Serenata con vals y festejo

Los resultados que más se valoran son los que se hacen difíciles y aquellos que te originan un esfuerzo mayor, o a veces, los que mantienen la angustia y la expectativa hasta el minuto final. Era el partido de la verdad, ante este México remendado, que sin ser un rival que tuviera una superioridad marcada, se hizo difícil, mas por errores en definición del equipo peruano, que por virtudes de los aztecas. Desde ese primer tiempo, donde su mayor preocupación, fue mantener el orden y maniatar al rival con disciplinada convicción y las claras oportunidades de gol desperdiciadas en el tramo final de un encuentro que pudo resolverse con un marcador holgado, sin embargo nos tuvo con la ansiedad en la boca, pero al final nos dejó una alegría en el alma, por este primer triunfo.

Este Perú tan nuestro, que nos tenía acostumbrados a generar pasiones atropelladas intentando jugar como nunca y perder como siempre, hoy parece que se hubiera lavado la cara y cambiado de traje. Y no solo tiene que ver con los resultados, porque hoy se ve un e quipo que se rige a un libreto bien establecido y con variantes en el juego, que empiezan desde la conducta en defensa, pasando por la generación del juego y la solidaridad para recuperar el balón. Hoy Perú demuestra que hubo un trabajo previo, concienzudo y confrontado a un compromiso para primero, asumir sus carencias y después aceptar el fortalecimiento de sus talentos.

Sergio Markarían ha tenido mucho que ver con este vuelco. Por algo le asumen el calificativo de “mago” y por algo la vida le ha entregado tantas horas de vivencias en una cancha de fútbol. Tiene ese don especial para construir grupos que se identifiquen con un pensamiento donde se pueden perder hombres, pero nunca un sistema de juego. Algo relevante en Markarian ha sido la recuperación de identidades como las de Lobatón, Cruzado y Guevara, que vagaban por el fútbol sin darse cuenta de su talento, brindándoles el soplo de vigencia y expedirles su DNI oficial a Balbín, Yotun y Advíncula, para que consoliden sus capacidades, junto a los nombres consagrados. Hoy es otro equipo, al margen de que resultado obtenga, se repite un aplicado respeto al objetivo y una idea conceptuada, muy distinto de anteriores procesos de selección.

Pero la magia está en los detalles. Si el Perú tiene hoy una nueva imagen, esa tiene que ver con el vigor del “Loco” Vargas. El equipo pareciera haber tenido un envión desde que ha empezado a ser protagonista. Es demasiado lo que genera, lo que corre y lo que mete. Un líder completo con demasiada vocación ofensiva. En cada arranque parece una locomotora sin control arrollando rivales. Tuvo dos tiros al palo, que hubieran justificado tremendo despliegue de energías y sudor. El equipo hoy pareciera que juega incentivado, con la potencia de Vargas, el impulso de Vargas, y no es locura decirlo, con el corazón de Vargas.

Paolo Guerrero, hace unas semanas estaba concientizado que haría sombra a Pizarro en el banco. Ante su ausencia y la de Farfán, ha asumido con mucha convicción su papel de 9. Es el Paolo que se extrañaba, valiente y arrojado, que se faja igual contra uno o contra cinco, sin importar que nombre tenga. Es el referente de cara a la red y al igual que Vargas, tiene en sus pies la difícil misión de ponerse al hombro esa jerarquía individual que necesita un equipo, para hacerse respetable en la cancha y lograr borrar ese impresentable antecedente, de ser los últimos de la fila.

La historia se escribe paso a paso, no sabemos que irá pasar más adelante, pero hoy, como para renovar la sonrisa y restablecer las emociones, nuestra bicolor hizo cuatro puntos, dejando con un pie en el avión de regreso a México. La clasificación a cuartos de final se encuentra a un pasito limeño de concretarse. Es la hora de la tranquilidad y de recogimiento de la cordura, pero hay espacio para la justificada celebración. Por eso anoche, después del triunfo, Perú se vistió de poncho blanco y rojo, le hizo una señal a los músicos y con recargada emoción, le cantó una serenata a la ilusión, a ritmo de vals y de festejo, bien peruano.







Empate con aroma de café

Lionel Messi, se toma las rodillas con las manos y levanta la cabeza. En su rostro hay un disgusto, un malhumor que denota un incómodo aburrimiento. Un hartazgo de intentos, que se fueron diluyendo como baldazos de agua en la pared. Esa pared que le pusieron los colombianos para no dejarlo pensar siquiera, para encimarlo y respirarle la nuca. Es la misma imagen de esta Selección Argentina, que hoy jugó mal nuevamente, porfiando en ese intento porque las individualidades, sean las que resuelvan lo que no pueden hacer como equipo. En la tribuna la gente, el hincha Santafesino que hoy vino emocionado, por ver a su Selección, silba desaforada, decepcionada por esta igualdad en el resultado, que pudo tranquilamente ser un tremendo papelón.

Debe ser que el gélido clima reinante en la Argentina, ha entumecido a sus jugadores y los tiene demasiado abrigados y arrastran mucho ropaje que les causa molestia para desplazarse y se incomodan tratando de cuidar el cuerpo del frio, que ha congelado sus ideas. Batista siguió en su empecinada idea de creer que Lavezzi y Tevez pueden romper defensas a punta de trancazos y la utopía de querer jugar como el Barcelona, sin querer darse cuenta que Messi es feliz allí, porque en cada pase recibe una rosa y en cada enganche, tiene un socio que le pone el hombro. En esta Argentina, el buen Lio, intenta (solo intenta) generar juego y en cada pared le devuelven un ladrillo. Ello le produce frustración y desencanto. Su rostro lo dice todo. La gente lo maldice porque no juega como en el Barca y lo silba con desgraciada injusticia.

Mientras en el otro lado, el “Bolillo” Gómez, juega al titiritero mayor para mover sus piezas, según su necesidad. Haciendo marca escalonada a Messi, en zona y copando el mediocampo, con relevos bien coordinados y respaldados por un orden que le permitía el toqueteo, la triangulación y las paredes. Un trabajo defensivo impecable de Sanchez y Guarin. Abajo Yepez, un verdadero “patrón” que imponía respeto y presionando arriba con sus delanteros para inducir al error. En suma una superioridad que se fue haciendo notoria en las oportunidades de gol desperdiciadas. El primer campanazo la tuvo Ramos debajo del arco y la más clamorosa (léase escandalosa) fue aquella que solo frente al arco, Dayron Moreno la echó fuera, dejando la sensación que Colombia podría arrepentirse después.

Un partido parejo, con Argentina sin tener el control a pesar de tener la pelota. Sin un concepto claro para jugarla, para generar el riesgo y hacer daño. Sin claridad en el pase, no encontraba el juego. En defensa mostrando sus mayores debilidades. Si se puede definir el resultado digamos que lo decidieron el arquero Romero y los delanteros de Colombia. El Argentino tuvo dos atajadas notables, evitando una catástrofe desde muy temprano, pero las otras, fueron fallas de los ejecutantes. Las más claras fueron para los cafeteros, es verdad, pues lo que originó Argentina, fueron consecuencia de la gesta de individualidades, mas no el resultado de un buen juego colectivo.

Colombia ha hecho su mejor presentación, por la categoría del rival, dice el “Bolillo”, pero asume con pausado respeto y consideración, que aún no llega a su techo. No queremos imaginar cómo le hubiera ido al anfitrión, si el equipo estaba al 100%. Hoy le estaría refregando en el rostro la épica y vergonzosa afrenta del 5-0, cuando Asprilla y Rincón, dejaron su nombre tatuado en la memoria de los Argentinos. La gente en la tribuna sigue silbando a este equipo de jugadores de cartel. Se preguntan si se puede jugar peor y la respuesta viene sola. La decepción es más fuerte que la emoción. Argentina se fue insultada de Santa Fe, el empate fue mejor negocio para Colombia que mereció mejor suerte. El anfitrión salió arrastrándose de la cancha. Batista deberá cambiar el chip antes que le gane la noche.

Aquel tiro libre a las nubes de Messi, es la imagen del fastidio y el desencanto. La imagen de esta Argentina que no encuentra explicaciones, se sume en la monotonía y se congela en sus frustradas intenciones. Hoy Colombia se fue en busca del merecido descanso, por todo el esfuerzo puesto en la cancha, por este merecido empate, con sabor a victoria, que lejos de parecerse a un mate argentino, tuvo un exquisito y placentero, aroma de café, bien Colombiano.


PERU Guerrero

Un empate más si importa. Porque ha nacido desde una nueva forma de juego que, quizás rasga una identidad o un distintivo, pero que se hace tan necesario, en estos tiempos modernos en que los equipos limitados, aprendieron a no esconderse e intimidarse ante los grandes y sus técnicos priorizan la inteligencia y la serenidad, para hacer del orden un dogma y de la convicción un culto para fortalecer la mentalidad en sus jugadores. Es la lucha de los nombres versus los hombres. Ya cansados que sean los primeros, los buenos de la película, hoy se ve que el que se sentía inferior, de alguna manera, se dejó llevar por una retórica forma de pensar en el viejo adagio de que “Si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él”.

La era Markarían ha entrado en la etapa de valoración. Llegó con una misión de clasificar al mundial del 2014 y esta Copa América era la prueba de fuego, para ver cuán plausible era su visión, de poder cambiarle la mentalidad a nuestro curtido futbolista y devolverle la credibilidad en sí mismo. Tarea complicada, que necesitaba demasiado trabajo y muy poco de magia. Pero ha sido el Dios travieso, llamado destino, el que le puso muchas pruebas, que lejos de amilanarlo, lo hicieron más fuerte. Primero, los mismos jugadores, con su mal pago a la confianza y después con el castigo a su ilusión, de las infortunadas lesiones y los borrones a la entrañable lista de sus hijos engreídos.

Ese pelotazo sensacional de Michael Guevara, para que pique Paolo Guerrero y defina un gol fantástico, era el preludio para un partido que aparecía complicado, por los pergaminos de un Uruguay apechugado, pero era también el premio a una constante de este equipo, que se hizo ordenado y metódico en el tiempo. Que fue demasiado corto en la intimidad, pero que Markarian le puso su toque mágico para que sea muy valioso. No es casualidad esta nueva forma de jugar, se ha hecho un constante, el planteamiento táctico cumplido como ley divina y un accionar solidario, han hecho de esta nueva Selección un puñado de hombres que buscan un objetivo común. El empate charrúa, no ha sido otra cosa, que sentir en el rostro, el cachetazo oportuno para despertar y decirnos en la oreja, que hemos mejorado, pero aún hay demasiado por corregir todavía.

Sin Pizarro, ni Farfán, Guerrero hoy se sintió un superhéroe. Se puso la bandera de capa, empuñó su espada y decidió ir en solitario, a luchar contra esos gigantes vestidos de celeste, de sonrisa intimidatoria y ceño fruncido. Y vaya que peleo el buen Paolo. Hizo un partido espectacular y contagió a todos. Puso el pecho como único atacante y se dio maña para inquietar a defensas con kilometraje respetable como Lugano. Acasiete y Rodriguez, apoyados por un Balbín que pareció consagrado, Guevara, Cruzado y un Advíncula sacrificado, fueron tremendamente disciplinados para encimar ese tridente uruguayo de Forlan, Cavani y Suarez, que infundía temor. “Supermán” sacó dos de lujo y el ingreso de Vargas le dio la jerarquía, tan necesaria para este tipo de competencias- Lobatón fue el refresco para el píe fino, oportuno y complementario. Estuvimos cerquita, pudo ser un triunfo, pero también una derrota. Aunque lo mejor que ha dejado nuestra selección, es la impresión que vamos a dar pelea, nos sabemos mañana, pero este punto, es definitivamente de partida.

Al hincha peruano, tan doblegado y curtido en los avatares de la decepción, cualquier halo de victoria, lo hace fantasear en demasía y cualquier traspié lo hunde en el fango del desencanto, es así de radical y normalmente suele perder la cordura y el raciocinio en el éxito. Esta igualdad no nos hace ni mejores ni peores, tampoco es para salir hacer caravanas y alegorías triunfalistas. Es para analizar y ser cauto que esto recién empieza y es parte de un proceso. Que hay mucho por lograr para ser un equipo de jerarquía, por lo pronto asumamos que estamos cambiando y nuestro futuro en forma de balón, hoy nos mira como un equipo de notables guerreros.

VAMOS PERU!!!

Un desabrido vino tinto


Hoy le tocó a Brasil. Ante el desabrido debut que había dejado el anfitrión, en la apertura de esta Copa América, eran los de la verdeamarela, los privilegiados dioses del virtuosismo, los llamados a poner en el verde, el espectáculo y a llenar de color esta fiesta incompleta. Y el Mano Menezes puso todo su arsenal de artistas del balón, Neymar, Pato, Ganso, Robinho, astros del fútbol mundial, con títulos recientes en copas europeas y sudamericanas. Hombres que tienen precios exorbitantes en los zapatos y que firman contratos millonarios. Era la hora de que los futbolistas vestidos de artistas, se echen a jugar y encandilen con su depurada técnica, forzando un resultado que confirme su cotizado favoritismo.

Venezuela, aquel humilde equipo cumplidor que animaba las competencias sudamericanas, ya no es el mismo. Ha cambiado como cambia la vida misma, porque el fútbol se parece tanto a ella y ha equiparado las diferencias. Brasil siendo inmensamente superior desde el arranque, entusiasmó a sus seguidores, con lujos, tacos y revoluciones, amparados en su capacidad para deslumbrar al que mira en la tribuna y al que trata de aguarle la festividad. Estaba pintado para un exquisito festín, solo era una cuestión de aguante y disfrute. Pero el tiempo se fue haciendo cruel verdugo de la impaciencia y el arco no se abrió o no quiso abrirse. Mientras Brasil hacía intentos para vulnerar la valla de Vega, Venezuela, ni siquiera lograba que se despeine Julio César. Un Brasil jugado arriba y una Venezuela que esperaba irreverente, tapando los espacios, ordenada y disciplinadamente.

Más allá de los intentos y las posibilidades que pudieron brindarle a Brasil un resultado decoroso, la amargura se queda en los labios, el Scratch siempre es el candidato y pocas veces se le perdona o se le brinda la oportunidad de quedarse sin nada. Siempre se le va a exigir más que al resto y ningún lujo o individualidad será validado, si de por medio no lo acompaña un buen resultado. Brasil, ha dejado la interrogante, de poder ser más de lo que ha brindado, insinúa llegar a funcionar colectivamente, en la medida que sus individualidades, dejen de pintarse el rostro de superhéroes y tenga el abrazo confianzudo de la integración. La unión de talentos al servicio del equipo.

Pero seamos sensatos. Las distancias se han acortado en el fútbol y hoy, aquella sumisión de los rivales débiles pareciera, haberse transformado en una rebeldía irrespetuosa, que logra hacer mirar al superior de frente a los ojos y sin ninguna pizca de vergüenza. La disciplina táctica, el orden y la convicción, que hoy mostró Venezuela, han dejado en claro que la humildad de los equipos chicos, ha dejado de ser una debilidad y se ha convertido en fortaleza. A los talentosos, les cuesta trascender en esta parte del continente. La razón, puede que se encuentre en la formación de sus futbolistas, que desde muy chicos comparten la misión de anular a los habilidosos y hoy esa labor se les haga fácilmente compatible.

Digamos que un gol pudo cambiar el texto, el argumento, pero el final ha dicho que Brasil, ha dejado la mesa servida, porque no terminó el almuerzo, había mucha hambre de fútbol, de reencuentro con la exquisitez del sabor de un Pato o un Ganso, bajado con un sabroso aperitivo de marca Neymar o Robinho. Pero al final de la tarde, la torcida, se ha ido de la mesa, inconforme con el debut, se vino del calor de Rio de Janeiro y se congeló en la Plata, encima de todo se fue a casa saboreando el amargo sabor que le dejó el vino tinto.


La albiceleste Kunfusión

Las luces inaugurales de la Copa América encendieron los destellos de la fiesta del fútbol y los argentinos recibían a sus invitados que iban llegando ataviados de sus mejores trajes y las sonrisas dibujando confianza. En la mesa central estaba el balón oficial esperando a ser tocado y la selección argentina, el equipo de estrellas rutilantes, le tocaba bailar la primera pieza. Un Bolivia vestido de verde y blanco, era el convidado de piedra en esta festividad del balompié. Era el encuentro del gigante con el pequeño. La lucha del fuerte con el débil. El fortachón con el piltrafa.

Pero esas mismas luces, cegaron las expectativas y la confianza fue perdiendo su voltaje. Lo que era un lindo sueño inaugural, se fue haciendo una pesadilla. Era la media hora del segundo tiempo y Romero ensayaba una atajada determinante a Martins, en un instante crucial del partido. El estadio se hizo silencio y los hinchas albicelestes atragantaban su angustia. El arquero argentino salvaba el 2-0 y lo que pudo ser un fulminante y lapidario resultado. La selección argentina, el equipo de estrellas rutilantes y de planilla fastuosa, lucia perturbada y desconcertada, perdía con un rival inferior, por un blooper originado por Banega y que en el fondo, fue el precio a la inoperancia ofensiva.

Bolivia no supo dar la estocada final y el Checho, que dice querer jugar como el Barcelona, terminó jugando como Argentina, el de sus peores momentos. Apelando a la actitud y las ganas, disipando la impotencia y acelerando las revoluciones, rezándole a sus individualidades. La salvación vino del banco con el Kun Agüero y Di María. Para buscar el desborde y la contundencia que no encontró con un Lavezzi atolondrado y prepotente. Messi sin enchufarse del todo, con ráfagas de su talento que se extraviaba entre tantas piernas y un Tevez, chocador e impreciso. Muy diferente al del City.

Argentina había salvado el deshonor con un golazo del Kun, pero no era suficiente. Se esperaba ganar y jugar bien, era la prédica de Batista. Ni lo uno ni lo otro. Bolivia fue lo suficientemente perspicaz, para plantarse con dos líneas de cuatro, cerrando el circuito y dejando poco espacio para la magia del botín de Messi. Fue tremendamente ordenado para cortar el juego sin pegar y aplicado para anticipar el pensamiento del rival. No eran las luces, tampoco un sueño, en la cancha Argentina porfiaba desconcertado y Bolivia, esperaba con pausada calma, el silbato final.

Argentina ha tenido un opaco inicio, muy lejos de la fastuosidad de la ceremonia inaugural. Batista pecó de obstinado, porque si tira todas las fichas por Messi, para que juegue como en el Barca, tiene que ponerle los socios perfectos. Pastore era una opción para el desequilibrio y el “Pipita”o el “Kun” para acertar lo que quedaba en intento. Si algo queda por rescatar, es que nunca rifó el balón, pero ante un rival que se para bien atrás, a veces, lanzar un paracaídas para forzar el error, no está demás, pero hay que fabricar en el medio y allí deben juntarse los mas habilidosos.

Digamos que solo es el inicio y todo debut, tiene sus riesgos, más aun cuando la fiesta es en casa y hay que atender a los invitados, que no se sabe, cómo se van a comportar. El pánico inicial se ha hecho una resignada calma, pero el sofocón de esta apertura, ha generado muchas dudas y desconcierto. Quedan unos días para volver a acomodarse. Se ha iniciado la Copa América, la fiesta latina del fútbol, una noche con muchas luces y colores, que dejó pintada en la tribuna rostros de argentinos con gestos de una alarmante confusión, de color albiceleste.


Una crema a pedir de Boca

El camino al Monumental se hizo largo para el padre y sus dos hijas que tomadas de la mano entremezclaban sus emociones con la muchedumbre de fanáticos pintados de crema que marchaban con sus cánticos y arengas elevando al máximo la adrenalina. Erick, es de esos fanáticos cremas que no se hicieron hinchas fervorosos, ni necesitaron ser incentivados por la historia de su club, porque vinieron de cuna y nacieron con ese estigma. Sus hijas Valeria y Francesca han heredado con creces esta devoción y este día resultaba demasiado especial. Ataviados con sus colores, esperaban que la sangre nueva de Universitario, el equipo juvenil que había dejado atrás al clásico rival en la ronda de penales, entrara a la cancha de este templo crema a disputar la final de la primera Copa Libertadores Sub-20, ante un grande de América: Boca Juniors. Un partido de chicos, vestidos con la camiseta de los grandes, pero con mucha hambre de gloria.

La fiesta estaba en la tribuna, con toda la gente ansiosa, pero confiada que la unión de tantas gargantas y de tanta fuerza junta, debía ser la causa y efecto para lograr el objetivo. El cántico repite sin descanso que la copa es una obsesión. Erick y sus hijas se abrazan y el coloso ruge desaforado. Valeria, se persigna y Francesca aprieta los puños con fuerza. Abajo en el verde, Javier Chirinos, hombre acostumbrado al perfil bajo, lanza la última arenga y se encomienda a la confidencia de este presente, de esta gente de pecho merengue que ha llenado la grada y desgañita su aliento, como un huracán de buena vibra que va bajando a la cancha, para impregnarse en cada dorsal de estos jóvenes valores, que tienen en sus pies, la tarea de escribir su propia historia.

La primera explosión llegó cuando Boca se hacía superior y parecía inexpugnable. Cuando los miedos iban haciendo descolorar a la confianza. Cuando la U se supo menos técnicamente, pero se hacía magno en bravura. La disposición desde el banco tenía como prioridad, el orden táctico y la paciencia. Pero el valor agregado, ha sido –qué duda cabe- el aliento de la tribuna, en cada balón dividido, eran 45 mil almas que gruñían la jugada y lograban intimidar al rival. Ese primer gol de Ampuero, hizo reventar el Monumental y logró arrancarles las primeras lágrimas de emociones al padre y sus hijas que abrazados los tres, disfrutaron de su alegría, que les duró lo que dura el entretiempo y dejó poco espacio para la euforia. En el fútbol, si ves a tu rival superior, debes ser lo tamañamente inteligente para no arriesgar más de la cuenta y ser ordenado tácticamente, pero cuando te toque hacer daño, no debes sentir remordimientos. Partido parejo, estaba para cualquiera. La U pudo liquidar, pero las manos del buen golero argentino, fueron como molinos de viento que jugueteaban con la angustia de los hinchas, que miraban el reloj con impotencia y las manecillas, solo devolvían una realidad que desesperaba las inquietudes.

El silbato final, dejaba nuevamente la encrucijada cruel de la definición por penales. Otra vez a sentir la adrenalina al tope y a soportar ese nerviosismo que recorre el cuerpo y que hace temblar las piernas. Una vez más, a apretujar el escudo crema contra el pecho y aferrar todo el fervor a la confianza. Y es que el tiro de los doce pasos -aunque se diga lo contrario- para el hincha suele ser una especie de lotería, una dosis de sufrimiento adicional, que acelera sus corazones en cada disparo. Erick y sus hijas, se abrazaron a la fe, como todo el estadio, como todo el Perú que palpitaba de pié. La pena máxima fue ejecutándose y cada gol convertido era un cántico enfervorizado, cada instancia adversa era una puñalada a la inquietud. El disparo final fue de la U y fue el del campeonato. El júbilo se apoderó de todos. El Padre y sus hijas, compartían su regocijo, saltando enfervorizados, destilando su amor y compartiendo también sus lágrimas, pero de alegría infinita. Un abrazo final, logró unir sus corazones y su inmensa satisfacción, por haber vivido un momento inolvidable.

Hoy que la resaca de los hinchas de Universitario aún está fresca y sus rostros tienen un brillo especial, se nota un halo de felicidad y regocijo en el ambiente y no es para menos. La U ha puesto en su vitrina la primera Copa Libertadores Sub-20. Un galardón significativo, que tiene como mayor mérito haberse logrado en momentos de zozobra institucional, con un ambiente interno, resquebrajado y espinoso. Un título que le viene bien al fútbol peruano, porque ha sido gestado por un puñado de jovenzuelos sin nombre en el firmamento futbolístico, pero que han unido a esa sangre joven llena de ilusiones y expectativas, esa marca registrada que tiene la U llamada GARRA.

El padre y sus princesas, regresaron abrazados a su hogar. Para ellas ha sido una experiencia maravillosa, haber compartido con su padre una pasión infinita por el fútbol y el equipo de sus amores. Han podido secarse las lágrimas de felicidad y darse mil abrazos de complacencia. Erick, va a llevar tatuado al corazón, este recuerdo imborrable, por todo lo vivido. Valeria y Francesca, aquella tarde, decidieron prepararle una rica torta a su padre como retribución por la remembranza del estadio, de la gente y de todas las cosas que aún permanecían en sus cabezas. Entre la tertulia de sus frescos años y de su creciente fervor por la camiseta crema, recordarán por siempre esta tarde de domingo, que vivieron a mil, su primera Copa Libertadores y la tortita con la inscripción de la U CAMPEON, que estuvo acompañada de una rica crema de merengue, que les salió, a pedir de Boca.


Y ya lo ve, es Messi y su ballet

Que difícil se hace el no querer sonar a exagerado. Pero después de ver otra vez a este Barcelona de Messi, de Xavi, Iniesta, de Guardiola, que en tres años ha terminado besando otra copa y una historia brillante. No se puede uno quedar inconmovible ante tanta belleza junta desparramada en el césped, si son los equipos como este Barsa los que te hacen sentir que el fútbol es el deporte más lindo del mundo.

Si uno rememora esta final de Champions, no puede dejar de admitir que fue un baile, con orquesta incluida. Hubo un cachito de tiempo al inicio que hizo pensar que el Manchester iba hacer sentir una supremacía. Pero al igual que la rosa en el ojal que llevaba Fergusón, se fue marchitando conforme el Barsa se adueñaba del balón, lo escondía, lo jugueteaba y lo movía a su regalado antojo. Un primer tiempo donde el gol rondaba el área de Van der Sar y los intentos ingleses solo eran pelotazos para un “Chicharrito” que se quedó dormido en el camarín y fue un opaco participante.

Fue la magia de Xavi la que mandaba en el Barsa. Un portento de jugador que se inventa la jugada a imagen y semejanza antes que reciba el balón. El que ve lo que otros no ven. Era el maestro de ceremonias que tomaba la batuta, para mostrarse siempre, para despertar de la modorra a Iniesta y hacerle un guiño a Messi, y empezar con la sinfonía. El 1-0 vino con una asistencia monumental de Xavi, que dejó cara al gol a Pedro. Creció el Barsa y se achicó el Manchester. Cuando se venía el segundo, bastó un descuido, para que el Manchester acertara dos pases y Giggs (ligeramente adelantado) dejara a Rooney para que defina con calidad el empate. Fue un cachetazo que sacudió al Barsa y le dio un envión al equipo inglés. Pero, en la práctica, pareció que sólo fue para estirar un poco más el suspenso.

Esta historia terminó en el segundo tiempo. Después de tanto merodear el área de Van der Sar, sin poder acertar el tiro de gracia, el toqueteo plural se fue haciendo singular para hacer aparecer a Lionel Messi en su máxima dimensión. Al filo de los 20 minutos enfiló un zurdazo furibundo y rabioso, desde afuera del área y la estirada, tardía, del holandés no alcanzó para nada. Allí se empezaba a escribir las letras del campeón con tinta color azulgrana, que ya empezaba a soñar con el paseo por la rambla con la Orejona en las manos. El tercero empezó en una corrida fenomenal de Messi, que desbordó por derecha. Tumulto en el área, balón para el “Guaje” mara…Villa, que fulmina con una parábola espectacular. Fin de la historia. Lo demás fue un baile donde la propia gente del Manchester quería su boleto para no perderse una pieza.

Y se vienen a la mente las odiosas comparaciones. Será este Barsa el mejor equipo de todos los tiempos?. Resulta fácil testificarlo hoy, aunque un poco discutible aseverarlo, pero es una dulce tentación decirlo. Hubo tantos equipos fabulosos. Pero alguno habrá sido tan excitante ante la vista como este Barcelona?. No sé si habrá existido otro equipo que se mostrara tan seguro e inquebrantable, que hace ver al rival más renombrado como un equipo maniatado y sin recursos. No es que hoy el Manchester de Ferguson haya sido menos, lo que pasa es que el Barsa de Guardiola, fue tan artístico y exquisito que resulto viéndose demasiado grande. Y es que no hay forma de pararlo. Si lo esperas, con paciencia y toqueteo diabólico te mata. Si lo buscas, dejas espacios y te mata igual. Puedes intentar asemejarlo, pero igual sabes que vas a morir.

Hoy Messi fue determinante. Monstruoso para la gambeta corta, para driblear en velocidad, para definir, para ser vertical y agresivo con la pelota pegada al botín. Este Barsa de toque primoroso, combina la dinámica y belleza con Xavi e Iniesta por los costados, como los dos cerebros que con talento, técnica e inteligencia, potencian al Lio para que sea más estrella de lo que ya es. No es normal que exista una coincidencia respecto a un equipo que se esfuerza en arrullar el balón al ras del piso y que se defiende con la pelota en los pies. Un equipo, que se da el lujo de bailar a un rival en una final de Champions como si estuviera en una pichanga con los amigos. Y lo hace en un fútbol muy distinto al de otras épocas, donde se marcaba y corría menos, Pero hoy, donde se trata de no dejar jugar, este equipo de Messi y su ballet, siempre juega y juega bien.

Dicen los seguidores de Mourinho, que es el único que ha podido parar a este equipo de ensueño, aún a costa de su propia identidad. Que al no estar en competencia, Ferguson solo ha sido una víctima más de su toqueteo diabólico. Allá ellos que quieran hacer prevalecer los números y estadísticas en lugar de un balón de fútbol. Nosotros, los que sentimos el fútbol en las venas, nos vamos a sentir felices cada vez que Messi y su ballet artístico, pisen una cancha. No sé cuanto dure este sueño, pero mientras exista nos hace demasiado felices. Déjenme vibrar con el toque exquisito, el regate elegante y los goles de antología, aparten de mi ese cáliz infame de los números y resultados, El fútbol es para disfrutarlo con el corazón y no para hacerle conflictos a la razón.

Gracias Dios, por el fútbol, por este Barcelona de fantasía y por el Lio Messi, el mejor del mundo