. Había que ganarle al eterno rival, como sea, no había de otra, desde el camarín, la ansiedad, ya tenía el cintillo de capitán.

Dos tiempos, uno para cada uno. Un partido donde esta U, que ya no apuesta a defenderse a ultranza y que más bien, recarga las bandas y verticaliza el juego, reordenando su medio campo, le pudo poner color crema al clásico. Pero en cada ataque siempre quedaba un signo de interrogación. Un Alianza que necesitado de puntos, apuraba sus limitaciones de cara al gol, con chispazos de fútbol, pero intrascendentes para con el objetivo. Costas es vivo y escondió sus figuritas, para hacer su equipo más liviano pero dúctil. El “Chemo”, en cambio, ya sabemos que juega con lo que tiene, no es mezquino como Reynoso, pero tampoco es osado para arriesgar. Era su casa, su gente, pero parecía por momentos que no quería ganar. Alianza con lo poco que hizo, tranquilamente pudo salir silbando bajito y una sonrisa socarrona, con sus tres puntos tan necesitados, en el maletín de la conveniencia.

El fútbol, te da alegrías y tristezas, también te da revanchas, pero a veces, es un verdugo que te hace pasar de héroe a villano, en lo que dura un aplauso y convierte la idolatría en injuria, en lo que tarda en desinflarse el globo de las ilusiones. Piero Alva, debe ser el jugador-hincha más amado, pero también vilipendiado por la gente crema. Vive peleado con la tribuna, pero ha podido enrostrarle tardes gloriosas que lo tienen en una vitrina, donde pueden mirarlo, pero no pueden tocarlo y menos prenderle alguna vela. Autor de ese golazo de Playstation del Play Off del 2009, fue genio y figura de ese equipo campeón. Ayer esa misma gente que desgañitó la garganta, le gritó –y bien feo- que su actuación ni siquiera paso los 4 puntos.

Minuto 56, un penal dudoso para la U. Piero se para frente al balón. Aunque los códigos del fútbol dicen que un jugador que está jugando mal, no es el más indicado para patear un penal tan trascendente. No es una ley que se cumpla, pero por lo menos ante tanta presión, se necesitaba alguien de experiencia, alguien que tenga los genitales bien apretados. Libman había sacado un par de mérito. Estaba ofuscado, se ganó la amarilla por reclamar y su rostro era de pocos amigos. Piero cerró los ojos y dejó que ese mismo pie que hizo delirar a su gente en Matute en el 2009, le pegara a un balón que fue a darse con la pierna del golero y marró un gol que, esta vez no era de campeonato, pero sí de mucha esperanza. Libman salió del monumental como el héroe, pero la satisfacción para ambos, tuvo un resultado de color gris decepcionante.

Al final los compadres se fueron como vinieron, abrazados, saludándose fraternalmente, con el sudor y la fatiga que recorría sus emociones, pero con un frustrante gesto que expresaba que había sido en vano, más aún que en la noche, los santos alargaban la ventaja y lograban que la rabia se haga más sentida y penetrante. Cremas y blanquiazules, jugaron a querer obtener un resultado sin arriesgar, cuidando la puerta y se quedaron apretando los puños de impotencia. La gente crema, se fue del Monumental arrebatada. La blanquiazul, se desquitó con la violencia de algunos vándalos. En los camarines, se quedaron un héroe y un villano, que fueron los artífices y culpables de que este clásico no tenga ganador, pero si dos compadres derrotados.

Una copa con furia y belleza

El balón ha cruzado la defensa española, que ha quedado desairada y como una centella Arjen Robben, cabalga camino a la gloria, con el balón pegado a su zurda. Es la hora final, el mano a mano entre el verdugo y la víctima. El holandés llega al instante supremo de la decisión final y asesta el disparo fatal. Iker Casillas ha salido mirándolo a los ojos, echa el cuerpo a un lado y usa su botín para besar el balón y decirle que aún no es la hora de morir. Robben, tiene rostro de angustia. Casillas, le ha hecho un guiño a la posteridad.

Dicen que los partidos de final en un mundial, lejos de jugarlos bien, hay que ganarlos a cualquier precio. El equipo encantador, puede vestirse de aguerrido luchador y el menos vistoso, en feroz gladiador. Todo es válido, porque ganar un mundial, equivale a quedar vivo y glorificado, pero perder, es una suerte de agonía, lenta y descarnada, mirando como tu rival eleva las manos al cielo para bañarse de felicidad. Y es que en un mundial, nadie se acordará del valor o la entrega del vencido, solo habrá ojos y atención para quien al final, levante orgulloso la copa.

Este era un duelo especial. Dos estilos diferentes de encarar la red. Dos reinos similares, pero muy distintos para hacer del fútbol una forma de identidad. Holanda no necesita jugar bien para hacer daño, es de esos equipos que hace lo natural en impredecible. Puede agazaparse o parecer extraviado, pero golpea y bien. Su pegada puede ser mortal si te agarra mal parado. España, es lo opuesto. Hace de la paciencia una virtud y el toque exagerado, una forma de adormecer al rival, es más pulcro para tratar el balón y tiene el virtuosismo de sus hombres como una marca registrada.

En la tribuna estaba Cryff, con un conflicto de sentimientos en el corazón. En el pecho tenia la bandera de Holanda, pero en sus ojos, guardaba una mirada a la nostalgia. Esta Holanda no juega como él percibe el fútbol y como jugaba en el 74’y del cual fue influyente predicador. En sus recuerdos asomaban mas, aquel Barcelona de los 90’, del cual fue técnico, imponiendo un estilo para controlar la furia y brindarle más cariño al balón. De alguna manera, su ideología se asemejaba más a esta España, del toque fino y elegante, que el de su propio país, al cual criticó duramente. Y es que estos Villa, Iniesta o Xavi, han crecido con un poster de Romario, Laudrup o Guardiola en la puerta de sus cuartos y han querido emular sus hazañas. Cruyff, no dejaba de ser holandés, pero desde sus adentros, deseaba que gane España, porque de alguna manera, era el fútbol, “su fútbol”, el que representó, el que le gusta y del cual se siente su precursor.

Y fue un partido, que España pudo haberlo liquidado en los primeros 10’, cuando desató el vendaval. Pero si algo tiene esta Holanda, es ese poder de recuperación, sin perder la calma. Una frialdad para ir tejiendo soluciones, mientras las balas le pasan silbando la orejas. Sabe defender y esa seguridad lo hace sentirse presumido, por momentos autómata, se sabe fuerte y busca que el rival se fastidie o falle, para descargar el puñetazo letal. Fue sacando a España de su campo, para invitarlo a que abra la puerta y dejar que Robben, se escurra entre los errores y sea la punta envenenada de color naranja. Sufrió España, y bastante con una Holanda que, lejos de aquellas finalistas del 74 y del 78, pegó de lo lindo. Quiso mostrar que la vida se la jugaba en cada dividida, pero se le pasó la mano. El inglés Webb, fue muy permisivo como en aquella patada terrible de De Jong a Xabi Alonso en el primer tiempo. Era roja directa y dos días de cárcel. En el suplementario expulso a Heitinga, porque ya se había cansado de pegar tanto. El equipo naranja, primero quiso mostrar los dientes y después jugar.

Pero más allá de de los golpes, la Furia pasó momentos de zozobra. Porque Robben, se perdió dos mano a mano que tapó Casillas. Y también tuvo un cabezazo más tarde. España llegó más y le falló la puntería además de encontrarse con un arquero iluminado. Pero cuando el suplementario ya avisaba, que los penales nuevamente decidirían la suerte del campeón. Apareció Iniesta, el que sabe, el que maneja los hilos y es el socio perfecto de Xavi. Una jugada gestada desde un taco elegante y cuando quedó a merced de la consumación, definió cruzada, con la cabeza rapada de temores, con la displicencia de un verdugo implacable, con la frialdad de un campeón mundial. Si Xavi es un portento de jugador, Iniesta es un capo.

Iker Casillas, tiene el rostro de gloria triunfal y accede a la entrevista de la bonita Sara Carbonero, periodista española que es su novia en la vida real. Nerviosamente le hace la pregunta al capitán español. Hace unos minutos acaba de besar la copa FIFA, como campeón mundial y luego de agradecer a su familia, se quiebra, con los ojos llenitos de emoción y tiene el arrebato de besarla, con arrojo y valentía ante los ojos del mundo. Igual como cuando le puso el botín y después toda su humanidad, para matar las ilusiones holandesas en los pies de Arjen Robben.

“La Furia y la belleza son posibles juntas. Lo uno no quita a la otro", asentaba Del Bosque, como para que este nuevo estilo, en realidad de los últimos años, no opaque la mística española de toda la vida. Y demostrar que si pueden convivir, la doctrina de mirar siempre el arco contrario, pero sin descuidarse en defensa. Siendo coherentes para asumir riesgos y hacer de la tenencia del balón una pulcra y sacrosanta manera de hacer daño. Si ganaba Holanda, esta Holanda de juego fuerte y talentos como Sneijder y Robben, de seguro iba a haber escándalo. Pero ganó España. Y así, de esta manera, como para que no se tengan dudas, ganó el fútbol.



Uruguay, gracias totales

Jugar por el tercer lugar en un mundial, puede que tenga la necesidad de cumplirlo, pero la motivación es distinta. Los ánimos son ajenos a la euforia o tensión que se guarda para la final. Alemania, al perder con España su posibilidad de alzar la copa, dejó un aroma a decepción que alcanzó a algunos de sus emblemáticos jugadores. Lahm hablaba que no tenía ganas y Schweinsteiger, dejaba entender que no era lo mismo. Quizás en la habitación hablando con la almohada el equipo alemán, tenía más cosas para la pesadilla que alguna resignación que le calmara sus arrebatos. Por el lado uruguayo, era diferente. El mismo hecho de llegar a la semifinal ya era una hazaña, tentar el tercer lugar no era otra cosa que irse bañados de gloria, subir al pódium de la proeza engrandecida a su máxima expresión.

Las formaciones hablaban de quien quería cumplir el programa y quien quería jugar el partido y ganarlo con todas sus armas posibles. En casi todos los mundiales, siempre el tercer lugar es una forma de consuelo y una manera de limpiar la cara a sus protagonistas. Bueno en casi todas, no en las que estuviera un equipo uruguayo. Mientras Alemania, se puso la ropa deportiva, la entre casa, para salir al jardín a regar las plantas. Uruguay se puso su mejor traje, con smoking de gala y sus zapatos de baile más apreciados y un pañuelo color celeste en la solapa.

No se puede ser mezquino. Este equipo alemán es uno de los mejores de los últimos tiempos, de aquel blindado que aplastaba rivales, a punta de fútbol frio, con individualidades cargadas en años y experiencia. Hoy este equipo muy joven, es más moderno y versátil. Ha conseguido mezclar lo colectivo con la frescura de sus jugadores, hace un fútbol simple pero efectivo, compacto y muy letal en el contragolpe. Tiene en Schweinsteiger, Müller y Ozil, un tridente que desdobla y hace daño con propiedad. El no haber llegado a la final no lo deja minimizado, pues el tercer lugar, solo ha sido a una respuesta a un bravo Uruguay que se plantó delante, porque dejó algunos valores en el banco, como para demostrase a si mismo que hay futuro y no es cosa de locos, hacerse ilusiones que en los próximos cuatro años, pueda estar luchando una final.

Pero a este Uruguay, hay que aplaudirlo de pie. Acaso y nos importan dos centavos que perdió el partido, cuando pudo haberlo ganado y nuestro sentimiento no hubiera cambiado, solo se hubiera sentido un cachito más orgulloso. Pero la bravura de sus hombres y la entrega incondicional que dieron en cada partido, a todos los sudamericanos nos hizo vibrar al máximo. Quien sabe nos encariñamos y nos prestamos la celeste para alentarlos con el pensamiento, porque dejaron todo cuanto tuvieron en los pulmones y pusieron su corazón en una mano, para dejar que el mérito, se haga una ofrenda y el sacrificio una entrega voluntaria de su humildad y nobleza.

Este Uruguay, será recordado por siempre. La promoción exitosa de Enzo Francéscoli, sumó 3 copas Américas, pero nunca pasó a octavos en un mundial. Esta promoción en Sudáfrica ya hizo historia. Se hizo un nombre propio, a punta de esfuerzo, de entrega total y un cachito de suerte. Fue un equipo fuerte y equilibrado, desde que el Maestro Tabárez, apostó a contar con un Diego crack por línea. Un caudillo en cada zona clave del campo. Diego Lugano, atrás con toda su entereza, y sus errores, pero eficiente en general. En el medio, Diego Pérez, quizá uno de los mejores volantes centrales del Mundial, y arriba, un supercrack, con letras mayúsculas. DIEGO FORLAN, un jugadorazo, que juega de 10 muy moderno: no solo se limita a meter pases desde el medio sin pisar tu área; Forlán se corre la cancha, conduce, patea, asiste y hace goles, en este mundial fueron golazos. Un jugador que marca la diferencia.

Pero no se puede obviar a otros valores que dejaron huella. Muslera que defendió su arco como si fuera su propio hogar en peligro. Fucile, el mejor (o uno de los mejores) marcadores izquierdos del mundial,. El maxi Pereira y su corazón de león, Cavani y Lucho Suarez y sus goles decisivos. Mención aparte, para el “Loco” Abreu, ya se puede retirar tranquilo. En su casa no tendrá ninguna medalla del mundial, pero cuantas veces vea ese penal, picando traviesamente el balón, solo sonreirá y dejará que sus sueños de loco lo invadan, para pensar que estuvieron tan cerca de la hazaña, pero dejaron los corazones sudamericanos, llenos de un orgullo prestado, pero sentido como propio.

En esta vida hay que ser agradecidos. Por todo lo que nos hicieron sentir, en cada partido que dejaron el alma y contagiaron de emoción a nuestros corazones. Solo podemos decir en el nombre el fútbol, el fútbol nuestro de cada día:

URUGUAY, GRACIAS TOTALES.

El viejo sabio Del Bosque

Vicente del Bosque es un viejo que cuando uno ve su rostro, tranquilamente puede reflejar a nuestro padre o nuestro abuelo campechano. Ese viejo que en su silencio guarda la sabiduría que le han brindado los años y con su sonrisa, puede decirte lo que estás pensando, por el simple hecho de haber aprendido en la vida, el arte de mirar más allá de donde un jovenzuelo le cansa la mirada. Por esos ojos hinchados e impregnados de sapiencia, han desfilado tantas páginas de libros, de tantos autores y escritores olvidados, que hasta el día de hoy, no le aburre leer lo que escribe, el que sabe o el que aprende, el que tiene la razón o el que se la inventa, mientras que a los jóvenes y no tan jóvenes, les aburra leer más de una página y prefieran regodear su complacencia en algún pasquín que encuentran en cualquier esquina. A este viejo la vida le enseño a escuchar y se ejercitó en el arte de aprender de los errores y que la paciencia, es un don que solo la tienen los de corazón sincero.

Del Bosque, es un viejo que conoce el fútbol español, desde que los ibéricos le empezaron a pegar a la redonda y convirtieron las ganas en furia y asemejaron la fuerza de un toro de lidia. Tiene tan cansados los años, que ya nada lo sobreexcita demasiado, porque mientras otros técnicos se desesperan en ademanes, el permanece impávido, sereno y razona en silencio con la imperturbabilidad que solo le pueden brindar, esos años vividos y gozados que le han tocado a su humildad para saberse falible. Por eso cuando todos lo abrazan, celebrando la Eurocopa o esta clasificación a la final de Sudáfrica, él solo hace una mueca sencilla, como si hubiera salido del cine de ver una película que lo emocionó y que calmó con un bocado de Pop Corn. Quizás, Del Bosque, tenga más la mente en sus pocos años que le queden en vida, que en compartir una euforia que será un recuerdo imborrable, con el que se queden los que creyeron siempre en su capacidad de estratega, de esta España sorprendente.

Era evidente, que en estas instancias del mundial, los DT serían los protagonistas principales y los jugadores, los encargados de llevar a cabo el libreto aprendido de memoria. Del Bosque le ganó a Löw, porque tuvo más paciencia y criterio para leer sus anteriores partidos. Alemania, avasalló a la Argentina, porque Maradona, quiso darle gusto a la gente y se entregó a este equipo teutón, que su mayor virtud, era el orden y el contragolpe mortal. El único equipo que tuvo contra las cuerdas a Alemania fue Ghana y Serbia le ganó jugando a defender en bloque y hacer que los teutones pierdan la paciencia. Era cuestión de hacer una tesis con esos datos referenciales.

Uno miraba la formación española y pensaba igual que el resto, solo falta Messi y es una copia fiel del Barcelona exitoso, pero reforzado. Y acertó el DT español, dejando en el banco a un “Niño” Torres que a pesar de no estar en forma, es un jugador táctico importante. Puso a Pedro, un chaval que tiene tanto talento como adrenalina a veces descontrolada. Pero era necesario, para jugarle las espaldas a Phillip Lahm, un lateral poli funcional que rompe los esquemas con sus trepadas vertiginosas. Le cortó los circuitos entre Ozil y Podolski y rodeó siempre al que puede ser el jugador del mundial, Bastian Schwensteiger, resignándolo siempre para el esfuerzo supremo, sin dejarlo pensar y atándole las piernas con marca escalonada. Trochowsk y Khedira, son muy jóvenes aún como para pensar que asumirían un liderazgo huérfano.

España jugó, defendiendo con orden y alimentando siempre el gusto por el buen toque de balón. Ese buen pie que identifica al Barcelona exitoso, con Iniesta, en la dimensión de un jugador de una calidad sobresaliente y un Xavi, exquisito, sabio y siempre desequilibrante, acompañados esta vez de ese loco desatado que es David Villa. Un Xabi Alonso que rompía cualquier vínculo medular que intentaba crear Alemania y atrás un Piqué más seguro que nunca, ganando todo arriba, de la mano de Casillas que mas allá de un par de remates, no tuvo tanto trabajo, como si la defensa española, que batalló con orden para tener el balón lejos de su área.

Pero si hay algún jugador que representa a la furia española en toda su expresión ese es Carlos Puyol. Apodado “Tarzan”, esta vez no se colgó de ningún árbol ni mató alguna fiera salvaje. Mandó, pujó, despejó hasta las dudas que rondaban su área y fue protagonista de dos llegadas fundamentales al área contraria. La primera fue un cabezazo que pasó muy cerca y puso la clarinada que algo fuerte se venía. La otra, centro perfecto de Xavi y el salto sin lianas de por medio y “Tarzán” que conecta un testarazo brutal, asesino y despiadado, que rompió la red y la ilusión alemana. Faltaba poco para el final y Puyol, se consagraba de líder en su último mundial. Pedro, Pedrito, el chaval irrespetuoso, tuvo para ceder al “Niño” Torres y desatar el vendaval, pero el libro se quedó sin páginas y esta historia, igual fue tan roja como la camiseta color sangre española.

Puede ser que Vicente del Bosque, es un viejo, que es tan viejo, que nada lo inmute o emocione en demasía, así sea porque le ganó con su sapiencia a una Alemania favorita o quien sabe cuando su España torera, sea campeón del mundo. Para alguien que tiene los años de almohada y la experiencia tan ceñida al sentimiento, cualquier desatada alegría que enloquezca a sus compatriotas, para él, solo sería una algarabía, sentida, pero que guardará en esos ojos cansados y esa mirada de viejo bueno y sabio.

Si quieres celeste que te cueste

No pude resistir la tentación y fiel a la condición de fanático afiebrado y jacobino, me puse a ver la repetición del partido donde la selección uruguaya, dejó en Sudáfrica la última gota de sudor que le quedaba y sucumbió a sus débiles piernas, que tomadas de la mano de una bravura sin límites, tuvo que desfallecer cuando el corazón ya no tenía latidos y su dignidad lo abrazaba como una bandera. No es necesario ser uruguayo, para que una derrota como esta, nos duela a todos. A todos los que tenemos la sangre sudamericana, a todos los que amamos el fútbol que tenemos y a todos los que se sienten orgullosos de su patria que los ha parido. Los demás solo serán unos alienados, que les será indiferentes el dolor del país hermano, así sea esta, una desgracia de algún cataclismo, fenómeno natural o una debacle en una cancha de fútbol. Lo de ayer duele y muy fuerte, porque al final del partido, no vi ninguna lágrima lastimera en los ojos de sus jugadores, más allá de esa sonrisa resignada del ‘Maestro’ Tabárez, que solo ocultaba una pesadumbre propia de un resultado, pero sus ojos estaban llenitos de orgullo. “Si hay una forma de perder, elijo ésta” sentenció, el artífice de esta gesta inconclusa.

Y cuando uno mira el partido con los ojos y deja a un lado el corazón, puede tener una visión más objetiva, cercana a la realidad y un tanto alejada del sentimiento. Todos los equipos holandeses, siempre han jugado mirándose al espejo de aquella Holanda 74’, la de Cruyf, la del fútbol total y revolucionario, la que nunca pudo alzar la copa, pero que siempre estuvo en la pelea. Hoy esta Holanda es diferente, es fina en su trato al balón y puede parecer vulnerable cuando la atacan, pero tiene dinámica y poder de recuperación. Es un equipo compacto que ha llegado a este mundial con una preparación física sobresaliente y parece haber aprendido de los errores. A ese fútbol total de la Holanda de Cruyf, a este equipo le ha sumado el tema defensivo, aunque, el mismo Johan lo critique de mezquino y aburrido, por clavar cinco hombres en propia área, pero cualquier selección no se puede dar un lujo de estar invicto más de 20 partidos. Algo debe estar haciendo bien. Esta Holanda, no será la “naranja mecánica” del 74’, pero ha conseguido ser un grupo laborioso. Tiene en Wesley Sneijder a un jugador completo, que está jugando para los 9 puntos y tiene en Arjen Robben, al jugador distinto que genera el desequilibrio constante. Mark van Bomme es el soporte y la pausa y Robin van Persie el complemento perfecto, para hacer de este equipo un candidato al título.

Pero ayer era la batalla del corazón, contra la razón. Uruguay llegaba mermado. La mano bendita de Suarez lo dejó en el banco y Fucile –uno de los mejores marcadores del mundial- el llamado a desaparecer a Robben, tampoco estaba. Para ponerla más difícil, recibió un mazazo con ese fierrazo de Gio van Bronckhorst, que fue un golazo de otro partido y en el momento menos oportuno. Y la mochila se hizo pesada. Es entonces cuando deben aparecer esos grandes jugadores, los que se ponen el equipo al hombro y demuestran de que están hechos. Uruguay, no tiene a Messi, pero si a un Diego Forlan, un super-crack, por sus cuatro costados. Jugó, peleó y le partió la sonrisa color naranja, con un soberbio zurdazo que puso las esperanzas a mil y los corazones a punto de reventar. Le pegó como siempre, pero esta vez le hizo un pacto a la Jabulanni, para romper la resistencia de Stekelenburg. Solo el cansancio extremo lo pudo doblegar y sacar del partido. Jugadorazo.

El complemento, no trajo buenas nuevas. Cuando las ilusiones estaban calmadas en el pecho celeste y la confianza renacía en la arenga del ‘Maestro’ Tabárez, Vino el gol de Sneijder, que no debió ser validado porque hubo posición adelantada de Robbie van Persie y este participó de la jugada tratando de hacer un taco cuando el balón iba al arco de Muslera. Pero gol al fin y al cabo que golpeó en lo anímico al equipo ‘Charrua’. Después ya era una lucha contra el tiempo, contra las piernas que flaquean y contra un gran equipo, como Holanda que tuvo su premio cuando Kuyt hace el centro violento que Arjen Robben, acomoda el cuerpo y conecta el testarazo letal, asesino, que se cuela cerca al poste. Allí quedaban sepultadas las esperanzas y solo quedaba en vida el orgullo, para ir con lo poco que quedaba, con el corazón en la mano y el último aliento. El descuento del Maxi Pereira a los ’92, solo era la exhalación del último suspiro. La hazaña charrúa ya era una utópica forma de seguir mirando el partido con el sentimiento, pero, desde la razón, era imposible, porque al frente se tenía una sólida selección holandesa.

Duele esta derrota uruguaya y les duele a todos, pero es real y auténtica como el propio fútbol. Será esta la hora en que deban alistar maletas para ir a buscar un tercer puesto, con otra actitud de seguro, porque ya las fuerzas y las ganas han quedado desparramadas en el verde. Pero lo hecho hasta hoy ya es meritorio. Un equipo que clasificó casi tropezando y se subió al avión cuando ya partía, vino a este mundial, sin que nadie diera un peso por ellos, pero estuvo a punto de escribir una página de gloria. Un país con tres millones de habitantes, que tiene varios títulos mundiales en la vidriera y regados por el mundo tantos jugadores, es sinónimo que en su país, el fútbol, más que un deporte es una religión.

Y como dijo el ‘Maestro’ Tabárez, Uruguay llegó a una fiesta donde no lo habían invitado y no se quiso ir por propia cuenta. Lo sacaron a empellones, con personal de seguridad y atado de pies y manos, apaleado y jaloneado. Pero no se fue callado, porque se fue vociferando a voz en cuello a los invitados que lo miraban con asombro: “Si quieren fiesta, tiene que ser celeste y sino que les cueste”.


La muerte súbita del D10s

Para los argentinos. Diego Armando Maradona, más que un héroe o mito viviente, que tocó la gloria con sus manos en México 86 y que los hace sentir orgullosos del país que ha parido al mejor futbolista del mundo, es un tótem, un Dios alterno, que tiene su religión propia y su credo, que puede ser cuestionado por su vida personal trastornada, o su forma de mirar el mundo desde su omnipotencia creada por la misma gente, de su país y del mundo entero, pero Dios al fin y al cabo que cuando habla, lo escuchan todos, cuando opina, crea polémica y cuando se equivoca, le perdonan todo. Maradona, para los argentinos es un sinónimo de fe, de confianza, pero también de infamia y decepción.

Cuando argentina se venía cuesta abajo en las eliminatorias para Sudáfrica 2006, Basile dijo no voy mas y siguió el mismo camino de Bielsa y Peckerman. De que vale tener tantas individualidades superlativas y al mejor jugador del mundo -pensaron ellos- si no existía una forma de llegarles y convencerlos que podían unirse y dejar de ser los millonarios futbolistas, para ser los soldados que su patria reclamaba dentro de una cancha de fútbol. Cuando las opciones se agotaron en la tierra, Grondona le tiró una plegaria al Olimpo del fútbol, allí donde Maradona tiene su morada. Si no había algún ser humano que podía resolver el problema, la única manera, era recurrir al D10s, al único capaz de enfrentarse a todos, al único capaz de inmolarse, al único D10s del fútbol, que los argentinos le pueden pedir un milagro.

Y Maradona, tuvo que bajar de sus aposentos y vestirse de mortal, para fungir de entrenador. La mitad del mundo le dio la espalda, solo los fieles, lo siguieron bancando. Está claro que un entrenador, debe estar preparado y es esclavo de los resultados y Maradona no tendría que ser la excepción. Argentina llegó al mundial con el pantalón en la mano. Se fajó la primera vuelta y pasó a octavos, dejando la impresión que el teorema maradoniano, la paternidad para con sus jugadores y el feelling divertido entre progenitor y sus vástagos, era suficiente para lograr llegar lejos, sin apelar a un trabajo serio y comprometido. Contra México, el resultado ocultó una falencia defensiva que era evidente y un poder de recuperación escaso. Esa vez, las individualidades, lograron que el D10s mortal pueda seguir creyéndose divinidad y sus fieles, seguir rindiéndole pleitesía.

Pero contra Alemania, era la prueba final para ver cuán grande o creíble era el enigma de Maradona. Y la realidad fue demasiado cruel. Estaba orgullosamente enamorado de su equipo y no lo cambió, a pesar que los códigos del fútbol indican, que todos los partidos no son iguales. No bastó tener al mejor futbolista del mundo en el ataque, ni al D10s en el banco, disfrazado de director técnico. Tampoco alcanzó el carisma y la motivación. Lo de Alemania fue una indiscutible masacre. Primero porque el cachetazo del gol tempranero de Muller, tiró abajo la estantería de una formación caprichosa y para remontarlo, tuvo que apelar a la entrega y el corazón inmenso de Tevez, al impulso de un Messi ensombrecido por camisetas negras y un Di María, laborioso, pero desenganchado. Un mediocampo que siempre dio espacios y un Mascherano sacrificado. Un equipo con mucha gente de vocación ofensiva, pero con poca disposición para ponerse el overol y una defensa que nunca ofreció garantías.

Alemania, en cambio, fue un equipo compacto en todas sus líneas, eficiente, seductor por momentos y muy apasionado para recuperar el balón. El equipo de Joachim Löw, jugó muy cerca de la perfección. Ozil, Muller y Podolski fueron los baluartes, para la recuperación y Klose, tan letal y efectivo, como en cada mundial que ha jugado. Pero si hay alguien que jugó para los diez puntos, ese fue El ‘Kaiser’ Bastian Schweinsteiger. Tremendo jugador, cuanta evolución, desde aquel tractorcito, que recorría la cancha, cumpliendo fielmente su función. Hoy es un jugador, que marca los tiempos, tiene marca y vértigo para llegar al fondo. Un jugadorazo.

La última razón del triunfo de Alemania se basa en ese concepto tan elemental como verdadero: el funcionamiento colectivo siempre es superior a la inspiración individual. Argentina no fue un equipo, sino un conjunto de jugadores, que con ganas intentó dar vuelta una historia. Alemania fue muy superior, ganó por demolición, sometiendo a su rival, hasta dejarlo exhausto y matarlo sin compasión. Los goles fueron producto de esa capacidad y dejaron la tristeza en cada rostro argentino en la tribuna, en esa carita desconsolada de Maradona, buscando el desahogo con sus hijas, reanimando a sus jugadores, en las lágrimas de Messi, de Heinze, de Tevez, de Burdisso... De todos.

Los argentinos tienen una forma de sentir el fútbol muy especial. Es una mezcla de pasión enfermiza y entusiasmo afiebrado. Una eliminación como ésta, deja una sensación de dolor inmensa. Y no solo por el resultado, sino por cómo se dio. Fue una eliminación con paliza, una paliza histórica. Por eso ha sido sorprendente, como los argentinos han recibido a su selección, con una resignación sin precedentes. Han vitoreado a sus jugadores, les han agradecido su esfuerzo. Ellos han pedido perdón y ha existido un abrazo sincero de reconciliación, incluso entre aquellos que antes, no hubieran soportado un resultado tan catastrófico. A estas horas estuvieran pidiendo la cabeza del técnico y crucificando a sus jugadores.

Puede ser que este dolor compartido los haya vuelto sensibles y puede que sea el consuelo a una herida abierta y por allí, el punto de quiebre para recomenzar una nueva era. Otros, los más fieles, dicen que esto, solo lo puede lograr la idolatría por alguien que es su tótem, ese D10s que les hace falta y que tuvo que fungir de guía. Quizás los argentinos no entiendan o no quieran entender que Maradona, será para siempre el D10s del fútbol, por todo lo que hizo dentro de una cancha de fútbol y hoy sea un recuerdo fósil de aquel 86, con el que viven muchos de los que lo admiran en el mundo entero. Pero para ser entrenador, debió ser tan mortal como cualquiera que lo idolatra y en eso, tiene demasiadas cuentas pendientes, porque se ha fallado a sí mismo, a su gente y a su familia, sacando como castigo, tener que morir un poco, con esta eliminación tan penosa de un mundial de fútbol.


Uruguay, bendita locura

De todos los partidos jugados en el mundial, este Uruguay –Ghana será recordado, no por el fútbol mostrado y que se escondió, apareciendo tenuemente en la cancha, sino por esos minutos electrizantes en el epílogo del suplementario, que precedieron a esa jugada inédita, donde Luis Suarez se hizo el villano mas vilipendiado y posteriormente en el héroe, que permitió que la luz de esperanza que alumbraba los corazones uruguayos, no se apague y renazca, por su raza y su temperamento. Si tenía el papel de goleador, del verdugo que tiene un romance con la red, le tocó esta vez hacer de guardameta y salvar la historia gloriosa que viene escribiendo este equipo uruguayo.

Este partido presentaba un equilibrio de poderes. Estaba para cualquiera que propusiera, algo de sí mismos, algo que sea su identidad y algo más que fútbol. Algo que pudiera rimar con entrega, sacrificio y pundonor. Y fue Ghana quien propuso mas, estuvo cerca del primero, más por ocasiones de gol creadas, que por juego mismo. Fue una fase del partido en la que los jugadores africanos dispusieron de varias opciones, lo que se unió a unos minutos plagados de adversidades para Uruguay, primero con la lesión y sustitución del capitán Lugano por Scotti, y luego por un fuerte golpe en la cabeza de Fucile.

Uruguay no entró bien en la segunda mitad, encontró con un rival duro, que lo complicó, ya que al principio mostró las mismas deficiencias que en la primera. Sin embargo, a los diez minutos de juego, una falta lanzada con potencia y colocación por Diego Forlán puso el empate en el marcador. Tremendo golazo, que fácil era para elevar el ánimo al tope y liquidar el partido aprovechando el letargo Ghanes. Y Uruguay tuvo varias, en los pies de Forlan y Suarez .El fútbol brilló por su ausencia en el tramo inicial del partido, con dos equipos indecisos e imprecisos, que no sólo no coordinaban acciones de peligro ante la meta rival, sino que eran incapaces de dar dos pases seguidos.

Uruguay se aferró a esta premisa. En el último minuto del segundo período, llegó el momento que marcó el comienzo de todo para los sudamericanos y el principio del fin para Ghana. Luego de varios rebotes y una tapada de Muslera, un cabezazo ghanés mandaba la Jabulani derecho a la red. Pero en el camino estaba Luis Suárez. El delantero del Ajax no lo dudó: puso la mano y la sacó. Penal y expulsión con el reloj pasando los 120'. Noche cerrada, oscura, para Uruguay.

Asamoah Gyan fue el encargado de devolverle el corazón a todo Montevideo. El delantero remató fuerte arriba, al medio, la pelota dio en el travesaño y salió disparada a la tribuna. Pitazo final y penales. Tabarez y su comando técnico respiraban y establecía su chance final, a todo o nada.
La serie de penales la arrancó, quién si no, Forlán. Sereno, marcó y dio confianza. Luego fue el turno de un corajudo Gyan, que volvió a elegir pegarle alto. Esta vez sí entró. Siguió Victorino y la cruzó. Appiah no falló. Empate. Turno de Scotti y adentro. Llegó Mensah, tomó poquísima carrera y Muslera le adivinó el palo. Pero la ventaja le duró poco a Uruguay: Pereira la mandó a la tribuna. Sin embargo, Muslera volvió a contener el siguiente, esta vez a Adiyiah.

El último penal merece un párrafo aparte. Tranquilo, el Loco Sebastián Abreu fue el que se llevó todos los flashes: definió picando la pelota, como supo hacer tantas veces en el campeonato charrúa y en su paso por el fútbol argentino. Fiesta total en el Soccer City. Dicen que para ganar un partido en un mundial, se debe contar con un buen grupo de jugadores, estar 10 puntos físicamente, tener un cachito de suerte, pero también se necesita un verdadero toque de locura.

Ahora, Uruguay se enfrentará en la semifinal ante Holanda. Será el próximo martes, a las 15.30 hora de la Argentina. El Maestro Tabárez tendrá mucho trabajo para intentar frenar a una Naranja que llega con todo tras vencer en los noventa a Brasil. No podrá contar con el expulsado Suárez y con Fucile por acumulación de amarillas. Deberá rezar por la recuperación de su capitán Diego Lugano, que hoy salió lesionado. Pero queda algo de tiempo: es hora de celebrar.