La magia del Messi..as

Esta escrito. El futbol es para los que quieren jugarlo, para los que proponen escribir en el verde la historia con la tinta indeleble del arte y la genialidad. Para aquellos que aún no pierden la esperanza que los partidos se pueden ganar a pulso, con habilidad y destreza, mirando el arco de enfrente y logrando que la mejor disciplina defensiva, sea la tenencia del balón. Para aquellos que despabilan sus emociones y se les pone la piel de gallina, cuando un partido se gana con un poco de paciencia y una dosis tremenda de magia pura.

Este partido era para el Real, la posibilidad de hacer en casa un cerrojo a las ansias azulgranas, una forma de reafirmar que su clásico rival no es invencible y sacar el boleto de ida para Wembley. Mourinho, el creador de formulas ganadoras y acérrimo apostador de boletos a ganador, esta vez se equivocó, como nunca debió equivocarse. En su cancha, jugó a que no le hicieran un gol y a copar todo el campo, para esperar que alguna divinidad tomara tantos pelotazos, jugados al azahar. Tirados atrás como si algún miedo oscuro los obligara a resguardarse en su trinchera y sacar la cabeza de cuando en vez, para ver que tan lejos o cerca se encuentra el enemigo. Un planteamiento propio de Mourinho que se estrelló con la paciencia más el nivel individual de Messi y compañía que terminaron rompiendo su esquema.


Un Barca dominando el control de la pelota, no sorprende. Pero tampoco alcanza para romper la última línea y el cerco con un juego de ataque profundo. Por ello la paciencia es un valor agregado, que se hizo mas notorio hoy, cuando el Real no pudo ni quiso afrontarlo en el área contraria. Primero me defiendo y después existo, suele argumentar Mou y a raíz de ello busca maniatar al rival, para buscar la oportunidad. Pero un Real, en casa y agazapado, con el ánimo desaliñado y forzando la pierna fuerte, era un mensaje que algo no funcionaba bien o que la mejor versión del Barsa era mejor que la mejor versión del Madrid.


No hubo ninguna formula mágica para el Barcelona. Le bastó que la paciencia sea su guía espiritual y dejar que el talento de Messi haga el resto. El partido lo estaba ganando incluso antes del planchazo y la exagerada expulsión de Pepe. El Real, a pesar de tener maniatados a los mejores hombres, tenia miedo de dejar la casa sola, temor a salirse del libreto y Mou había firmado la igualdad. No poder ganar le dejaba la opción de no perder. Estaba en su derecho. Nadie hubiera pedido su cabeza si llevaba al Camp Nou, la etiqueta de posibilidad latente de subirse al tren. Nadie excepto su propia conciencia.


Esta escrito. Que el fútbol es una divinidad encarnada en unos cuantos privilegiados. Lionel Messi es uno de ellos y hoy hemos visto dos pruebas celestiales, que se encuentra a años luz el resto de los mortales. Primero puso su botín mágico para ser una luz que apareció de la nada y sacudir las entrañas del Bernabeu. La segunda, fue una obra de arte, de talento y magia pura. Talento para ir a buscar la pelota donde los demás no van y a la velocidad que él va y magia, para inventarse una jugada maradoniana y liquidar futbolística y conceptualmente el duelo. Por más que falte otro partido, lo que hizo Messi en este partido, quedó escrito con letras de oro en la historia.


Falta la vuelta y en el fútbol aún no se ha inventado la cura para eliminar la lógica, pero lo que se ha visto hoy, por lo menos a los amantes del fútbol bello y contundente, nos ha llenado de emociones diversas y nos damos por bien servidos. Solo el de arriba tiene la potestad de que se vuelva a repetir otra congratulación de tamaña naturaleza para este fútbol bendito.







El último pasajero

La fiesta de un clásico es especial. Desde la previa cuando todo se va vistiendo de azul y crema, hasta el entusiasmo que va calando las fibras de todos los hinchas, que revierten en un partido de fútbol, una añeja rivalidad, una consabida provocación, para saberse más ganador que el otro incluso antes que empiece el partido. Son los eternos antagonistas, que se odian y se quieren, se aborrecen y se confrontan, se miran y no se tocan, pero en el fondo ninguno de los dos, puede negar que se necesiten más de la cuenta para sobrevivir.

Daniel es un hincha de la U a muerte. Asume que desde pequeño fue santificado por el fútbol, desde que le pusieron la crema en el pecho y desde entonces ha reverenciado su pasión con una devoción extrema, a veces desquiciada, calenturienta, pero tan humana como su propia personalidad. Es de aquellos hinchas acérrimos, de carácter apacible y noble, pero aguerrido y temerario. En su memoria aún le queda, aquella noche de clásico del 99, en la definición del Play Off, cuando llegó a Matute y sin entradas en la mano, no tuvo alternativa que meterse a la tribuna sur. Obligado por las circunstancias y en el corazón de la hinchada blanquiazul, vio dar la vuelta a su crema de toda la vida, pero no pudo celebrar y fue un mudo testigo de un triunfo, que solo pudo desfogar cuando llegó a casa.

Este nuevo clásico tenía la misma convulsión de los anteriores. Era un encuentro de la juventud grone contra la experiencia crema, la expectativa estaba puesta en el verde y la emoción llenó la grada muy temprano. Daniel, esta vez quiso poner a prueba su temple y en una zafada decisión, quiso parecerse a esos jugadores que hacen la distinta. Esta vez no había apremios y era solo la bravata del hincha crema que le hace a su archirrival. Se escribió con plumón rojo cerca al corazón, la U de sus amores y se puso un polo de color plomo. Partió hacia la caldera, con una sonrisa socarrona, no le dijo a nadie de su aventura, aunque algo le intuía que se iría de allí con la sonrisa encubierta, al contrario de la primera vez, ahora era, con premeditación, alevosía y ventaja.

Daniel, llegó a Matute y desde su ubicación, pudo sentir nuevamente la adrenalina, de estar respirando el mismo aire del enemigo, mirando de reojo la muchedumbre que pintaba de crema gran parte de esta caldera que hervía de pasión grone. Una forma de sentir diferente el clásico, haciendo la del valiente clandestino, que se metió al patio del vecino para hacer una travesura desvergonzada, pero tan a título personal como su propia identidad. Sin querer tuvo que compartir, la pasión desbordante del Comando Sur, tocar su bandera y sonreír tímidamente, cuando la U hizo su aparición.

El pitazo dio inicio a un concierto de errores y desconexiones de planteamientos. Una lucha por ganar y tener la pelota, pero no saber qué hacer con ella. Costas apelando a la mixtura de la experiencia y juventud, que le daban rapidez pero careciendo de contundencia. El “Chemo” jugándose el puesto y apostando a defender el resultado, con Alva y Fano sacrificados delanteros en función defensiva. Alianza exponiendo y la U respondiendo. La consecuencia, fue un encuentro de acciones maniatadas, con mucha fricción, con delanteros sin llegada y con actuaciones individuales aplaudibles, más no consecuentes. Bazán en Alianza y el “Negro” Galván en la U. El joven que se va haciendo realidad y el experimentado que se hizo un muro contra el arresto blanquiazul. Partido por momentos aburrido, sin peligro en los arcos. Fácil los arqueros, se iban a los vestuarios, se lavaban la cara y nadie los hubiera echado de menos.

Para el segundo tiempo, Daniel ya se sentía satisfecho, al margen del partido, se había dado el gusto de ser un atrevido hincha merengue, que enrostraba su orgullosa opinión de Reynoso, que primero se defiende y después existe. El partido había caído en un letargo y parecía extinguir las emociones de los hinchas, Era la hora de que un superhéroe baje al verde. Visa fuerza una jugada en el área y penal indiscutible. El “Pato” Quinteros, se para frente al balón. Su rostro no era de confianza, al frente Raúl Fernández, lo miró fijo a los ojos, lo esperó hasta el último instante y aunque le pegó bien, el arquero demostró una potencia de piernas admirable y en una espectacular mano cambiada, atajó el disparo. Fue una pena máxima, mas para el aliancista que para el portero crema que desde ese instante se hizo figura.

En la tribuna, Daniel, solo atinó a morderse los labios, de satisfacción extrema, pero también de orgullo, porque Fernández, estaba para terminar vestido de Clark Kent, pero como otras tantas veces, terminó siendo un verdadero Supermán. El pitazo final, dejó un clásico aguachento, deslucido, con mucho fervor en la tribuna, pero exagerado fragor en el verde. Demasiada fiesta para tan poco fútbol, con una renuncia al gol y una cacareada forma de defender un resultado a costa de mucho sudor y poca disposición. Una apuesta al esfuerzo físico, pero una carencia de ideas colectivas, una lucha intensa para no dejarse vencer, pero una renuncia implícita para no intentar ganar. Los compadres, dejaron el fútbol –una vez más- como tarea pendiente.

Mientras en la tribuna, Daniel veía muy campante, el descontento de los hinchas grones. Y es que un clásico no se juega, se gana y un empate en casa tiene sabor a derrota. Daniel, salió de Matute tranquilo. No perdió y tampoco ganó. Por la noche ha sentido que el haberse atrevido a volver a la tribuna del rival, lo haya llenado de vanidad extrema, pero sabe que en el fondo, ello no pasa de una diablura, un cosquilleo a la jactancia, para saborear el miedo desde el ojo de la tormenta. Quizás cuando la hinchada blanquiazul, lo vio salir con ellos, lo miró con ignorada desconfianza, pero ni se tomó la molestia de pedirle sus credenciales y fue el último pasajero del autobús del desencanto. Y es que para ser tan hincha crema y meterse a la boca del lobo, hay que sentir bien adentro la camiseta, ser un provocador consumado o estar un poco loco.


Lazos de pasión y sangre

Mi amigo César llega al Monumental junto a su padre. Ubican sus asientos y reposan su humanidad, en un lugar de la tribuna que les brinda una vista preferencial. Su tez morena se confunde con las luces de los reflectores que anuncian la salida de los equipos. Para ambos es un día especial. Hoy, tienen los sentimientos encontrados. Son hinchas de la U a muerte, pero deben dividir su entusiasmo y apartarlas de su sangre, para sentir esa cosa especial que tiene el fútbol, llamada pasión.

El equipo visitante es el Sport Boys. Michael Guevara, el capitán y talentoso jugador de selección, encabeza el pelotón rosado, con el estandarte de su equipo de figuras escasas, que saluda a la grada. El fervor se llena de papel picado y Michael, mira a la tribuna, donde su padre y su hermano, han venido a alentar a la U pero también a él mismo, aunque sea parte del equipo rival. Saben que hoy le toca vestir la rosada, pero es tan crema como ellos mismos. El saludo se interrumpe y rápidamente el escenario toma otro matiz. La U ha salido al campo y la muchedumbre se llena de entusiasmo. César y su padre, aplauden a su equipo, pero no pierden de vista a Michael, que trota y se saluda con los rivales, que lo conocen por su pasado en tienda estudiantil.

El partido se ha iniciado y con él, los sentimientos del padre y sus hijos, se van entremezclando en deseos internos y emociones distintas. En la tribuna, César se frota las manos y sonríe nerviosamente. Abajo en el verde, Michael toma la batuta de su equipo y se va haciendo figura. El padre, siente un orgullo confundido, cada vez que su vástago toma el balón y genera peligro en contra de su equipo, que no atina a mostrar una pizca de juego colectivo. El planteamiento del “Chemo” se asemeja a un pescador, que prueba diferentes carnadas y no encuentra resultados. El partido se hace de ida y vuelta, no hay tregua. La lógica dice que la U debe ganarlo, por plantel y por convicción, pero la razón, se va con el viento, envolviéndose en una borrasca turbulenta para bajar de la tribuna en injurias insolentes.

Michael, está jugando mejor que nunca. “Toñito” Gonzales se ha devorado un par de caños monumentales y la U porfía para generar peligro, pero sus intenciones se escurren en tentativas vanas. Un Boys que crece en defensa pero es superado en ofensiva. Un partido parejo obliga a que entre uno de los dos surja el error. El primer tiempo se ha ido y con él baja el bramido de la tribuna norte, exigiendo justicia y encarando a sus jugadores de rostros adustos. El padre y el hijo se miran extrañados. Michael los saluda y ellos responden un poco regocijados pero otro tanto confusos. Tienen repartido el corazón en dos mitades y hay de por medio el amor de padre y hermano, versus la pasión por una camiseta.

La última parte, ha sido un juego de emociones fragmentadas. El Boys ha tomado en serio su visita a tienda crema y asesta la puñalada letal en el final de un partido que pintaba para empate meritorio. Un gol de buena factura y la gente rosada no deja de celebrar. Ya falta poco para sentir que valió la pena tanto sudor, aunque el color de su camiseta, se va destiñendo por demasiado desgaste. El reloj sigue su marcha y lo que era un merecimiento se va haciendo realidad. La U porfía más por desesperación que por convencimiento y solo quedan los descuentos. Michael, observa como en la tribuna, su viejo se ha puesto de pie y mira su reloj impaciente. Faltan los últimos respiros de este partido que se les va de las manos.

El “Chemo” que ha sido jugador, entiende que debe presionar al árbitro, para encontrar un respiro al agobio tribunero. Hay maneras para inclinar la cancha. Michael, sale jugando, le hacen una falta alevosa y el árbitro, que la iba a cobrar, se encuentra con el rostro adusto del técnico crema y deja seguir. Los hinchas cremas se encomiendan al cielo, hay un balón perdido en área rosada, todos quietos y aparecen San Pedro y San Pablo para hacer el milagro. Empate en el epílogo y la euforia estalla en el Monumental. Michael indignado se le va encima al árbitro, hay una frustración y rabia, que no le dejan advertir que su padre, reza en la tribuna para que esto se acabe y se vayan del estadio, con el corazón tranquilo a casa.

Dicen que el fútbol es para vivos y gana el que se aprovecha del error o parsimonia del rival. Cuando ya no había más espacio en el corazón y la garganta estaba seca de tanto gritar, Boys pierde un balón en salida y en lugar de hacer tiempo, se repliega a esperar que el “negro” Galván meta el testarazo, para la arremetida furiosa del Chileno Alvarez –un exponente del sentimiento crema- que sella una victoria conseguida más que con “garra”, con agallas y esfuerzo individual, pero con muy poco derecho a sonreírle a la tribuna. Los del Boys buscan al “culpable”, sin asumir que ellos mismos fueron víctimas de su propia desidia, en esos fatídicos instantes finales que se alargaron más de la cuenta, por obra y gracia del valor que tiene la tradición de un equipo, aunque para ello deba rebajarse a ganar un partido con el pantalón en la mano.

El padre y el hijo se saludan efusivamente y buscan la mirada de Michael, que se va contrariado. Quiso ganar y pudo hacerlo, aunque ello hubiera ido en contra de su propio sentimiento. Ha sentido la confluencia de pasiones porque es un profesional que debe defender una casa que lo cobija y se debe a ella. El partido ha terminado y el regreso a casa, se hace de manera disgregada y con rumbos a diferentes hogares.

Mi amigo César, se irá con una sonrisa complaciente, porque su equipo hizo una remontada que lo devolvió a su asiento, aunque su complacencia para con el hermano menor haya llegado a un límite desmedido. El padre, llegará con la sonrisa a casa, pero esconderá una vergüenza ajena, porque la esposa, es de pecho blanquiazul y no le aguantará mofas del eterno rival. Despacio y en puntillas de pie, se irá a su cuarto y desfogará su alegría contenida, pero también su orgullo. Su engreído, dejó de ser ese pequeñín que le daba a la redonda con inocencia infantil y quería emular sus propios sueños futboleros. Hoy es toda una realidad, que lo llena de satisfacción y una vanidad justificada.

Michael, se irá mordiendo su bronca y las horas serán su mejor medicina para calmar sus arrebatos. En el descanso merecido, encontrará la pausa, para sentirse tranquilo. Fue la figura del encuentro –como otras veces- y su presente le sonríe, gracias a ese talento innato que tiene en sus pies y porque está en su mejor momento para consolidarse. Hoy en el Monumental también tuvo los sentimientos encontrados. Hubiera querido ganar el partido por convicción, pero al final se llevó una derrota en el alma. De consuelo, le quedó una alegría inmensa, por haber estado cerca de su padre y su hermano, con quienes comparte el orgullo de sentir en la piel, un mismo sentimiento de sangre y una sola pasión por la misma camiseta.


Santificada realidad

Dicen que un equipo de fútbol, juega de acuerdo al técnico que tiene y cada vez empiezo a creer más en ese concepto. Dicen que lo mejor que acumulan los viejos, es experiencia y en ese kilometraje de vivencias, la paciencia, más que un don divino, se convierte en una forma de ser y actuar. El “Maño” Ruiz, no necesita ser demasiado devoto de algún santo, para haber logrado consolidar a su equipo, en la solidez de lo que aporta cada integrante y en el buen ojo avizor de un capitán de barco, que se equivoca muy poco a la hora de ir de compras.

El duelo de los santos, era para que lo gane el que se haga más creyente de la confianza y la seguridad de su capacidad. El santo mexicano, vino a excomulgar a su oponente desde el vamos y tenía los hombres adecuados para lograrlo. El santo peruano, fiel patrono de la escoba, no salió a limpiar la vereda desde el inicio. Se quedó mirando por la ventana, como el fuereño se desgastaba tratando de entrar a su casa. Lo fue aguantando y sopesando su fiereza, con la sapiencia del banco, con esa inteligencia tan necesaria, justamente cuando el rival se hace más grande y parece que en cada garrotazo, puede irse todo al diablo.

Que importante es para un equipo tener un arquero tan seguro como Farro, que borra las groserías que suelen hacer sus defensas y que a veces pareciera que aparte de ser devoto de San Martín, juega con una virgencita en su portería. En el fútbol el demérito de los delanteros es una cuestión a veces de oportunidad y otras simplemente de capacidad individual. Cuán importante puede resultar un “Churrito” Hinostroza, que se mueve con la lentitud de una tortuga, pero que piensa tan velozmente como la liebre. Y que importante se hace para un equipo, tener a un buen estratega. Cuando se desgarra Arriola, la lógica decía que meta a Labarthe. Pero el “Maño”, viejo zorro, tuvo la sensatez emocional para aguantarlo y hacerlo en el momento oportuno. Leyó el partido y metió a Cuevita, para el desequilibrio y vaya que funcionó. Después se la jugó por el “Chino” para mover el andamiaje defensivo mexicano, junto al Argentino Marinelli, aún desconocido, pero que en el debut copero se hizo figura, por la buena zurda que posee. Un pase soberbio de gol y una definición arrogante y oportuna, que liquidó este lio de santos futboleros, justo cuando uno se hacía más beato que el otro.

San Luis, el santo fuereño, pudo haber abaratado el sudor y abrir temprano el marcador para irse al descanso, haciéndoles guiños bravucones a los fieles en la tribuna. Unas veces Farro, otras el infortunio para ellos y suerte para los nuestros, pero un partido abierto, con mucho vértigo y bastante adrenalina en los protagonistas. Un partido de copa, jugado con entrega y orgullo, pero sobre todo con demasiada inteligencia. Esos partidos en las que te la juegas, apuestas doble contra sencillo y existe el riesgo que en un solo segundo, el demonio, puede aparecer y llevarse la mas santificada de las ilusiones.

Y le hace mucho bien a nuestro fútbol, a nuestra realidad, volver a la senda del triunfo, mucho más si estamos en casa y por muy purificados que se vean nuestros rivales, debemos hacerlos sentir que son extraños. Pero lamentablemente, siempre nos queda esa inseguridad que nos hace desconfiados y quizás sea mejor hacerle caso al “Maño”, para no aferrar demasiado la fe a este momento y pasar la página. Mirar el horizonte con la seguridad que lo fuerte, lo realmente serio aún está por venir. Estos son solo peldaños duros, es verdad, pero cada triunfo, logra santificar nuestra alicaída esperanza de resurgir en el firmamento futbolero, aunque ello se haya vuelto una plegaria inconclusa, un rezo constante y rutinario.

Dicen que un equipo, es la imagen de su técnico y me voy convenciendo cada vez más, que es cierto. Será que este “Maño” se parece tanto a mi viejo, que se me hace tan fácil creerle y respetar su filosofía del fútbol. Será que sus años lo han hecho ser sabio para los momentos difíciles y aventurero para jugarse los partidos con la sapiencia de un santo celestial o echando mano a un cachito de vivacidad. A veces depende de la personalidad, a veces de la experiencia y otras tantas del azahar que se cuela en el trabajo de alguien que se sienta en el banco y debe conseguir ser un estratega, antes que un simple entrenador.

Santo, es el que viene en el nombre del fútbol, santificado triunfo y beatificado sea este presente, para una San Martin, que se ve sólido y efectivo, Dios no quiera que en los buenos deseos de los peruanos por hacer una buena copa, el diablo, ese personaje siniestro y vilipendiado, termine metiendo la cola o peor aún, termine metiéndose a la cancha.

Sentimiento negro

Digamos que la imprevisibilidad, es una constante del fútbol peruano. Cuantas veces hemos visto a un equipo peruano ser un día un león herido o un dechado de técnica exquisita, ante un rival con nombre de alcurnia y al siguiente día, sucumbir muy cortésmente ante el rival más modesto. Gitanería que le llaman. Cuántas veces hemos alimentado la esperanza, para querer superar lo inverosímil de nuestra realidad, a punta de ilusiones, para apostar por nuestra camiseta, a sabiendas que vamos en desventaja en una carrera con obstáculos y con los ojos vendados.

Lo de Alianza, estaba en la lógica, aunque a veces dudemos de su existencia. La clasificación se perdió en casa, como tantas veces Lima, como tantas veces Matute. El viaje a Chiapas, era una peregrinación de rodillas a la cruz del Señor de la misericordia. La pena y la aflicción, quizás se sienta más cuando se recuerde la noche del estreno. La noche en que la caldera era una oda a la ilusión y alegría. Los rostros morenos sintieron en esas dos puñaladas, que además del corazón les rompieron la intimidad y le rasgaron la confianza. Anoche, pudieron ser 3 o 5 que mas daba, el Juaguar jugó caminando, confiado y candoroso, a voluntad y haciendo del fútbol simple, una forma suficiente para doblegar al grone que solo apeló a no dejarse vapulear escandalosamente.

¿Qué diferencia hay con el arranque del año pasado?, es la interrogante que queda y la respuesta, quizás se encuentre en los hombres y nombres distintos, la coyuntura y hasta los amigos que se perdieron, por una nefasta organización, que parece copia fiel de lo que sucede en la FPF. Será quizás que ese voto de apoyo de la tienda aliancista, para el continuismo, tenga un tinte personal y no refleja el sentir de ese hincha de pecho carbón, que mantuvo su fe encendida hasta el final, pero que como tantas veces desairado, ha decidido voltear la página, darle la espalda al desencanto y procurarle un vuelco a la realidad, buscar el contento en su hábitat, limpiando la casa y empezando por el cuarto de servicio.

Da que pensar, que cada participación copera, es una experiencia muy cercana al sufrimiento. Será que cada vez que nos toca vestirnos de gala y pasar la frontera, la jerarquía, resulta algo muy grande que nos hace falta, algo que no aprendimos a tenerla desde pequeños y estemos muy grandes o viejos para recuperarla y nuestra historia futbolística -tan venida a menos- se sigue nutriendo de desengaños. Pareciera a veces, que cada estocada recibida, ya ni siquiera nos hace daño. Pareciera que nuestra sangre se ha hecho escasa y nuestras heridas, no cicatrizan nunca, porque nos hemos hecho inmunes al dolor.

Quien sabe y esto se haya convertido en una insana costumbre y nuestro problema, haya traspasado esa línea delgada que existe entre lo real y lo inmutable y no tenga nada que ver con la técnica o el estado físico y se haya convertido en un karma espiritual, que tenga tintes de conformismo, que ha blindado nuestro espíritu, para hacerlo inmune al fracaso continuo y la derrota calamitosa.

El problema sigue siendo de fondo y está ajeno a la eliminación de un equipo peruano, más aún que es reiterativo. Que no se admita la verdad y se califique de pesimistas a los que hablan claro, como si por decir cosas agradables al oído o glorificar la camiseta de un equipo, baste para esconder bajo la alfombra esa basurita, llamada incapacidad, que enarbolan los que manejan los destinos de nuestro fútbol y que intentan maquillar fácilmente con un golcito en el extranjero o con un buen fajo de billetes.

De corazón manso

Déjame que te cuente victoriano. Déjame que diga la gloria, aquella que evoca la memoria, del fútbol, la quimba, la sandunga y el salero. Aquellos recuerdos benditos de tantas horas de fútbol, de alegrías y tristezas enlutadas, que hoy resquebrajan tu pecho carbón, por una noche de copa, una noche loca, que nuevamente te deja parado en la tribuna, pidiéndole al cielo alguna explicación, por este nuevo desengaño. Una noche que pintaba tan íntima, tan tuya y que hacía explosionar la caldera de entusiasmo y que como tu propia ilusión, se fue perdiendo como arena entre tus dedos.

Déjame que te cuente, íntimo de corazón. Que la razón de esta amargura, no se encuentra en la gente bendita, el hincha fiel que llenó una vez más Matute. No está en sus jugadores que se entregan y se funden en el esfuerzo. Tampoco en ese afán de querer y no poder. De intentar y chocar con los argumentos de siempre, en la desilusión de siempre. La razón de esta tortura puede ser que se encuentre detrás del escritorio, allí donde se esconden esos farsantes de cuello y corbata. Esos que te hicieron creer que era suficiente con el “cebo de culebra” o la “magia del Cuy”, esos que te vendieron un equipo renovado y que al final te dieron más de lo mismo, pero a mayor precio.

Y permíteme hacer una interrogante. Como un emblema del fútbol peruano, se puede contentar –y acá Costitas es también responsable- repatriando a un Junior de Viza vencida, traerlo como “salvador” y estrella rutilante, apostar por un “Pato” añejo, insistir en un limitado como Villamarín o un desfasado De la Haza y traer un 9 como Pierone que su mayor fama es hacer las difíciles y fallar las claritas. Para ponerle cereza en la torta, darse el lujo de poner en el frezzer a un jugador seleccionable y valioso como Joel Sanchez. Acaso si el fútbol es un buen negocio, también tiene sus riesgos de inversión. Pero Alianza, merece tener por lo menos un 10 de categoría y un 9 de renombre. Lo demás es una farsa.

Jaguares, no es de los mejores que se haya tenido al frente, pero hizo la simple, a velocidad y mucha precisión, jugando con la desesperación del rival. Con un jugador distinto como Manso y un todoterreno como el “capo” Rodriguez. Alianza, con un rival adicional: La presión de su hinchada, de su gente, que apretujaba las ansias, glorificaba la esperanza de tener una noche de ritmo, color y sabor. Pero se fue aceptando que los de Chiapas, dominaron y fueron lejos, muy superiores en lo técnico, táctico y sobre todo en lo físico. Los grones recién están asentando las piernas, los mexicanos ya están en nivel de competencia. Cosas de organización y estructura en las cuales ni la FPF, ni los clubes, tienen una idea profesional al respecto.

Déjame que te cuente íntimo de corazón, que aunque te quede una flamita de esperanza, hay una espina que anoche se te ha quedado clavada en el corazón. Ese corazón que siempre te ayudó a remontar lo imposible, pero que ha quedado flagelado y magullado, que si alguna vez fue tan grande como la euforia de la caldera, anoche fue de palpitar manso y de pulso apacible.

Déjame que te diga victoriano, que para seguir soñando con la copa, más que un corazón de grandeza indomable, más que una actitud distinta o buenas intenciones, necesitas mejores argumentos y buenas razones para demostrar de que estás hecho. Aunque no está demás, una dosis de realidad, que también te hace mucha falta.

La Santa Paciencia y la Dignidad

Era una tarde linda para ir al estadio. Solcito tibio y un extraño presentimiento que nuestros sentimientos se iban a encender más de la cuenta. El Monumental lucia colmado de gente. Un marco especial para una definición del fútbol peruano. Al margen que en la cancha, se enfrentaran un equipo repatriado de Copa Perú, con jugadores que cargan la mochila de los años y un kilometraje honorable, que le permitió marcar diferencias en el medio local. Por el otro lado, un equipo sin hinchas, pero con una organización envidiable, una estructura sólida y ojo clínico para contratar. Los grandes del fútbol, léase Alianza, la U o Cristal, esta vez, les tocó, adormecer su cansancio, estirar las piernas en el sofá y prender la TV, para consolar sus desaventuras, lejos de la cancha y muy cerca de la resignación.

Un ambiente caldeado por el epílogo de Huánuco en la ida, dejaba fuera de la final al que de lejos, pelea para ser considerado el mejor jugador del torneo: Gustavo Rodas. Pero un fallo descabellado de una comisión de impresentables, le daba al argentino, una carta debajo de la mesa, para que pueda estar en el verde. Y la gente huanuqueña, asistió entusiasmada al estadio. Llevaron a sus hijos y sus esposas, su familia entera, listos todos para la fiesta. Su mejor jugador, estaría iluminando sus esperanzas, que en tierra ajena, los llevaría a festejar y llenar sus corazones de alegría. Había muchas razones para unirse en un puño y entonces, llenar la grada era la consigna.

Franco Navarro, fue mi ídolo desde aquella vez que con su chompa de colegio, llegaba al entrenamiento del Municipal y mientras nuestros ímpetus juveniles, soñaban con estar un día con la franja en el pecho, él a sus 16 años ya se fajaba con los mayores, de igual a igual. Llegó a ser un goleador fenomenal a punta de carácter y mucha calidad. Aquel golazo ante Chile en Santiago y el baile a Pasarella en el Nacional, fueron íconos para guardarle un cariño especial. La vez que Camino, lo partió delincuencialmente, lo sentí en el alma. Cada vez que podía lo saludaba, como un hincha más, pero en el fondo le guardaba una profunda admiración. Le puse su nombre, a mi hijo mayor, como mi mayor homenaje.

El “Maño” Ruiz, es un viejo campechano y un zorro viejo del fútbol. Con su pergamino mundialista, llegó a la San Martín pidiendo refuerzos, pero lo convencieron que trabaje con lo que había. El Barco, estaba alineado y solo bastaba la mano del capitán. Con un plantel rico y una infraestructura digna de cualquiera que se tilde de entidad deportiva, le bastó aceitar la máquina y mantener un estilo propio a su manera de ver el fútbol. El equipo santo, fue de lejos el mejor, por méritos propios, pero también por defectos de los demás.

Dicen que los equipos, juegan según el técnico que tienen. El León, hizo de la experiencia un valor agregado. Navarro le puso su carácter y los grandes su sapiencia. Con un Rodas bárbaro para el desequilibrio y arriba, el colombiano Perea, un jugador realmente extraordinario. Franco, encontró la mixtura exacta para hacerse fuerte en cualquier escenario. El “Maño” encontró en el “Churrito” Hinostroza, el eje principal. Es de andar pausado, pero veloz de pensamiento. Ha conseguido que Vitti, Alemano y Arriola, le den ese toque rioplatense, de velocidad, sorpresa y gol. Pero si hay algo que identifica a este San Martín, es esa serenidad, para jugar, correr y esperar el momento oportuno. Una especie de frialdad y sabiduría, al servicio del fútbol, hoy convertida en la Santa Paciencia.

Ayer Franco Navarro, hizo una demostración de hombría y dignidad. Convenció a su gente, que hay códigos que se juegan en el fútbol y deben cumplirse dentro de la cancha. Dejó en el banco a Rodas, para demostrar que la pelota no se mancha y lo que se hace mal fuera del verde, no debe influir para sacar ventaja, de manera vil y descarada. Se jugaba un campeonato, pero con ese gesto, ya había ganado el partido de la decencia.

Ayer estuve en el estadio y terminé con los sentimientos encontrados. Franco Navarro, hoy es más ídolo que nunca y mi admiración traspasa las fronteras de una cancha de fútbol. Ayer lo vi sentido, acongojado y quebrado por dentro, pero feliz, porque se fue del monumental con la cabeza en alto. Hizo un acto de dignidad y valentía, que no muchos, podrían tener los cojones de hacer. Y el “Maño” Ruiz, es un viejo querendón, tan amable y buena leche. Físicamente, se parece y me recuerda tanto a mi viejo, que cuando lo vi disfrutar del triunfo, no pude reprimirme en compartirlo y abrazarlo con cariño.

Ayer, fue una tarde donde por cosas del destino, Navarro se encontró con el “Maño” y dejó en claro que siempre se aprende de los grandes. Una tarde, en que ambos aprendieron una lección: Si queremos cambiar el fútbol, debemos cambiar todos. Una tarde en que no pude repartir con equilibrio mis sentimientos. Una tarde de fútbol, donde se encontraron la paciencia y la dignidad.